El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) El Primer Secreto de Craigellan #3
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El Primer Secreto de Craigellan #3

Como si no acabara de decir algo que demostraba que me conocía un poco mejor de lo que esperaba.

Durante unos minutos hablamos de otras cosas.

Nueva York.

Comida escocesa.

Qué parte de Craigellan elegiría cada uno si pudiera quedarse con una estancia.

Molly quería la biblioteca.

Trevor dijo que quería cualquier sitio donde el sistema eléctrico estuviera terminado.

Scott eligió la cocina.

Lydia, la galería.

Peter pensó.

—El gran salón.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Estructura.

—Claro.

Sonrió.

—¿Y tú?

Pensé.

—Todavía no lo sé.

—Imposible —dijo Molly.

—Acabo de llegar.

—Ya has reorganizado mentalmente medio castillo.

—Eso es distinto.

Entonces lo oí.

El llanto.

Mi mano se quedó inmóvil con la copa a medio camino.

Scott también se quedó quieto.

Lo miré.

Él ya me estaba mirando.

Molly se dio cuenta.

—¿Qué?

No respondí.

El sonido volvió.

Bajo.

Lejano.

Una mujer llorando.

Scott dejó el vaso sobre la mesa.

—Es el mismo.

El fuego crepitó en la chimenea.

Trevor se quedó en silencio.

Lydia giró la cabeza hacia la puerta.

Peter se levantó.

—¿Ahora lo estáis oyendo?

Molly negó con la cabeza.

—No.

—Yo tampoco —respondió Trevor.

Lydia guardó silencio unos segundos.

—No estoy segura.

El llanto se detuvo.

Todos esperamos.

Nada.

Peter caminó hacia la puerta.

Entonces llegó otro sonido.

Tac.

Tac.

Tac.

Pasos.

Peter se detuvo.

Yo también.

Tac.

Uno más.

Giró la cabeza hacia mí.

—Eso sí lo he oído.

No me gustó el alivio que sentí.

—Te lo dije.

—Lo sé.

Los pasos parecieron pasar por el pasillo de fuera.

Peter abrió la puerta.

Nada.

La luz estaba encendida.

El pasillo, vacío.

Scott se levantó.

—Esto ya no tiene gracia.

Nadie respondió.

Peter cogió el móvil.

—Voy a llamar a Ian.

El teléfono sonó dos veces.

—Ian.

Peter puso el altavoz.

—¿Se ha quedado alguien del equipo aquí?

—No.

—¿Algún empleado duerme en la propiedad?

Pausa.

—No.

Peter nos miró.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Estamos oyendo a alguien caminar.

Silencio.

Esta vez más largo.

Se me erizó el brazo.

Ian respondió:

—Cerrad con llave las puertas del ala.

Peter se quedó inmóvil.

—Ian.

—¿Qué?

—¿Hay algo que quieras contarme?

Otra pausa.

—Mañana hablamos.

La llamada terminó.

Nadie dijo nada.

Molly fue la primera.

—¿«Mañana hablamos»?

Miré a Peter.

—¿Eso ha sido todo?

—Sí.

Trevor se pasó ambas manos por la cara.

—Preferiría que hubiera dicho que se olvidó a un trabajador aquí.

—Mucho mejor —respondió Molly.

—Cualquier cosa sería mejor que «mañana hablamos».

Peter cogió una de las linternas.

Después otra.

Le dio una a Scott.

—Vamos a revisar el ala.

—¿Vamos? —preguntó Molly.

—Nadie se queda solo.

—¿Se supone que esa frase debe tranquilizarme?

—No.

Cogió el atizador de hierro junto a la chimenea.

Trevor miró el objeto.

—¿Ese es tu plan de defensa?

Peter miró el hierro.

—Es lo que tenemos.

—Esto está empeorando muchísimo —dije.

—Quédate detrás de mí.

—Eso ya me lo dijiste ayer.

—Y sigo esperando que funcione.

Salimos los seis.

Nadie admitió tener miedo.

El hecho de que nadie se separara decía bastante.

Peter iba primero.

Yo justo detrás.

Scott iluminaba el pasillo.

Molly agarraba a Lydia del brazo.

Trevor iba el último.

Pasamos por la galería.

Nada.

La biblioteca.

Vacía.

El pasillo de servicio.

Nada.

El llanto no volvió.

Los pasos tampoco.

Peter giró por un pasadizo lateral.

Su pie chocó contra una base.

—¡Ay! ¡Ay!

Algo claro salió volando hacia un lado.

PUM.

Peter se detuvo en seco.

Yo también.

Apunté la linterna al suelo.

Parecía un dedo gordo del pie.

Se me cayó el estómago.

—¡DIOS MÍO, PETER! ¡TU DEDO!

Silencio.

Peter me miró.

Después miró su propio pie.

Nadie dijo nada durante dos segundos.

Entonces Molly empezó a reírse.

Scott fue el siguiente.

Lydia se tapó la boca.

Trevor tuvo que apoyarse en la pared.

Hasta Peter empezó a reírse.

Lo miré.

—No te rías.

—Has pensado que me había arrancado el dedo gordo del pie.

—¡Has gritado!

—He tropezado con una estatua de piedra.

—¡Y el dedo ha salido volando!

—El de ella, Rebecca.

Eso lo empeoró todo.

Molly casi se dobló de la risa.

Yo también acabé riéndome.

Más por alivio que por la situación.

Peter se agachó y recogió la pieza.

Giró el dedo de piedra en la mano.

—Perfecto.

