Donde No Llegaba el Viento #2
Todos miramos el conjunto de cartas que habíamos sacado de dentro de una pared.
Sonreí.
—Quizá perfectamente durante ciento cincuenta años.
Peter hizo un pequeño gesto con la cabeza.
—Punto para ella.
Lydia bajó la vista por el papel.
—«La violeta que dejaste conmigo sigue entre las páginas del libro. Ya ha perdido el color. No importa. Sigue siendo la misma flor».
Miré de inmediato el pequeño ramillete seco que habíamos encontrado junto a las cartas.
—Era una violeta.
Lydia siguió mi mirada.
—Probablemente.
Molly se inclinó hacia delante.
—Esto se está poniendo muy romántico.
Trevor bebió whisky.
—Eso ya lo habías decidido ayer.
—Ahora tengo contexto.
Lydia llegó al final.
Se detuvo.
—Hay una cosa.
—¿Qué?
Acercó el papel.
—«Mañana, después de las cuatro. En el banco detrás de los setos de tejo. Allí casi no llega el viento».
Me quedé quieta.
Una imagen apareció en mi cabeza.
—Hay un banco.
Peter levantó la vista.
—¿Dónde?
—En el jardín oeste.
Me levanté.
Fui hasta uno de los planos abiertos sobre una mesa lateral.
Pasé un dedo por el dibujo.
—Aquí.
Peter también se levantó.
Se colocó a mi lado.
Su brazo rozó el mío.
Muy poco.
—Podría ser cualquier banco.
—Detrás de una línea de tejos.
Señalé.
—Y protegido por el muro.
Peter se inclinó.
—Fuera del eje principal.
—Exactamente.
Lydia se acercó.
—El trazado puede haber cambiado muchísimo desde entonces.
—Pero la base de esta zona es anterior a las reformas del siglo pasado —dije.
Peter me miró.
Conocía aquella expresión.
—Mañana.
—Yo no he dicho nada.
—Estás pensando en voz alta con la cara.
—Eso es mío.
Peter volvió a mirar el plano.
—Ahora es nuestro.
Lo miré.
Molly lo vio.
No hizo ningún comentario.
A la mañana siguiente, Craigellan amaneció cubierto por una fina niebla.
La piedra parecía más oscura.
El verde, más intenso.
Trabajé hasta casi las diez.
Intenté no pensar en el banco.
A las diez y siete, Peter apareció en la puerta de la biblioteca.
Abrigo.
Botas.
Sin casco.
—Ven.
Levanté la vista.
—¿Adónde?
—Lo sabes.
Sonreí.
Cogí el abrigo.
El camino hasta el jardín oeste atravesaba una parte de la propiedad que todavía utilizábamos poco.
El terreno descendía ligeramente.
Los árboles ya empezaban a perder las hojas.
Amarillo.
Cobre.
Rojo oscuro.
La niebla seguía baja.
Peter caminaba a mi lado.
—Te has dado cuenta de que esto no es trabajo, ¿verdad? —pregunté.
—Estoy comprobando un elemento histórico relacionado con el proyecto.
—Claro.
—Es exactamente lo que estoy haciendo.
—¿Y yo soy imprescindible?
—Tú lo encontraste en el plano.
—Entonces sí.
—Eso no es lo que he dicho.
—Es lo que querías decir.
Me miró.
—¿Sueles terminar las frases de la gente?
—Solo cuando tardan demasiado.
—Estoy empezando a entender muchas cosas.
Seguimos caminando.
El seto de tejos apareció primero, alto y oscuro.
Mucho más antiguo de lo que esperaba.
Había una abertura estrecha.
Pasamos.
Y el viento sencillamente desapareció.
Al otro lado, el jardín formaba un pequeño rincón.
Protegido por el muro.
Por la vegetación.
Por los árboles.
Me detuve.
—Dios mío.
Peter también.
El lugar no era grandioso.
Justamente lo contrario.
Pequeño.
Casi escondido.
Un banco de piedra miraba hacia una abertura entre los árboles.
A lo lejos, una parte de Craigellan sobresalía por encima del jardín.
La torre.
Las chimeneas.
Las ventanas.
Todo envuelto en niebla.
