Donde No Llegaba el Viento #3
Como si todavía estuviera preguntando.
No me aparté.
Su mano llegó hasta mi nuca.
Y Peter me besó.
Su cautela no desapareció.
Terminó en el momento en que tomó la decisión.
Después de eso, no hubo vacilación.
El beso fue cálido.
Firme.
Su mano permaneció en mi nuca.
La otra encontró mi cintura.
Agarré la parte delantera de su camisa.
Peter me acercó más.
Mi cuerpo quedó pegado al suyo.
El corazón se me disparó.
No de miedo.
Ni un poco.
Cuando se apartó, seguimos demasiado cerca.
Respiré.
Peter también.
Me miró.
—Creo que no debería haber hecho eso.
—Sí.
Ninguno de los dos se movió.
Mi mano seguía aferrada a su camisa.
La suya todavía estaba en mi cintura.
—Vale —dije.
—Vale.
Miré su boca.
Después sus ojos.
Y volví a besar a Peter.
Esta vez fui yo.
Respondió de inmediato.
El segundo beso empezó más despacio.
No duró mucho así.
Su mano subió hasta mi cara.
La mía se hundió en su pelo.
Peter retrocedió conmigo hasta el marco de madera, fuera de la zona de obra.
Apoyé una mano en una moldura antigua a mi lado.
La madera cedió un milímetro.
Casi nada.
Sus gafas rozaron mi cara.
Me reí contra su boca.
Peter se detuvo.
—¿Qué?
—Tus gafas.
Se las quitó.
Las dejó sobre una estantería cercana sin mirar.
—Resuelto.
—Muy eficiente.
—Rebecca.
—¿Qué?
Me besó otra vez.
Esta vez dejé de hablar.
Mi mano volvió a la moldura.
La madera se movió de nuevo.
Entonces lo oímos.
Clinc.
Los dos nos detuvimos.
Algo había caído al suelo.
Peter se apartó primero.
Miré hacia abajo.
Había un objeto oscuro junto a la base de la pared.
Respiré, intentando recordar cómo se hacía aquello.
Peter volvió a ponerse las gafas.
Bajó la linterna.
—No lo toques.
Lo miré.
—¿Acabas de besarme y ya has vuelto al protocolo?
—He intentado tomarme cinco minutos libres.
Casi sonreí.
Después volví a mirar el objeto.
Era una llave.
Antigua.
De metal oscurecido.
Más grande que una llave normal.
Peter iluminó la moldura.
Había aparecido una pequeña rendija entre la madera y la piedra.
—Ha caído de ahí —dije.
—Eso parece.
Me acerqué sin tocar.
La parte superior de la llave tenía un dibujo curvo.
—¿Un cardo?
Peter se agachó a mi lado.
—Puede ser.
Miré la rendija.
Después la llave.
—¿Cuánto tiempo llevaba escondida ahí?
—Buena pregunta.
Peter se levantó.
Cogió la radio.
—Lydia.
Llegó pocos minutos después.
Molly vino con ella.
Naturalmente.
Lydia se agachó.
—¿Nadie la ha tocado?
Peter respondió:
—No.
Molly nos miró.
Después miró las gafas de Peter.
Después a mí.
Entrecerró los ojos.
No dijo nada.
Lydia se puso los guantes.
Cogió la llave.
—Pesa.
—¿Qué abre? —pregunté.
—Todavía no lo sé.
Observó la parte superior.
—Es un cardo.
Trevor apareció.
—¿Qué habéis encontrado?
Molly señaló.
—Una llave antigua escondida detrás de una moldura.
Trevor la examinó.
—Esto, por lo menos, tiene sentido.
—Pareces decepcionado.
—Me gusta que las cosas tengan sentido.
Lydia fotografió la llave.
La midió.
Registró el lugar.
Después trajo una pequeña caja de conservación.
Metió la llave dentro.
La cerró.
Sacó una fina etiqueta adhesiva.
La pegó atravesando la tapa y la base.
Escribió la fecha.
Después firmó sobre la unión.
—Ahora nadie puede abrirla sin romper esto.
Molly inclinó la cabeza.
—No confías en nosotros.
Lydia miró a Peter.
—El dedo.
Peter soltó el aire.
—¿Esto va a perseguirme hasta que termine el proyecto?
—Eso espero.
Lydia guardó la caja.
Miré a Peter.
Él me miró a mí.
Solo un segundo.
El beso seguía allí.
Entre nosotros.
Más presente que la llave.
Y mi corazón todavía iba demasiado rápido.
Aquella noche no hablamos de ello.
Ni del beso.
Ni del segundo.
Cenamos con los demás.
Trevor se quejó de un proveedor.
Molly habló del banco.
Lydia enseñó las fotografías de las iniciales.
