El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) La Historia Que No Terminó
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La Historia Que No Terminó

Ian llegó a la cocina a las siete y veintitrés.

Lo sabía porque llevaba casi cinco minutos mirando el reloj.

Peter también.

Ian se dio cuenta en cuanto entró.

Se detuvo junto a la puerta.

Me miró a mí.

Después a Peter.

—¿Qué?

Peter dejó la taza sobre la encimera.

—Dijiste que hoy hablaríamos.

Ian se quedó inmóvil un segundo.

No necesitó preguntar de qué.

Aquello ya respondió algo.

Molly entró detrás de él con dos rebanadas de pan en una mano.

—Por fin.

Trevor apareció justo después.

—Quiero dejar constancia de que he dormido perfectamente.

Scott levantó la vista del café.

—Nadie te lo ha preguntado.

—Estoy aportando pruebas.

Lydia acercó una silla.

Ian nos miró a todos.

—¿Me estabais esperando?

—Desde aproximadamente las dos de la mañana —respondí.

Respiró hondo.

Después entró.

—Bien.

Peter cruzó los brazos.

—Empieza por la torre.

Ian me miró.

—¿Qué pasó?

—La luz volvió a encenderse.

—¿Qué ventana?

Señalé aproximadamente en su dirección.

—Torre oeste. Planta superior.

—¿La misma de la primera noche?

Me detuve.

—¿Lo sabías?

Ian miró a Peter.

Peter respondió:

—Ayer por la mañana se lo comenté al equipo eléctrico. Pedí que lo comprobaran.

—¿Y?

Ian acercó una silla.

Se sentó.

Eso me preocupó más que si se hubiera quedado de pie.

—La torre oeste tiene historias.

Trevor cerró los ojos.

—Ya estamos.

Molly se incorporó un poco más.

—¿Historias de qué tipo?

—Historias.

—Ian.

Me miró.

—Craigellan lleva aquí mucho tiempo. Han vivido familias. Hay empleados que han pasado toda su vida aquí. La gente ha nacido, muerto, se ha casado, se ha peleado, ha desaparecido. Un lugar así acumula historias.

Peter preguntó:

—¿Hay gente que evita quedarse aquí por la noche?

Ian dudó.

Poco.

Pero dudó.

—Algunos.

Scott dejó de remover el café.

—¿Por qué?

Ian apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Depende de a quién se lo preguntes.

—Te lo estoy preguntando a ti —dijo Peter.

—Yo nunca he visto nada aquí que no pudiera atribuirse a un edificio antiguo. Madera. Viento. Animales. Tuberías. Gente asustada oyendo cosas que de día ni siquiera notaría.

Trevor lo señaló discretamente.

—Gracias. Eso sí tiene sentido.

Ian continuó:

—Pero hay empleados a los que no les gusta quedarse solos después de que anochezca. Algunos dicen que han oído pasos. Otros, voces. Hay gente que jura haber visto a alguien en ventanas donde no debería haber nadie.

La cocina quedó un poco más silenciosa.

—Llanto —dije.

Ian me miró.

—¿Qué?

—Una mujer llorando.

Su expresión cambió muy poco.

Pero cambió.

—¿Habéis oído a una mujer llorando?

—Scott y yo.

Scott no levantó la vista.

Peter añadió:

—Y después nosotros oímos los pasos.

Ian guardó silencio.

Molly apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Y por qué nadie nos contó esto antes de ponernos a dormir aquí?

—Porque habéis venido a restaurar un castillo. No a investigar historias.

Trevor levantó la taza.

—Información ligeramente relevante cuando las historias ocurren en el mismo sitio donde dormimos.

Ian lo miró.

—Estáis aquí para trabajar.

—Y dormir —dije.

—También.

Pensé en Moira.

—¿Por eso se va a las seis?

Ian casi sonrió.

—Moira se va a las seis porque su jornada termina a las seis.

—¿Solo por eso?

Me observó.

—Pregúntale a Moira.

Trevor dejó la taza sobre la encimera.

—Excelente. Ahora sí estoy completamente tranquilo.

Peter se apartó.

—Vamos a revisar la torre.

Ian asintió.

—Trevor viene.

Trevor se señaló el pecho.

