El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) El Primer Secreto de Craigellan
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El Primer Secreto de Craigellan

Cuando cerramos la puerta principal de Craigellan aquella noche, el castillo quedó en silencio de una forma que todavía no conocía.

En el pub éramos seis personas hablando a la vez.

En la furgoneta seguíamos riéndonos.

Allí dentro, bastó con que la puerta se cerrara para que todo pareciera más grande.

Nuestros pasos resonaron por el gran salón.

Las voces bajaron de volumen sin que nadie se pusiera de acuerdo.

Subimos juntos hasta el ala este.

Molly se detuvo delante de su habitación.

—Buenas noches.

Trevor levantó una mano.

—Cierra con llave.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque estás viviendo con cinco americanos desconocidos.

—Os conozco desde hace años.

—Eso no mejora las cosas.

Molly abrió la puerta.

—Buenas noches, Trevor.

—Buenas noches.

Lydia siguió hasta la habitación siguiente.

Scott continuó por el pasillo.

Peter se detuvo delante de la suya.

—Todo el mundo con el móvil cerca.

Lo miré.

—¿Eso es por la obra o por la luz de la torre?

—Por la obra.

—Claro.

Abrió la puerta.

—Buenas noches, Sloan.

—Buenas noches, Halden.

Entré en mi habitación.

Cerré.

Eché la llave.

No por la torre.

Porque Trevor me había metido la idea en la cabeza.

Me duché.

El agua tardó unos segundos en calentarse, pero se calentó.

Un punto para Craigellan.

Me puse unos pantalones cómodos, una camiseta de manga larga y los calcetines más gruesos que había llevado.

Otro punto para Peter.

La habitación estaba fría.

No lo bastante como para pedírsela cinta aislante.

Todavía.

Me tumbé.

El silencio tardó un poco en dejar de parecer silencio.

La madera crujía.

El viento golpeaba suavemente la ventana.

Algo metálico sonaba a lo lejos, probablemente alguna protección exterior de la obra.

De vez en cuando oía el agua correr por las tuberías.

Castillo antiguo.

Obras.

Octubre.

Nada extraordinario.

Cogí el móvil.

Tenía un mensaje de mi madre.

«¿Has llegado bien?»

Sonreí.

«Sí. Todo está bien.»

La respuesta llegó casi de inmediato.

«¿Y el proyecto?»

Miré alrededor.

La madera oscura.

La ventana alta.

La alfombra antigua.

La pared de piedra que probablemente nunca conseguiría fotografiar sin querer quedármela para mí.

«Es precioso. Este castillo es un sueño, mamá.»

Aparecieron los tres puntos.

«Mándame fotos.»

Me reí.

«Por desgracia no puedo. He firmado un acuerdo de confidencialidad absurdo.»

«¿Ni a tu madre?»

«Sobre todo a mi madre.»

«Injusto.»

Me reí sola.

«Cuando pueda, te enseñaré todo. Lo prometo.»

«¿Estás alojada cerca?»

Dudé.

Miré la cama.

Después la ventana.

Después la puerta.

«Estoy bien instalada. Es todo lo que puedo contar.»

«Cuídate, hija. Te quiero.»

«Yo también te quiero.»

Dejé el móvil sobre la cama.

Me quedé unos segundos mirando el techo.

Estaba cansada.

Pero feliz.

Mucho.

Quizá por eso tardé un poco en darme cuenta del sonido.

Tac.

Me quedé quieta.

Tac.

Tac.

Pasos.

En el pasillo.

No eran pasos normales.

El sonido era seco.

Regular.

Como unos tacones golpeando la madera.

Fruncí el ceño.

Molly.

Seguramente se había olvidado de algo.

Los pasos continuaron.

Tac.

Tac.

Más cerca.

Entonces se detuvieron.

Justo delante de mi puerta.

Esperé.

Nada.

Miré el pomo.

Esperé a que llamaran.

Nada.

—¿Molly?

Ninguna respuesta.

Me incorporé en la cama.

Quizá se hubiera detenido para contestar algún mensaje.

Quizá estuviera delante de la puerta equivocada.

Me levanté.

Crucé la habitación.

Quité la llave.

Abrí.

El pasillo estaba vacío.

Me detuve.

