La Historia Que No Terminó #4
—Lo vamos a repartir.
Ian entró.
Peter giró la pantalla hacia él.
—¿Puedes absorber temporalmente la coordinación local y de obra?
Ian miró el cronograma.
—Sí.
Peter asintió.
—Cada área se hace cargo de sus propios proveedores hasta que Martin mande un sustituto. Yo me quedo con estructura, seguridad y todo lo que cruce con Ingeniería. Trevor, sistemas. Lydia, Conservación. Molly, Interiorismo.
Me miró.
—Tú mantienes Integración y todas las decisiones que afecten a varias áreas.
—Eso sigue siendo muchísimo.
—Para todos.
Volví a mirar el cronograma.
Peter no estaba diciendo que yo no pudiera.
Estaba mirando el mismo problema que yo.
Desde otro ángulo.
Ian señaló una secuencia.
—Si Scott ya confirmó esta entrega, puedo cogerlo desde aquí.
Trevor apareció en la puerta.
—Sistemas conmigo.
Molly llegó detrás.
—Interiorismo también.
Lydia asintió.
Me quedé en silencio.
Después acerqué la hoja de cálculo.
—Vale. Entonces vamos a reorganizar.
Peter se sentó.
No sonrió.
No había nada que ganar.
Nos llevó casi una hora.
Cuando terminamos, el cronograma seguía siendo malo.
Pero funcionaba.
Salí de la sala.
Me detuve en el gran salón.
Miré la puerta por la que Scott había salido.
Pensé en los golpes.
En la ventana de la torre.
En la mujer que yo había visto.
En la mujer que él había visto.
En el pelo oscuro.
Tenía miedo.
Era imposible negarlo.
Aun así, no quería irme.
Lo entendí con una claridad extraña.
De verdad no quería irme.
Volví al trabajo.
Poco antes del almuerzo surgió un problema cerca de la biblioteca.
Había que retirar una serie de paneles para acceder a una intervención posterior en la pared.
Nada especialmente extraño.
Hasta que Graham se detuvo.
Ya había hablado con él varias veces.
Poco más de cincuenta años.
Carpintero.
Tranquilo.
Conocía Craigellan mejor que cualquiera de nosotros.
Se quedó mirando una parte estrecha de la pared.
—Esa parte no.
Lo miré.
—¿Por qué?
—No la tocamos.
—Ya lo sé. Precisamente por eso tenemos que abrir.
Graham negó con la cabeza.
—No es eso.
Peter se acercó.
—¿Hay alguna información estructural que no aparezca en el plano?
—No que yo sepa.
Trevor comprobó.
—No hay ninguna instalación registrada.
Lydia llegó.
Recorrió la superficie con la mirada.
Acercó una mano sin tocar.
—Este cerramiento es posterior.
Me acerqué.
Ahora que lo había señalado, podía verlo.
La textura.
El acabado.
Una pequeña diferencia en la junta.
—¿Cuándo lo hicieron?
Graham se encogió de hombros.
—No lo sé.
—Entonces tenemos que averiguarlo.
Se quedó mirando la pared.
—Mi padre trabajó aquí antes que yo.
Me detuve.
—¿Aquí, en Craigellan?
—Casi treinta años.
Señaló el tramo.
—Eso ya estaba cerrado. Él decía que había que dejarlo como estaba.
Molly, detrás de mí, preguntó:
—¿Por qué?
Graham la miró.
—Nunca se lo pregunté.
—¿Y aun así nunca lo abriste?
—No.
Pensé.
—Graham, tenemos que saber qué hay detrás antes de cerrar la nueva intervención.
Se quitó los guantes.
—Entonces que lo abra otra persona.
Ian lo miró.
—Graham.
—Yo trabajo alrededor.
En su voz no había dramatismo.
Solo decisión.
Ian lo observó durante unos segundos.
Después asintió.
—De acuerdo.
Graham se alejó.
Molly me miró.
—Esto ha sido excelente para mi tranquilidad.
Trevor pasó una mano por la pared.
—Que un hombre no quiera abrir una pared no convierte la pared en algo paranormal.
—Nadie ha dicho paranormal.
—Tu cara sí.
Lo miré.
