El Castillo Que Parecía un Sueño #3
Di un paso al frente.
—Y, si algo no está donde debería estar, quiero saberlo antes de que alguien decida que es más fácil taparlo y seguir adelante.
Algunas personas sonrieron.
Continué:
—Llevamos seis meses trabajando con planos, fotografías y levantamientos. Pero ningún plano conoce este castillo mejor que quienes trabajan aquí.
Miré a mi alrededor.
—Así que hablad con nosotros. Si una pared es distinta, si un pasadizo no tiene sentido, si aparece algo antiguo que no estaba registrado, no lo ocultéis detrás de un acabado solo porque así se pierde menos tiempo.
Lydia asintió.
—Preguntad.
Mi mirada recorrió al equipo.
—Tenemos veintinueve días.
Algunas personas intercambiaron miradas.
—No es mucho.
Miré Craigellan a nuestro alrededor.
—Así que haced que cada decisión cuente.
Ian dio una palmada.
—Bien. A trabajar.
Y Craigellan cambió.
En cuestión de minutos.
El gran salón dejó de ser un lugar de presentación.
Se convirtió en una obra.
Las radios empezaron a llamar nombres.
La gente cruzaba los pasillos.
Se abrían puertas.
Aparecían herramientas.
Scott desapareció con Ian detrás de una entrega.
Trevor se fue a la cocina para hablar de instalaciones.
Lydia regresó a la galería.
Molly abrió cajas en el salón lateral.
Peter subió con dos ingenieros locales para revisar parte de la cubierta.
Yo empecé por la biblioteca.
Durante seis meses había tomado decisiones a miles de kilómetros de allí.
Ahora podía caminar dentro de ellas.
Eso lo cambiaba todo.
La cinta en el suelo que marcaba la posición del sillón de Caroline parecía estar un poco demasiado lejos de la ventana.
Medí.
Miré las vistas.
Lo moví quince centímetros.
Después cinco más.
—Veinte centímetros —dijo Molly detrás de mí.
—Veinte importantes.
—¿Caroline lo notaría?
—Quizá no.
—¿Daniel?
La miré.
—Probablemente.
Se rio.
En el gran salón, la escala de una luminaria parecía equivocada.
En el plano funcionaba.
Allí, no.
Hice una foto.
Marqué una revisión.
En el pasillo del ala principal, una puerta abierta alteraba la circulación de una forma que el dibujo no había revelado.
Anoté.
Decidí.
Cambié.
Pedí.
Pregunté.
Resolví.
A mediodía ya llevaba el pelo recogido de cualquier manera.
A la una tenía polvo en la manga del abrigo.
A las dos me había olvidado por completo de que estaba cansada.
Fue entonces cuando oí una discusión en el pasillo cercano al ala oeste.
Reconocí la voz de Peter.
No por el volumen.
Casi nunca alzaba la voz.
Me detuve antes de entrar.
Ian estaba con él.
También dos trabajadores locales.
Habían retirado parte del revestimiento y una intervención antigua había quedado expuesta.
Uno de los hombres señaló la zona abierta.
—Podemos reforzar desde aquí y cerrar hoy.
Peter se acercó.
Miró.
Se agachó.
Tocó parte de la estructura.
Después se incorporó.
—No.
El trabajador miró el reloj.
—Nos va a retrasar.
Peter ni siquiera miró.
—Entonces nos retrasamos.
Ian permaneció en silencio.
El hombre insistió:
—Es suficientemente seguro para esta zona.
Peter se giró hacia él.
—«Suficientemente seguro» no existe cuando alguien va a dormir al otro lado de esa pared.
La discusión terminó ahí.
—Abre más —continuó Peter—. Quiero ver hasta dónde llega la intervención antigua. Después decidiremos.
Los hombres empezaron a trabajar.
Peter le hizo otra pregunta a Ian.
Ninguno de los dos se había dado cuenta de que yo estaba allí.
Seguí caminando.
No necesitaba decir nada.
Ya sabía que Peter era bueno.
Había visto los cálculos.
Los informes.
La forma en que encontraba problemas que nadie más veía.
Pero había una diferencia entre saberlo en una sala de reuniones y verlo decir que aceptaría un retraso antes que aceptar una solución simplemente suficiente.
Entendí un poco mejor por qué tanta gente en la empresa confiaba en él.
Y seguí trabajando.
Más tarde, crucé el gran salón con una carpeta bajo el brazo.
Peter venía en dirección contraria.
Casco.
Mangas remangadas.
Radio enganchada al pantalón.
Una mancha de polvo en el hombro.
Se detuvo.
—Estás sonriendo.
—Estoy trabajando.
—Ya lo sé.
—¿Entonces?
Peter miró a su alrededor.
Después a mí.
—Te gusta esto.
Miré las cajas.
Las herramientas.
La gente.
El castillo.
—Mucho.
Asintió.
Como si ya lo supiera.
Pasó junto a mí.
