La Historia Que No Terminó #3
—No quiero volver a recorrer el castillo.
Fue la primera cosa completamente sincera que había dicho desde que entré.
Peter me observó.
—¿Tienes miedo?
Abrí la boca.
Mi primera reacción fue negarlo.
No habría servido de nada.
—Sí.
No hizo ninguna broma.
No dijo que debía de ser la madera.
No intentó convencerme de que no tenía motivos.
Se limitó a mirarme durante unos segundos.
Después asintió.
—Vale.
Fue hasta el baño.
Encendió la luz.
Dejó la puerta entreabierta.
Una franja clara atravesó la habitación.
Después apartó el edredón de la cama.
—Duerme aquí.
—Peter.
—Yo me quedo en el sofá.
—No cabes en ese sofá.
—Lo suficiente para dormir.
No respondí.
Él tampoco.
Durante unos segundos todo quedó en silencio.
La habitación.
El pasillo.
Nosotros dos.
Fue extraño darme cuenta de que aquella era la primera vez que Peter me veía tener miedo de algo y no hacía ninguna pregunta que yo necesitara responder.
Me senté en el borde de la cama.
—Gracias.
—No hace falta.
Fue entonces cuando vi el paquete sobre una mesita.
Reconocí la forma.
Miré a Peter.
—No.
Siguió mi mirada.
—¿Qué?
Señalé.
—¿Estás durmiendo con el dedo?
Peter retiró la tela.
Apareció la pieza de piedra.
Empecé a reírme.
—Lydia me lo dio al final de la tarde. Tengo que llevarlo mañana a Conservación.
—Así que te has traído un dedo mutilado a la habitación.
—No me pareció apropiado dejarlo en la cocina.
—Pero sí dormir con él.
—No estaba en la cama.
Cogió la pieza.
La dejó sobre la mesilla.
—Listo.
—¿Qué haces?
—Protección.
—Peter.
—Regalo temporal para Lady Sloan.
Lo miré.
—No puedes regalarme patrimonio del cliente.
—Es un préstamo.
—¿Y si se rompe?
Peter me sostuvo la mirada.
—Rebecca, ya está roto.
Me reí.
Esta vez de verdad.
El miedo no desapareció.
Pero aflojó.
Peter cogió una almohada para el sofá.
—Devuélvelo mañana.
—Eso pienso hacer.
Me tumbé.
Él se acomodó al otro lado de la habitación.
Mal.
Una pierna quedó fuera.
—Esto es ridículo.
—Buenas noches, Lady Sloan.
Giré la cabeza.
—No te acostumbres.
Una comisura de sus labios se levantó.
—Buenas noches, Rebecca.
Apagué la lámpara.
La luz del baño permaneció encendida.
Me quedé mirando el techo.
El corazón ya no me latía tan deprisa.
Al cabo de unos minutos, pregunté:
—¿Con quién está Winston?
Peter tardó en responder.
—Con mi hermana.
—No sabía que tenías una hermana.
—Nunca preguntaste.
—Tampoco sabía que tenías un labrador hasta el avión.
—Hay una cantidad preocupante de información que no tienes sobre mí.
—Me estoy dando cuenta.
Se recolocó en el sofá.
—Rachel está con él.
—¿Rachel?
—Mi hermana. Vive en New Jersey. A Winston le gusta más de lo que debería.
—Eso parece molestarte.
—Llevo seis años alimentando a ese perro. Ella aparece con dos galletas y destruye una relación construida con esfuerzo.
Sonreí en la oscuridad.
—Entonces sois cercanos.
—Bastante.
—¿Siempre lo habéis sido?
Peter soltó una risa baja.
—Probablemente ella diría que sobrevivió a la infancia a pesar de mí.
—Por fin una información interesante.
—Era un hermano excelente.
—Esa debe de ser tu versión.
—Es la correcta.
—Naturalmente.
Silencio.
El viento golpeó la ventana.
Esta vez no me asustó.
—¿Tú también creciste en New Jersey?
—Virginia.
—¿Casa grande?
—No.
—¿Ciudad?
—Lo bastante pequeña como para que mi madre supiera que había hecho algo antes de que volviera a casa.
Sonreí.
—¿Hacías cosas peligrosas?
—Algunas.
