El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) Donde No Llegaba el Viento
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Donde No Llegaba el Viento

A la mañana siguiente de la marcha de Scott, nadie habló de él durante el desayuno.

No porque lo hubiéramos olvidado.

Justamente lo contrario.

El sitio vacío en la mesa hacía el trabajo por nosotros.

Ian había reorganizado parte de las entregas.

Martin mandó un mensaje diciendo que intentaría conseguir a alguien del equipo de Londres durante unos días.

Trevor ya había instalado sensores provisionales en los dos accesos del ala donde dormíamos y en la entrada lateral.

Peter pasó buena parte de la mañana revisando cerraduras, cámaras temporales y los puntos de acceso que Ian había señalado.

Y yo hice lo mismo que llevaba haciendo desde que llegué a Craigellan.

Trabajé.

A las nueve y cuarto estaba discutiendo la alineación de un panel de la biblioteca.

A las diez, aprobando un cambio en la posición de dos luminarias.

A las once y veinte, descubrí que una entrega prevista para aquella tarde no saldría de Glasgow hasta el día siguiente.

A mediodía ya llevaba casi veinte minutos sin pensar en la mujer de pelo oscuro que Scott creía haber visto dentro de su propia habitación.

Casi.

Al final de la tarde entré en la cocina y encontré a Molly delante de la pizarra.

Rotulador negro en la mano.

Me vio.

—Tenemos que actualizarla.

Me detuve.

En la parte superior todavía ponía:

«INCIDENTES DE CRAIGELLAN»

Molly borró dos líneas.

Añadió otras.

Cuando terminó, la pizarra decía:

«Mujer llorando: 2»

«Pasos sin dueño: 2»

«Luz inexplicable en la torre: 2»

«Persona desconocida en fotografía: 1»

«Mujer vista en una habitación: 1»

«Abandonos: 1»

«Fantasma confirmado: 0»

Trevor entró justo en ese momento.

Se detuvo.

Miró.

Cogió el rotulador.

Repasó el cero dos veces.

Molly se giró.

—¿Qué haces?

—Asegurarme de que se lea bien.

—¿Sigues con el cero?

—Sigo trabajando con pruebas.

—Una persona ha abandonado el proyecto.

Trevor tapó el rotulador.

—Eso demuestra que Scott estaba asustado. No demuestra que los muertos atraviesen paredes.

Peter apareció en la puerta.

Miró la pizarra.

—Por primera vez, estoy de acuerdo con Trevor.

Molly se giró hacia él.

—Este castillo os está destruyendo.

Lydia entró detrás.

Llevaba una carpeta fina en las manos.

La reconocí de inmediato.

—¿Las cartas?

Asintió.

—He terminado la evaluación inicial.

Molly se olvidó de la pizarra.

—¿Podemos leerlas?

—Algunas.

—¿Cuántas son «algunas»?

—Las que puedo abrir sin convertirlas en polvo.

Trevor señaló hacia el salón pequeño.

—¿Chimenea?

Molly sonrió.

—Ahora estás aprendiendo.

A las siete y media, estábamos los cinco delante del fuego.

Era extraño.

La ausencia de Scott aparecía en las cosas pequeñas.

Una silla de más.

Una copa menos.

Nadie quejándose de los mensajes de los proveedores.

Nadie diciendo que cincuenta mil dólares eran motivo suficiente para aguantar cualquier cosa hasta el uno de noviembre.

Molly fue la primera en fijarse en la silla.

La miró.

Después apartó la vista.

Peter nos sirvió vino a Lydia y a mí.

Trevor prefirió whisky.

Molly también se quedó con vino.

Peter se sirvió poco.

Me senté.

Observé el sitio que había elegido.

—¿Vas a vigilar la puerta toda la noche?

Peter me miró.

—No.

—Estás sentado de frente a ella.

—Casualidad.

Trevor señaló la radio sobre la mesa.

—¿Eso también es casualidad?

Peter lo ignoró.

—Ian ha dejado una llave maestra. Los sensores están en los dos accesos y en la entrada lateral. Si alguien entra en el ala, lo sabremos.