—«Allí casi no llega el viento» —murmuré.
Peter pasó junto a mí.
—Tenía razón.
Me acerqué.
El banco estaba cubierto por una fina capa de humedad.
Las hojas se acumulaban junto a la base.
Pasé una mano por un lateral.
Piedra áspera.
Antigua.
Nada.
Peter comprobó el otro lado.
—Aquí.
Fui hasta él.
Tuvimos que agacharnos.
En la parte inferior del lateral, casi ocultas bajo el musgo, había dos letras.
«E.K.»
El corazón me latió más deprisa.
Pasé un dedo cerca.
Sin tocar.
—Eleanor Kinnaird.
Peter señaló más abajo.
Otras dos.
«D.L.»
Me quedé inmóvil.
—David Lennox.
Ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos.
Era tan pequeño.
Tan discreto.
No había ningún corazón.
Ninguna fecha.
Ninguna declaración.
Solo cuatro letras.
Y, aun así, pareció más íntimo que cualquier cosa escrita en las cartas.
—Estuvieron aquí.
Peter miró el banco.
—Probablemente.
Me giré hacia él.
—Peter.
Soltó el aire.
—Vale.
Me miró.
—Estuvieron aquí.
Sonreí.
Me senté en la parte más seca del banco.
Peter se quedó de pie.
—¿Vas a quedarte ahí?
—Eleanor se sentaba aquí.
—¿Y estás segura de que esa piedra está seca?
Lo miré.
—Eres capaz de estropear cualquier momento.
Peter se sentó a mi lado.
—¿Mejor?
—Un poco.
Nos quedamos en silencio.
Aquel silencio era distinto al de los pasillos.
No tenía miedo.
Craigellan aparecía entre los árboles.
Lo bastante lejos como para volver a parecer lo mismo que había sido la primera mañana.
Precioso.
Peter apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—Te gusta esta historia.
—Sí.
—¿Eleanor?
—También.
—Entonces ¿qué?
Lo pensé.
—Creo que me gusta descubrir que el retrato estaba equivocado.
Giró un poco la cabeza.
—El retrato no estaba equivocado.
—Sabes lo que quiero decir.
—Sí.
Miré Craigellan.
—Parece tan seria en ese cuadro.
—Quizá estaba aburrida.
—Quizá odiaba quedarse quieta.
—Quizá el vestido le apretaba.
Sonreí.
—Ahora puedo imaginármela.
—¿El qué?
—Viniendo a escondidas. Quejándose de David. Saltando aquel muro. Sentándose aquí.
Peter miró las iniciales.
—Es extraño cómo unas cuantas líneas en un papel cambian a alguien que murió hace tanto tiempo.
—Por eso me gustan las casas antiguas.
—¿Por los muertos?
—Por la gente.
Me miró.
—¿Hay diferencia?
—Mucha.
Nos quedamos callados.
Después Peter preguntó:
—¿Lo echas de menos?
No necesité preguntar a quién.
Evan.
Pasé el pulgar por el borde del guante.
—A él, no.
Peter no respondió.
—A veces echo de menos saber cómo iba a ser mi vida.
Giró la cabeza.
—Eso es distinto.
—Sí.
La respuesta salió fácil.
Quizá porque no me había dicho que lo sentía.
Quizá porque no había intentado explicarme lo que yo sentía.
—Teníamos una vida previsible —continué—. No perfecta. Pero yo conocía su forma.
—¿Y te gustaba?
Pensé.
—Me gustaba saber dónde estaba todo.
Peter sonrió apenas.
—Eso es muy propio de ti.
—Lo sé.
—¿Y ahora?
Miré Craigellan.
—Ahora no sé dónde está nada.
—Ni siquiera las paredes.
Me reí.
—Sobre todo las paredes.
Guardé silencio unos segundos.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Tu última relación.
Peter miró al frente.
—Funcionábamos.
—Eso suena poco romántico.
—Lo era. Casi tres años funcionando bastante bien hasta que nos dimos cuenta de que estábamos construyendo vidas distintas.
Lo miré.
—¿Y todavía os queríais?
—Creo que sí.
Peter siguió con la mirada una hoja que cayó delante del banco.
—A veces ese es precisamente el problema.
No había amargura en su voz.
