La Historia Que No Terminó #2
La primera parte de la iluminación definitiva funcionaba.
La sala empezaba a parecer menos una obra y más aquello que habíamos imaginado durante seis meses.
Molly decidió que había que dejar constancia.
—Todo el mundo al gran salón.
Trevor miró su camisa.
—Estamos llenos de mierda.
—Ese es el concepto.
—No quiero formar parte del concepto.
—No te he preguntado.
Ian todavía estaba en la propiedad.
Anne también.
Aun así, Molly quiso solo al equipo principal.
Los seis.
Peter intentó quedarse en un extremo.
Molly señaló.
—Más cerca.
—Estoy cerca.
—No lo estás.
Scott estaba al otro lado.
Callado.
Fue entonces cuando me di cuenta de verdad.
Parecía cansado.
No como todos nosotros.
De otra manera.
Ojeras marcadas.
Rostro cerrado.
Camisa arrugada.
—Scott.
Me miró.
—¿Qué?
—Acércate un poco.
Dio un paso.
—¿Así?
—Parece que vas a una ejecución.
Intentó sonreír.
No lo consiguió.
Molly apoyó el móvil.
—Diez segundos.
Corrió hasta el grupo.
La cámara disparó.
Comprobó la foto.
—Otra.
Trevor protestó.
Ella lo ignoró.
Hicimos tres.
Después volvimos al trabajo.
Fue más tarde, en la cocina, cuando Molly encontró algo extraño.
Yo estaba cortando pan cuando la oí:
—¿Quién es esa?
Trevor ni siquiera miró.
—¿Quién?
Molly acercó el móvil a la cara.
—Aquí.
Lo dejó sobre la mesa.
Me acerqué.
Peter también.
En la fotografía estábamos los seis delante de la entrada del gran salón.
Detrás de nosotros se veía parte de la escalera.
Arriba, la barandilla de la planta superior.
Y, cerca de una columna, había una forma oscura.
Pequeña.
Casi desenfocada.
Podría ser una persona.
Podría no ser nada.
—Amplía.
Molly amplió.
La imagen perdió calidad.
Aun así, parecía distinguirse una cabeza.
Hombros.
Una línea vertical que quizá fuera un vestido.
Quizá una sombra.
Trevor por fin se acercó.
—Compresión. Movimiento. Contraste. Reflejo.
—¿Todo eso a la vez?
—Estoy dando opciones.
—Hay alguien ahí.
—Parece que hay alguien ahí.
Peter cogió el móvil.
—¿Había alguien en la planta de arriba?
Pensé.
—No lo recuerdo.
Lydia se acercó.
—Yo tampoco.
Molly miró a Scott.
—¿Tú te acuerdas?
Estaba junto al fregadero.
No respondió.
—¿Scott?
Miró la fotografía.
Solo durante un segundo.
Después apartó la vista.
—Bórrala.
La cocina quedó en silencio.
Molly frunció el ceño.
—¿Qué?
—Borra la foto.
—¿Por qué?
Scott cogió la taza.
—Porque no tiene gracia.
Salió.
Miré a Peter.
Él ya me estaba mirando.
Trevor cogió el móvil de Molly.
—Voy a ver si hay algo objetivo en la imagen.
Peter no respondió.
Molly siguió con la mirada a Scott hasta que desapareció por el pasillo.
—Está raro.
Nadie preguntó quién.
Lo sabíamos.
Encontré a Scott una hora después.
Dos hojas de cálculo abiertas.
Dos cafés vacíos.
La puerta de la sala, abierta.
Eso me llamó la atención.
Scott siempre la cerraba cuando tenía que tratar con algún proveedor.
Me detuve en la entrada.
—¿Has dormido?
Levantó la vista.
—Más o menos.
Entré.
—¿Está pasando algo?
—No.
—Scott.
Se pasó una mano por la cara.
—Estoy cansado.
—Nosotros también.
—Ya lo sé.
Me quedé mirándolo.
Él evitó hacerlo.
—La fotografía te ha molestado.
—No.
—Has pedido que la borraran.
—Porque Molly va a convertir cualquier sombra en una persona muerta.
—No ha parecido que fuera solo por eso.
Scott cerró una hoja de cálculo.
—Rebecca, tengo tres proveedores esperando respuesta.
Lo entendí.
