El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) El Castillo Que Empezó Sobre El Papel #2
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El Castillo Que Empezó Sobre El Papel #2

Otras podían quedarse tal como estaban.

Nuestra propuesta reorganizaba parte de la composición para mejorar la iluminación, las distancias y la circulación.

Daniel amplió una de las fotografías.

—Eso se queda donde está.

Acerqué la imagen.

Era el retrato de una joven.

Vestido claro.

Cabello recogido.

A primera vista, nada la distinguía de las demás pinturas enviadas por el equipo escocés.

—¿La del extremo?

—Sí.

—Pensamos mantenerla en la galería. Mi propuesta era desplazarla unos metros para equilibrar la composición.

Daniel negó con la cabeza.

—No quiero que se mueva.

Hice una anotación.

—¿Hay algún motivo de conservación?

—No.

—¿Algún motivo histórico que debamos tener en cuenta en el proyecto?

Daniel guardó silencio un instante.

—Personal.

Una palabra.

Nada más.

Volví a mirar el retrato.

—Entendido.

Martin pasó al siguiente punto.

Yo también.

Pero, antes de terminar la reunión, escribí junto a la imagen:

«NO MOVER — petición del cliente».

Debajo:

«¿Por qué?»

Me quedé mirando la pregunta.

Después la borré antes de enviar el acta.

A finales de mayo, Craigellan dejó de ser una carpeta.

Se convirtió en toda una planta llena de problemas.

El departamento de Compras tenía un panel dedicado al proyecto.

El equipo de Interiorismo ocupaba una sala entera con muestras.

Ingeniería Estructural se había adueñado de una pared con planos y cálculos.

Conservación y Restauración acumulaban informes, fotografías y dictámenes técnicos.

Y en mi mesa ya no quedaba ni un centímetro libre.

Lo curioso era que me gustaba.

No el caos.

La magnitud.

Había pasado años queriendo proyectos que exigieran todo lo que sabía hacer.

Craigellan exigía más.

Más decisiones.

Más coordinación.

Más gente.

Más responsabilidad.

Más riesgo.

Solo llevaba seis meses trabajando en APG.

A mi alrededor había profesionales con diez, quince, veinte años en la empresa.

Peter era respetado en prácticamente todos los departamentos técnicos.

Martin dirigía reuniones en las que se tomaban decisiones de millones de dólares en cuestión de minutos.

Y mi nombre estaba en el centro del mayor contrato residencial de la historia de la empresa.

No necesitaba demostrar que sabía trabajar.

Eso ya lo sabía.

Quería demostrar que era capaz de trabajar a aquel nivel.

Había una diferencia.

Y Craigellan podía ser esa diferencia.

Junio llegó sin pedir permiso.

Una mañana discutía el retraso de un proveedor.

A la siguiente, la mitad del segundo trimestre había desaparecido.

El proyecto avanzaba.

Demasiado despacio para el calendario.

Demasiado deprisa para cualquiera que necesitara dormir.

La abertura entre los dos espacios ya había pasado por Ingeniería y Conservación.

Dos días después, encontré el plano definitivo sobre mi mesa.

En la esquina inferior:

«APROBADO — P.H.»

Nada más.

Pasé el dedo sobre las dos letras.

Sonreí.

Solo me di cuenta cuando ya estaba sonriendo.

Guardé el plano.

Aquella noche, casi todo el mundo se había marchado ya cuando llegó una propuesta revisada de un proveedor para una de las chimeneas del ala principal.

Abrí el archivo.

Leí las especificaciones.

Después las volví a leer.

Peter estaba trabajando unas mesas más allá.

—Halden.

Levantó la vista.

—Necesito una segunda opinión.

Se acercó a mi mesa.

Giré la pantalla.

En el centro de la propuesta había una imagen impecable de una chimenea eléctrica contemporánea.

Debajo:

«EXPERIENCIA AUTÉNTICA DE LLAMA — EFECTO VISUAL EN ALTA DEFINICIÓN Y SONIDO DE LEÑA».

Peter se quedó varios segundos mirando.

—Es una pantalla.

—Con sonido de leña.

—No.

—No.

Lo dijimos al mismo tiempo.

Nos miramos.

Fue tan automático que me eché a reír.

Peter también.

Una risa breve.

De verdad.

La primera que le oía.

—Esto ha sido preocupante —dije.

—Ha sido eficiente.

—No lo estropees.

Seguía sonriendo cuando me miró.

Y tardó un segundo de más en apartar la vista.

Me di cuenta.

Por la forma en que su sonrisa desapareció, Peter también.

Volví a mirar la pantalla.

Él hizo lo mismo.

—Voy a rechazarla.

—Hazlo.

Peter volvió a su mesa.

Me quedé mirando el archivo sin leer una sola palabra durante unos segundos.

Después lo cerré.

Y volví al trabajo.

A la mañana siguiente llegué antes de las ocho.

Había un correo nuevo esperándome.

Remitente: equipo de mediciones en Escocia.

Asunto:

«CRAIGELLAN — DISCREPANCIA EN EL LEVANTAMIENTO»

Lo abrí todavía de pie.

Leí la primera línea.

Después otra vez.

Me senté.

El equipo había repetido las mediciones tres veces.

Comparé el levantamiento actual con el plano histórico.

Después los comparé de nuevo.

La diferencia seguía ahí.

Entre la biblioteca y el pasillo de servicio, el plano antiguo mostraba varios metros que el levantamiento actual, sencillamente, no encontraba.

Amplié los dos archivos uno al lado del otro.

Uno de los dos estaba equivocado.

La cuestión era cuál.

Marqué el tramo en rojo.

«COMPROBAR IN SITU».

Me quedé mirando los dos dibujos.

El plano antiguo decía que aquel espacio existía.

El levantamiento actual decía que no.

Y, por primera vez desde que Craigellan había entrado en mi vida, el castillo parecía estar ocultándonos algo.