Capítulo 4 — Vitrium, la ciudad que nunca dormía
Vitrium no dormía nunca del todo.
De noche cerraba algunas ventanas, apagaba ciertos talleres y dejaba que los niños descansaran bajo mantas claras, pero la ciudad seguía moviéndose por debajo de sí misma.
El agua continuaba corriendo bajo las losas transparentes.
Las farolas solares devolvían despacio la luz que habían bebido durante el día.
Los relojes de las torres seguían midiendo no solo las horas, sino también la presión del viento, la inclinación de las lunas y la vibración de las cúpulas altas.
Incluso cuando todos callaban, Vitrium parecía murmurar.
Alira caminaba por sus calles con la sensación de que la ciudad entera era un enorme cristal dormido, esperando una mano capaz de despertarlo.
Pero aquella noche no iba hacia el Salón.
Iba hacia el Mercado de los Reflejos.
El mercado, durante el día, era uno de los lugares más vivos de Vitrium.
Bajo sus toldos transparentes se vendían prismas musicales, lámparas de bolsillo, peines de cristal flexible, semillas luminosas, cuadernos de vidrio delgado, botellas que conservaban aromas y campanas tan pequeñas que podían ocultarse dentro de un puño.
Los viajeros decían que no existía en todo el reino un mercado más hermoso.
De noche, sin embargo, el Mercado de los Reflejos cambiaba.
Las lonas quedaban recogidas. Los puestos cerrados parecían animales durmiendo con la cabeza baja.
Las monedas perdidas en el suelo brillaban como ojos diminutos.
Los espejos que algunos comerciantes olvidaban cubrir reflejaban ángulos imposibles: una torre donde no había torre, una sombra que pasaba tarde, una luna repetida siete veces en un charco seco.
Alira avanzó con cautela.
El Consejo le había dado hasta el amanecer para encontrar a Nadrin, pero no le había dado instrucciones sobre cómo convencerlo. Quizá porque no había instrucciones posibles para algo así. Nadie convence a una herida diciéndole simplemente que deje de doler.
Lo encontró junto a la vieja arcada del lado sur.
Su carro estaba allí, cubierto con una lona gris. Nadrin estaba sentado sobre una caja invertida, tallando el borde de un espejo roto con una lima pequeña. No pareció sorprendido al verla llegar.
—La guardiana camina de noche —dijo sin levantar la vista—. Eso suele significar dos cosas: o el Salón tiene problemas, o por fin ha decidido admitir que los tiene.
Alira se detuvo a unos pasos.
—Necesito hablar contigo.
—Los guardianes siempre necesitáis hablar cuando ya habéis terminado de decidir lo importante.
—No he venido a decidir por ti.
—Qué novedad tan poco creíble.
Alira respiró despacio.
Podía enfadarse. Podía responderle con la misma dureza. Podía recordarle que el Cristal Mayor se estaba oscureciendo y que no había tiempo para su ironía. Pero su abuela no la había formado para ganar conversaciones, sino para escucharlas hasta el fondo.
—Tu nombre apareció en el Salón.
La lima se detuvo.
Nadrin no levantó la mirada, pero sus dedos quedaron quietos sobre el espejo.
—Mi nombre no entra en ese lugar.
—Entró esta tarde.
—Entonces quizá el Salón se está estropeando de verdad.
—Eso intento decirte.
Nadrin soltó una risa seca, sin alegría.
—¿Y ahora venís a buscar al muchacho de los espejos rotos? Curioso. Durante años solo fui una molestia en la plaza.
—No vengo por tus espejos.
—Todos vienen por mis espejos, aunque digan lo contrario.
Alira miró el carro cubierto. Bajo la lona se adivinaban formas irregulares, fragmentos que atrapaban la luz nocturna y la devolvían deformada.
Siempre había pensado que Nadrin recogía espejos rotos porque era pobre o porque le gustaba incomodar.
Ahora empezaba a sospechar que aquellos fragmentos eran algo más que mercancía.
—Vengo por tu madre —dijo.
Nadrin levantó por fin la vista.
El mercado pareció volverse más frío.
—No pronuncies lo que no conoces.
—Tienes razón. No la conozco.
—Entonces no la uses para abrir una puerta que se cerró hace años.
La frase golpeó a Alira con más fuerza de la esperada.
Una puerta que se cerró.
El Salón sin puertas también podía cerrarse.
—El Consejo me ha contado algo —dijo ella.
—El Consejo cuenta lo que puede permitirse contar.
—Me han dicho que tu madre pronunció una verdad antes de morir.
Nadrin volvió a mirar el espejo que sostenía.
—No antes de morir. Mientras moría. Hay diferencia.
Alira bajó la voz.
—¿Qué dijo?
El muchacho sonrió apenas.
—Ahí está. Siempre llegáis al mismo punto. Queréis la frase. Como si la frase fuera el centro. Como si bastara con atraparla, pulirla, escribirla en una lámina y colocarla dentro de una vitrina.
—Los cristales no guardan frases.
—Lo sé mejor que tú.
—Entonces ayúdame a entender.
Nadrin se puso de pie. Era un poco más alto que Alira, aunque su delgadez lo hacía parecer más frágil de lo que quería aparentar.
Llevaba una chaqueta remendada y varios cordones atados a la muñeca izquierda.
De cada cordón colgaba un pequeño fragmento de espejo.
Al moverse, los fragmentos chocaban entre sí y producían un sonido leve, quebrado.