—No me robes eso.
Peter golpeó tres puntos.
Después otros dos.
Se detuvo.
Volvió a golpear.
El sonido era distinto.
Hueco.
El corazón me latió más deprisa.
—¿Hay espacio?
—Pequeño.
—¿Los metros desaparecidos?
Peter negó con la cabeza.
—No. Esto es mucho más pequeño.
Aquello me tranquilizó y me decepcionó al mismo tiempo.
El otro misterio seguía ahí.
Lydia se acercó.
—Podría ser un nicho.
Peter volvió a comprobarlo.
—Estructuralmente podemos abrir una parte.
Lydia se puso los guantes.
—Despacio.
Miré a Ian.
Asintió.
—Adelante.
La retirada llevó casi cuarenta minutos.
Lydia hizo detener el trabajo dos veces.
Primero por el mortero.
Después por una pequeña placa de madera que apareció bajo el revestimiento.
Todo fue fotografiado.
Anotado.
Retirado por etapas.
Cuando por fin hubo espacio suficiente, Peter apuntó la linterna hacia dentro.
Nadie habló.
Había una cavidad.
Pequeña.
Quizá de unos cuarenta centímetros.
—¿Hay algo? —preguntó Molly.
Me acerqué.
Lo primero que vi fue una tela oscura.
Doblada.
—Sí.
Lydia levantó una mano.
—Nadie toca nada.
Acercó la luz.
Dentro había papeles.
Un pequeño cuaderno.
Varias hojas dobladas.
Un paquete atado con una cinta que casi había perdido el color.
Entre dos páginas, algo seco.
Lydia miró más de cerca.
—Una flor.
Molly tomó aire.
—Dios mío.
Trevor no dijo nada.
Peter me miró.
Yo no podía apartar los ojos del nicho.
Era pequeño.
Casi insignificante dentro de un castillo de aquel tamaño.
No parecía un tesoro.
Parecía algo privado.
Y eso lo hacía todavía más importante.
Lydia sacó primero el paquete.
Después el cuaderno.
Después los papeles.
Lo colocó todo sobre una bandeja limpia.
—Vamos a llevarlo a una mesa.
—¿Podemos abrirlo?
Me miró.
—Podemos empezar a evaluarlo.
—Lydia.
Una comisura de sus labios se movió.
—Ya lo sé.
Llevamos todo a una pequeña sala cercana a la galería.
Buena iluminación.
Mesa limpia.
Nada de café cerca.
Lydia se cambió los guantes.
Molly se quedó al otro lado de la mesa.
Peter, a mi lado.
Trevor apareció unos minutos después.
Ian permaneció cerca de la puerta.
La cinta estaba muy frágil.
Lydia trabajó despacio.
No tiró.
No cortó.
Después de unos minutos consiguió soltarla.
Dentro había cartas.
Muchas.
Algunas dobladas.
Otras todavía dentro de sobres.
El cuaderno tenía pocas páginas escritas.
Una flor seca estaba prensada entre dos hojas.
Molly se inclinó.
—¿Qué flor es?
Lydia la observó.
—Quizá una violeta.
—¿Estás segura?
—No.
Molly sonrió.
—Me gusta igualmente.
Peter apoyó una mano sobre la mesa.
—¿Algún nombre?
Lydia escogió una de las cartas que estaba en mejor estado.
La abrió con cuidado.
La tinta estaba desvaída.
La letra era inclinada y pequeña.
Tardé unos segundos en distinguir las palabras.
Lydia acercó la luz.
Leí la primera línea.
Me detuve.
—¿Qué? —preguntó Molly.
No respondí.
Peter se inclinó.
Volví a leer.
«Mi querido David...»
Nadie habló.
David.
Hasta aquella mañana, Lady Eleanor era un retrato.
Una muerte de la que nadie contaba la misma versión.
Una mujer que quizá había caído.
Quizá se había quemado.
Quizá ni siquiera había muerto allí.
Ahora había un nombre que nunca había aparecido en ninguna de aquellas historias.
David.
Miré el paquete de cartas.
Después la pared que había permanecido cerrada durante generaciones.
Alguien había escondido aquellas cartas dentro de Craigellan.
Y yo quería saber por qué.