El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2)
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PRÓLOGO
—Acabamos de cerrar el mayor contrato residencial de la historia de la empresa.
Martin Kessler permanecía de pie en la cabecera de la mesa, con una mano apoyada sobre el mando de la presentación.
Miré a mi alrededor.
Peter Halden — Ingeniería estructural.
Molly Sutter — Interiorismo y mobiliario.
Lydia Crane — Conservación y restauración.
Trevor Wynn — Instalaciones eléctricas, sistemas y automatización.
Scott Baines — Logística y coordinación operativa.
Y yo — Arquitectura e integración de proyectos.
Aquella combinación de personas no se daba en una reunión cualquiera.
Llevaba seis meses trabajando en la empresa.
Tiempo suficiente para comprender el peso de la frase que Martin acababa de pronunciar: «El mayor contrato residencial de la historia de la empresa».
La misma empresa que reformaba mansiones multimillonarias, propiedades históricas, sedes corporativas y oficinas de multinacionales.
Pulsó el mando y la pantalla cambió.
Apareció un mapa:
«ESCOCIA».
Otro clic.
Surgió una fotografía.
Una enorme construcción de piedra se alzaba entre árboles y colinas.
Torres.
Ventanas altas.
Chimeneas.
Un largo camino que desaparecía frente a la fachada.
En la esquina inferior de la imagen:
«CRAIGELLAN CASTLE»
Todo mi cuerpo se puso en alerta.
—Dios mío, es un castillo de verdad —murmuró Molly.
Martin cambió de fotografía.
Una vista aérea.
Otra.
Una biblioteca de dos plantas.
Otra.
Un gran salón con una chimenea de piedra que ocupaba casi toda una pared.
Otra.
La fachada lateral.
Peter se inclinó ligeramente hacia delante.
—El ala oeste tiene filtraciones. La piedra está marcada por debajo de la línea de la cubierta.
Señaló la fotografía.
—Vamos a necesitar más ingeniería que arquitectura en este castillo.
Me giré hacia él.
—Mi equipo va a ser tan importante como el tuyo.
Una de las comisuras de sus labios se movió.
—Necesitamos que el castillo siga en pie.
Crucé los brazos.
—Seguirá en pie.
—Perfecto. Ya empezamos estando de acuerdo en algo.
Martin cambió de diapositiva.
—La propiedad se ha adquirido recientemente. La primera fase será residencial.
Peter ya estaba estudiando los planos.
Yo todavía quería volver a las fotografías.
Martin pasó a la siguiente diapositiva.
«AbrIL — SEPTIEMbrE»
—Tendremos seis meses de preparación.
Debajo aparecieron varias líneas.
Mediciones.
Proyecto.
Ingeniería.
Conservación.
Compras.
Restauración.
Logística internacional.
—Ya tenemos equipos locales que empezarán con todas las inspecciones y mediciones. La mayor parte del desarrollo se hará desde aquí. Todo lo que pueda comprarse, fabricarse o restaurarse antes de vuestra llegada se adelantará.
Otro clic.
«1 DE OCTUbrE»
Martin nos miró.
—El uno de octubre viajaréis a Escocia.
Otro clic.
«31 DE OCTUbrE»
La sonrisa desapareció primero del rostro de Peter.
—¿Un mes?
—Treinta y un días.
Miré a Martin.
—¿Para un castillo?
—Para la parte que tiene que estar terminada.
Volvieron a aparecer los planos.
Esta vez, las zonas correspondientes a la primera fase estaban resaltadas.
Scott fue el primero en preguntar:
—¿Cuál es el presupuesto?
Martin guardó silencio durante dos segundos.
—No hay un límite operativo cerrado.
Trevor levantó la vista.
—¿Cómo que no?
—Todos los gastos seguirán teniendo que aprobarse y justificarse. Pero no vais a dejar de hacer algo necesario por falta de presupuesto.
Me quedé quieta.
Molly también.
Peter cruzó los brazos.
—Entonces, si algo sale mal, no podremos echarle la culpa al dinero.
Martin pulsó el mando.
La pantalla cambió.
«31 DE OCTUbrE»
—No.
Miró la fecha.
—Es un plazo extremadamente ajustado.
Nadie se rio.
Martin continuó:
—Durante octubre, Craigellan tendrá prioridad absoluta. Estaréis dedicados exclusivamente al proyecto.
Scott se recostó en la silla.
—¿Un mes entero viviendo allí?
—Sí.
—¿Dentro del castillo?
Martin lo miró.
—Eso suele significar vivir allí.
Trevor soltó una carcajada.
Scott levantó las manos.
—Solo quería asegurarme.
Apareció otra diapositiva.