—Peter.
Se giró.
—¿Qué?
Miré el polvo de su hombro.
Después a él.
—Nada.
Frunció el ceño.
—Eso es preocupante.
—Ve a trabajar.
Seguí andando.
A las cuatro y cuarenta descubrí la primera gran diferencia entre un equipo americano desesperado y unos trabajadores locales escoceses.
—Tenemos que acabar esto antes de las ocho —dije, mirando el cronograma.
Moira organizaba unas cosas sobre una encimera de la cocina de servicio.
—No.
Levanté la vista.
—¿No qué?
—No se quedan hasta las ocho.
—¿Quiénes?
—El equipo local.
Miré el reloj.
—Podemos pagar horas extra.
—Podéis.
Esperé.
—¿Y?
—No se quedan.
—El doble.
Moira cerró la caja que tenía delante.
—No va a cambiar nada.
—¿Por qué?
Cogió el bolso.
—Porque a las seis se van.
Así de sencillo.
Como si fuera lo más normal del mundo.
Peter entró en la cocina.
—¿Problema?
—Necesitamos terminar hoy la preparación de la biblioteca.
Cogió una botella de agua.
—¿Qué depende del equipo local?
Se lo expliqué.
Peter escuchó hasta el final.
—Podemos cambiar el orden.
Me detuve.
—¿Cómo?
Dejó la botella sobre la encimera y me lo enseñó.
Era sencillo.
Irritantemente sencillo.
Me quedé mirando.
—¿Qué? —preguntó.
—Estoy decidiendo si darte las gracias.
—Parece agotador.
—Mucho.
Reorganizamos.
A las seis en punto empezó un movimiento distinto.
Herramientas guardadas.
Radios devueltas.
Abrigos.
Ian cruzó el salón.
—Mañana, siete y media.
—Vale.
Moira pasó junto a mí con el bolso.
—Buenas noches.
—De verdad te vas a las seis.
Se detuvo.
—Te dije que me iría.
—Pensé que era negociable.
Moira me miró un instante.
—Algunas cosas lo son.
Y salió.
Me quedé mirando la puerta.
No entendí exactamente qué quería decir con aquella respuesta.
Tampoco pensé demasiado en ello.
Todavía.
A las seis y cuarto, Craigellan era diferente.
Seguíamos allí los seis.
Ian se había quedado unos minutos más y también se había marchado.
Algunas luces provisionales seguían encendidas.
El silencio empezó a ocupar los espacios que durante el día habían pertenecido a herramientas, voces y pasos.
Por primera vez, escuché el tamaño del castillo.
Un pasillo vacío parecía más largo.
El gran salón parecía más alto.
La biblioteca parecía completamente distinta sin nadie dentro.
Molly apareció en la entrada con el abrigo puesto.
—Anne ha dicho que la cocina principal no estará lista hasta mañana.
Scott entró detrás de ella.
—Y me niego a pasar la primera noche en Craigellan cenando una barrita de cereales.
Trevor levantó la mano.
—Secundo la moción.
—Hay un pub a quince minutos —continuó Scott—. Ian ha mandado la dirección.
Me miré.
Polvo.
Pantalones de trabajo.
Pelo recogido.
—Quince minutos para ducharnos y cambiarnos.
Peter apareció en el pasillo.
—No puedes.
Lo miré.
—¿Eso es un desafío?
—Es experiencia acumulada.
—Doce.
Miró el reloj.
—Ahora sí es un desafío.
Subí las escaleras.
Tardé diecisiete minutos.
Peter estaba apoyado en la furgoneta cuando salí.
Abrigo oscuro.
Pelo todavía húmedo.
Gafas.
Miró el reloj.
—Diecisiete.
—Hubo imprevistos.
—Me lo imagino.
Pasé junto a él.
Peter abrió la puerta de la furgoneta.
—¿Y la habitación?
Me detuve.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Frío?
—Soportable.
—Entonces no necesitas la cinta.
—Exacto.
Asintió.
—Perfecto.
Entré.
Que pareciera creérselo me irritó más que si hubiera hecho algún comentario.
El pub estaba en un pueblo tan pequeño que, si parpadeabas en la carretera, probablemente te pasabas la entrada.
Piedra oscura.
Ventanas iluminadas.
Un cartel antiguo balanceándose en el exterior.
Dentro, madera.
Chimenea.
Mesas juntas.
Gente hablando.
Música baja.
Olor a comida.
Aquello, por fin, parecía un viaje.
Nos sentamos los seis en una mesa grande cerca de la chimenea.
Me quité el abrigo.
Molly se frotó las manos.
—Si alguien me dice que existe una tradición escocesa que consista en sentarse junto al fuego y beber vino, pienso respetar profundamente la cultura local.
—Estoy casi seguro de que eso existe en varios países —dijo Trevor.
—Entonces soy multicultural.
Scott abrió la carta.
—¿Alguien entiende la mitad de esto?
Peter cogió la suya.