El Sabor del Tabú Capítulo 30
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Capítulo 30

Estaba comiendo con un cliente en un restaurante cercano a las oficinas de mi empresa. Era la típica comida de negocios en la que mantienes esa fachada de hombre serio, impecable y metódico que tanto éxito me había dado.

De repente, mi móvil vibró sobre la mesa.

Le di la vuelta de reojo, sin perder la sonrisa profesional, explicándole al cliente las ventajas competitivas de nuestra firma.

El remitente era Anita. Al leer su nombre en la pantalla, las palabras se me atascaron en la garganta.

Con el pulso desbocado, abrí el mensaje bajo la mesa:

«Ven. Estoy sola en casa».

Una invitación envenenada que dinamitó cualquier rastro de cordura.

Habían pasado quince días desde que volvimos de Málaga; quince días de absoluta sequía en los que mi hija apenas me había mirado al desayunar, fingiendo ser la chica responsable de siempre, mientras el pacto de aquella noche de marihuana maduraba en la sombra.

—Discúlpeme —dije, incorporándome de golpe, camuflando el temblor de mis manos—. Tengo que dejarle. Me acaba de surgir un asunto familiar de extrema importancia. Lo siento.

El hombre me miró impactado por mi brusquedad, asumiendo por mi palidez que alguien de mi familia debería estar herido. Me tendió la mano con semblante preocupado.

—No se preocupe, Juan… Vaya tranquilo. Atienda a su familia.

Ni siquiera le respondí. Le di un apretón de manos rápido y salí del restaurante a zancadas.

El trayecto en el coche fue un delirio suicida de velocidad.

La polla me iba dando latigazos salvajes contra el pantalón del traje a cada marcha que metía.

Abrí la puerta principal con un crujido seco.

La planta baja estaba sumida en un silencio denso, fantasmal.

Comencé a subir los escalones hacia la planta superior, arrancándome la corbata con dedos torpes, sintiendo el sudor frío de la anticipación corriéndome por el cuello.

Al llegar al pasillo, la vi. La puerta de la habitación de Anita estaba abierta de par en par.

La estancia estaba en penumbra, con las persianas casi bajadas, dejando entrar unas líneas horizontales de sol que cortaban el aire cargado de la habitación.

Anita estaba sentada en el borde de su cama.

Al verme aparecer, se le dibujó esa sonrisa lenta, felina y perversa que le había visto poner con Borja.

Llevaba puesta una prenda que reconocí al instante: una camisa blanca mía, de sastre, de hilo fino, que le quedaba enorme.

Los botones del pecho estaban desabrochados, cayéndole de lado y dejando al descubierto un hombro liso, bronceado, y el vaivén de sus pechos pequeños, firmes y sin sujetador, cuyos pezones oscuros se dibujaban perfectamente contra la tela translúcida.

La camisa apenas le cubría la mitad de los muslos y, al tener las piernas cruzadas, el tejido se abría descaradamente, dejando a la vista la tersura de su entrepierna y la ausencia total de ropa interior.

Su cuerpo tenía esa perfección insultante y carnosa propia de los diecinueve años.

Estaba preciosa, descarada, oliendo a su perfume dulce mezclado con el olor a sábanas limpias.

Me quedé plantado en mitad del cuarto, jadeando como un animal enjaulado.

Antes de que pudiera avanzar, Anita se levantó.

La camisa flotó a su alrededor. Avanzó hacia mí con paso lento y me plantó una mano firme en el pecho, deteniéndome con autoridad.

—Quieto ahí —me dijo con tono autoritario, clavándome esos ojos verdes que devoraban toda mi obscenidad—. Antes de que me pongas una mano encima, antes de que hagamos nada de lo que te prometí, tienes que jurarme una cosa.

—Lo que quieras, Anita… dime —alcancé a balbucir, con la boca seca, sintiendo que la cordura se me escapaba de las manos.

—Esto que va a pasar aquí se queda entre tú y yo para siempre —soltó, hundiéndome las uñas en la carne a través de la ropa—.

La complicidad que tengo con Borja y con mamá es aparte, pero no quiero que ellos se enteren jamás de esto.

Si alguno de los dos llega a enterarse, no volverás a catarme en tu vida, ¿entiendes?

Así que júramelo, papá. Jura que vas a ser una tumba.

La miré, devorando el descaro de su boca húmeda y la promesa prohibida de su cuerpo ofreciéndose bajo sus propias reglas. La humillación del verano y los gemidos de mi esposa con su novio se desvanecieron frente al poder absoluto de tener a mi propia hija dominándome.

—Te lo juro, Anita —susurré, agarrándola de la cintura con fuerza, aplastando su cuerpo firme contra el mío—. Te lo juro por mi vida. No lo sabrá nadie. Solo tú y yo.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, la última barrera moral del mundo se desplomó. Anita sonrió con una mueca de triunfo obsceno y, antes de que pudiera asimilar el peso de mi traición, se inclinó y me besó.

