El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) El Castillo Que Parecía un Sueño #2
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El Castillo Que Parecía un Sueño #2

Postura erguida.

Cabello recogido.

El rostro demasiado sereno para revelar nada de quién había sido.

Me detuve.

Lydia se acercó a mi lado.

—Esa es la pieza.

—Sí.

Se aproximó un poco más.

—Está en mejores condiciones de lo que esperaba.

—Daniel fue muy específico.

—Lo vi.

Volví a mirar a la joven.

Personal.

Eso era todo lo que había dicho.

Ian ya seguía adelante.

Lo seguí.

La biblioteca estaba después de un pasillo más estrecho.

Abrió las dos puertas.

Y me olvidé de caminar.

—Ah.

Molly apareció detrás de mí.

—¿Acabas de decir «ah»?

—Déjalo.

Entré.

Conocía aquella sala.

Solo que no sabía que fuera tan alta.

Dos paredes enteras estaban ocupadas por estanterías de madera que subían hasta el segundo nivel.

Una galería interior recorría parte de la estancia.

Una escalera móvil se desplazaba sobre raíles en uno de los laterales.

La ventana oeste ocupaba casi toda la altura de la pared opuesta.

La chimenea seguía cubierta por los trabajos de conservación.

En el suelo, unas marcas indicaban dónde se colocarían algunos muebles.

Incluido el sillón de Caroline.

Junto a la ventana.

Caminé hasta allí.

Todavía no había ningún sillón.

Solo cinta marcando el lugar.

Aun así, me detuve.

La vista daba a parte de los jardines y, más allá, al lago.

Lo entendí.

Daniel tenía razón.

Si yo leyera en aquella sala, también elegiría esa ventana.

—Impresionante —dijo Peter.

Me giré.

Estaba mirando hacia arriba.

—Cuidado.

—¿Con qué?

Di otro paso sin dejar de mirar las estanterías.

Mi cadera chocó contra un carrito bajo de herramientas.

El carrito se deslizó hacia un lado.

Mi pie quedó enganchado en la base.

Perdí el equilibrio.

—Mierda.

Antes de que cayera, Peter me agarró del brazo y pasó la otra mano por mi cintura.

Me detuve contra él.

Durante un segundo, demasiado cerca.

—Con eso —dijo.

Miré el carrito.

Después a él.

—Estaba mirando la biblioteca.

—Ya me había dado cuenta.

—Es una biblioteca de dos plantas.

—Y el suelo sigue estando en la primera.

Molly se rio detrás de nosotros.

Me aparté.

—Habría recuperado el equilibrio.

Peter miró el carrito.

—Claro.

—Ve a buscar una viga.

—Eso pienso hacer.

Se marchó.

Molly pasó junto a mí.

—No voy a decir nada.

—Perfecto.

—Pero he pensado varias cosas.

—Molly.

Siguió andando.

La cocina principal estaba prácticamente inutilizable aquel día.

Parte del equipamiento había sido retirado.

Había cajas sobre las encimeras.

Una pared esperaba a que terminaran de trabajar en ella.

Trevor ya estaba discutiendo sobre enchufes con un electricista local antes incluso de que Ian terminara la explicación.

—Hoy no vamos a usar esto —dijo Ian.

Molly miró las cajas.

—¿Y qué vamos a comer?

—Hay una cocina de servicio más pequeña en el ala este. Café, té, agua. Anne lo está organizando.

—¿Anne?

—Anne Brodie.

—¿Algún parentesco?

—Mi mujer.

Molly sonrió.

—Entonces ella es la persona realmente importante por aquí.

Ian no dudó.

—Sí.

Me cayó un poco mejor.

Salimos por la parte trasera.

Y Craigellan consiguió ser todavía más bonito.

Los jardines se extendían detrás del castillo en distintos niveles.

Caminos de piedra.

Setos.

Árboles antiguos.

Una fuente sin agua en aquel momento.

Más al fondo, una zona amurallada que reconocí de los planos.

En el lado opuesto, el terreno descendía hasta el lago.

La superficie gris reflejaba el cielo.

Una ráfaga de viento trajo olor a tierra y agua.

