El Primer Secreto de Craigellan #2
—¿Y qué no depende?
Me detuve.
Desplacé dos líneas.
Volví a mirar.
—La biblioteca.
—Y la galería.
—Conservación también.
Scott se acercó.
—Podemos trasladar el equipo de carpintería al pasillo norte.
—No todo. La mitad. La otra mitad empieza a preparar los paneles de la biblioteca.
Peter señaló una secuencia.
—Si haces eso, ganas dos días antes de necesitar los herrajes.
—Tres, si Lydia adelanta la pared de la galería.
Cogí la radio.
—¿Lydia?
La respuesta llegó de inmediato.
—Dime.
—Te necesito en la biblioteca dentro de cinco minutos.
—Voy.
Miré a Scott.
—Llama otra vez al proveedor. No aceptes el lunes sin una alternativa. Quiero saber si podemos recoger nosotros mismos, si puede hacer una entrega parcial o si existe una sustitución compatible.
—De acuerdo.
Peter estudió el cronograma.
—Funciona.
—Tiene que funcionar.
—No es lo mismo.
Lo miré.
—Hoy sí.
Dos horas después, la obra volvía a avanzar.
No como habíamos planeado.
Pero avanzaba.
Y eso bastaba.
Fue Molly quien rompió nuestro silencio sobre la noche anterior.
Sin querer.
Estábamos en el pasillo junto a la galería cuando uno de los trabajadores locales comentó que una puerta antigua insistía en abrirse unos centímetros después de cerrarla.
Molly lo miró.
—¿Oís muchas cosas raras aquí por la noche?
El hombre se detuvo.
Solo un instante.
Pero se detuvo de verdad.
Yo lo vi.
Peter también.
Molly fue la última en darse cuenta.
—¿Qué?
—Nada.
—Has puesto una cara.
—No he puesto ninguna cara.
—Sí.
Otro trabajador, mayor, que estaba ordenando unas cajas junto a la pared, soltó una carcajada.
—¿Todavía no os lo han contado?
Molly se giró de inmediato.
—¿Contado qué?
Peter me miró.
Crucé los brazos.
Por fin.
El hombre se ajustó los guantes.
—Lo de Lady Eleanor.
—No sabemos nada. ¿Quién es Lady Eleanor? —pregunté.
Señaló hacia la galería.
—Kinnaird.
Todo mi cuerpo se puso alerta.
—¿De la familia propietaria de Craigellan?
—De una de ellas.
—¿Y qué le pasó?
El primer trabajador respondió:
—Murió aquí.
El otro lo corrigió.
—Dicen que murió.
—Eso he dicho.
—No.
Molly miró de uno a otro.
—Esto está mejorando.
Peter se acercó.
—¿Cuándo fue?
El hombre mayor pensó.
—A finales del siglo XIX. Hace unos ciento cincuenta años, más o menos. Antes de la boda.
—¿Estaba prometida? —pregunté.
—Sí.
—¿Y cómo murió?
Los dos se miraron.
El primero se encogió de hombros.
—Dicen que por una caída.
—En un incendio —respondió el otro al mismo tiempo.
Me detuve.
—Vale.
Molly señaló a los dos.
—Dos versiones en menos de treinta segundos.
El mayor sonrió.
—Hay más.
—Claro que sí.
—Algunos dicen que ni siquiera murió aquí.
—¿Y dónde murió?
—Ni idea.
Trevor apareció detrás de nosotros.
—Historia excelente. Ni la muerte consigue mantener la coherencia.
Moira apareció en el pasillo cargando unas toallas dobladas.
Miró al grupo.
Después a los trabajadores.
—¿Qué estáis contando?
Molly respondió antes que nadie.
—Lady Eleanor.
Moira cerró los ojos un segundo.
—Trabajáis muy poco.
—¿Murió aquí? —pregunté.
Moira me miró.
—Lady Eleanor murió hace suficiente tiempo como para que todo el mundo haya añadido algo a la historia.
—Entonces ¿cuál es la verdadera?
—Si lo supiera, no sería una historia.
Molly sonrió.
—Me gusta.
Moira siguió caminando.
—Moira.