Fue un beso que me vació los pulmones. Me besó con una propiedad y un descaro salvaje.

Su boca estaba hirviendo, sabía intensamente a menta y al carmín dulce de sus labios.

Me metió la lengua hasta el fondo con una soltura experta que me encendió hasta el límite, reclamando su territorio, mientras sus dedos se enredaban con fuerza en mi pelo, tirando ligeramente hacia atrás para obligarme a abrir más la boca y tragarme su saliva.

Era un clímax perverso. Incomparable a cualquier experiencia.

Estaba besando a la niña que había criado, convertida ahora en una deidad sucia que me gobernaba por completo.

Cegado por el sabor de su boca, estiré las manos y la toqué.

Mis palmas bajaron con urgencia por sus hombros, resbalaron por sus costados y se hundieron bajo la tela de la camisa.

Toqué la piel desnuda de su cintura y bajé mis manos hasta sus glúteos perfectos, redondos y duros, que se moldearon contra mis palmas.

La atraje hacia mí con fuerza bruta, pegando su pelvis directamente contra la tremenda erección que deformaba el pantalón de mi traje.

Anita soltó un gemido contra mis labios, arqueando la espalda, disfrutando del poder destructor que ejercía sobre su padre.

De repente, justo cuando iba a meterle una mano entre las piernas para tocar su sexo, ella se retiró con un movimiento ágil, rompiendo el beso con un chasquido. Se relamió los labios, mirándome. Estaba jadeando, pero mantenía el control absoluto.

—Despacio, papá… No corras tanto —susurró, dándose la vuelta y caminando de espaldas hacia la cama—. Tenemos toda la tarde para nosotros. Anda, ponte cómodo. Quítate la ropa. No quiero verte con ese traje de oficina tan serio.

Se sentó de nuevo en el borde del colchón, abriendo deliberadamente las piernas y dejando que la camisa se deslizara aún más, desnudando su muslo derecho por completo en una invitación que terminó por destrozar mi cordura.

Mis manos, torpes y temblorosas por la adrenalina, volaron hacia los botones de mi camisa.

Me arranqué la corbata y la dejé caer sobre la alfombra, seguida de la chaqueta.

Anita no me quitaba los ojos de encima; se mantenía apoyada hacia atrás sobre sus codos, hundiéndose levemente en el colchón, disfrutando de mi desesperación.

Me desabroché el cinturón y dejé caer los pantalones. Cuando me quedé completamente desnudo frente a ella, con mi miembro rígido, venoso y latiendo con violencia, apuntando directamente hacia su rostro, su sonrisa se ensanchó. Sus ojos bajaron despacio, devorando mi anatomía.

—Vaya… no estás nada mal para tu edad —susurró con esa voz dulce y cargada de morbo—. Y además estás bien armado. Sí que me tenías ganas.

—Muchas, cielo. Me muero de ganas. Haría lo que fuera por ti… —respondí con el hilo de voz que me quedaba, completamente desarmado.

Anita soltó una carcajada limpia, despiadada, que resonó en la habitación.

Con un movimiento lento, casi coreografiado, se echó un poco más hacia atrás en el colchón y abrió las piernas durante un segundo eterno, dejándome ver su coño perfectamente depilado, terso y brillante por el flujo del deseo que ya la consumía.

Fue un destello de carne rosada, hendida y húmeda que me nubló la vista por completo.

Me fijé en el pequeño tatuaje de la víbora que solo había visto en foto unos meses antes.

—Me gusta tenerte así y saber que estás loco por mí —dijo, cerrándolas un palmo, lo justo para dejarme con la miel en los labios—. ¿Qué me vas a dar a cambio, papá?

La miré desde abajo, arrodillado entre sus muslos. En sus ojos claros ya no había rastro de la niña que yo había criado; solo quedaba una zorra manipuladora que se alimentaba de mi sumisión.

—Todo… Todo lo que tú quieras… —sentencié, respirando con dificultad—. Ponme a prueba. Pídeme lo que te dé la gana, Anita. Lo que sea.

Anita ensanchó su sonrisa, una mueca cargada de un misterio helador.

—Lo haré, papá… Te juro que esto no va a salirte gratis. Voy a exprimir cada uno de mis caprichos, y tú vas a pagar el precio encantado. Pero ahora… ponte de rodillas y ven hasta aquí como un buen perro.

No esperé a que lo repitiera. Me arrodillé y fui a cuatro patas por la alfombra hasta donde estaba ella, rebajándome por completo, asumiendo el rol de sumisión absoluta que mi propia hija me estaba imponiendo.

Me colé entre sus muslos dorados, enterrando mi rostro entre sus piernas abiertas, embriagándome con su aroma frutal y salvaje.

Hundí la lengua en su sexo húmedo con una desesperación animal, lamiéndola de abajo arriba, buscando el clítoris hinchado, saboreando el jugo ardiente de su juventud que brotaba sin freno.