—Naturalmente.

—Tú llevas la parte eléctrica.

—Me gustaba más cuando esto era problema de Arquitectura.

Me levanté.

—Yo también voy.

Peter me miró.

—¿Por qué?

—Porque fui yo quien vio a alguien en la ventana.

Ian se detuvo.

—¿A alguien?

Peter respondió antes que yo.

—Rebecca cree que vio a una mujer pasar delante del cristal.

—La vi.

—Durante dos segundos.

—Siguieron siendo dos segundos.

Ian cogió la llave.

—Entonces vamos.

Molly también se levantó.

Peter señaló la mesa.

—Tú te quedas.

—¿Y si encontráis a una mujer muerta?

Trevor se puso el casco.

—Prometo rellenar la documentación correspondiente.

Molly entrecerró los ojos.

—Quiero enterarme antes que el informe.

Ian ya estaba saliendo.

—Cinco minutos.

La entrada al ala oeste seguía cerrada.

Esta vez Ian tenía la llave.

Peter entró primero.

El pasillo al otro lado de la puerta estaba más frío.

También más oscuro.

No daba miedo.

Solo estaba inacabado.

Protecciones sobre el suelo.

Plástico.

Herramientas.

Dos puertas con carteles de acceso restringido.

Trevor fue directo a un cuadro eléctrico provisional.

Yo miré hacia arriba.

La torre quedaba más adelante.

—¿La ventana está por ahí?

Ian señaló la escalera del fondo.

Seguimos.

Durante el día, el ala oeste perdió casi todo el poder que había ejercido sobre mí la noche anterior.

Había polvo.

Cinta de seguridad.

Una escalera apoyada contra la pared.

Una caja de tornillos abierta en el suelo.

Costaba imaginar a una mujer de pelo oscuro atravesando aquel lugar sin dejar ninguna señal de haber estado allí.

Llegamos al segundo tramo de escaleras.

Trevor se detuvo delante de otro cuadro.

Lo abrió.

Miró.

Después volvió a mirar.

Peter se dio cuenta.

—¿Qué?

Trevor señaló.

—El circuito de la planta superior está desconectado.

Me detuve.

—¿Desde ayer?

—No.

Tocó el interruptor.

—Está identificado como fuera de servicio.

Ian se acercó.

—¿Desde cuándo?

Trevor abrió el registro en el móvil.

—Cuatro días.

Miré a Peter.

Él no me miró.

—¿Y la ventana?

Trevor siguió examinando.

—Puede haber una alimentación antigua fuera de este cuadro.

—¿La hay?

—Todavía no lo sé.

Subimos.

Reconocí la ventana en cuanto llegamos.

Era esa.

Alta.

Estrecha.

Orientada hacia la parte delantera de la propiedad.

El espacio que la rodeaba estaba vacío.

Ninguna luminaria provisional.

Ningún equipo.

Ningún trabajador.

Trevor levantó la vista.

Había una pequeña lámpara antigua en el techo.

—Hay un punto de luz —dijo.

Peter apuntó con la linterna.

—¿Tiene alimentación?

Trevor abrió una caja lateral.

—No debería.

Lo miré.

—Esa expresión aparece demasiado.

Me ignoró.

Manipuló dos cables.

Después se detuvo.

—Puede haber retorno por un circuito antiguo. Alguna alimentación cruzada. Una identificación incorrecta. Una intervención que nunca llegó a registrarse.

—¿Cuál de esas es la explicación?

—Ahora mismo, ninguna.

Peter se acercó a la ventana.

Observó el cristal.

—¿Un reflejo del exterior?

Trevor miró también.

—Es posible.

—¿De qué?

—Faros. Iluminación de fachada. Algún vehículo. Alguna superficie reflejando luz.

—¿Y una mujer?

Peter se giró hacia mí.

No dijo nada.

Ian, junto a la puerta, respondió:

—Nadie debería haber estado aquí a esa hora.

La frase quedó suspendida en el espacio.

Trevor cerró la caja.

—Voy a rastrear la alimentación.

Peter asintió.

—Hazlo.

Volví a mirar el cristal.

A la luz de la mañana parecía solo una ventana.

Piedra.

Polvo.

Una zona en obras.

