La Mujer Que No Podía Enterarse #2
Seis meses antes, Peter y yo probablemente habríamos pensado que aquella frase iba dirigida a nosotros.
Ahora ya no estaba tan segura.
Martin volvió a mirar la pantalla.
—Sabéis qué tiene que entregarse. Sabéis qué nivel se espera. Y sabéis que Caroline Whitcomb llega el treinta y uno.
Caroline.
Hasta aquel momento había sido una suma de pequeñas elecciones.
Peonías.
Una ventana.
Preferencias repartidas entre planos y reuniones.
A finales de octubre, si todo salía bien, entraría en Craigellan sin saber que se habían tomado cientos de decisiones para que aquel lugar pareciera haber estado esperándola.
Martin me miró.
—Rebecca.
Me incorporé en la silla.
—La integración sigue siendo responsabilidad tuya.
Asentí.
Después miró a Peter.
—La seguridad estructural sigue siendo responsabilidad tuya.
Peter asintió.
Martin volvió a mirarnos.
—A partir de mañana, decidid rápido. Pero no dejéis que las prisas decidan por vosotros.
Hizo una breve pausa.
—Y no olvidéis mirar todo lo que habéis conseguido construir incluso antes de poner un pie en ese castillo.
La pantalla permaneció encendida.
«31 DÍAS»
Seis meses antes, había mirado aquel número y pensado:
Imposible.
Ahora pensé:
Por fin.
A la mañana siguiente, Nueva York todavía estaba a oscuras cuando salí de casa.
Horas después, ya a bordo del vuelo a Edimburgo, recorrí el pasillo buscando mi asiento.
Solo cuando llegué a la fila me di cuenta de quién estaba sentado junto a la ventanilla.
Peter.
Me detuve.
Levantó la vista.
Después miró el número sobre los asientos.
Luego el asiento de al lado.
—Cuánto tiempo, Rebecca Sloan.
Su tono decía exactamente lo contrario.
—Yo también te he echado de menos, Peter Halden.
El pasillo empezaba a llenarse de pasajeros.
—Vamos —dijo Peter, levantándose para dejarme pasar—. Antes de que provoquemos un retraso internacional.
—¿Ya estás dando por hecho que sería culpa mía?
—Trabajo con probabilidades.
—Es impresionante cómo consigues ser irritante incluso antes del despegue.
—Todavía tenemos unas cuantas horas para empeorarlo.
Pasé junto a él.
Dejé el bolso sobre el asiento y levanté la maleta de mano para meterla en el compartimento superior.
Una de las ruedas chocó contra el borde.
Empujé.
Nada.
—Rebecca.
—Puedo hacerlo.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
Lo intenté otra vez.
La maleta se me fue hacia atrás.
Peter la sujetó antes de que me golpeara el hombro.
Su mano rozó la mía y se hizo con el asa.
—Dámela.
—Puedo hacerlo, Peter.
—Confío profundamente en tu capacidad profesional.
Lo miré.
—A esa frase le sobra una palabra.
Una comisura de sus labios se levantó.
Metió la maleta en el compartimento y lo cerró.
—Listo.
Pasé junto a él y me senté.
Volvió a ocupar su asiento junto a la ventanilla.
Fue entonces cuando percibí su perfume.
Amaderado.
Discreto.
Y demasiado agradable.
Nunca habíamos estado tan cerca.
Sin una mesa.
Sin planos.
Sin otras personas entre nosotros.
Me abroché el cinturón y miré al frente.
El corazón se me aceleró de una forma completamente inoportuna.
Peter se dio cuenta.
—¿Todo bien?
—Claro.
No pareció creerme.
Por suerte, no insistió.
Después del despegue, apoyé la cabeza en el asiento.
El cansancio me cayó encima de golpe.
Seis meses.
Por fin.
Peter dejó escapar el aire a mi lado.
—Primero de octubre.
Lo miré.
—Por fin.
Nos quedamos unos segundos en silencio.
Entonces se me ocurrió algo.
—¡Peter!
Giró la cabeza.
—¿Qué?
—No tenemos treinta y un días.
Frunció el ceño.
—Hoy es día uno.
