Capítulo 4 — Vitrium, la ciudad que nunca dormía #3
La joven comprendió entonces que la historia de su abuela y la de Sira estaban unidas desde antes de que ella pudiera recordarlas. Que el Salón, los espejos, el ala sur y Nadrin formaban parte de una verdad que había sido separada en fragmentos para que la ciudad siguiera pareciendo completa.
—Ven conmigo —dijo Alira.
Nadrin devolvió la llave.
—No.
—Nadrin…
—He hablado. Has escuchado. No confundas eso con obediencia.
—El Cristal Mayor se está oscureciendo.
—Que lo mire el Consejo.
—No puede verlo entero sin ti.
El muchacho se levantó.
—Durante años yo tampoco pude ver entera la verdad de mi madre. Nadie vino a ayudarme a completarla.
—Eso fue injusto.
—Sí.
—Y sigue siéndolo si ahora no hacemos nada.
Nadrin tensó la mandíbula.
—Cuidado, guardiana. La culpa no te da derecho a pedirme heroísmo.
Alira aceptó el golpe.
—Tienes razón.
Él empezó a cubrir el carro de nuevo.
Durante unos segundos, pareció que todo terminaría allí. Que Nadrin recogería sus espejos, se marcharía hacia el barrio exterior y el Salón seguiría apagándose con una verdad más sin escuchar.
Entonces, desde lo alto del mercado, sonó una campana.
No era una campana de hora.
No era una campana de guardia.
Era una campana del Salón.
Alira la reconoció de inmediato, aunque nunca la había oído fuera del edificio.
Su sonido descendió sobre Vitrium como una línea de luz.
Una vez.
Dos.
Tres.
Las farolas solares parpadearon.
Los espejos del carro se encendieron.
Y, en todos ellos, apareció la misma imagen.
El Cristal Mayor.
La opacidad creciendo.
Nadrin se quedó inmóvil.
Alira también.
En el centro de la imagen, dentro de la sombra, se distinguía algo que no había aparecido antes.
Un rostro.
No completo.
No claro.
Pero suficiente.
Nadrin soltó la lona.
—Madre.
La palabra no fue un grito.
Fue peor.
Fue una verdad pronunciada sin defensa.
Todos los espejos vibraron al mismo tiempo.
La llave de Alira ardió contra su pecho.
La imagen desapareció.
El mercado volvió a quedar en penumbra.
Nadrin respiraba con dificultad. Su rostro había perdido toda ironía. Durante un instante no fue el vendedor insolente, ni el muchacho de los espejos rotos, ni la voz incómoda de Vitrium. Fue solo un hijo que acababa de ver a su madre atrapada en una sombra que no debía existir.
—¿Qué le está haciendo? —preguntó.
Alira respondió con honestidad.
—No lo sé.
—¿Puede destruirla?
—No lo sé.
—¿Puede destruir lo que queda de ella?
Alira cerró los ojos un segundo.
—Sí.
Nadrin apretó los puños.
Miró su carro.
Miró los espejos.
Miró hacia el centro invisible de la ciudad.
Después tomó el fragmento en forma de lágrima, el que había pertenecido a Sira, y lo guardó bajo la chaqueta.
—Te acompañaré al Salón —dijo.
Alira no mostró alivio. No habría sido justo. Nadrin no estaba aceptando una invitación; estaba entrando en la herida que otros habían dejado abierta.
—Gracias —respondió.
Él la miró con dureza.
—No me agradezcas todavía.
Empujó el carro hacia la arcada, lo dejó oculto entre dos columnas y cubrió los espejos con la lona gris. Solo conservó los fragmentos atados a su muñeca y el espejo de su madre.
Luego caminó junto a Alira hacia la plaza central.
Vitrium seguía brillando.
Desde las calles altas llegaba música. En algunas casas había cenas tardías. Los canales reflejaban las lunas. Los puentes suspendidos parecían hechos de serenidad. La ciudad no sabía, o no quería saber, que una parte de su belleza estaba siendo llamada a juicio por aquello que había excluido.
Alira y Nadrin cruzaron en silencio la avenida de las Cúpulas Claras.
Él miraba todo con una mezcla de rabia y dolor.
Ella miraba lo mismo y lo veía distinto por primera vez.
La ciudad que nunca dormía tampoco descansaba de sus contradicciones.
Bajo cada torre luminosa había una sombra.
Bajo cada palabra amable podía esconderse una omisión.
Bajo cada ceremonia de la verdad podía permanecer una verdad no admitida.
Y, sin embargo, Alira no dejó de amar Vitrium.
Precisamente porque empezaba a verla entera.
No como una ciudad perfecta.
No como una ciudad culpable sin remedio.
Sino como una ciudad capaz de perder su luz si no aprendía, por fin, a escuchar aquello que había dejado fuera de su propio reflejo.
Cuando llegaron a la Fuente de las Siete Gotas, el agua subía con violencia. No ascendía suavemente, como de costumbre. Brotaba hacia arriba en siete columnas temblorosas, como si la fuente estuviera tratando de advertir al cielo antes de que fuera demasiado tarde.
Nadrin miró el muro del Salón.
Desde fuera, seguía pareciendo una curva de cielo.
—No va a abrirse para mí —dijo.
Alira no respondió enseguida.
Se acercó al muro y apoyó la mano.
El cristal se templó.
Una abertura comenzó a formarse.
Pero antes de cruzar, Alira se volvió hacia Nadrin.
—No entres porque el Salón te lo permita.
Él frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Entra porque tu madre tenía derecho a ser escuchada.
Nadrin permaneció quieto.
Luego avanzó.
Cuando su pie tocó el umbral, el muro entero vibró.
No como una puerta que se abre.
Como una ciudad que, por primera vez en muchos años, siente vergüenza.
El Salón los recibió en silencio.
Y en el centro, muy lejos, el Cristal Mayor comenzó a latir como un corazón herido.