—Vale.
Empecé a salir.
—Oí a alguien llamarme.
Me detuve.
Me giré.
Seguía mirando la pantalla.
—¿Cuándo?
—Anoche.
Di un paso hacia atrás.
—¿Dónde?
—En el pasillo.
—¿Qué oíste?
Scott tardó en responder.
—Mi nombre.
Se me encogió el estómago.
—¿La voz de quién?
Cerró los ojos un instante.
—De una mujer.
—¿Viste a alguien?
—No.
—¿Se lo has contado a Peter?
—No.
—Tienes que hacerlo.
Me miró.
—No voy a convocar una reunión porque oí mi nombre en un pasillo.
—Tampoco hace falta.
—Entonces déjalo.
—Con todos los demás, sí.
Scott entrecerró los ojos.
—Con Peter, no.
—Rebecca.
—Él responde de seguridad junto con Ian. Si algo está ocurriendo por la noche, necesita saber que alguien más ha oído cosas.
Scott guardó silencio.
Después asintió una sola vez.
—Solo eso.
—Solo eso.
Encontré a Peter más tarde.
No lo convertí en una discusión.
No hablé en nombre de Scott.
Solo le dije que había oído una voz de mujer llamarlo por su nombre y que estaba durmiendo mal.
Peter no hizo ninguna broma.
Miró hacia la sala donde trabajaba Scott.
—¿Desde cuándo?
—Al menos desde ayer.
—Hablaré con él.
—No lo presiones.
Peter me miró.
—Sé hablar con la gente.
—A veces.
Una comisura de sus labios se movió.
Pero no respondió.
Aquella noche, Molly decidió investigar.
Entró en el salón pequeño con el portátil.
Lydia estaba en un sillón.
Yo, en el sofá.
Trevor, delante de la chimenea.
Peter terminaba algo en el móvil.
Scott no bajó.
Dijo que tenía que trabajar.
Molly se sentó en la alfombra.
—He encontrado una cosa.
Trevor dejó escapar el aire.
—Espero sinceramente que no sea un médium.
—No lo es.
Giró el portátil.
—Apariciones recurrentes.
Peter levantó la vista.
—¿Fuente?
Molly dudó.
Trevor miró la pantalla.
—Un foro.
—Tiene referencias.
—Sigue siendo un foro.
Lydia se inclinó hacia delante.
—¿Qué dice?
Molly recorrió la página.
—Que, en distintas tradiciones, las apariciones ligadas a un lugar se interpretan como algo que quedó inacabado.
—«Se interpretan» es la parte importante —dijo Peter.
—Ya lo sé.
Continuó.
—Una muerte traumática. Información que nunca llegó a descubrirse. Una identidad perdida. Algo que no se cerró.
Lydia miró la pantalla.
—Ese patrón aparece en historias de muchos lugares distintos.
Trevor se giró hacia ella.
—¿Estás ayudando?
—No estoy diciendo que existan los fantasmas.
—Gracias.
—Estoy diciendo que el patrón de la historia es interesante.
Molly se recolocó.
—Hay más. Algunas tradiciones interpretan las apariciones repetidas como un intento de llamar la atención sobre un lugar, un objeto o un acontecimiento.
La miré.
—¿Para mostrar algo?
—Quizá.
Peter bloqueó el móvil.
—O, después de conocer una historia, la gente empieza a buscar intención en cualquier cosa que ocurre a su alrededor.
—También —dijo Lydia.
Molly hizo una mueca.
—Hacéis que todo sea menos divertido.
—Es un servicio público —respondió Trevor.
Sonreí.
Poco.
Lydia cogió la copa.
—Lo que a mí me parece más interesante es otra cosa.
La miré.
—¿Qué?
—Todo el mundo aquí habla de Eleanor porque es el nombre conocido. Pero una casa de este tamaño ha tenido cientos de personas viviendo y trabajando dentro.
Molly se puso seria.
—Entonces, si hubiera algo aquí...
—No significa que tuviera que ser Eleanor.
Mi mirada volvió al fuego.
La mujer de la torre.
Pelo oscuro.
El retrato.
Pelo claro.
La fotografía.
Scott oyendo su propio nombre.
Peter me observaba.
—¿Todo bien?
Lo miré.
—Sí.
No era exactamente verdad.