Miré a la izquierda.

Nada.

A la derecha.

Nada.

La puerta de Peter estaba cerrada.

La de Molly también.

Más adelante, el pasillo giraba y desaparecía.

—¿Molly?

Silencio.

Di un paso fuera.

Nada.

Volví a entrar.

Cerré.

Volví a echar la llave.

La acústica debía de ser extraña.

Piedra.

Madera.

Pasillos conectados por escaleras.

Quizá alguien hubiera pasado por la planta inferior y el sonido hubiera subido.

Era posible.

No era una explicación excelente.

Pero era posible.

Volví a la cama.

Cogí el móvil.

Abrí una red social.

Pasé varias imágenes sin prestar atención.

El sueño empezaba a volver.

Entonces oí otra cosa.

Muy bajo.

Tan bajo que al principio pensé que era el viento.

Dejé el dedo quieto sobre la pantalla.

Escuché.

Nada.

Después volvió.

Un sonido entrecortado.

Una respiración.

Y entonces...

Un llanto.

Me incorporé.

Aquello no parecía el viento.

Parecía una mujer llorando.

Muy bajo.

Lejos.

Como si intentara no hacer ruido.

Mi primer pensamiento fue Molly.

Después Lydia.

Quizá alguna de ellas estuviera mal.

Cansancio.

Presión.

Algún problema en casa.

Algo que nadie había contado durante el día.

Seguí escuchando.

El llanto se detuvo.

Volvió.

Sentí una opresión en el pecho.

Cogí el móvil.

Abrí el grupo del equipo.

«Chicos, si alguien necesita hablar, todavía estoy despierta. Puede escribirme.»

Molly respondió en menos de diez segundos.

«???»

Después Trevor.

«Eso ha sido extrañamente cariñoso.»

Puse los ojos en blanco.

«Cállate.»

Lydia apareció después.

«¿Está todo bien?»

Me detuve.

Escribí:

«¿Hay alguien llorando?»

Silencio.

Aparecieron los tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron.

Entonces Molly respondió:

«Yo no.»

Lydia escribió justo después.

«Yo tampoco.»

Trevor:

«No he oído nada.»

Esperé.

El llanto volvió.

Miré la puerta.

«Yo sí lo estoy oyendo.»

Esta vez respondió Scott.

«Yo también.»

Me incorporé todavía más.

«¿De dónde viene?»

«Pensaba que era cerca de mi habitación.»

Se me encogió el estómago.

Aquello empezaba a resultar extraño.

Molly respondió:

«Yo no oigo nada.»

Trevor escribió justo después.

«Yo tampoco.»

Entonces Peter apareció en el grupo.

«Nadie sale de su habitación. Voy a comprobarlo.»

Empecé a escribir.

«Claro que voy a salir.»

La respuesta llegó inmediatamente.

«Eso no era una invitación.»

Abrí la puerta.

Peter ya estaba en el pasillo.

Pantalones oscuros.

Camiseta.

Una linterna en una mano.

Me miró.

—¿Tienes algún problema con las instrucciones sencillas?

—Sí, cuando son malas.

La puerta de Scott se abrió más adelante.

Apareció.

—Lo he vuelto a oír —dije.

Scott asintió.

—Yo también.

Peter nos miró a los dos.

—¿De dónde parecía venir?

Scott señaló hacia el otro lado del pasillo.

—No lo sé. Al principio pensé que venía de aquí. Después parecía más lejos.

—¿De la planta de abajo?

—Quizá.

Peter empezó a caminar.

Fui detrás.

Se detuvo.

—Rebecca.

—Ya estoy fuera de la habitación.

Peter cerró los ojos un segundo.

—Quédate detrás de mí.

—Eso sí lo acepto.

Bajamos.

El castillo estaba casi completamente a oscuras.

Solo algunas luces provisionales seguían encendidas en los pasillos y en el gran salón.

Nos detuvimos.

Escuchamos.

Nada.

Peter abrió una puerta.

Después otra.

—¿Hay alguien ahí?

Ninguna respuesta.

Scott comprobó la cocina de servicio.

Vacía.

Peter miró alrededor.

—Puede haberse quedado alguien del equipo.

—¿Caminando por aquí a estas horas?

—Es la explicación más probable.

