EL SALÓN DE LOS ECOS PRIMERA PARTE (Cuentos, Teatro y Literatura Escénica nº 3) Capítulo 4 — Vitrium, la ciudad que nunca dormía #2
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Capítulo 4 — Vitrium, la ciudad que nunca dormía #2

No fue una duda fingida. Sus ojos se movieron hacia la arcada, hacia las sombras, hacia ningún sitio concreto. Parecía estar calculando cuánto de una herida podía convertir en palabras sin traicionarla.

—Mi madre no solo limpiaba casas altas —dijo al fin—. Una vez trabajó para una antigua guardiana.

—¿Mi abuela?

—No sé su nombre. Mi madre la llamaba la mujer que escuchaba con las manos.

Alira cerró los dedos alrededor de la llave.

Elionor.

Tenía que ser Elionor.

—¿Qué trabajo hizo para ella?

—Reparó un espejo.

—Los guardianes no usan espejos.

—Eso dices tú porque te enseñaron solo la mitad cómoda del oficio.

Alira habría respondido de inmediato en otro momento. Pero ya había cometido demasiados errores por defender lo incompleto como si fuera entero.

—Explícamelo.

Nadrin tomó otro fragmento de su carro, más grande, cubierto por una tela negra.

—Los cristales recuerdan lo que fue dicho con verdad. Los espejos recuerdan lo que alguien no se atrevió a mirar. Son artes distintas, pero nacieron juntas.

—Nunca he leído eso en los archivos.

—Claro que no.

—¿Por qué?

—Porque Vitrium eligió los cristales. Son más hermosos. Más nobles. Más fáciles de celebrar. Puedes construir ceremonias alrededor de un cristal que devuelve un perdón. Es más difícil hacer una fiesta alrededor de un espejo que te muestra la cobardía que llamaste prudencia.

Alira pensó en los registros del Salón, en las láminas impecables, en los símbolos de los guardianes, en los discursos de la Fiesta de la Primera Luz. Pensó también en el espejo cubierto por un paño gris en la casa de su abuela.

El espejo que Elionor nunca le había dejado tocar.

—Mi abuela tenía un espejo cubierto —dijo.

Nadrin la miró con más atención.

—Entonces quizá ella sabía más que los otros.

—Creo que intentó escuchar a tu madre.

—Intentar no siempre basta.

—No.

La palabra quedó entre ellos sin defensa.

No.

Una ciudad podía intentar ser justa y no serlo.

Un guardián podía intentar escuchar y llegar tarde.

Una verdad podía intentar entrar y encontrar un muro.

Desde una calle cercana llegó el sonido de pasos.

Dos guardias cruzaron el extremo del mercado, hablando entre ellos.

Sus armaduras de cristal mate reflejaban la luz azul de las farolas.

Al ver a Nadrin, uno de ellos redujo la marcha, pero no se acercó.

Alira notó el gesto. También notó cómo Nadrin bajaba instintivamente la mano hacia los espejos, como quien protege algo.

Cuando los guardias se fueron, ella preguntó:

—¿Siempre te vigilan?

—No. Solo cuando respiro en sitios donde molesto.

—Eso no debería pasar.

Nadrin la miró.

—Bienvenida al barrio exterior de la ciudad que escucha.

La frase habría parecido insolente si no estuviera tan cargada de cansancio.

Alira recordó la misión que le habían dado.

Tenía hasta el amanecer para llevar a Nadrin al Salón.

Pero llevarlo como quien lleva una prueba, un testigo o una llave humana sería repetir el mismo error.

Él no era un instrumento para salvar el prestigio de los guardianes.

Era una persona a la que la ciudad había negado escucha.

—Quiero pedirte que vengas al Salón —dijo.

Nadrin soltó una risa breve.

—Ahí está.

—No como acusado. No como prueba. No como favor al Consejo.

—¿Entonces como qué?

Alira tardó en contestar.

—Como alguien cuya verdad falta.

El muchacho apartó la mirada.

Esa frase sí lo alcanzó.

—Mi verdad no falta —dijo—. La vuestra sí.

—Puede ser.

—¿Y crees que con entrar ahora se arregla todo?

—No.

—¿Que el Salón se iluminará, el Consejo bajará la cabeza y mi madre descansará por fin dentro de un cristal bonito?

—No lo sé.

—Al menos eres menos mentirosa que otros.

—No he venido a prometerte lo que no puedo cumplir.

—Entonces no tienes mucho que ofrecer.

Alira pensó en el cristal apagado del ala oeste. En la gratitud vaciada. En la frase del Cristal Mayor. En la voz de su abuela diciendo que algunas entradas estaban hechas de confianza.

—Puedo ofrecerte una cosa —dijo.

—¿Cuál?

—Escuchar antes de pedirte nada.

Nadrin no respondió.

Alira se sentó en el suelo del mercado, frente al carro de espejos.

El muchacho la miró con desconcierto.

—¿Qué haces?

—Escuchar.

—Aquí.

—Aquí.

—En el suelo.

—Sí.

—Los guardianes no se sientan en el suelo del mercado.

—Esta sí.

Nadrin la observó durante varios segundos. Parecía buscar la trampa, la ceremonia escondida, el gesto aprendido. No encontró nada, o al menos no lo suficiente para marcharse.

Finalmente se sentó también, sobre la caja invertida.

La noche siguió moviéndose alrededor de ellos.

Y Nadrin habló.

Habló de Sira, su madre, que cantaba mientras limpiaba ventanas altas porque decía que el cristal obedecía mejor a las manos que no estaban tristes.

Habló del barrio exterior, donde los niños aprendían pronto que la belleza de Vitrium tenía bordes, y que esos bordes cortaban.

Habló de las casas del centro, donde las personas agradecían a su madre con sonrisas finas, pero rara vez recordaban su nombre.

Habló de la noche en que Sira volvió enferma, llevando escondido bajo la ropa un espejo pequeño con una grieta dorada.

Habló de una frase que ella repitió tres veces antes de morir, no para que él la entendiera, sino para que no la dejara desaparecer.

Alira escuchó sin interrumpir.

No preguntó la frase.

No todavía.

Mientras Nadrin hablaba, los espejos del carro empezaron a vibrar suavemente.

Uno a uno, sus fragmentos recogieron la luz de las farolas y la devolvieron en líneas quebradas.

El mercado entero se llenó de pequeños reflejos: sobre el suelo, sobre los toldos recogidos, sobre las manos de Alira, sobre el rostro cansado del muchacho.

Entonces ocurrió algo extraño.

La llave de cristal que Alira llevaba al cuello se encendió.

No con la luz clara del Salón.

Con una luz mezclada, mitad cristal, mitad espejo.

Nadrin dejó de hablar.

—¿De dónde has sacado eso?

—Era de mi abuela.

—Enséñamela.

Alira dudó apenas, pero se la quitó del cuello y se la entregó.

Nadrin la sostuvo con más cuidado del que ella esperaba. Al tocarla, los fragmentos de espejo atados a su muñeca dejaron de moverse. Durante un instante, todo el mercado pareció esperar.

—Mi madre habló de una llave así —dijo.

—¿Qué dijo?

—Que no abría puertas. Abría responsabilidades.

Alira sintió que la garganta se le cerraba.

Elionor había dicho algo parecido.

No la uses para abrir puertas.