Anita echó la cabeza hacia atrás sobre las sábanas, clavando las uñas en el colchón y arqueando la pelvis para pegarse más a mi boca, empujando su coño contra mi cara.

Escuchaba cómo sus gemidos claros y agudos empezaban a romper el silencio sepulcral de la casa, una melodía prohibida que me taladraba el cerebro con una culpa deliciosa, sabiendo que a partir de esa tarde mi alma le pertenecía por entero a ella.

Yo ya no era el dueño de la casa; era su esclavo.

—Mmm… Mamá tiene razón… Eres un buen comecoños —soltó con un jadeo sucio, acariciándome el pelo con brusquedad mientras yo continuaba devorándola, perdiendo el sentido de la moral en el rincón más oscuro de su dormitorio—.

Sigue, no pares… Chúpame más fuerte, así…

—me ordenó desde arriba, dándome un leve tirón de pelo para guiar el ritmo de mi lengua.

Anita comenzó a agitarse con más fuerza, subiendo el tono de sus gemidos, que se volvieron obscenos. Su pelvis daba pequeños espasmos hacia delante, buscando con desesperación el roce continuo de mi boca, restregando sus labios vaginales empapados contra mi nariz y mis mejillas.

—Me voy a correr… Dios, me voy a correr ya —gimió, abriendo los ojos de par en par y clavándome una mirada cargada de una lascivia salvaje, idéntica a la que Borja me había descrito en Almadrava del Mar.

Inmediatamente, dio un último y violento empuje con las caderas, clavando su sexo contra mis labios.

Su coño se contrajo con fuerza espasmódica alrededor de mi lengua mientras derramaba una oleada de jugo ardiente, abundante y viscoso sobre mi boca.

Anita soltó un grito, tapándose la boca con el dorso de la mano para no escandalizar a los vecinos de la urbanización, y se quedó temblando sobre el colchón, con la respiración completamente rota, chorreando sus fluidos sobre mi cara.

Me quedé allí, inmóvil, con el rostro pegado a su piel, saboreando el final de su orgasmo, tragándome su jugo con una devoción enfermiza.

Cuando su respiración pareció relajarse un poco, la miré.

Tenía el pelo revuelto, las mejillas encendidas y la camisa de hilo blanco completamente arrugada.

Se pasó los dedos por los labios, mirándome el rostro embadurnado de sus propios fluidos, y soltó una sonrisa de pura suficiencia.

—Has cumplido bien, perrito —dijo, estirando una pierna para acariciarme el pecho con la planta de su pie descalzo, empujándome levemente hacia atrás—.

Ahora límpiate la boca y vístete antes de que llegue mamá a buscarme.

Hemos quedado para ir al centro comercial de compras.

Mañana ven a la misma hora. Si sigues comiéndome el chochito así de bien… tal vez tenga que darte un premio.

Miré mi miembro, que seguía dolorosamente rígido, inflamado y latiendo con una violencia que me desgarraba las entrañas, totalmente ignorado por ella. No iba a haber recompensa física para mí esa tarde; Anita me dejaba insatisfecho a propósito, cobrándose la humillación de la sumisión.

Empecé a recoger mi ropa del suelo bajo su atenta y divertida mirada, con la polla goteando de frustración. El pacto acababa de sellarse con fuego y fluidos, y yo ya estaba deseando que terminara el día y que llegara mañana para poder volver a ser el perro de mi hija.

Diez minutos después, justo cuando iba a meterme en la ducha y aún conservaba el sabor amargo y dulce de Anita en la lengua, vibró mi teléfono sobre la encimera del baño. Lo descolgué con el corazón todavía acelerado.

—Dime, Rebeca… —respondí, forzando mi tono de voz más sereno y protector.

—Ya estoy instalada, cariño —dijo ella al otro lado de la línea, desbordando una ilusión limpia que me pareció casi irreal comparada con el fango del que acababa de salir.

—¿Y qué tal? ¿Te gusta el apartamento?

—¿Que si me gusta? ¡Me encanta! Te juro que no me lo creo, Juan.

Es supergrande y está muy bien amueblado.

Creo que me voy a acostumbrar pronto a todo este lujo —expresó fuera de sí—.

Por la ventana del salón puedo ver la Castellana.

Pero te llamaba para saber si vas a venir a verme hoy.

He pensado que podría hacer algo para cenar.

He comprado una botella de vino en el súper y estoy deseando beberla contigo.

—Hoy me es imposible, Rebeca —contesté, mirando mi reflejo en el espejo, contemplando mis labios todavía brillantes por el flujo de Anita—. El trabajo me tiene desbordado. Pero mañana te invito a cenar y luego vamos al apartamento y me enseñas cómo te has instalado.

Estuvimos hablando diez minutos. Diez minutos que sirvieron para trazar la frontera definitiva entre el pasado de mi matrimonio, que se mantenía sobre la infidelidad mutua, y el abismo de depravación absoluta que se abría ante nosotros.