El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) La Mujer Que No Podía Enterarse #3
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La Mujer Que No Podía Enterarse #3

—Porque intentas hacer cosas difíciles.

—Eso no ha respondido.

—Sí ha respondido.

Me quedé mirándolo.

Peter continuó:

—Si pensara que tu trabajo es malo, nuestras discusiones serían mucho más cortas.

Aquello me dejó sin palabras.

Él bebió.

Yo también.

—Eso ha sido casi amable.

—No lo vayas contando.

—Tu reputación está a salvo.

Nos quedamos en silencio.

Un silencio cómodo.

Y me di cuenta de que nunca había estado en silencio con Peter de aquella manera.

En la oficina, cualquier pausa entre nosotros solía significar que uno de los dos estaba a punto de discrepar.

Allí, no.

—¿Hay alguien que se haya alegrado de que desaparezcas durante un mes? —preguntó al cabo de un rato.

La pregunta sonó tan casual que respondí sin pensar.

—Mi ex, probablemente.

Peter giró la cabeza.

Me di cuenta demasiado tarde.

—¿Ex?

—Lo dejamos en agosto.

—No lo sabía.

—No había ningún motivo para que lo supieras.

—No.

La respuesta llegó rápida.

Demasiado rápida.

Lo miré.

Peter se llevó el vaso a los labios.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Hay alguien esperando a que vuelvas?

—No.

—¿Eso es todo?

—Has preguntado. He respondido.

—A veces hablar contigo es como rellenar un formulario.

—Ahorra tiempo.

—Eres malísima en esto.

—¿En los formularios?

—En ser una persona.

Peter se echó a reír.

No aquella risa corta que ya le había oído alguna vez.

Se rio de verdad.

Y me quedé mirándolo durante un instante.

Sin los hombros tensos.

Sin reunión.

Sin planos.

Sin aquella expresión de quien estaba a punto de decirme que algo no podía hacerse.

Parecía simplemente Peter.

Aparté la mirada antes de que se diera cuenta.

—¿Vives solo? —pregunté.

—Sí.

—Eso ya me lo imaginaba.

—¿Por qué?

—Pareces el tipo de persona que organiza la nevera por categorías.

Peter frunció el ceño.

—No la organizo.

—¿Por fecha de caducidad?

—Tampoco.

—Entonces aún hay esperanza.

—Tengo un perro.

Me giré hacia él.

—¿Tú?

—Sé alimentar a otro ser vivo, Rebecca.

—Eso todavía no demuestra que le caigas bien.

—Winston parece satisfecho.

Me detuve.

—¿Winston?

—Un labrador negro.

Lo miré.

—Eso ha cambiado mi opinión sobre ti.

—¿Para mejor?

—Todavía no lo he decidido.

—Qué conveniente.

—Mucho.

Peter se ajustó las gafas.

—¿Y tú?

—No tengo perro.

—No preguntaba eso.

Me quedé quieta.

Él me miraba.

—¿Qué, entonces?

—¿Qué descubriría alguien sobre ti y le parecería inesperado?

La pregunta me pilló desprevenida.

Pensé.

—Me gustan las películas malas.

—¿Hasta qué punto malas?

—De esas en las que sabes cómo van a terminar en los primeros cinco minutos.

Peter puso cara de decepción.

—Tú has preguntado.

—¿Y las ves sabiendo que son malas?

—Ese es el objetivo.

—Inexplicable.

—Vives con un labrador llamado Winston. No estás en posición de juzgar.

—Winston tiene dignidad.

—Estoy segura.

Golpeé la copa con el codo.

El vino se volcó.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Intenté sujetarla.

Fallé.

La copa golpeó la bandeja.

Parte del vino cayó sobre mi regazo.

El resto alcanzó la manga blanca de Peter.

—Dios mío.

Él levantó su propio vaso justo a tiempo.

—No te muevas.

—Ya lo sé.

Cogí servilletas.