Ni culpa.
Solo algo ya comprendido.
—Querer a alguien no lo resuelve todo —dijo.
Miré las iniciales.
—David parece pensar lo mismo.
Peter se giró hacia mí.
—De verdad has adoptado a David.
—Ha dicho algo inteligente.
—Una cosa.
—Muy inteligente.
—Todavía nos quedan unas quince cartas.
—Puedo cambiar de opinión.
—Lo dudo.
Sonreí.
Después seguí mirándolo.
Era extraño verlo allí sin un plano abierto entre nosotros.
Sin casco.
Sin nadie esperando una decisión.
Simplemente sentado a mi lado, con pequeñas gotas de niebla en las gafas, hablando de una mujer a la que había querido sin necesidad de culparla por el final.
Peter se dio cuenta.
—¿Qué?
—Nada.
—Haces mucho eso.
—¿El qué?
—Mirarme y decir «nada».
—Quizá me gusta guardarme algunas cosas.
Sostuvo mi mirada.
—Eso no parece muy propio de ti.
El corazón me latió distinto.
Aparté la vista primero.
—Tenemos que volver.
—Tenemos.
Ninguno de los dos se levantó de inmediato.
Lydia casi perdió la compostura cuando le contamos lo de las iniciales.
—¿Las habéis tocado?
—No.
Peter me miró.
—Ella casi.
—Mentira.
—Dos centímetros.
—Eso no es tocar.
Lydia ya estaba cogiendo equipo.
—Iré después de comer.
Molly apareció.
—¿Las habéis encontrado?
—E.K. y D.L.
Se llevó una mano al pecho.
—Lo sabía.
Trevor pasó por detrás.
—No lo sabías.
—Lo sentía.
—Peor todavía.
El día volvió al trabajo.
O lo intentó.
Una de las cartas contenía otra referencia.
Un pasillo estrecho detrás de la biblioteca.
Aquello llevaba molestándome desde la noche anterior.
Después del banco, me molestó todavía más.
Al final de la tarde fui hasta una abertura lateral de la biblioteca.
Peter me encontró delante de la cinta de seguridad.
—No.
Lo miré.
—No he hecho nada.
—Todavía.
—Quiero ver ese pasillo.
—No está autorizado.
—Ya lo sé.
—Entonces espera.
—Peter.
Se acercó.
—Todavía no hemos comprobado el apoyo después de retirar el panel.
—No voy a tocar nada.
—Eso no es lo que me preocupa.
—Son dos metros.
—Dos metros dentro de una zona que no he autorizado.
Respiré.
—Deja de decir que no antes de explicar.
Peter se quedó inmóvil.
—Estoy explicando.
—Después del «no».
—Porque tú sueles entrar antes de que llegue a la segunda frase.
—Eso no es verdad.
Miró mi pie.
La punta de mi bota ya había sobrepasado la cinta.
Retrocedí.
—Eso no demuestra nada.
Peter cerró los ojos un segundo.
—Rebecca.
—Le pones límites a todo.
—Porque tú entras antes de que termine de decir que no es seguro.
—Entonces deja de decir que no antes de explicar.
Peter me sostuvo la mirada.
—¿De verdad crees que ese es el problema?
Me detuve.
—¿Cuál sería?
Se quedó callado.
—Peter.
—Nada.
—Claramente ibas a decir algo.
—Claramente he decidido no decirlo.
Di un paso hacia él.
—¿Desde cuándo abandonas una discusión a medias?
Su mirada bajó hasta mi boca.
Fue rápido.
Pero lo vi.
—Desde que la discusión dejó de ser sobre la pared.
El corazón me latió más fuerte.
Ninguno de los dos habló.
—¿Y pasó a ser sobre qué?
Peter siguió mirándome.
—Lo sabes.
—No lo sé.
Su boca se tensó ligeramente.
—Sí lo sabes.
Di otro paso.
Ahora estábamos completamente fuera de la zona señalizada.
Junto al antiguo marco de la biblioteca.
A salvo.
Demasiado cerca.
—Entonces dilo.
Peter se quedó inmóvil.
Por un instante pensé que realmente no haría nada.
Después levantó una mano.
Se detuvo antes de tocarme la cara.