El Castillo Que Empezó Sobre El Papel
Descubrí el nombre del cliente veintitrés minutos después de firmar el acuerdo de confidencialidad.
Daniel Whitcomb.
Lo leí dos veces.
No porque no conociera el nombre.
Precisamente porque lo conocía.
—¿Daniel Whitcomb? —preguntó Molly a mi lado.
Martin cerró la puerta de la sala antes de responder.
—Sí.
Trevor levantó la vista.
Scott también.
Peter siguió mirando el documento que acababa de firmar.
Yo volví a mirar el nombre.
Daniel Whitcomb no era simplemente rico.
Era el tipo de hombre cuyo nombre aparecía asociado a adquisiciones, fondos de inversión, empresas tecnológicas, propiedades y operaciones lo bastante grandes como para convertirse en noticia antes incluso de cerrarse.
Martin regresó a la cabecera de la mesa.
—Whitcomb compró Craigellan hace unas semanas.
Scott apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Sabemos para qué?
—Uso residencial.
Miré la fotografía del castillo en el monitor lateral.
Piedra.
Torres.
Demasiadas ventanas para cualquier definición razonable de hogar.
—¿Va a vivir allí una familia?
Martin me miró.
—Con el tiempo.
Esperé que añadiera algo más.
No lo hizo.
—¿Con el tiempo? —repetí.
—Por ahora, eso es todo lo que necesitáis saber.
Recogió los acuerdos firmados.
—Craigellan se tratará como una residencia privada. No es un hotel, ni un proyecto comercial, ni un museo, ni una propiedad destinada a eventos.
Volví a mirar el castillo.
Residencia privada.
Con el tiempo.
Daniel Whitcomb.
Nada de aquello respondía las preguntas que quería hacer.
Pero, de alguna manera, aumentaba mi interés.
Veintitrés minutos antes, Craigellan era el proyecto más importante que me habían asignado en mi vida.
Ahora empezaba a parecer otra cosa.
Una oportunidad.
Y yo sabía perfectamente lo que una entrega de aquella magnitud podía hacer por una carrera.
Alden Pierce Group ocupaba seis plantas de una torre de Manhattan y empleaba a más de tres mil personas entre Norteamérica y Europa.
Casi novecientas trabajaban en aquel edificio.
En horario laboral, daba la impresión de que todas se dirigían a algún lugar importante.
Durante mis primeros seis meses en la empresa había aprendido dos cosas: nadie caminaba despacio en Alden Pierce Group, APG. Y, si alguien empezaba una frase diciendo «es solo un pequeño cambio», lo prudente era cancelar el almuerzo.
Craigellan llegó a mi mesa un lunes de abril.
Primero como una carpeta digital.
«CRAIGELLAN — C-417»
Después, como tres planos impresos.
A la semana siguiente, cinco.
Llegaron las primeras inspecciones.
Fotografías de carpinterías.
Informes estructurales.
Muestras de piedra.
Documentación histórica digitalizada.
Después de un mes de trabajo, ya en mayo, un alzado de la fachada ocupaba la mitad de la pared frente a mi puesto.
Molly se adueñó de la otra mitad.
Colocó tres muestras de tela junto al dibujo.
—Estás usando mi pared.
—Estoy evitando que conviertas Craigellan en una casa gris.
Miré el panel.
—Todavía no he convertido nada en gris.
Molly me sostuvo la mirada.
Volví a mirar.
—Vale. Quizá un poco.
Regresó a las muestras.
Pasé junto a su mesa y me dirigí al ascensor.
Tenía una reunión con el equipo de ingeniería estructural al otro lado de la planta.
Salí de mi puesto y crucé el pasillo central.
Por el camino, pasé junto a un equipo que discutía la fachada de otro proyecto frente a una pantalla enorme.
Más adelante, cinco personas estaban reunidas alrededor de la maqueta de un campus corporativo que no tenía absolutamente nada que ver con Craigellan.
En una sala acristalada, una videoconferencia en francés avanzaba mientras planos y cronogramas ocupaban dos pantallas.
En la zona de materiales, dos arquitectas comparaban distintas piezas de piedra para otra obra.
Así era todo el día en APG.
Proyectos distintos.
Clientes distintos.
Países distintos.
Cientos de decisiones sucediendo al mismo tiempo.
Y, aun en medio de todo aquello, en poco más de un mes, Craigellan ya empezaba a aparecer prácticamente en todos los departamentos por los que pasaba.
—Sloan.
Me detuve.
Peter estaba delante de la sala de reuniones con mi última revisión abierta entre las manos.
Camisa clara.
Mangas remangadas.
Gafas.
—Has cambiado la abertura.
Ni buenos días.
Miré el plano.
—También me alegro de verte.
—Veintiocho centímetros.
Me quedé quieta.
—¿Has detectado veintiocho centímetros con solo mirar una revisión?
—Por eso lo cambiaste.
—Eso no era una pregunta.
Peter sostuvo mi mirada un instante.
Después abrió la puerta de la sala.
—Reunión.
Entré.
Él vino detrás.
Ya empezaba a entender algo sobre Peter Halden.
No se le escapaba nada.
Lo cual era excelente para Craigellan.
Y profundamente incómodo para mí.
El problema estaba entre el gran salón y la sala de estar principal.
El plano histórico mostraba una abertura amplia entre ambos espacios.
Décadas después, parte de aquella abertura había sido cerrada.
Mi propuesta recuperaba la proporción original.
Peter tardó menos de un minuto en rechazarla.
—No.
Lo miré.
—De verdad te gusta esa palabra.
Señaló la pantalla.
—El muro actual está distribuyendo carga.
—Lo he visto.
—Entonces sabes que no podemos abrirlo como aparece en tu dibujo.