—Esto va a quedar precioso —dijo Molly.

Miré los parterres.

Una parte estaba perfecta.

Otra necesitaba claramente trabajo.

Dos jardineros estaban junto a una zona delimitada.

Un pequeño vehículo utilitario cruzaba el camino cargado de herramientas.

—¿Ya han empezado a limpiar los parterres de la entrada? —pregunté.

Ian asintió.

—Ayer.

—¿Equipo fijo?

—Cuatro personas. Dos más cuando haga falta.

—La última semana necesitaré ampliar.

—Avísame antes.

Hice una anotación.

Fue entonces cuando una mujer apareció por la puerta de servicio.

Cabello gris recogido.

Abrigo oscuro de lana.

Llevaba una caja pequeña contra el cuerpo.

Ian levantó la mano.

—Moira.

Se acercó.

—¿Estos son los americanos?

—Por desgracia —respondió Trevor.

Moira lo miró.

—Todavía estáis a tiempo de volver.

Trevor se rio.

Ian hizo las presentaciones.

Moira Baird trabajaría principalmente en la organización del ala ocupada y en el apoyo doméstico durante el día.

Me saludó.

Después a Peter.

A Molly.

A los demás.

Entonces miró nuestras maletas, que todavía estaban descargando de la furgoneta.

—¿Vais a dormir aquí?

—Sí.

Me miró.

—¿Estáis seguros?

Miré al equipo.

—Ese era el plan.

—Ah.

Esperé.

Moira empezó a alejarse.

—Perdona.

Se giró.

—¿Ese «ah» qué significa?

—Significa «ah».

—Conozco muchos tipos de «ah».

Peter pasó junto a mí.

—No conviertas esto en una investigación.

Lo miré.

Moira siguió caminando.

—Él parece sensato.

—No le animes.

Peter siguió adelante sin más.

Volvimos al interior.

El encanto duró aproximadamente once minutos más.

Entonces Ian abrió una puerta al final de un pasillo de servicio.

Una escalera bajaba.

—Equipamiento.

Molly me miró.

—Esto parece bastante menos romántico.

Bajamos.

El sótano era frío, funcional y olía a piedra húmeda.

Nada de tapices.

Nada de biblioteca.

Nada de ventanas con vistas al lago.

Estanterías.

Cajas.

Herramientas.

Ian abrió un armario metálico.

Cascos.

Chalecos.

Guantes.

Gafas de protección.

Radios.

Linternas.

Impermeables.

—Cada uno coge lo suyo. Las botas están separadas por tallas.

Trevor cogió una linterna.

—Con esto se puede iluminar una pista de aterrizaje.

—Tened una en los dormitorios.

Me detuve.

—¿En los dormitorios?

Ian me miró.

—La electricidad todavía no es estable en toda la propiedad.

—¿Cuánto de «no estable»?

—Es estable donde vais a dormir.

—Esa respuesta tiene una zona gris enorme.

—El resto del castillo es enorme.

Peter cogió un casco y me lo tendió.

—Póntelo.

—Sé usar un casco.

—Perfecto.

Me lo puse.

Era demasiado grande.

Me cayó sobre los ojos.

Peter suspiró.

—Espera.

—Puedo hacerlo.

—Ayer también.

—Deja de ser pesado.

Ajustó la cinta de la parte trasera.

Levantó el casco.

Nuestras miradas se encontraron durante un instante.

—Ahora.

—Gracias.

Lo soltó.

—Mejor.

Ian me entregó una radio.

—Canal tres, equipo principal. Dos, coordinación local. Uno, emergencias y seguridad.

Enganché la radio al abrigo.

La fantasía se había terminado.

Ahora aquello parecía una obra.

También me gustó.

Subimos al ala este.

Un pasillo largo tenía seis pequeñas placas provisionales pegadas a las puertas.

Me detuve ante la primera.

«MOLLY SUTTER»

Después:

«TREVOR WYNN»

«LYDIA CRANE»

«SCOTT BAINES»

Más adelante:

«PETER HALDEN»

Dos puertas después:

«REBECCA SLOAN»

Mi nombre en una puerta de Craigellan.

Pasé la mano por la plaquita.

