El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) El Castillo Que Parecía un Sueño
16%

El Castillo Que Parecía un Sueño

Llegamos a Edimburgo demasiado tarde para conocer algo más que el aeropuerto, el hotel y una ducha caliente que me hizo replantearme todas las críticas que había hecho a la civilización en el avión.

A las ocho de la mañana siguiente, una furgoneta negra esperaba a nuestro equipo delante del hotel.

Craigellan estaba a poco más de una hora de allí.

Fui la primera en elegir un asiento junto a la ventanilla.

Molly se sentó a mi lado.

Peter se quedó en la fila de detrás con Trevor.

Lydia y Scott ocuparon los últimos asientos.

El conductor guardó nuestras maletas en el compartimento trasero y, menos de diez minutos después, dejamos atrás Edimburgo.

La ciudad fue desapareciendo poco a poco.

Los edificios dieron paso a casas.

Las casas, a campos.

Y entonces empecé a entender por qué todo el mundo que hablaba de Escocia parecía quedarse corto.

La lluvia era tan fina que casi no parecía lluvia.

Se quedaba prendida en el cristal en pequeñas gotas mientras la carretera avanzaba entre campos de un verde que yo no habría sabido reproducir ni en una pantalla.

Muros bajos de piedra dividían las propiedades.

Los árboles empezaban a cambiar de color.

Amarillo.

Óxido.

Rojo oscuro.

En algunos tramos, la niebla seguía baja sobre las colinas.

Molly tenía la cara prácticamente pegada a la ventanilla.

—¿Has visto esto?

—¿El qué?

—Hasta la lluvia es bonita.

Trevor se inclinó entre los asientos.

—Dentro de tres semanas vas a odiar esa lluvia.

Molly señaló hacia fuera.

—Dentro de tres horas voy a vivir en un castillo escocés. Tengo derecho a que me guste la lluvia.

—Te gustará hasta que tengas que recorrer cincuenta metros cargando muestras.

—Para eso existen personas como Scott.

Scott levantó la vista del móvil.

—No me metas en tus sueños.

Me reí.

Volví a mirar por la ventanilla.

Pasamos por un pequeño pueblo.

Casas de piedra.

Una iglesia antigua.

Una tienda con macetas de flores en la entrada.

Un pub en una esquina.

Dos mujeres hablaban bajo sus paraguas como si aquella mañana fuera completamente normal.

Para ellas probablemente lo era.

Para mí parecía un decorado.

—Estás muy callada —comentó Molly.

—Estoy mirando.

—Eso ya lo he notado.

—Quiero acordarme de esto.

Sonrió.

Cogí el móvil.

Fotografié la carretera.

Una casa.

Un muro de piedra.

Otra carretera que desaparecía entre los árboles.

Peter habló desde detrás de mí.

—¿Ya estás trabajando?

Me giré.

Él miraba por la ventanilla del otro lado.

—Hacer fotos no es trabajar.

—¿Cuántas llevas?

Miré el móvil.

No respondí.

Una comisura de sus labios se levantó.

—Ocúpate de tu puente medieval.

Trevor se giró hacia él.

—¿Puente medieval?

Peter siguió mirando hacia fuera.

—Es una historia larga.

—No tanto —respondí.

Volví a la ventanilla.

La carretera se hizo más estrecha.

Los edificios disminuyeron.

Los campos aumentaron.

Pasamos junto a un lago pequeño, casi completamente inmóvil, rodeado de árboles.

—Dios mío —murmuró Molly.

Esta vez nadie hizo ninguna broma.

Era demasiado bonito.

El conductor tomó una carretera secundaria.

Después otra.

La lluvia paró.

El cielo seguía gris, pero empezaba a abrirse una franja más clara entre las nubes.

Sentí un nudo en el estómago.

No de miedo.

De expectación.

Seis meses.

Seis meses mirando aquel lugar en fotografías.

Ampliando planos.

Eligiendo materiales.

Discutiendo circulaciones.