Molly apoyó la copa en el brazo del sillón.

—¿Y si no es alguien vivo?

Trevor bebió un sorbo.

—Entonces el sensor será la parte menos interesante de la noche.

Sonreí.

Peter apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Hasta que sepamos qué está pasando, lo tratamos como un problema de seguridad.

—¿Crees que alguien está gastándonos una broma? —pregunté.

—Creo que sigue siendo una posibilidad.

—¿Por ser americanos?

Trevor hizo una mueca.

—Sería una dedicación impresionante a una broma bastante mala.

Lydia hizo girar el vino en la copa.

—Los empleados de aquí ya evitaban el castillo por la noche antes de que llegarais vosotros.

—Exacto —dije—. Así que no empezó con nosotros.

Molly se acomodó mejor.

—Quiero saber una cosa.

Peter la miró.

—¿Qué?

—Si aparece una mujer en vuestra habitación, ¿también os vais?

Trevor respondió primero.

—No.

—Ni te lo has pensado.

—Sí. Me iré cuando algo viole las leyes de la física delante de mí y no tenga una explicación mejor.

Molly miró a Lydia.

—¿Y tú?

Lydia dejó la carpeta sobre la mesa.

—No me voy antes de saber quién escribió estas cartas.

La miré.

Pensaba lo mismo.

Molly se giró hacia mí.

—¿Rebecca?

—No.

—¿No te vas?

—No.

Miró a Peter.

—¿Tú?

—Me quedo.

Fruncí el ceño.

—Ni te lo has pensado.

Peter se llevó la copa a los labios.

—Lo pensé cuando quedó claro que ninguno de vosotros piensa obedecer una norma sencilla cuando oscurece.

—¿Ninguno?

Peter me miró.

—Uno de vosotros, sobre todo.

—Ah.

Molly levantó la copa.

—Cincuenta mil dólares. Ahora todo tiene sentido.

Trevor ni siquiera se giró.

—El bonus se fijó seis meses antes de que descubriéramos cualquier historia sobre Craigellan.

—Deja de estropearlo.

Peter apoyó la copa.

—El bonus existe porque nos dieron treinta días para hacer un trabajo de tres meses.

—Veintinueve —corregí.

Me miró.

—Gracias por empeorarlo.

Sonreí.

Molly se puso seria.

—Pero aquí va a vivir una familia.

El fuego crepitó.

La frase cambió el ambiente.

Pensé en Caroline.

En los tres hijos.

En el sillón junto a la ventana de la biblioteca.

En las peonías claras que Daniel quería en el jardín.

—¿Creéis que Daniel conoce estas historias? —pregunté.

Peter guardó silencio.

—No lo sabemos.

—Ha comprado Craigellan.

—Comprar el castillo no significa creer en lo que cuentan sobre él.

Molly movió el vino.

—Quizá Caroline sí lo sepa.

La miré.

—Caroline ni siquiera sabe que el castillo es suyo.

Lydia levantó la vista.

—Todavía.

Me quedé mirando el fuego.

La pregunta volvió.

El retrato.

El sillón.

La ventana.

Las flores.

Craigellan.

—¿Por qué este castillo?

Peter lo oyó.

—¿Qué?

—Daniel podría comprar prácticamente cualquier propiedad.

—Probablemente.

—Entonces ¿por qué Craigellan?

Nadie respondió.

Lydia abrió la carpeta.

—Quizá Eleanor sea más interesante que Daniel por ahora.

Molly se incorporó.

—Por fin.

—Nadie toca nada a menos que yo se lo entregue.

—Nos hablas como si fuéramos niños.

Lydia la miró.

—Peter le arrancó el dedo gordo a una estatua.

Peter señaló.

—Fue un accidente.

—Y tú intentaste hacer una foto.

Molly se quedó callada.

—Justo.

Lydia sacó la primera carta.

La colocó sobre una hoja de soporte.

—Esta parece ser de Eleanor.

Me incliné hacia delante antes incluso de darme cuenta.

—¿Está firmada?

—Al final.

—¿Fecha?

—Octubre. El año no se puede leer.