—Sé que no podemos abrirlo así. Eso no significa que no podamos abrirlo.
Peter me miró.
—Esa palabra es la razón por la que me das trabajo.
—¿Cuál?
—«Podemos».
—La tuya es «no».
Molly mantuvo la mirada fija en el portátil.
Estaba segura de que escuchaba cada palabra.
Peter amplió el levantamiento.
—Si retiramos este tramo, trasladamos esfuerzos a una zona que ya ha sufrido intervenciones posteriores.
—Entonces redistribuimos.
—¿Dónde?
Señalé el lateral de la abertura.
—Podemos llevar el refuerzo aquí.
—No sin afectar a la moldura histórica.
Me detuve.
Volví a mirar el plano.
Tenía razón.
No me gustó en absoluto.
—Si mantenemos la abertura actual —dije—, perdemos la lectura original entre los dos espacios. Esa relación forma parte del proyecto del ala principal.
Peter cruzó los brazos.
—Y, si abrimos como propones, podemos crear un problema estructural para recuperar una intención arquitectónica.
Martin, que había seguido la discusión en silencio, habló por fin.
—Peter tiene razón en cuanto al riesgo.
Abrí la boca.
Levantó una mano.
—Y Rebecca tiene razón en cuanto a la importancia de la abertura.
Nos miró a los dos.
—Por tanto, ninguno de los dos me ha traído todavía una solución.
Cerró la carpeta que tenía delante.
—Traédmela.
La reunión terminó.
Peter empezó a recoger los documentos.
—Desde el punto de vista estructural, mi posición no cambia.
—Lo sé.
Levantó la vista.
—Vas a insistir.
—Voy a resolverlo.
Nos miramos durante un segundo.
Peter asintió una sola vez.
—Bien.
Salió.
Molly esperó a que la puerta se cerrara.
—Eso ha sido casi un cumplido.
—No lo ha sido.
—He dicho casi.
La ignoré.
Pero volví a mirar el plano.
Porque Peter tenía razón.
Y esa era la peor parte.
Pasé tres días pensando en aquella abertura.
No para demostrar que Peter estaba equivocado.
No lo estaba.
La cuestión era otra.
No aceptaba que la primera limitación que aparecía tuviera que convertirse automáticamente en la solución definitiva.
El jueves, a las siete y doce de la tarde, yo seguía delante del plano.
El móvil vibró.
Evan: «¿Vas a poder venir a cenar hoy?»
Miré la hora.
Habíamos quedado.
Otra vez.
Escribí:
«Perdona. Sigo atrapada aquí».
La respuesta llegó poco después.
«No pasa nada. Otro día».
Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos.
Después dejé el teléfono boca abajo.
Volví a Craigellan.
Comparé el informe estructural con el plano histórico.
Amplié.
Dibujé.
Borré.
Cambié el refuerzo.
Volví atrás.
Borré otra vez.
La respuesta empezó a aparecer casi una hora después.
No completa.
Pero sí suficiente.
Cogí los planos y me fui al departamento de ingeniería.
Peter seguía allí.
Por supuesto que seguía allí.
Estaba delante de dos pantallas, sin chaqueta, con las gafas un poco más bajas sobre la nariz y una taza olvidada junto al teclado.
Extendí el plano sobre su mesa.
—He encontrado otra manera.
Apartó la mirada de la pantalla.
—¿Para la abertura?
—Para que dejes de decir que no.
—Lo dudo.
Acercó el plano.
Me quedé a su lado.
Peter no hablaba cuando estaba realmente concentrado.
Ya me había dado cuenta.
Se quedaba casi inmóvil.
Sus ojos recorrían el dibujo mientras una mano sujetaba el papel y la otra se ajustaba las gafas.
Esperó.
Volvió al principio.
Hizo algunas anotaciones.
No dije nada.
Quería conocer su opinión.
Más de lo que debería importarme.
Cogió un bolígrafo.
—Si desplazamos el refuerzo hasta este tramo...
Señalé.
—Queda integrado en la intervención nueva.
—Sin tocar la moldura.
—Exactamente.
Peter volvió a calcular.
Silencio.
Después levantó la vista.
—Funciona.
Esperé.
—¿Eso es todo?
Frunció el ceño.
—¿Qué más quieres?
—Algún reconocimiento por haber pasado tres días resolviendo el problema que declaraste imposible.
—Yo no dije que fuera imposible.
—Dijiste que no.
—A tu primera solución.
Me quedé callada.
Tocó el dibujo con la punta del bolígrafo.
—Esta funciona.
La forma en que lo dijo cambió algo.
No era entusiasmo.
Probablemente Peter no desperdiciaba entusiasmo con facilidad.
Pero era reconocimiento.
Lo había analizado.
Puesto a prueba.
Había buscado el fallo.
Y no lo había encontrado.
—Cerraré los cálculos mañana —dijo.
Asentí.
Empecé a recoger los planos.
—Rebecca.
Lo miré.
—Ha sido una buena solución.
Simple.
Directo.
—Gracias.
Salí de ingeniería llevándome el plano.
Y un cumplido que todavía no sabía muy bien dónde guardar.
La semana siguiente, Daniel Whitcomb participó por primera vez en una reunión.
Por videollamada.
Camisa azul.
Sin corbata.
El despacho detrás de él resultaba discreto para un hombre con semejante fortuna.
Martin hizo las presentaciones.
Daniel las escuchó todas sin interrumpir.
Cuando llegamos a las revisiones del ala principal, habló por primera vez.
—Antes que la suite, quiero ver la galería.
Compartí el plano.
—Claro.
La galería conectaba dos zonas del ala principal y reunía una sucesión de pinturas y retratos antiguos.
Algunas piezas necesitarían conservación.