Se giró.
—¿La gente dice que Craigellan está encantado?
El pasillo quedó en silencio.
Moira me observó.
No sonrió.
No intentó crear suspense.
—La gente dice muchas cosas.
—¿Y tú?
—Yo me voy a casa a las seis.
Y siguió su camino.
Molly esperó hasta que dobló la esquina.
—Eso no ha respondido absolutamente nada.
Trevor miró en la dirección por la que Moira había desaparecido.
—A mí me ha respondido bastante.
Fui a la galería.
El retrato estaba donde siempre había estado.
Esta vez me detuve delante sabiendo quién era.
Lady Eleanor Kinnaird.
Lydia trabajaba unos metros más allá.
—¿Es ella?
Miró.
—Según los registros, sí.
Me acerqué un poco más.
Eleanor era muy joven.
Más joven de lo que había imaginado cuando Daniel habló del cuadro.
Tenía el cabello claro.
Recogido en alto.
El vestido llevaba detalles delicados en el escote y las mangas.
La postura era formal.
Los ojos, casi severos.
Quizá fuera culpa del pintor.
Quizá no.
—¿Cuántos años tenía?
Lydia consultó una anotación.
—Todavía no estoy segura. Poco más de veinte, probablemente.
Miré el retrato.
Ahora aquella pintura tenía un nombre.
Y una historia.
O muchas.
—¿Por qué le importa tanto a Daniel? —murmuré.
Lydia me oyó.
—Quizá sabe algo que nosotros no sabemos.
Quizá.
Seguí mirando unos segundos.
Después volví al trabajo.
El resto del día pasó rápido.
El proveedor encontró una solución parcial.
No buena.
Pero suficiente para proteger el cronograma.
El equipo local avanzó con la biblioteca.
Lydia adelantó la galería.
Scott reorganizó dos entregas.
Trevor se quejó de un circuito.
Molly rechazó tres tejidos que había aprobado en Nueva York porque la luz real del castillo cambiaba por completo el color.
Y empecé a entender que Craigellan tenía una capacidad particular para hacer que seis meses de planificación parecieran solo una sugerencia.
A las cinco y cuarenta, Anne apareció en la cocina de servicio con dos bandejas cubiertas.
—Tenéis que comer.
Molly abrió una.
Sándwiches.
Fruta cortada.
Tarta salada.
Botellas de zumo.
—Anne, te quiero.
Ella se rio.
—Volveré mañana temprano.
—¿No cenas aquí?
—No.
Miré el reloj.
—De verdad todo el mundo se va a las seis.
Anne me miró como si acabara de descubrir que octubre venía después de septiembre.
—Sí.
—Vale.
Empezó a guardar algunas cosas.
Peter entró.
—¿Ian ha conseguido las bebidas?
Anne señaló una caja junto a la pared.
Lo miré.
—¿Has pedido bebidas?
—He pedido algunas cosas.
Molly abrió la caja.
—¿Algunas?
Sacó una botella de vino.
Después otra.
Whisky.
Ginebra.
Trevor apareció detrás de ella.
—Por fin liderazgo de verdad.
Peter lo ignoró.
—Pensé que podríamos quedarnos en el salón pequeño después de cenar.
Lo miré.
—¿Has organizado una noche social?
—No te acostumbres.
—Estoy impresionada.
—Sé sorprender.
Me guardé aquello.
A las siete y media, Craigellan volvía a ser solo nuestro.
Esta vez no resultó tan extraño.
Quizá porque ya sabíamos que llegaría el silencio.
Quizá porque había comida esperándonos.
Quizá porque, después de un día entero trabajando, estábamos demasiado cansados como para convertir cada sonido en una teoría.
Nos duchamos.
Nos cambiamos.
Cuando bajé, Molly ya estaba en el comedor pequeño con pantalones de chándal y un jersey enorme.
Trevor apareció en calcetines.
Scott trajo las bandejas.
Lydia llevaba los platos.
Peter entró el último.
Pantalones oscuros.
Jersey gris.
Sin casco.
Sin radio.
Sin planos.
Lo miré un segundo.
Solo uno.
Se dio cuenta.
—¿Qué?