—No me lo creo.
—A los once años construí una casa en un árbol.
Giré la cabeza hacia él.
—Eso suena exactamente a algo que tú harías.
—Se cayó.
Me quedé inmóvil.
—No.
Peter respiró hondo.
—Sí.
Me incorporé en la cama.
—¿Te caíste de una estructura que tú mismo habías construido?
—Tenía once años.
—Peter Halden.
—No empieces.
—Esto va a sostenerme emocionalmente durante años.
Se rio.
—Sabía que no debía contártelo.
—¿Tu hermana lo vio?
—Fue a buscar a mi madre.
—¿Riéndose?
Silencio.
—Peter.
—Mucho.
Empecé a reírme.
Él también.
La imagen del hombre que se pasaba el día encontrando fallos estructurales cayéndose de su propia casa en un árbol era demasiado buena.
Cuando dejé de reír, Peter habló:
—En el avión dijiste una cosa.
—¿Cuál?
—Que, cuando dibujabas casas, primero imaginabas lo que haría la gente dentro.
Miré el techo.
—¿Te acuerdas de eso?
—Sí.
Una pausa.
—¿De dónde viene?
Lo pensé.
—Mi madre cambiaba los muebles de sitio todo el tiempo.
—¿Cómo?
—Todo. Sofá. Mesa. Sillas. Estanterías. Era capaz de cambiar una habitación entera sin comprar nada.
—¿Por qué?
Sonreí.
—Decía que la casa tenía que acompañar nuestra vida.
Peter se quedó en silencio.
—Me gusta.
—A mí también.
—Explica muchas cosas.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Sobre mí?
—Sobre tu manera de trabajar.
—¿Sigues analizando mi trabajo a las dos de la mañana?
—No estoy analizando.
—Entonces ¿qué estás haciendo?
Tardó un poco en responder.
—Conociéndote.
La respuesta me dejó callada.
Me quedé mirando la franja de luz que salía del baño.
Él no añadió nada.
Yo tampoco.
El silencio cambió.
No se volvió incómodo.
Se volvió íntimo.
Unos minutos después, mi voz salió más baja.
—¿Peter?
—¿Mmm?
—Gracias.
Hubo una pequeña pausa.
—Duerme. Estoy aquí.
Cerré los ojos.
Y me dormí.
Cuando desperté, la habitación estaba gris.
La luz del baño seguía encendida.
Tardé unos segundos en recordar dónde estaba.
Después vi el dedo sobre la mesilla.
Craigellan.
Peter.
Me giré.
Estaba en el sofá.
Torcido.
Una pierna fuera.
Un brazo caído.
La manta casi en el suelo.
Las gafas estaban sobre una mesa.
Sin ellas, dormido, parecía distinto.
Más joven.
Menos protegido.
Me quedé mirándolo unos segundos.
Peter abrió los ojos.
—¿Me estás observando?
—No.
—Sí.
—Estoy evaluando las consecuencias de tu decisión estructural.
Volvió a cerrar los ojos.
—Demasiado pronto.
Me incorporé.
Cogí el dedo.
—Voy a devolver esto.
Peter abrió un ojo.
—No hagas eso.
—Intentaste regalarme patrimonio histórico.
—Préstamo.
Me levanté.
—Buenos días.
—Rebecca.
Me giré.
Me señaló.
—Lady Sloan.
—No te acostumbres.
Salí.
Molly estaba en el pasillo.
Me detuve.
Ella también.
Me miró.
Después miró la puerta de Peter.
Después el dedo de piedra que llevaba en la mano.
—No.
Molly levantó las manos.
—No he dicho nada.
—Perfecto.
Empecé a caminar.
Vino detrás.
—Tengo muchas preguntas.
—Guárdatelas todas.
Giramos por el pasillo.
Y nos detuvimos.
Scott estaba en el gran salón.
Una maleta a su lado.
El abrigo puesto.
El humor desapareció antes de que ninguna de las dos dijera nada.
—¿Qué estás haciendo?
Scott me miró.
Pálido.
Cansado.
—Me voy.
Molly se quedó quieta a mi lado.
—¿Cómo que te vas?
Scott sujetó el asa de la maleta.
—Tal y como suena.
Peter apareció en lo alto de la escalera.
Lydia llegó justo después.