Recalculando aberturas.

Moviendo muebles que ni siquiera estaban allí todavía.

En algún momento, Craigellan había dejado de parecer una propiedad en Escocia.

Ahora faltaban minutos.

El conductor redujo la velocidad.

—Estamos llegando.

Molly se incorporó.

Scott guardó el móvil.

Trevor miró por la ventanilla.

Hasta Peter se inclinó un poco.

Lo primero que vi fueron los muros.

Piedra oscura.

Lo bastante altos como para ocultar buena parte de la propiedad.

Después aparecieron los portones.

Hierro negro.

Dos antiguas columnas de piedra.

Y, en una placa discreta fijada al muro:

«CRAIGELLAN»

El corazón me latió con más fuerza.

La furgoneta entró.

La carretera continuó bajo árboles enormes.

Las copas formaban un corredor sobre nosotros.

Las hojas mojadas cubrían los márgenes.

A la derecha, parte del terreno descendía hasta un lago más grande que el que habíamos visto en la carretera.

A la izquierda, una extensión de césped se perdía hacia unos jardines delimitados por setos perfectamente recortados.

Molly me agarró del brazo.

—Rebecca.

—Es increíble.

—Y todavía no lo hemos visto.

—Lo sé.

La carretera hizo una curva.

Y entonces apareció.

Craigellan.

Nadie habló.

Ni Molly.

Ni Trevor.

Ni Scott.

Yo tampoco.

El castillo surgió al final de la carretera como si estuviera allí para demostrar que todas las fotografías que habíamos visto eran insuficientes.

Deslumbrante.

De esos castillos que parecen existir únicamente en las películas.

Piedra gris.

Torres.

Chimeneas.

Ventanas altas.

Una fachada irregular, construida en épocas distintas y, aun así, extrañamente armoniosa.

La parte central se alzaba sobre una amplia escalinata.

Dos alas se extendían a ambos lados.

Al oeste, una de las torres desaparecía parcialmente detrás de los árboles.

Durante unos segundos, me costó recordar que no estaba allí como turista.

Entonces empecé a ver la obra.

Andamios cubrían parte del ala este.

Un pequeño tractor cruzaba el césped cargado de herramientas.

Hombres con casco entraban y salían por una puerta lateral.

Una furgoneta de un proveedor estaba aparcada cerca de la entrada de servicio.

Cajas protegidas con lonas.

Material apilado.

Movimiento.

Construcción.

Pero nada de aquello hacía que Craigellan resultara menos impresionante.

Al contrario.

Lo hacía parecer vivo.

—Hay filtraciones —dijo Peter detrás de mí.

Me giré hacia él.

—¿Eres capaz de mirar todo el castillo y fijarte precisamente en eso?

Señaló el ala oeste.

—Está ahí.

—Ya sé que está ahí.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Ese no era el punto.

Peter volvió a mirar Craigellan.

Esta vez durante unos segundos.

—Es bonito.

Puse cara de desaprobación.

—¿Bonito?

—Muy bonito.

—Mejor.

Volvió la mirada hacia el ala oeste.

—Sigue teniendo filtraciones.

Negué con la cabeza.

—Impresionante.

La furgoneta se detuvo frente a la escalinata.

La puerta se abrió.

El aire frío entró de inmediato.

Bajamos.

Me detuve en cuanto mis pies tocaron el suelo.

El olor fue lo primero que noté.

Tierra mojada.

Hojas.

Piedra húmeda.

Madera en algún lugar.

Y frío.

Mucho más frío de lo que parecía desde la ventanilla.

Me cerré mejor el abrigo.

Molly se detuvo a mi lado.

—Voy a decir una cosa y quiero que no me juzgues.

—No prometo nada.

—Ya quiero quedarme.

Miré Craigellan.

—Llevamos aquí ocho segundos.

—Han sido ocho segundos excelentes.

Me reí.

Un hombre bajó los escalones en nuestra dirección.