—Nada.
Se sentó.
Perfecto.
Cenamos sin ceremonia.
Sándwiches.
Tarta salada.
Fruta.
Primero zumo.
Después vino.
Hablamos del proveedor.
De los trabajadores.
De Eleanor.
Molly ya había decidido que su versión favorita era la de la huida.
—Es mucho más romántica.
Trevor señaló con el tenedor.
—Estás eligiendo la versión de una muerte basándote en el romance.
—Exactamente.
—Eso explica muchas cosas sobre ti.
—Y tú eliges el incendio porque te gustan los sistemas de emergencia.
—También.
Scott miró a Peter.
—¿Y tú?
—Ninguna.
—¿Ninguna qué?
—No tenemos información suficiente.
Molly completó:
—Claro que ibas a decir eso.
—Acabáis de oír a tres personas dar versiones distintas de lo que pasó.
—¿Y Rebecca? —preguntó Lydia.
Me detuve.
—¿Yo?
—¿Qué versión eliges?
Pensé en Eleanor.
En el retrato.
—Todavía no lo sé.
Era verdad.
Después de cenar, fuimos a uno de los salones más pequeños.
La chimenea funcionaba.
O debería haber funcionado.
Trevor estuvo casi diez minutos intentando encenderla.
Peter intentó ayudar.
Scott también.
Molly estaba sentada en el sofá dando instrucciones que nadie había pedido.
—Más leña.
—Molly —respondió Trevor sin mirarla—, no has encendido una chimenea en tu vida.
—Pero he visto muchas.
—Eso no cuenta.
—He visto cuatro temporadas de una serie ambientada en Inglaterra.
—Eso definitivamente no cuenta.
Cuando por fin prendió la llama, Molly levantó los dos brazos.
—¡Lo conseguimos!
Trevor se giró.
—Lo conseguí yo.
—Trabajo en equipo.
Nos reímos.
La sala cambió con el fuego.
La piedra adquirió otro tono.
Las sombras se suavizaron.
El frío disminuyó.
Peter abrió el vino.
Scott sirvió el whisky.
Molly cogió una manta y se envolvió en ella.
Me senté en un sillón frente a la chimenea.
Miré a mi alrededor.
Aquello era absurdo.
Estaba en un castillo escocés.
Con una copa de vino.
Después de pasar todo el día trabajando en un proyecto que, seis meses antes, ni siquiera sabía que existía.
Scott miró el fuego.
—Es impresionante cómo todos los castillos tienen una historia de muerte.
Trevor bebió un sorbo.
—Supongo que viene incluido en el paquete.
—Castillo, familia rica, matrimonio concertado y alguien muriendo antes de la ceremonia.
Molly fue contando con los dedos.
—Muy eficiente.
Lydia sonrió.
—Todavía no sabemos si murió antes de la ceremonia.
—Detalles.
Scott miró alrededor.
—Solo quiero que conste que me da igual cuánta gente haya muerto aquí.
Molly se giró hacia él.
—Qué valiente.
—No. Son cincuenta mil dólares.
Nos reímos.
—¿Ese es tu límite moral? —preguntó Trevor.
—Mi límite moral termina bastante antes de los cincuenta mil dólares.
—¿Y si aparece una mujer llorando en tu habitación?
Scott levantó el vaso.
—Le pregunto si puede esperar hasta el uno de noviembre.
Molly se rio.
—Vale. Entonces, ¿quién abandona primero?
Scott la miró.
—¿El qué?
—El mes.
—Nadie.
—Toda historia de castillo necesita a alguien diciendo «me voy» de forma dramática.
Trevor la señaló.
—Tú.
—Jamás.
—Casi lloraste porque tu habitación no tenía calefacción.
—Estaba poniendo límites.
Scott miró a Lydia.
—¿Lydia?
—Quiero terminar la galería.
—Entonces queda Rebecca.
—No.
Peter bebió un sorbo.
—Ella sería la última.
Lo miré.
—¿Por qué?
Respondió como si fuera obvio.
—Ha esperado seis meses para entrar aquí.
Me quedé mirándolo.
Peter ya había vuelto la atención a su vaso.