—Y estamos pasando el día viajando. Caroline llega el treinta y uno, así que tampoco contamos con ese día.
Hizo el cálculo.
—Veintinueve.
—Exacto.
Lo miré.
—Tenemos veintinueve días para dejar Craigellan listo.
Peter se pasó una mano por la cara.
—Cuando lo dices así, suena peor.
—Porque es peor. ¿Crees que lo conseguiremos?
La azafata se acercó con el carrito.
Peter me miró.
—Creo que nos hemos ganado algo.
—Estoy de acuerdo.
Él pidió un whisky.
Yo, vino.
Cuando llegaron las bebidas, Peter levantó su vaso.
—Por los veintinueve días.
Hice una mueca.
—Brindis horrible.
Pensó un momento.
—Por los seis meses a los que ya hemos sobrevivido.
Sonreí.
—Mejor.
Chocamos los vasos.
Bebí.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que los hombros se me relajaban.
El móvil vibró.
Abrí el correo del equipo de logística.
Horario.
Transporte.
Llegada.
Alojamiento.
Me detuve.
Lo leí otra vez.
«ALOJAMIENTO DEL EQUIPO PRINCIPAL — CRAIGELLAN CASTLE / ALA ESTE HABILITADA»
—¡Peter!
Giró la cabeza.
—¿Qué?
Volví a leerlo.
—¿Esto está bien?
Le enseñé el móvil.
—¿Vamos a dormir en el castillo?
Miró la pantalla.
—Sí.
Tardé dos segundos en reaccionar.
—¿Ya lo sabías?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace unas semanas.
Me giré hacia él.
—¿Y a nadie le pareció importante avisarme de que voy a pasar un mes alojada dentro de una obra?
—Han dicho que el ala en la que estaremos está habilitada.
—«Habilitada» es una palabra peligrosísima.
Sonrió.
—Hay habitaciones, Sloan.
—¿Con agua caliente?
Peter me miró.
—Imagino que sí.
—¿Lo imaginas?
—Aprobé la ocupación del ala. No hice una inspección individual de las duchas.
Me quedé quieta.
—¿Tú la aprobaste?
—Seguridad estructural. Instalaciones básicas. Accesos. Salidas. Condiciones para la ocupación temporal.
Claro.
—¿Sábanas limpias?
—Rebecca.
—Hablo en serio.
—Habrá ropa de cama.
—¿Comida?
—También.
—¿Café?
Peter dio un sorbo.
—Espero sinceramente que sí.
Lo miré.
—Eso no me tranquiliza.
—Si no hay café, reconoceré personalmente que tenemos un problema.
Sonreí antes de poder evitarlo.
Después volví al correo.
—Esto sigue siendo absurdo.
—¿Dormir en un castillo?
—Dormir en una obra.
—Tienes la oportunidad de vivir en un castillo escocés durante un mes.
—Lo dices como si la palabra castillo anulara el polvo, el ruido y el agua fría.
—Lo del agua fría no está confirmado.
—Esa frase ha conseguido preocuparme todavía más.
—El ala está aprobada para su ocupación.
—¿Por quién?
Peter levantó el vaso.
—Por mí.
Cerré los ojos.
—Claro.
—Eso debería tranquilizarte.
—Estructuralmente, quizá.
—Es mi especialidad.
—Las sábanas limpias no.
Sonrió.
Después me observó durante unos segundos.
—Ahora lo entiendo.
—¿El qué?
—No te preocupa el castillo.
—No.
—Te preocupa trabajar doce horas, dormir mal y tener que hacerlo todo otra vez al día siguiente.
Lo miré.
—Por fin.
—Podrías haberlo dicho hace cinco minutos.
—He dicho agua caliente y sábanas limpias.
Me reí.
Él también.
Volví a mirar la pantalla.
—Podría coger mi bonus y pagarme un hotel.
—Podrías.
—Perfecto.
—Y al segundo día te quejarías del tiempo perdido en desplazamientos. Sabes que los castillos suelen estar lejos de todo, ¿no?
Abrí la boca.
La cerré.
Peter se dio cuenta.
—No.
—¿No qué?
—Esa expresión.