Dos cayeron al suelo.

Peter cogió las demás.

—Rebecca.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

Se estaba riendo.

Intentando no hacerlo.

Lo que era peor.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Tus ojos sí.

Peter pasó una servilleta por la manga.

—Lo siento. Ha sido un accidente.

—Ayer casi tiraste una pila de muestras.

Me quedé quieta.

Lo miré.

—Esto empieza a ser preocupante.

La azafata se acercó.

—¿Está todo bien?

—Sí —respondí inmediatamente.

Peter miró mis pantalones.

—Depende del criterio de éxito.

Me giré hacia él.

La azafata nos dio más servilletas.

—¿Quiere otra copa?

—Sí.

—No —respondió Peter al mismo tiempo.

Lo miré.

—Puedo responder por mí misma.

—Eso está claro.

—Sí, otra, por favor.

La azafata sonrió y se alejó.

Peter negó con la cabeza.

—Pésima decisión.

—No eres responsable de mis decisiones.

—Menos mal.

Se remangó hasta el antebrazo para apartar la tela mojada.

Fue un gesto completamente normal.

Aun así, miré.

Solo un segundo.

El tiempo suficiente para darme cuenta de que había mirado.

Volví la vista hacia la copa vacía.

—Tu camisa —dije.

—Sobrevivirá.

—Puedo pagar la tintorería.

—Rebecca.

—Es vino tinto.

Peter miró la mancha.

—Ahora tiene personalidad.

Empecé a reírme.

Él también.

Y, cuando me di cuenta, estábamos riéndonos de verdad.

Sin reunión.

Sin Martin.

Sin nadie esperando que tomáramos una decisión.

Solo nosotros dos.

Cuando dejé de reír, Peter seguía sonriendo.

Nos quedamos mirándonos un segundo más de lo necesario.

Yo aparté la mirada primero.

Cuando llegó la nueva copa de vino, la sujeté con las dos manos.

Peter miró.

—Progreso.

—No lo estropees.

No respondió.

Solo sonrió.

Las luces de la cabina empezaron a bajar un rato después.

La conversación continuó.

Sin darme cuenta exactamente de cuándo, dejamos de hablar de trabajo.

Hablamos de Nueva York.

De lugares a los que nos gustaría viajar.

De su primer trabajo.

De una profesora mía que decía que tenía que aprender a renunciar a las ideas imposibles.

—¿Y aprendiste? —preguntó Peter.

—No.

Sonrió.

—Menos mal.

Lo miré.

Peter ya había vuelto a cerrar los ojos.

No supe si se dio cuenta de cuánto me había afectado aquella respuesta.

Probablemente no.

Quizá fuera mejor así.

Los silencios empezaron a durar más.

Peter se quitó las gafas.

Plegó las patillas.

Las dejó sobre la bandeja.

Sin ellas había algo diferente en su cara.

Por primera vez, no parecía el ingeniero que entraba en una sala dispuesto a encontrar el problema.

Parecía simplemente Peter.

Se dio cuenta de que lo estaba mirando.

—¿Qué?

—Nada.

—Rebecca.

—Pareces diferente sin gafas.

Levantó una ceja.

—¿Diferente cómo?

Abrí la boca.

No encontré una respuesta lo bastante segura.

—Cansado.

Peter soltó una risa baja.

—Qué amable.

—He aprendido de ti.

Cerró los ojos.

—¿Vas a dormir?

—No.

—Has dicho eso con los ojos cerrados.

—Sigo consciente.

—Impresionante.

No recuerdo en qué momento dejé de responder.

Me desperté al notar que algo se movía bajo mi cara.

Abrí los ojos.

Tardé unos segundos en entender dónde estaba.

Avión.

Escocia.

Peter.

Peter.

Levanté la cabeza de inmediato.

Había estado durmiendo sobre su hombro.

No apoyada.

Durmiendo.

Con la cara prácticamente hundida en su camisa.