Lo miré.

—Yo he oído tacones.

Peter sostuvo mi mirada un instante.

—Mañana se lo preguntaremos a Ian.

—¿Y ahora?

—Ahora volvemos a las habitaciones.

—¿Ya está?

—¿Quieres que haga una inspección completa de dieciocho dormitorios, pasillos, sótanos y dependencias a las dos de la mañana?

—Scott y yo lo hemos oído.

Scott levantó una mano.

—Gracias.

Peter lo miró.

—Lo sé.

Después volvió a mirarme.

—Y precisamente por eso creo que hay una explicación real.

—Qué tranquilizador.

—Pretendía serlo.

No lo consiguió.

Regresamos.

Antes de entrar en mi habitación, Peter se detuvo dos puertas más allá.

—Si vuelves a oír algo, manda un mensaje.

—¿Vas a decirme que no salga?

—Sí.

—Entonces puedo ahorrarme el mensaje.

Me miró fijamente.

—Rebecca.

—Buenas noches, Peter.

Entré.

Cerré.

Esta vez tardé mucho más en dormirme.

A la mañana siguiente nadie tuvo que proponer una reunión.

A las siete y diez, nuestro equipo ya estaba en la cocina de servicio.

Café.

Ojeras.

Silencio.

Molly sujetaba la taza con las dos manos.

Trevor abrió un paquete que Anne había dejado preparado y nos miró.

—¿Va a empezar alguien?

Miré a Scott.

—¿De verdad lo oíste?

—Sí.

—¿Una mujer?

Se lo pensó.

—Eso parecía.

Trevor levantó un dedo.

—«Parecía» es una palabra importante aquí.

Molly lo miró.

—Tú no lo oíste.

—Exacto. Por eso estoy siendo racional.

Peter dejó la taza sobre la encimera.

—Alguien debió de quedarse en la propiedad.

—¿Con tacones? —pregunté.

—¿Volvemos a eso?

—Estás evitando la parte de los tacones.

—Estoy evitando convertir una mala acústica en una investigación criminal.

—Sé reconocer unos tacones.

—¿Por tu experiencia como mujer?

—Exactamente.

Lydia bebió café.

—Yo no oí el llanto.

—Yo tampoco —dijo Molly.

Scott apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Yo sí.

Peter lo miró.

—¿Más de una vez?

—Tres.

—¿Y los pasos?

—No.

Miré a Peter.

—Yo oí las dos cosas.

Se quedó unos segundos pensando.

Entonces dijo:

—De acuerdo. Hasta que sepamos quién estaba aquí, nadie se mueve solo por el castillo de noche sin avisar.

Trevor levantó la taza.

—Por fin una norma sensata.

—Y si alguien oye algo —continuó Peter—, escribe en el grupo.

Ian entró.

Se detuvo al encontrar a seis personas mirándolo.

—Buenos días.

—Buenos días —respondimos casi al mismo tiempo.

Frunció el ceño.

—¿Algún problema?

Peter cogió la taza.

—Todavía no.

Lo miré.

Él me miró a mí.

De acuerdo.

Nos lo guardaríamos.

Por ahora.

No duró mucho.

A las ocho y veinte, Scott apareció en la biblioteca con el teléfono en la mano y la expresión que yo ya había aprendido a odiar.

—Tenemos un problema.

Lo miré.

—¿Cuál?

—El proveedor de los herrajes especiales no puede entregar hoy.

Cerré los ojos.

—¿Cuándo?

—El lunes.

—Hoy es viernes.

—Ya lo sé.

Los herrajes eran para dos puertas históricas restauradas y una serie de armarios que debían instalarse antes de otros trabajos.

—¿Motivo?

—Transporte.

—¿Solución?

—Todavía ninguna.

Abrí el cronograma.

En menos de treinta segundos ya podía ver el efecto dominó.

Los herrajes retrasaban carpintería.

Carpintería retrasaba acabados.

Los acabados retrasaban instalación.

La instalación retrasaba limpieza.

Cinco días se convertían en ocho decisiones.

Peter entró.

Miró mi pantalla.

—¿Qué ha pasado?

Se lo expliqué.

Se acercó.

—¿Qué depende de esas puertas?

Señalé.

—Esto, esto y esto.