Lo reconocí antes de que llegara hasta nosotros.

Ian Brodie.

Era exactamente igual que en las videollamadas.

Chaqueta oscura.

Botas.

Muy poca paciencia desperdiciada en cualquier cosa.

Se detuvo delante de Peter.

—¿Halden?

Peter le tendió la mano.

—Peter.

Ian se la estrechó.

—Ian Brodie. Por fin.

Después me miró.

—Rebecca Sloan.

—Por fin también.

Nos dimos la mano.

Ian volvió a mirar a Peter.

—Entonces tú eres el jefe.

Peter abrió la boca.

—De estructura —dije yo.

Ian se giró hacia mí.

—Arquitectura e integración.

Peter me lanzó una mirada de lado.

—Se encargará de recordarlo siempre que pueda.

—Solo cuando alguien lo olvide.

Ian nos miró a los dos.

—Bien.

Y siguió con las presentaciones.

Cuando llegó a Scott, los dos empezaron de inmediato a hablar de una entrega que debía llegar aquella tarde.

Miré la escalinata.

Necesitaba subir.

No había ningún motivo.

Simplemente lo necesitaba.

Subí los primeros peldaños.

Pasé la mano por la piedra de la barandilla.

Fría.

Real.

Por fin.

Peter se detuvo a mi lado.

Miró el castillo.

—¿Ha merecido la pena el viaje?

Volví a mirar la fachada.

—Pregúntamelo dentro de veintinueve días.

Asintió.

—Justo.

Subimos.

Las puertas principales estaban abiertas.

Entré primero.

Y volví a detenerme.

El gran salón era más grande de lo que parecía en las fotografías.

Mucho más grande.

El techo se elevaba dos plantas.

Una escalera de piedra ocupaba parte de la pared lateral.

La chimenea era tan grande que podría ponerme de pie dentro.

Parte del suelo estaba protegido con planchas provisionales.

Había una plataforma elevadora junto a una de las paredes.

Dos cajas de luminarias estaban abiertas en el suelo.

Tres hombres trabajaban junto a la entrada de una sala lateral.

Pero mis ojos subieron.

Vigas.

Piedra.

Ventanas altas.

El espacio parecía conservar el frío mejor que cualquier sistema de climatización.

—Esto va a consumir calefacción como un país pequeño —dijo Trevor.

Molly lo miró.

—¿Eres capaz de mirar algo bonito y pensar en una factura?

—Es mi trabajo.

Peter levantó la vista hacia la cubierta.

—Por desgracia, tiene razón.

—A vosotros dos se os prohíbe hacer comentarios sobre belleza durante la visita.

Ian lo oyó.

—Va a ser un mes largo.

—No tienes ni idea —respondí.

Empezó a caminar.

—Aprovechemos mientras todavía estáis limpios.

Lo seguimos.

Ian no estaba haciendo exactamente una visita guiada.

Iba inspeccionando mientras caminaba.

Señalaba puertas, pasadizos, zonas autorizadas, accesos bloqueados, lugares por los que circulaban los trabajadores y áreas en las que todavía no debíamos entrar.

Yo intentaba escuchar.

Lo intentaba.

El problema era Craigellan.

En cada pasillo había algo.

Una ventana lo bastante profunda como para sentarse.

Un techo trabajado.

Una puerta de madera con herrajes antiguos.

Una escalera estrecha que desaparecía hacia arriba.

Un corredor que se bifurcaba.

Un cuadro.

Una vista.

Todo lo que una arquitecta adora.

Y todo al mismo tiempo.

La galería apareció primero.

La reconocí antes de que Ian explicara nada.

Las paredes estaban ocupadas por retratos de distintos tamaños.

Algunos ya se habían retirado y protegido.

Otros seguían en su sitio.

Caminé más despacio.

Y entonces la vi.

La joven.

El retrato que Daniel había prohibido que moviéramos.

Seguía en el extremo de la galería.

Exactamente donde había estado durante décadas.

Vestido claro.