Peter abrió los ojos.

Sin las gafas, pareció tardar lo mismo que yo en entender la situación.

Me miró.

Después miró su propio hombro.

—Buenos días.

Mi voz salió ronca.

—Estaba durmiendo encima de ti.

—Me había dado cuenta.

—¿Por qué no me apartaste?

Peter parpadeó despacio.

—Yo también estaba dormido.

Solo entonces me di cuenta.

Mi brazo seguía pegado al suyo.

Mi cabeza había encontrado el hombro de Peter.

Y, en algún momento de la noche, a ninguno de los dos pareció importarle.

Me aparté.

—Esto no ha pasado.

Peter miró su camisa.

—Las pruebas dicen lo contrario.

Fruncí el ceño.

Señaló el hombro.

Había una marca clara de pintalabios cerca del cuello.

Cerré los ojos.

—Dios mío.

Peter pasó un dedo por la mancha.

—Ya le habías echado vino encima. El pintalabios casi la mejora.

—Lo siento.

—No pasa nada.

Volví a mirar la marca.

—Al menos no tendrás que darle explicaciones a nadie.

Peter giró la cabeza hacia mí.

Sonrió.

Fue entonces cuando oí una risa.

Me giré.

Molly estaba de pie en el pasillo esperando para ir al baño.

Lydia justo detrás.

Molly me miró.

Después miró a Peter.

Después la marca de pintalabios.

—¿Buen vuelo?

—Excelente —respondió Peter.

Me giré hacia él.

—No ayudas.

Molly sonrió.

—Ya veo.

Y siguió por el pasillo.

Cerré los ojos un segundo.

—Va a hablar de esto.

—Probablemente.

—Pareces muy tranquilo.

—He dormido bien.

Lo miré.

Peter cogió las gafas y se las puso.

Después se pasó una mano por el pelo.

Lo tenía completamente despeinado.

Me quedé mirando.

Se dio cuenta.

—¿Qué?

—Nada.

—Rebecca.

Peter intentó arreglárselo.

Lo empeoró.

Me reí.

—No.

—¿Qué?

—Déjalo.

Su mano se quedó quieta sobre el pelo.

—¿Por qué?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros.

Podría haber respondido cualquier cosa.

Porque está peor.

Porque no sirve de nada.

Porque estamos aterrizando.

En lugar de eso, lo miré.

—Así está mejor.

Peter se quedó mirándome.

Esta vez no sonrió.

Mi estómago hizo una estupidez.

Cogí el móvil.

—¿Hemos llegado?

—Casi.

Peter levantó la persiana.

La mañana escocesa apareció bajo nosotros.

Verde.

Gris.

Campos atravesados por carreteras estrechas.

Nubes bajas.

Me incliné para ver mejor.

Durante unos segundos nos quedamos así, contemplando el paisaje que iba apareciendo bajo las nubes.

—¿Todavía quieres el hotel? —preguntó.

Su voz sonó demasiado cerca de mi oído.

Giré la cabeza.

Fue un error.

Peter estaba demasiado cerca.

Y no estaba mirando por la ventanilla.

Me estaba mirando a mí.

—No te emociones.

Una comisura de sus labios se levantó.

Me aparté.

Quizá demasiado rápido.

En algún lugar bajo nosotros estaba Craigellan.

Un castillo comprado en secreto.

Un regalo de aniversario preparado durante meses para una mujer que todavía no sabía que existía.

Después de tantos planos, decisiones, flores, muebles y detalles pensados para Caroline, me di cuenta de que estaba deseando cruzar aquellas puertas y ver por fin los espacios que hasta entonces solo conocía sobre el papel.

¿Qué había en Craigellan para que aquel castillo significara tanto?

Y, por primera vez, sentí que aquellos veintinueve días no serían solo la ejecución de un proyecto.

Serían algo que ninguno de nosotros sabía todavía cómo llamar.