—¿Qué expresión?
—La de alguien que acaba de darse cuenta de que tengo razón y está buscando otro argumento.
Crucé los brazos.
—Odio cuando utilizas la lógica de forma ofensiva.
—No sabía que la lógica tuviera intención.
—La tuya sí.
Levantó una ceja.
—¿Te vas al hotel?
Volví a mirar el correo.
—Todavía lo estoy pensando.
—No vas a ir.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevas seis meses esperando poner un pie en Craigellan. No vas a dormir a cuarenta minutos de allí si puedes quedarte dentro.
Me quedé callada.
Aquello me irritó.
Principalmente porque era verdad.
Peter se dio cuenta.
No dijo nada.
Lo que me irritó todavía más.
La segunda bebida llegó un rato después.
Peter siguió con el whisky.
Yo acepté otra copa de vino.
Miró mi copa.
—¿Eso es prudente?
—Estamos en un avión. ¿Qué podría salir mal exactamente?
Peter se limitó a mirarme.
—No contestes.
Sonrió.
Pasamos un rato observando la cabina.
La conversación ya no parecía la continuación de una reunión.
Ni una disputa.
Solo una conversación.
Peter se ajustó las gafas.
—¿Has estado alguna vez en Escocia?
—Nunca.
—Yo tampoco.
Me giré hacia él.
—¿En serio?
—¿Por qué?
Lo pensé.
—Tienes pinta de haber pasado unas vacaciones analizando puentes medievales.
Peter se quedó mirándome.
—¿Eso ha sido un insulto?
—Todavía lo estoy decidiendo.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Qué tipo de viajes haces?
—Ciudades.
—Eso es poco específico para alguien que exige precisión a los demás.
—Museos. Arquitectura. Restaurantes. Camino muchísimo.
—Trabajas durante las vacaciones.
—Observar edificios no es trabajar.
—¿Haces fotos?
—Muchas.
—¿Tomas notas?
Dudé.
Peter sonrió.
—Las tomas.
—A veces.
—Eso es trabajar.
—¿Y tú qué haces?
—Nada.
—¿Viajas para no hacer nada?
—Es una actividad infravalorada.
—No me creo que seas capaz.
—Soy perfectamente capaz.
—Corregiste un dibujo mío un viernes a las once de la noche.
—Tú lo enviaste un viernes a las diez y cuarenta y cinco.
—No te pedí que respondieras a esa hora.
—Seguía estando mal a esa hora.
Lo miré.
Peter intentó ocultar la sonrisa detrás del vaso.
—Eres imposible.
—Curiosamente, sigues trabajando conmigo.
—No tuve elección.
Me miró.
—Eso no es verdad.
No lo era.
Y odiaba cuando tenía razón.
Bebí vino.
—¿Por qué ingeniería estructural?
Peter apoyó la cabeza en el respaldo.
Tardó un poco en responder.
—Me gustaba entender por qué las cosas se mantenían en pie.
—¿De niño?
—Sobre todo de niño.
—¿Desmontabas cosas?
—Las construía.
Asentí despacio.
—Claro.
—¿Y tú?
—Dibujaba casas.
—También claro.
—Pero no era exactamente la casa.
Peter giró la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Hice girar la copa entre los dedos.
—Me gustaba imaginar lo que pasaría dentro. Dónde se sentaría alguien. Qué ventana abriría por la mañana. Dónde se reuniría una familia. Por qué una persona elegiría un rincón y no otro.
Peter permaneció en silencio unos segundos.
—Sigues haciendo eso.
Lo miré.
—¿El qué?
—Primero decides qué quieres que sienta la gente. Después diseñas el espacio.
Me quedé inmóvil.
Nadie en la empresa había descrito nunca mi trabajo de aquella manera.
No respondí enseguida.
—¿Desde cuándo piensas eso?
Peter pareció considerar la pregunta.
—El tiempo suficiente.
—Y nunca lo dijiste.
—Estábamos ocupados discutiendo.
—Seguimos estándolo.
—Sí.
Pero estaba sonriendo.
Yo también.
—Crees que no me gusta tu trabajo —dijo.
—Vetás la mitad.