Peter se sentó al otro lado de la mesa.
Profesional.
Controlado.
Irritantemente normal.
Yo también.
Casi.
En un momento dado, alargó la mano para coger la sal.
Nuestros dedos se rozaron.
Fue rápido.
Nadie se dio cuenta.
Yo sí.
Peter también.
Él apartó la mano primero.
Molly miró.
Quizá lo hubiera visto.
No comentó nada.
Antes de subir, pasé junto a la pizarra.
Molly había añadido:
«Llaves misteriosas: 1»
Trevor había escrito debajo:
«Puertas abiertas con la llave: 0»
Sonreí.
Subí.
Pasé delante de la puerta de Peter.
No llamé.
Él tampoco llamó a la mía.
Tardé mucho más de lo que debería en dormirme.
A la mañana siguiente, Peter estaba en la cocina cuando entré.
Camisa oscura.
Gafas.
Café.
Absolutamente normal.
Me miró.
—Buenos días.
—Buenos días.
Molly estaba sentada a la mesa.
Levantó la vista.
Primero hacia Peter.
Después hacia mí.
Volvió al café.
Eso fue peor que cualquier comentario.
Cogí una taza.
Peter pasó junto a mí.
Nuestros brazos se rozaron.
Poco.
Accidental.
Quizá.
Todo mi cuerpo recordó la biblioteca.
—Reunión a las ocho —dijo.
—Lo sé.
Molly masticó un trozo de pan.
Despacio.
Me miró.
Después miró a Peter.
—Estáis raros.
Peter bebió café.
—Son las siete de la mañana.
—Eso no es lo que he dicho.
Cogí mi taza.
—Tenemos reunión a las ocho.
Molly sonrió.
No me gustó aquella sonrisa.
Trevor entró.
—¿Qué ha pasado?
—Nada —dije.
Molly siguió sonriendo.
—Exactamente.
Salí.
Oí a Peter venir detrás.
No necesité girarme para saber que también estaba sonriendo.
El día transcurrió casi con normalidad.
Casi.
Peter y yo discutimos dos veces.
Solo de trabajo.
La primera, nos quedamos demasiado lejos el uno del otro.
La segunda, demasiado cerca.
Ninguno dijo nada.
A primera hora de la tarde, Lydia entró en la biblioteca.
—Necesito la llave.
Levanté la vista.
Peter estaba delante de una mesa.
Se giró.
—¿Para qué?
—Quiero fotografiar el cardo con mejor iluminación y compararlo con algunos elementos de herrajes que catalogamos ayer.
Molly se levantó.
—Voy.
Lydia la miró.
—No hace falta.
—Ya lo sé.
Trevor apareció en la puerta.
—¿Dónde está?
—En la sala de apoyo.
Fuimos los cinco.
La caja estaba exactamente donde Lydia la había dejado.
En la balda superior.
Etiqueta.
Fecha.
Descripción.
Firma.
Todo en su sitio.
Lydia la cogió.
La dejó sobre la mesa.
Se detuvo.
La miré.
—¿Qué?
No respondió.
Pasó un dedo por la etiqueta.
La tira seguía intacta.
Su firma atravesaba la tapa y la base sin ninguna rotura.
Peter se acercó.
—¿Está intacta?
Lydia lo miró.
—Sí.
—Entonces nadie la ha abierto.
Siguió observándola.
—No.
Trevor se acercó un poco más.
—¿Podrían haber cambiado la caja?
Lydia la giró.
La etiqueta de identificación estaba en un lateral.
Número de registro.
Fecha.
Lugar.
Su letra.
—Es esta.
Peter cogió el registro.
—¿Alguien la ha movido?
—No.
Lydia rompió la etiqueta.
Abrió la tapa.
Se quedó inmóvil.
Lo supe antes de mirar.
La caja estaba vacía.
Molly tomó aire.
—No.
Trevor se acercó.
—¿Estás segura de que la metiste aquí?
Lydia se giró hacia él.
—Tú me viste hacerlo.
Trevor se quedó callado.
Peter comprobó el interior.
Después la mesa.
La estantería.
El armario.
Nada.
Lydia abrió las cajas de al lado.
Ninguna llave.
—¿Quién tenía acceso? —preguntó Peter.
—Nosotros. Ian. Mi equipo durante el día.
—¿Entró alguien aquí por la noche?
Trevor cogió el móvil.
—Los sensores no registraron a nadie en el ala.
La sala quedó completamente en silencio.
Miré la etiqueta rota sobre la mesa.
Después la caja vacía.
Después a Peter.
Volvió a comprobar el registro.
La etiqueta.
La caja.
Entonces me miró.
Esperé.
Por primera vez desde que habíamos llegado a Craigellan, Peter no intentó encontrar una explicación.
No dijo nada.