Casi me sentí ridícula.

Casi.

Al bajar, pasamos junto a la estatua.

Peter redujo el paso.

Seguía faltándole el dedo gordo.

Lo miré.

—Criminal.

—Accidente laboral.

Ian se detuvo.

—¿Qué ha pasado?

Peter siguió bajando.

—Nada.

—Le arrancó un dedo a una estatua —expliqué.

Ian miró el pie de piedra.

Después a Peter.

Cerró los ojos un segundo.

—¿Lydia ya lo sabe?

Peter siguió andando.

—Lo sabrá.

—Prefería lo de la torre.

Empecé a reírme.

Peter me miró.

—Muy solidaria.

—Muchísimo.

Y así Craigellan volvió a parecer manejable.

Al menos durante el día.

En las horas siguientes, el castillo nos devolvió algo de paz.

No completa.

Pero suficiente.

Trabajamos.

Mucho.

Trevor encontró dos anomalías antiguas en la alimentación del ala oeste.

Ninguna explicaba directamente la luz de la torre.

Pero tampoco le permitían descartar un problema eléctrico.

—Puede haber alguna conexión oculta —dijo.

—¿Eso significa que tenemos una explicación?

—Significa que todavía tengo trabajo.

Peter asintió.

—Sigue.

Al final de aquella tarde, Lydia apareció en la biblioteca con un pequeño paquete en las manos.

Peter estaba delante de un plano.

Dejó el paquete a su lado.

Lo abrió.

Apareció el dedo.

Me detuve.

—¿Cuánto?

Lydia me miró.

—No quieres saberlo.

—Sí quiero.

Peter cerró la carpeta.

—No quieres.

Molly se acercó.

—Yo sí.

Lydia nos observó a los tres.

—Se puede restaurar.

Peter pareció relajarse.

Un poco.

—Perfecto.

—Siempre que nadie intente arreglarlo con pegamento.

Molly se giró hacia él.

Peter guardó silencio.

Lo miré.

—Lo habías pensado.

—Durante unos segundos.

Empecé a reírme.

Lydia volvió a envolver la pieza.

—Tú no te acercas.

—Entendido.

Molly cogió el móvil.

Peter extendió una mano.

—Ni se te ocurra.

Lo guardó.

Aquella noche, Anne dejó sopa, pan caliente y una tarta que desapareció antes de las ocho.

Fuera llovía.

Tomamos té en la cocina.

Hablamos de trabajo.

Del frío.

De la cantidad de cosas que Molly ya quería comprar antes de volver a Estados Unidos.

Nadie lloró.

Nadie caminó por el pasillo.

Ninguna luz se encendió.

Dormimos.

A la mañana siguiente me desperté con lluvia.

Trabajé con lluvia.

Almorcé mirando la lluvia.

Al final de la tarde, Peter y yo estábamos en los jardines cuando de repente empezó a caer con más fuerza.

Corrimos hasta la entrada lateral.

Él llegó primero.

Entré justo detrás, intentando proteger una carpeta bajo el abrigo.

Peter me miró.

—Corres despacio.

—Estoy cargando trabajo.

Miró la carpeta.

—Tres hojas.

—Tres hojas importantes.

Se quitó las gafas.

Las lentes estaban cubiertas de gotas.

Intentó limpiarlas con su propia camisa.

Las empeoró.

Empecé a reírme.

—¿Qué?

—No ves absolutamente nada.

—Sí veo.

—Claro.

Cogí un paño limpio que había sobre una encimera cercana.

Se lo tendí.

—Toma.

Peter lo cogió.

—Gracias.

—Aprovéchalo. No pasa a menudo.

Limpió las gafas.

Se las volvió a poner.

—Mucho mejor.

—Ahora puedes volver a encontrar defectos en mi trabajo.

—Nunca he parado.

Negué con la cabeza.

Empezó a caminar.

—Peter.

Se giró.

—¿Qué?

—Eres un pesado.

—Y tú sigues aquí.

Continuó por el pasillo.

Me quedé quieta un segundo.

Después fui detrás.

El sexto día conseguimos cerrar la primera gran fase de la biblioteca.

No justificaba champán.

Pero sí cierta satisfacción.

Los paneles restaurados estaban en su sitio.