—Mi madre se llamaba Sira —dijo.
El nombre quedó suspendido entre ellos.
Sira.
No había aparecido en los registros que Alira había visto. O, si había aparecido, nadie se lo había enseñado.
—Vivíamos en el barrio exterior —continuó Nadrin—, más allá del puente de los campanarios. Donde el cristal de las calles ya no es transparente, sino gris. Donde los canales se atascan. Donde las farolas solares reciben menos luz porque las torres del centro se la quedan antes.
Alira conocía aquel barrio solo de paso. De niña le habían dicho que no era peligroso, pero sí inconveniente. Esa palabra se usaba mucho en Vitrium para nombrar aquello que la ciudad no quería mirar de frente.
Inconveniente.
Como si la pobreza fuera una falta de armonía.
Como si el abandono fuera un desorden estético.
—Mi madre limpiaba cristales en las casas altas —dijo Nadrin—.
No los del Salón, por supuesto. Esos están reservados para manos dignas.
Limpiaba ventanas, lámparas, suelos, barandillas, vitrinas.
Sabía más de cristal que muchos maestros sopladores, pero nadie le preguntaba nada.
Solo le indicaban dónde había quedado una mancha.
Alira no lo interrumpió.
—Una noche volvió enferma. No de fiebre. De miedo. Yo tenía ocho años. Recuerdo que cerró todas las cortinas, aunque en nuestra casa apenas entraba luz. Me dijo que si alguien preguntaba, ella no había visto nada.
—¿Qué había visto?
Nadrin la miró con dureza.
—Eso es lo que todos quisieron saber después. Pero nadie quiso saber cómo lo había visto. Nadie quiso saber por qué temblaba. Nadie quiso saber por qué una mujer que había pasado la vida limpiando la luz de otros llegó a casa convencida de que la ciudad podía apagarla.
Alira sintió que la llave de cristal se enfriaba contra su pecho.
—¿Tenía relación con el Salón?
—Todo en Vitrium tiene relación con el Salón, incluso lo que fingís dejar fuera.
El muchacho caminó hasta su carro y retiró la lona.
Los espejos rotos capturaron la noche.
Había fragmentos ovalados, rectangulares, curvos, triangulares.
Algunos reflejaban con nitidez. Otros devolvían imágenes borrosas.
Otros no reflejaban el rostro, sino la luz que había detrás de los ojos.
Alira vio su propia figura multiplicada en pedazos: una mano, una trenza, una llave, un gesto de cansancio, una duda.
Nadrin tomó un espejo pequeño, con forma de lágrima.
—Este era de mi madre.
Se lo ofreció.
Alira no lo tocó enseguida.
—¿Puedo?
—Ahora preguntas.
La frase no fue cruel. Fue exacta.
Alira tomó el espejo.
La superficie estaba agrietada de arriba abajo.
Sin embargo, no parecía rota por un golpe.
La grieta era demasiado limpia, casi deliberada.
Cuando Alira miró en ella, no vio su rostro.
Vio una habitación pobre, una cama baja, una mujer con el cabello pegado a la frente por el sudor y un niño arrodillado junto a ella.
Nadrin.
Más pequeño.
Más asustado.
La imagen no tenía sonido, pero Alira sintió la emoción. Miedo. Amor. Urgencia. Una verdad intentando abrirse camino antes de que fuera tarde.
Después apareció un muro.
El muro del Salón.
El niño golpeaba el cristal con las manos.
Nadie abría.
La imagen desapareció.
Alira devolvió el espejo con cuidado.
—Lo siento.
Nadrin guardó el fragmento dentro de su chaqueta.
—No me sirve que lo sientas.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Sentirlo es fácil cuando puedes volver al centro de la ciudad, tocar un cristal y pedirle que convierta tu culpa en luz.
Alira encajó la frase en silencio.
Porque había algo de verdad en ella.
—El Salón se está apagando —dijo.
—Quizá se lo merece.
—Quizá. Pero la ciudad no está hecha solo de quienes fallaron.
Nadrin no respondió.
—Hay cristales que guardan gratitudes pequeñas, perdones verdaderos, risas limpias, gestos que nadie vio. Si el Salón muere, no solo perderemos los errores de los guardianes. Perderemos también lo mejor que muchas personas entregaron sin pedir nada.
El muchacho miró hacia las torres del centro. Desde el mercado, el Salón no se veía, pero su ausencia parecía ocupar un espacio más grande que cualquier edificio.
—Cuando era niño —dijo— creí que si el Salón no abría, era porque mi madre había mentido.
Alira sintió un dolor seco en el pecho.
—Nadrin…
—No terminé. Durante años pensé que quizá ella, al final, había dicho algo confuso. Algo fruto de la fiebre. Algo que no merecía quedar guardado. Eso fue lo peor. No que los guardianes no me creyeran. Lo peor fue empezar a no creerla yo.
El mercado nocturno guardó silencio alrededor.
—Por eso empecé con los espejos rotos —continuó—. Porque un espejo entero muestra lo que la ciudad acepta ver. Un espejo roto muestra las partes que no encajan.
—El cristal del ala sur me mostró tu nombre.
—El ala sur —repitió él con una sonrisa amarga—. La zona de los que esperan.
—¿La conoces?
—Mi madre hablaba de ella.
Alira sintió que algo se abría.
—¿Cómo podía conocerla?
Nadrin dudó por primera vez.