El secreto bajo el hielo 12
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Sobre la mesa de la cocina había una muñeca escayolada, apoyada en un cojín, y detrás de la muñeca, la mujer a la que pertenecía, mirando a Maja como se mira a alguien que ha venido a cobrar.

—Le he dicho a Petra que no —dijo Anneli Berg—. Y luego le he dicho que sí porque me ha dicho quién era usted. Eso no significa que quiera hablar con la fundación. Significa que quiero ver qué cara tiene.

—Ya la ve.

—Ya la veo.

La cocina era la de una amiga, un piso de dos habitaciones en un bloque de los setenta al norte de Gävle, con vistas a un aparcamiento nevado y a un supermercado.

La amiga trabajaba; había dejado una nota en la nevera, con un imán, que decía «la sopa está en la olla» y un corazón.

La madre de Anneli, que había abierto la puerta, estaba en el salón con la televisión sin sonido; había ofrecido café dos veces en el pasillo y Maja había dicho que no dos veces.

Anneli tenía treinta y cinco años, el pelo recogido con un lápiz, un moratón que le bajaba de la sien hasta el pómulo en tonos que ya viraban al amarillo, y la muñeca derecha, la de trabajar, en una escayola de la que sobresalían las puntas de los dedos.

—¿Cómo está la mano?

—Rota por dos sitios. Seis semanas. Soy higienista dental.

Con esto no puedo trabajar y sin trabajar no puedo pagar el piso, y el piso ya no me sirve porque él sabe dónde está.

—Lo dijo de corrido, sin pausas, como quien ya lo ha dicho a un médico, a una policía y a una madre—. ¿Le han contado cómo me encontró?

—No.

—En la clínica. El jueves. Entró como un paciente, se sentó en la sala de espera con una revista, y cuando salí a llamar al siguiente se levantó.

Me dijo mi nombre. El de antes. —Movió la muñeca escayolada un centímetro sobre el cojín—.

Esto fue en el aparcamiento, después. No lo denuncié ese día.

Lo denuncié el sábado, cuando Petra me lo pidió por segunda vez.

Y ahora lo denuncio delante de usted, para que lo apunte donde apunte las cosas.

—Lo apunto.

—¿Sabe qué es lo que más me jode? —Anneli se inclinó hacia delante—.

Que yo hice lo que me dijeron. Cambié de ciudad.

Cambié de vida. Me senté con su hermana en una cafetería de la estación y le conté todo, y ella me dijo que estaba bien, que me quedara donde estaba, que nadie iba a saber nada. Tres años. Y ha sabido en dos días.

—¿Cómo era?

Anneli la miró un momento largo antes de contestar.

—Como usted. Más delgada. Más cansada. Hablaba raro, como si buscara las palabras en otro idioma antes de decirlas en sueco.

No se sentó hasta que me senté yo. —Se pasó la lengua por los labios—.

Me preguntó tres veces si quería estar donde estaba.

La tercera vez le dije que dejara de preguntar y se rio. Fue la única vez que se rio.

—¿Sabe que era mi hermana?

—Me lo dijo Petra. —Anneli la miró de otra manera un instante, y luego volvió a la de antes—. Lo siento por ella. No lo siento por ustedes.

Maja asintió. No tenía nada que decir a eso que no fuera peor.

—Necesito ver lo que él tenía —dijo—. Petra me ha dicho que había un papel.

Anneli se levantó, fue a la habitación y volvió con un sobre. Lo puso sobre la mesa, al lado de la muñeca, y no lo abrió.

—Me lo tiró a la cara. En el aparcamiento. Dijo: lo dice tu fundación. Se lo cogí del suelo cuando se fue y no sé por qué lo guardé. Sí lo sé. Lo guardé para esto.

Maja no lo tocó.

—¿Puedo?

—Para eso lo he traído.

Sacó el papel del sobre con la punta de los dedos, por los bordes. Era un folio normal, doblado en tres. Impreso. Sin encabezado, sin firma, sin fecha. Cuatro líneas:

Anneli Berg.

Gävle.

Sector: salud, clínica dental.

Nadie más lo sabe.

Le dio la vuelta al sobre. Sello de correos ordinario, matasellos de Estocolmo, cuatro de diciembre. La dirección, escrita a mano en mayúsculas, era la de Robert, en Sundsvall.