Abrí.

Mi habitación era bonita.

No lujosa.

Bonita.

Una cama alta.

Muebles de madera oscura.

Un sillón antiguo junto a la ventana.

Una alfombra desgastada en algunos puntos.

Una chimenea pequeña que claramente no estaba en uso.

Una cómoda.

Dos lámparas provisionales.

Y una ventana con vistas al jardín lateral.

Entré.

—Esta está bien.

Ian apareció en el pasillo.

—Esa ya era tuya.

—Excelente.

—No exactamente.

Me giré.

Consultó una hoja.

—Tenemos problemas con la calefacción de dos habitaciones.

Molly apareció.

—¿Cuáles?

Ian señaló el pasillo.

—La tuya y la de Lydia.

Molly me miró.

—Retiro todo lo que he dicho sobre que la lluvia era bonita.

Lydia se acercó.

—¿Hay otras disponibles?

—Sí, pero todavía no están preparadas para ocuparlas.

—¿Cuánto tiempo?

—Una hora para dejar dos listas.

Yo ya estaba reorganizando la distribución mentalmente.

—Pon a Molly en la habitación vacía junto a la mía.

Ian miró la lista.

—Esa tiene calefacción.

—Lydia puede quedarse en la habitación del extremo. Empieza temprano con Conservación y estará más cerca de la escalera de servicio.

Lydia asintió.

—Por mí, perfecto.

—Su habitación original se convierte en almacén temporal hasta que arreglen la calefacción. Así evitamos tener cajas desperdigadas por el pasillo.

Ian miró a Peter.

—¿Alguna objeción?

Peter levantó la vista de la ventilación.

—Ninguna.

Esperé.

—¿En serio?

—Rebecca, cuando no esté de acuerdo, lo sabrás.

—Eso es verdad.

Volvió a mirar la distribución.

—Funciona.

Ian hizo una anotación.

—Entonces, resuelto.

Molly me señaló.

—Un problema menos antes de las diez.

—Quedan veintiocho mil.

Salió con Ian.

Volví a la habitación.

Peter entró detrás de mí.

—¿Por qué sigues aquí?

Fue hasta la ventana.

La abrió.

La cerró.

Lo intentó otra vez.

Frunció el ceño.

—No sella bien.

—Mañana puede venir alguien a ajustarla.

—Esta noche va a hacer frío.

Me acerqué a la ventana.

Puse una mano cerca.

Entraba una fina corriente de aire por la esquina inferior.

—Sobreviviré.

Peter llegó hasta la puerta.

—Tengo cinta aislante en mi kit.

—No voy a pedírtela.

—Ya lo sé.

Abrió la puerta.

—Por eso te estoy diciendo dónde encontrarla.

Y salió.

Me quedé mirando la puerta durante un segundo.

Después la ventana.

La corriente de aire seguía allí.

Un hombre irritantemente útil.

A las diez y cuarto, Ian reunió al equipo local en el gran salón.

Había casi treinta personas.

Carpinteros.

Electricistas.

Equipo de conservación.

Pintura.

Jardines.

Mantenimiento.

Apoyo.

Otros se incorporarían a medida que avanzaran los trabajos.

El número parecía grande hasta que volví a mirar Craigellan.

Entonces parecía insuficiente.

Peter se quedó a mi lado.

Ian hizo una presentación breve.

Nombres.

Funciones.

Equipo americano.

Cuando terminó, Peter dio el primer paso al frente.

—Antes que nada, seguridad.

Las conversaciones del salón cesaron.

Su postura cambió.

Ya había visto aquello decenas de veces.

En la oficina.

Frente a planos.

En una sala de reuniones.

Allí era distinto.

—Tenemos un plazo horrible —continuó—. Todos aquí lo sabemos. Pero nadie va a asumir riesgos para cumplir un calendario. Si algo parece estar mal, parad. Si encontráis una estructura distinta de la que aparece en el levantamiento, parad. Si tenéis dudas, llamad a alguien.

Señaló discretamente a Ian.

—Ian coordina el trabajo sobre el terreno con el equipo local. Yo respondo de estructura y seguridad.

Me miró.

Mi turno.