Peter me miró.

Octubre.

Lydia empezó a leer.

La caligrafía tenía fragmentos claros y otros casi borrados.

Avanzó despacio.

—«Mi querido David, mi padre ha vuelto a invitar a ese hombre a cenar».

Molly me miró.

Lydia continuó.

—«Si vuelve una vez más, quizá desaparezca antes del postre y les ahorre a todos el trabajo de organizar la boda».

Molly cerró los ojos.

—Teniendo en cuenta lo que cuentan sobre ella, esa frase ha envejecido fatal.

Trevor miró el papel.

—Muchísimo.

Un escalofrío me recorrió los brazos.

No exactamente de miedo.

Lydia siguió.

—«Ayer volví a rasgarme una falda intentando pasar por el muro bajo detrás de los setos. Si mi padre se entera, probablemente culpará a David. Lo cual sería bastante cómodo, porque David no estaba allí».

Sonreí.

—Era divertida.

—Eso parece —dijo Lydia.

Seguí mirando el papel.

La mujer del retrato parecía tan inmóvil.

Tan correcta.

Aquello no tenía nada que ver con alguien que saltaba muros y escondía encuentros.

Me gustó todavía más.

Lydia llegó al final.

—«Mañana, después de las cuatro. En el lugar de siempre. Si llegas tarde, me voy. Esta vez hablo en serio».

Molly se rio.

—No hablaba en serio.

—Probablemente no —respondí.

Lydia giró la carta.

—Eleanor Kinnaird.

Me quedé mirando.

Eleanor.

No Lady Eleanor.

No la joven muerta de una historia local.

Eleanor.

Impaciente.

Irónica.

Rompiéndose la falda.

Quedando a escondidas.

—¿Hay alguna carta de él? —pregunté.

Lydia sacó otra.

—Creo que sí.

El papel era distinto.

La letra también.

Más firme.

Empezó.

—«Eleanor. Me acusas de llegar tarde como si tú no llegaras antes solo para tener tiempo de condenarme cuando aparezco».

Molly sonrió.

Peter me miró.

—Eso me resulta familiar.

—Sigue escuchando.

Lydia continuó.

—«No quiero que me esperes si esperar significa seguir dejando que otros decidan tus días».

La sala quedó más silenciosa.

Lydia ajustó la hoja.

—«No vengas porque yo te lo haya pedido. Si algún día vienes, quiero saber que habrías elegido esta vida aunque yo no estuviera esperándote al final».

Levanté la vista.

Molly ya no sonreía.

Trevor tampoco.

Yo tampoco.

La frase quedó suspendida en el aire.

Volví a mirar el papel.

—Me gusta.

Peter giró la cabeza.

—Has leído una carta.

—Ha sido suficiente.

—Eso es muy propio de ti.

—¿El qué?

—Formarte una opinión con pruebas insuficientes.

—A veces las pruebas son muy buenas.

—A veces.

—A ti también te ha gustado.

—Sigo recopilando datos.

Molly miró a Peter.

—Conseguís convertir un romance prohibido en una reunión técnica.

—Es un talento —respondió.

Lydia sacó otra carta.

—Esta también es de Eleanor.

La leyó primero en silencio.

Después levantó la vista.

—«Maggie cree que eres un problema».

Molly sonrió de inmediato.

Lydia continuó.

—«Le dije que ella también lo es. Me respondió que precisamente por eso sabe reconocer uno».

Molly señaló la carta.

—Me gusta Maggie.

—Todavía ni sabemos quién es —dije.

Lydia negó con la cabeza.

—Hasta ahora no aparece ningún apellido.

—¿Podría ser una hermana? —preguntó Trevor.

—Una amiga —sugirió Molly.

Peter se encogió de hombros.

—Una empleada.

—Una pariente —añadí.

Lydia volvió a la carta.

—«Maggie dice que soy incapaz de esconder nada dentro de esta casa. Es injusto. Escondo muchas cosas perfectamente».

Me detuve.

Trevor me miró.

Molly también.

Peter fue el primero en hablar.

—Al parecer, no tan perfectamente.