Esta vez solo había una cifra.
«50.000 US$»
Parpadeé.
Durante un segundo, nadie pareció entenderlo.
—Ese será el bonus por finalización —dijo Martin.
La reacción fue inmediata.
—Guau.
—¿Cincuenta mil?
Molly se volvió hacia mí con los ojos muy abiertos.
Trevor soltó una breve carcajada.
Scott se incorporó en la silla.
Hasta Peter levantó las cejas.
Martin esperó a que la sala se calmara.
—Cincuenta mil dólares para cada miembro del equipo principal, condicionados a la entrega de la fase contratada dentro del plazo y a la aprobación final.
Scott fue el primero en preguntar:
—¿Por persona?
—Por persona.
Otro silencio.
Distinto al anterior.
Cincuenta mil dólares.
Por persona.
Martin dejó el mando sobre la mesa.
—Y antes de que lo preguntéis, ese bonus no lo ofrece la empresa. El cliente ha insistido en dárselo específicamente al equipo que se haga cargo de Craigellan.
Volví a mirar la cifra de la pantalla.
Aquello cambiaba algo.
No solo por el dinero.
Sino porque alguien a quien aún ni siquiera conocíamos había decidido que valía cincuenta mil dólares más por cabeza asegurarse de que aquel proyecto se entregara a tiempo.
Trevor miró la fotografía del castillo en el monitor lateral.
—Escocia acaba de ponerse mucho más bonita.
Esta vez, todos nos reímos.
Hasta Peter sonrió.
Treinta y un días seguían siendo una locura para un proyecto de aquella envergadura.
Pero ahora eran cincuenta mil dólares de locura.
Martin cambió de diapositiva.
Aparecieron seis nombres a la vez.
Mis ojos encontraron el mío primero.
«REBECCA SLOAN — ARQUITECTA JEFE / INTEGRACIÓN DE PROYECTOS»
Me quedé inmóvil.
Mi nombre.
Al frente del mayor contrato residencial de la historia de la empresa.
Seis meses.
Todavía sabía qué salas tenían el peor café.
Y estaba mirando mi nombre en una operación internacional de aquella magnitud.
El corazón me latió con más fuerza.
Martin señaló la pantalla.
—Rebecca se encargará de la integración arquitectónica de la fase residencial.
Después miró a Peter.
—Peter tendrá la última palabra en todo lo relacionado con estructura y seguridad.
Nuestras miradas se encontraron.
Perfecto.
Yo tendría las ideas.
Él diría que no.
Un comienzo estupendo.
En la pantalla también aparecían Molly, Lydia, Trevor y Scott, cada uno con su área de responsabilidad.
Un equipo pequeño para un proyecto enorme.
Quizá precisamente por eso Martin había elegido aquellos seis nombres.
Apagó la diapositiva.
La imagen de Craigellan volvió al monitor lateral.
La contemplé.
Escocia.
Un castillo.
Seis meses de preparación.
Treinta y un días de ejecución.
Cincuenta mil dólares.
Mi nombre en el proyecto.
Era algo grande.
Casi imposible.
Y lo quería.
Muchísimo.
Levanté la vista.
—¿Quién es el cliente?
Martin no respondió.
Cogió una carpeta negra que tenía delante.
La dejó sobre la mesa.
—Antes de eso, hay una última condición.
La pantalla volvió a encenderse.
Esta vez no había fotografías.
Ni planos.
Ni cifras.
Solo dos palabras.
«ESTRICTAMENTE CONFIDENCIAL»
Mi sonrisa desapareció.
Martin apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Ninguna información sobre la adquisición, el proyecto o la entrega de Craigellan puede salir del equipo autorizado.
Silencio.
—Nada de fotografías. Nada de comentarios. Nada de publicaciones. Nada de conversaciones con familiares, amigos ni empleados que no estén directamente implicados.
Trevor frunció el ceño.
Molly me miró.
Scott ya no sonreía.
Peter fue quien preguntó:
—¿Por qué?
Martin sostuvo su mirada.
—Porque, si la persona equivocada descubre lo que estamos haciendo antes del treinta y uno de octubre, todo el proyecto pierde su razón de ser.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
—¿Qué persona?
Martin no respondió.
Abrió la carpeta negra.
Sacó seis documentos.
Dejó uno delante de cada uno de nosotros.
Miré el mío.
«ACUERDO DE CONFIDENCIALIDAD»
Martin señaló la última página.
—Firma primero.
Miré a Craigellan.
Después, la línea vacía que esperaba mi nombre.
Cogí el bolígrafo.
Todavía no sabía quién había comprado aquel castillo.
Pero estaba a punto de firmar que guardaría un secreto que ni siquiera conocía.