Maja lo leyó tres veces. Luego lo dejó sobre la mesa, exactamente donde estaba, y puso las manos en el regazo.

—¿Cómo la encontró con esto?

—Hay cuatro clínicas dentales en Gävle. Tres tienen la plantilla en la web, con foto. —Anneli lo dijo sin énfasis—. Le costó dos días porque la primera tarde llovía.

Nombre. Ciudad. Sector. Nada más. No había dirección porque quien lo había escrito no la tenía.

No había teléfono porque no lo tenía. Había lo que había en un expediente codificado más lo que había en un libro con dos llaves, juntos por una vez en un folio, y con eso un hombre con una revista había necesitado dos días.

—«Nadie más lo sabe» —dijo Anneli—. Eso lo escribió alguien que sabía que él lo iba a entender. Que yo no había vuelto a llamar a nadie. Que él era el único al que la fundación le había dicho que no.

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Es su fundación.

—Es mi fundación y no lo sé. Hay una investigación. Se abrió el viernes, con dos casos como el suyo, uno en Sundsvall y otro en Umeå. El suyo es el tercero.

Anneli se quedó quieta.

—¿Hay más?

—Tres que sepamos. Puede que cuatro.

—¿Y las otras lo saben?

—La policía las está llamando.

—La policía. —Anneli se apartó el pelo de la cara con la mano buena y el lápiz cayó sobre la mesa—.

Con la policía he hablado dos veces desde el sábado.

Han sido muy correctos. Me han dado un folleto con un número de teléfono que yo ya tenía, porque es el que me dio su hermana en 2023.

Lo llevo en la cartera desde entonces. No lo había usado nunca.

El folio. El sobre. La muñeca.

—Me gustaría llevarme esto —dijo—. A la fiscal, hoy. Con su permiso y con su nombre. Es la única prueba física que hay de que alguien escribió ese papel y lo mandó desde Estocolmo.

—Lléveselo. —Anneli lo empujó con los dedos que asomaban de la escayola—. Yo ya se lo he enseñado a quien tenía que enseñárselo y no ha servido. A lo mejor usted tiene mejores teléfonos.

—Tengo uno.

—Pues úselo.

Maja sacó del bolso una bolsa de plástico con cierre, de las que llevaba para documentos, metió el sobre con el folio dentro, y escribió en la bolsa, con el bolígrafo, la fecha, la hora y el nombre de Anneli, y se la enseñó antes de cerrarla.

—Voy a preguntarle una cosa como directora, y me puede mandar a la mierda.

—Pregunte.

—¿Qué va a hacer ahora?

Anneli miró el aparcamiento por la ventana.

—Irme. Cuando pueda mover esto. —Levantó un poco la escayola—. Sin la fundación. Sin protocolos. Sin que nadie apunte en ningún libro adónde. La primera vez lo hice bien y no sirvió; la segunda lo haré sola.

—Hay ayudas que no pasan por nosotros.

—Ya lo sé. Ya las he mirado. —Señaló con la barbilla la cocina que no era suya—.

Esto es de Sofia, de la clínica. Me ha dado su cama y duerme en el sofá.

Mi madre ha venido de Sundsvall a hacerme la comida y a decirme que me vuelva con ella.

Tengo una mujer que me cede su cama y otra que quiere que vuelva a la ciudad donde vive él.

Con eso me apaño. —Cogió el lápiz de la mesa y volvió a recogerse el pelo con una sola mano, con una habilidad que solo se aprende usándola—.

Su hermana me dijo una cosa, en la cafetería.

Que no tenía que explicarle a nadie por qué me había ido.

Que con «me he ido» bastaba. Fue la única persona en tres años que no me pidió una razón.

—Se encogió de hombros—. Luego la fundación mandó mi nombre a Sundsvall.

—La fundación no lo mandó.

—Alguien con una llave de su fundación.

A eso no había respuesta, y Maja no la buscó.

Anneli se levantó. Era la señal de que se había acabado, y Maja se levantó también, con la bolsa de plástico en la mano, y se puso el abrigo. En el pasillo la madre había apagado la televisión y esperaba, con la taza que nadie había querido, sonriendo.

—Le acompaño a la puerta —dijo la madre—. Anneli, cariño, siéntate, no te levantes tanto.

Anneli se quedó de pie en la puerta de la cocina, con la muñeca contra el pecho, y no dijo adiós.