Se dio cuenta.
También se dio cuenta de que no quería hablar.
Y no insistió.
Fui a mi habitación poco después de las once.
Me duché.
Me cambié de ropa.
Me tumbé.
Intenté leer.
No pude.
Cerré el libro.
Apagué la lámpara.
La luz del pasillo entraba por debajo de la puerta.
Me quedé mirando el techo.
No pasó nada.
Cinco minutos.
Quizá diez.
Mi cuerpo empezó a relajarse.
Toc.
Abrí los ojos.
Esperé.
Nada.
Me incorporé.
El sonido había venido de la puerta.
O de la pared.
No lo sabía.
Toc.
Esta vez más claro.
Me levanté.
Fui hasta la puerta.
Me detuve.
—¿Quién es?
Nada.
Quité la llave.
Abrí.
El pasillo estaba vacío.
Miré a ambos lados.
Ninguna puerta abierta.
Ningún movimiento.
—¿Molly?
Nada.
Cerré.
Volví a echar la llave.
Regresé a la cama.
—Madera.
Como si se hubiera sentido ofendida por la explicación, algo volvió a golpear.
Toc.
Cerré los ojos.
—No.
Otro.
Toc.
Me levanté.
Abrí la puerta más deprisa.
Nada.
Esta vez salí.
Caminé unos pasos.
Me detuve cerca de la habitación de Molly.
Pensé en llamar.
No lo hice.
Ya me estaba girando para volver cuando lo oí.
Toc.
Detrás de mí.
Me giré tan rápido que me golpeé el hombro contra la pared.
El pasillo estaba vacío.
El corazón se me disparó.
Basta.
Volví a mi habitación.
Cogí el móvil.
Abrí la conversación con Peter.
Escribí:
«¿Estás despierto?»
Me quedé mirando.
Lo borré.
Escribí:
«Estoy oyendo algo.»
También lo borré.
Aquello era ridículo.
Yo coordinaba un equipo internacional y tomaba decisiones de miles de dólares.
Entraba en salas llenas de personas que esperaban que supiera exactamente lo que estaba haciendo.
No necesitaba pedir ayuda porque una puerta hacía ruido.
Toc.
Miré hacia ella.
Cogí el móvil.
Salí.
La habitación de Peter estaba dos puertas más allá.
Caminé deprisa.
Llamé.
Esperé.
Volví a llamar.
La puerta se abrió.
Peter apareció con camiseta y pantalones de dormir.
Sin gafas.
El pelo completamente desordenado.
Parpadeó varias veces.
—¿Ha pasado algo?
El tono acabó con cualquier intento de fingir normalidad.
—No.
Me miró.
—¿No?
—Nada grave.
Miró hacia el pasillo.
Después a mí.
—¿Has venido a mi habitación en mitad de la noche para decirme que no ha pasado nada?
—Puedo volver.
Me giré.
—Rebecca.
Me detuve.
Abrió más la puerta.
—Entra.
Entré.
Peter cerró.
Echó la llave.
Miré alrededor.
Después me detuve.
—Tu habitación es mejor que la mía.
Se pasó una mano por la cara.
—¿Esa es la emergencia?
—Tu cama es más grande.
Peter miró la cama.
—Sí.
—Tu ventana no tiene corriente de aire.
—También.
—Y tienes sofá.
—Tengo.
Me giré hacia él.
—Esto es corrupción.
Una comisura de sus labios se movió.
—Jerarquía.
—Tú no estás por encima de mí en la jerarquía.
—En esta habitación, por lo visto sí.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Privilegios de la Corona.
Lo miré.
—Eres ingeniero estructural, no rey.
Peter abrió un cajón y cogió las gafas.
—Y aun así, la lady ha venido a llamar a mis aposentos en mitad de la noche.
—Yo no soy ninguna lady.
Se puso las gafas.
—Entonces ¿a qué has venido?
Me detuve.
—La verdad es que he oído golpes.
El humor desapareció.
—¿Dónde?
—En la puerta.
—¿Cuántos?
—Varios.
—¿Abriste?
—Dos veces.
Peter se quedó inmóvil.
—¿Sola?
—Claro.
—Rebecca.
—No había nadie.
Cogió el móvil.
—Voy a comprobarlo.
—No.
Se detuvo.
—¿No?
Bajé la voz.