El secreto bajo el hielo 11
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Holm sacaba las fundas de una en una, las fotografiaba por las dos caras y las ponía sobre la mesa.

Vikander leía en voz alta lo que consideraba relevante y Maja, desde la silla que le habían dejado contra la pared, escuchaba.

Podía mirar. No podía tocar. Llevaba las manos en el regazo, una sobre otra, y de vez en cuando las cambiaba de orden.

Holm pasó la siguiente.

—«Dice que está bien. Se lo he preguntado dos veces. La segunda vez ha mirado la puerta».

Maja apoyó la espalda en la pared.

Los lugares eran cafeterías de estación, bibliotecas, la sala de espera de un centro de salud, una vez el aparcamiento de un supermercado en Karlstad, «dentro del coche de ella, con el motor en marcha, a petición suya».

Ningún informe decía de dónde venía Elsa ni adónde iba después.

Ninguno decía «yo» en los apartados obligatorios.

Solo en la línea del pie aparecía, a veces, una primera persona: «He esperado a que terminara de llorar antes de preguntar».

«No le he dicho que la entendía. No hacía falta».

No había esperado eso. Había esperado un trabajo bien hecho, porque Britt lo había dicho y porque el registro lo decía.

No había esperado que su hermana, en un papel que iba a leer una policía con guantes, escribiera lo que ella misma escribía en sus notas cuando visitaba a una familia: la frase que no entra en el formulario y que es la única que importa.

Cuarenta y una veces. Con una letra que no había cambiado desde el imán del alce.

—Siga —dijo, sin que nadie le hubiera preguntado nada.

Vikander la miró y siguió.

A mediodía Vikander pidió el libro para cruzar dos códigos y Holm lo sacó de la balda y lo abrió por 2022 y por 2023.

Vikander leyó los nombres en voz baja, para sí, y los apuntó.

Maja los oyó y no los retuvo; retuvo las ciudades, Karlstad, Umeå, Gävle, como se retienen las paradas de un tren en el que no se va a bajar.

Era la primera línea de esa carpeta que la afectaba y la había dejado pasar a propósito, y no supo si eso era el protocolo o era ella.

Trabajaron hasta las dos, pararon veinte minutos para un café que Elin subió en una bandeja sin entrar del todo en el cuarto, y siguieron hasta las seis.

Los informes iban por años. 2020: cinco.

2021: nueve; en uno de ellos, de mayo, Vikander leyó el código de Örebro y la línea del pie: «Tiene una hija de cuatro años y un negocio.

No va a irse de la ciudad. Lo sabe y lo dice».

2022: ocho. 2023: siete; en octubre, Gävle, y la línea: «Me ha enseñado la clínica donde trabaja.

Está orgullosa. He anotado que no debería estarlo tanto en voz alta».

2024: seis; entre ellos, un hombre de sesenta y un años en Kalmar que no quería que sus hijos lo encontraran, y del que Elsa había escrito: «Ha traído fotos de los nietos.

Las ha mirado él, no yo». 2025: seis, hasta diciembre.

El sábado por la mañana, antes de empezar, Vikander le dijo que Britt había pedido estar presente en el inventario y que se lo habían denegado. Lo dijo sin comentario, como se dice la temperatura. Maja preguntó si Britt había insistido. No había insistido.

Los dos últimos no eran como los demás.

Vikander lo notó antes de leerlos. Sostuvo la funda de noviembre un momento, la miró por encima de las gafas y luego leyó despacio, entero.

—Doce de noviembre de 2025. No es una verificación.

Es un aviso. —Leyó—: «Seguimiento del código PB-2023-02, Karlstad.

La persona ha sido localizada por su denunciante en su lugar de trabajo el ocho de noviembre.

No había cambiado de ciudad ni de sector desde la verificación de 2023.

No ha habido contacto con la familia por ningún canal.

El denunciante disponía de nombre, ciudad y sector.

Esos tres datos solo existen juntos en un sitio. El cruce solo es posible desde dentro».

Holm fotografió la hoja por las dos caras. Nadie habló.

—Diciembre —dijo Vikander, y sacó la última funda—.

Dieciséis de diciembre. «Seguimiento del código PB-2022-05, Umeå.

Localizada el diez de diciembre por el mismo procedimiento.

Mismos tres datos. Recomiendo suspender todo depósito en el sistema digital hasta comprobar el cruce.

Revisar de inmediato: PB-2021-03, Örebro, riesgo alto».

Y una línea al pie. «Lovisa E. no va a mudarse. Hay que llegar antes que él».

Maja repasó las fechas en la cabeza como si fueran de otro expediente, porque era lo único que sabía hacer con las fechas: ocho de noviembre, Karlstad; diez de diciembre, Umeå; y la mujer de Gävle con la muñeca rota, verificada en 2023, encontrada la semana pasada.