—¿Qué? —pregunté.

Miró la estatua.

—Probablemente acabo de romper una pieza de varios millones.

Scott se rio.

Peter soltó el aire.

—Mañana alguien tendrá que arreglar esto.

Lo miré.

Molly se secó los ojos.

—Por favor, que nadie lo arregle antes de que haga una foto.

Peter le apuntó con el dedo de piedra.

—Ni se te ocurra.

—¿Volvemos?

—Sí.

Esta vez nadie parecía tan asustado.

Funcionó.

Durante unos minutos.

En la cocina, Peter se detuvo delante de la pizarra blanca que usábamos para las entregas.

Cogió un rotulador.

—¿Qué estás haciendo?

—Organizando datos.

—Peter.

En una esquina de la pizarra escribió:

«INCIDENTES DE CRAIGELLAN»

Debajo:

«Mujer llorando: 2»

«Pasos misteriosos: 2»

«Estatua mutilada: 1»

Pensó.

Después añadió:

«Sustos de Rebecca: 3»

—¿Por qué tengo una categoría?

—Porque vas en cabeza.

—Eso no tiene ningún sentido.

Trevor cogió el rotulador y escribió debajo:

«Fantasma confirmado: 0»

Molly dio una palmada.

—Ese es mi favorito.

Miré la pizarra.

Después a todos ellos.

—Sois idiotas.

Peter dejó el rotulador en su sitio.

—Pero ahora tenemos un método.

—Tenemos una pizarra ridícula.

—Todo método empieza en algún sitio.

Me reí.

No pude evitarlo.

Quizá eso era lo que más me gustaba de aquel grupo.

Cinco minutos antes habíamos estado recorriendo un castillo antiguo con linternas, buscando a una persona que nadie conseguía encontrar.

Ahora discutíamos estadísticas paranormales en una cocina.

El miedo disminuía cuando se convertía en una historia.

Subimos juntos.

Peter insistió en que nadie fuera solo.

Nadie protestó.

Cuando llegamos al pasillo del ala este, Molly se detuvo junto a una ventana.

—Mira.

Me paré.

—¿Qué?

Señaló.

La torre oeste.

La luz estaba encendida otra vez.

Se me encogió el estómago.

—Peter.

Se acercó.

Scott también.

Trevor se arrimó a la ventana.

Una única ventana iluminada en lo alto.

La misma.

—Eso estaba encendido ayer —dije.

—Me acuerdo —respondió Peter.

Seguí mirando.

Entonces algo se movió.

Todo mi cuerpo se quedó inmóvil.

—Hay alguien ahí.

—¿Dónde? —preguntó Molly.

La figura pasó por delante de la ventana.

Rápido.

Pero no lo bastante.

Una mujer.

Estaba segura.

—Peter.

Se acercó más.

—¿Qué?

—Una mujer.

—Yo no he visto nada.

—Acaba de pasar.

Scott intentó distinguir algo.

—No veo a nadie.

La luz seguía encendida.

Peter cogió la linterna.

—Vamos a comprobar el acceso.

—Voy contigo.

Me miró.

Esta vez no discutió.

—Quédate cerca.

Bajamos otra vez.

Solo nosotros dos.

Los demás se quedaron en el pasillo observando la torre.

El acceso al ala oeste estaba después de una puerta interior que todavía no formaba parte de la zona autorizada para circular de noche.

Peter probó el pomo.

Cerrado.

Iluminó el cartel provisional.

—Acceso restringido por obras.

Miré la puerta.

—He visto a una mujer.

Peter guardó silencio.

—Has visto a alguien durante dos segundos.

—Han sido suficientes.

—Podría haber sido una sombra. Una lona. Un reflejo.

—Tenía pelo.

Peter no respondió.

Miró la puerta cerrada.

—Mañana lo comprobaremos con Ian.

Yo quería una explicación mejor.

Quizá él también.

Volvimos.

Cuando llegamos al pasillo, la ventana de la torre estaba a oscuras.

Otra vez.

Molly nos miró.

—¿Y?

Peter respondió:

—Puerta cerrada. Mañana lo comprobamos.

Trevor señaló hacia las habitaciones.

—¿Entonces podemos dormir?

—Con las puertas cerradas con llave.

Molly levantó la mano.

—Si oigo cualquier cosa, voy a llamar a alguien.

Trevor preguntó:

—¿A quién?

Miró a Peter.

—A Ingeniería Estructural.

Él cerró los ojos.

—Buenas noches.

Nos reímos.

Poco.

Pero nos reímos.

Cada uno entró en su habitación.

Antes de cerrar mi puerta, miré el pasillo.

Vacío.

Sin tacones.

Sin llanto.

Cerré.

Eché la llave.

Dejé la linterna sobre la mesilla.

Y dormí.

O lo intenté.

A la mañana siguiente pasé por la galería antes de desayunar.

No lo había planeado.

Simplemente me pillaba de camino.

Me detuve delante del retrato.

Lady Eleanor Kinnaird.

La mujer sobre la que todo el mundo parecía tener una versión.

La mujer que murió.

O cayó.

O se quemó.

O desapareció.

La mujer que, según algunas historias locales, nunca había abandonado Craigellan del todo.

Miré su rostro.

Después su cabello.

Claro.

Muy claro.

Pensé en la ventana de la torre.

En la figura que había pasado por delante.

En el pelo.

Me quedé inmóvil.

Solo había un problema.

Eleanor era rubia.

Y la mujer que yo había visto en la torre no parecía serlo.