Trevor salió de una sala lateral.
En menos de un minuto estábamos todos allí.
Scott recorrió al grupo con la mirada.
—No quiero montar una escena.
Peter bajó los últimos escalones.
—¿Ha pasado algo?
Scott guardó silencio.
Después miró la maleta.
—Me desperté durante la noche.
Nadie habló.
—No sé qué hora era.
Peter se acercó.
—¿Qué te despertó?
Scott se pasó una mano por la cara.
—Había alguien en la habitación.
Todo mi cuerpo se puso alerta.
—¿Quién?
Me miró.
—Una mujer.
Silencio.
—Sentada en la silla junto a la ventana.
Molly se quedó inmóvil.
—¿Le viste la cara?
Scott negó con la cabeza.
—No bien. Estaba un poco de lado. Con la cabeza baja.
—¿Estaba haciendo algo? —preguntó Lydia.
—No.
—¿Habló?
—No.
Scott respiró hondo.
—Solo estaba sentada.
Peter preguntó:
—¿Y después?
—Encendí la luz.
Me quedé quieta.
—¿Y?
—No había nadie.
Trevor habló con cuidado:
—Podrías haberte despertado en mitad de un sueño.
Scott lo miró.
—Lo sé.
Eso hizo que todo resultara peor.
—Entonces ¿por qué te vas? —pregunté.
Scott guardó silencio unos segundos.
—Porque, cuando encendí la luz, el suelo delante de la silla estaba mojado.
Se me encogió el estómago.
—¿Mojado cómo?
—Dos marcas.
—¿Huellas?
—No.
Negó con la cabeza.
—Dos marcas, una al lado de la otra.
Me miró.
—Exactamente donde estaban sus pies.
Nadie habló.
Trevor abrió la boca.
Scott levantó una mano.
—Ventana. Condensación. Tuberías. Ya lo sé.
En su voz no había impaciencia.
Solo cansancio.
—Busqué una explicación.
Peter se quedó muy quieto.
—¿Hiciste una foto?
—No.
—¿Llamaste a alguien?
—No.
—¿Por qué?
Scott soltó una risa breve.
—Porque quería salir de aquella habitación.
La puerta principal se abrió.
Ian entró.
Se detuvo al ver la maleta.
—¿Qué ha pasado?
Scott lo miró.
—Me voy.
Ian sostuvo su mirada.
Ninguno de los dos habló durante unos segundos.
Scott cogió la maleta.
Ian pidió un coche.
Fuimos hasta la entrada.
Caía una lluvia fina sobre la escalinata.
Scott metió la maleta en el maletero.
Me acerqué.
—Scott.
Se giró.
—La mujer.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
—¿Crees que era Eleanor?
Scott se quedó mirándome.
—No.
El corazón me latió más deprisa.
—¿Cómo lo sabes?
Sujetó la puerta del coche.
—El pelo.
Me detuve.
Scott miró Craigellan.
Después a mí.
—Era oscuro.
Entró.
La puerta se cerró.
El coche bajó por la carretera.
Me quedé mirando hasta que desapareció tras la curva.
Peter estaba unos pasos detrás.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Volvimos dentro.
El gran salón parecía distinto con cinco personas.
No porque Scott ocupara tanto espacio.
Sino porque todos sabíamos por qué aquel espacio estaba vacío.
A las nueve y veinte abrí el cronograma.
En diez minutos encontré once problemas.
Scott coordinaba proveedores.
Entregas.
Accesos.
Secuencia operativa.
Confirmaciones.
Interferencias.
Hacía una cantidad absurda de cosas que nadie notaba precisamente porque las hacía bien.
—Yo asumiré Logística hasta que Martin mande a alguien.
Peter estaba delante de la mesa.
—No.
Levanté la vista.
—No empieces.
—Si asumes también Logística, te conviertes en el cuello de botella que estás intentando eliminar.
—Puedo gestionarlo.
—Lo sé.
Me detuve.
Peter señaló la pantalla.
—Hasta que alguien te necesite en la biblioteca, otro proveedor bloquee una entrega e Ian necesite una decisión sobre el terreno al mismo tiempo.
—Entonces priorizo.
—Y algo espera.
Crucé los brazos.
—Alguien tiene que asumirlo.