Tres. Con nombre, ciudad y sector. Sin dirección, porque la fundación no tenía direcciones.

Con lo justo para que un hombre con tiempo encontrara a una mujer en dos días.

—Su hermana sabía que había una filtración —dijo Vikander. No era una pregunta.

—Desde noviembre.

—Y en diciembre pidió que se suspendieran los depósitos digitales.

—Aquí no hay nada digital. Los informes son de papel. —Se oyó decirlo y se corrigió—. Los expedientes tienen una parte digital. Código, ciudad, sector, canal, riesgo. Está en el sistema. Se migró en otoño a una plataforma nueva.

—¿Quién lo migró?

—La fundación. Un proveedor. Yo lo ordené.

Vikander lo apuntó. Fue lo único que apuntó de esa frase, y Maja lo vio.

—En el registro pone «contacto: canal del protocolo» —siguió Vikander—. ¿Qué es el canal?

—Un buzón. Las personas verificadas pueden escribir a la fundación por ahí, sin nombre, con su código, si necesitan algo. Lo recibe Britt. Solo Britt. Lo diseñamos así para que ningún mensaje pasara por atención a familias.

—¿También se migró?

—Se migró con todo. —Maja lo pensó—. Sigue llegando a Britt. Es lo que se acordó.

—¿Lo ha comprobado usted?

—No.

Vikander no apuntó eso. Maja se dio cuenta de que le habría gustado que lo apuntara, para no tener que hacerlo ella.

—Esto es otra investigación —dijo Vikander—. No es la mía. La mía es una mujer bajo el hielo. Esto es un delito distinto, con víctimas distintas, y lo va a llevar quien lo tenga que llevar. Yo se lo paso a Sundell esta noche con estas dos hojas. Usted decide lo que hace como directora.

—Voy a ir a Gävle.

—Como directora puede. Como hermana, no lo haga.

—Voy a ir como directora.

Vikander dejó la funda sobre la mesa.

—El lunes —dijo—. Hoy no. Mañana terminamos esto y precintamos, y usted duerme.

Terminaron el sábado a las cuatro de la tarde.

Holm había fotografiado ochocientas treinta y una páginas; Vikander tenía el cuaderno lleno hasta la mitad de la última libreta.

La agente pasó el precinto por las dos puertas del armario, lo firmó, hizo que Vikander lo firmara, y le pidió a Maja que firmara también, como directora presente, en una línea que decía «sin manipulación». Maja firmó con el bolígrafo del abrigo.

Antes de irse, Vikander se detuvo en la puerta del cuarto.

—Los informes de Karlstad y de Umeå los tendrá Sundell mañana. El de Gävle es el suyo: la mujer llamó a su número, no al nuestro. Dígale que denuncie, si no lo ha hecho.

—Ya se lo han dicho.

—Dígaselo otra vez.

Ingrid subió a las cuatro y media, cuando el precinto ya estaba puesto, y esperó a que Vikander y Holm bajaran para hablar.

—Sundell ha llamado. Lo del sellado sigue en estudio; me ha pedido que te lo diga con esas palabras, «en estudio», y que no te diga otras.

—Se ajustó las gafas—. Y tu madre ha llamado a los patronos.

A todos. El patronato es el lunes 2 a las cinco.

Lo ha convocado ella, como presidenta. Yo he confirmado la sala.

—Bien.

—Uno de ellos me ha preguntado si tú vas a estar.

—Voy a estar.

—Eso le he dicho.

Elin la esperaba abajo con la lista de medios, que ya era una carpeta. Maja le dijo que el lunes no estaría, que estaría el martes, y Elin no preguntó dónde. En la calle había una sola cámara, y hacía menos tres.

Llamó a Petra desde el taxi.

—La de Gävle. Necesito hablar con ella. Como directora.

—Está en casa de una amiga. La madre ha venido de Sundsvall a cuidarla. —Petra dudó—. No quiere hablar con nadie de la fundación, Maja. Me lo dijo con estas palabras: con nadie de esa casa.

—Dile quién soy. Dile que su verificadora era mi hermana. Si después de eso dice que no, no voy.

Petra se quedó callada un segundo.

—Se llama Anneli. Anneli Berg. —Petra dudó otra vez—. Britt la ha llamado dos veces esta semana. La segunda vez le colgó. Te lo digo para que no vayas creyendo que te van a recibir con café.

—No lo creo.

Maja anotó el nombre en la agenda, debajo del 42, y se quedó mirando las dos cosas, el número y el nombre, mientras el taxi cruzaba el puente.

Su hermana había escrito en noviembre que el cruce solo era posible desde dentro.

Había escrito en diciembre que había que llegar antes que él. Y en enero había cogido un avión.

Había vuelto a avisar. Y en vez de ir a Estocolmo, donde estaba el armario y estaba Britt, había cruzado un lago de noche hacia una casa. Eso era lo que Maja no entendía.