El Sabor del Tabú Capítulo 29
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Capítulo 29

Carmen nunca me dio detalles explícitos de sus noches con Anita y Borja.

Creo que lo hizo por proteger los últimos jirones de mi cordura, permitiéndose únicamente dejar caer pequeñas pinceladas, confesiones fragmentadas y sucias que se le escapaban como suspiros en mitad de nuestras conversaciones.

Pero desde aquella primera noche, la relación entre madre e hija sufrió una metamorfosis radical.

Ante mis ojos se obró una transformación tan fascinante como perversa: se hicieron más cómplices que nunca.

Pasaron a compartir secretos en voz baja, se iban de compras durante horas, se prestaban la ropa e intercambiaban confidencias con la lascivia encubierta de dos adolescentes que comparten el mismo juguete.

Los dos días que restaban de vacaciones repitieron el ritual cada madrugada.

Era una rutina de degradación bien ensayada.

Por el día, es cierto, el simulacro parecía sostenerse; manteníamos las formas burguesas en la playa o en el porche, a excepción de alguna mirada cargada de voltaje entre ellos tres, o algún roce excesivamente íntimo que Borja se cobraba sobre el cuerpo de Carmen a la menor oportunidad.

Mi esposa era la encargada de pactar los límites externos; los tres se esforzaban al máximo para que, de cara al exterior, siguiéramos proyectando la imagen de una familia normal, adinerada y ejemplar.

Pero de madrugada, el teatro se desmoronaba por completo.

En cuanto cruzábamos el umbral del chalé tras las cenas y las copas, la cruda realidad nos abofeteaba en el recibidor.

Sin mediar palabra, Borja las agarraba a las dos de la mano y las arrastraba escaleras arriba, directo al dormitorio de Anita.

Carmen nunca miraba hacia atrás. Jamás me pidió permiso.

Yo me quedaba solo en la planta de abajo, confinado a mi papel de espectador castrado. Me servía un whisky en el salón, y después otro, y otro más, buscando en el alcohol el anestésico para mi orgullo herido y la gasolina refinada para mi perversión.

Desde el sofá, sepultado en el silencio de la casa, escuchaba sus gemidos amortiguados por la madera de la puerta cerrada.

Distinguía a la perfección el tono agudo y frenético de mi hija mezclándose con los lamentos más maduros, desgarrados y sucios de mi esposa, rotos por las embestidas salvajes de Borja, que las poseía a la vez, obligándolas a compartir su leche.

Luego venían risas apagadas, bromas cómplices, palabras sueltas que flotaban por el pasillo…

y un rato después, la carnicería volvía a empezar.

Un par de horas antes del amanecer, el ritual terminaba siempre de la misma manera.

Carmen abandonaba el dormitorio de Anita completamente desnuda, con el pelo revuelto, el rostro desfigurado por el cansancio y la piel sembrada de marcas rojas causadas por las manos de Borja.

Se asomaba a la barandilla del pasillo, me clavaba una mirada vacía y muerta, y me decía con un hilo de voz que se iba a la cama.

Yo dejaba el vaso vacío sobre la mesa y subía las escaleras tambaleándome. Borracho, rabioso, humillado y excitado hasta la locura, como un perro apaleado que regresa a su rincón a lamerse las heridas.

Entraba en nuestro dormitorio y me dejaba caer sobre su cuerpo exhausto para metérsela sin preliminares y sin caricias ni afecto.

Carmen ni siquiera se molestaba en fingir que le apetecía; permanecía inmóvil, simplemente abría las piernas, cerraba los ojos y se dejaba follar como un trozo de carne usado en un matadero.

Mientras la embestía con una furia impotente, le escupía verdaderas obscenidades al oído, descargando toda mi frustración de cornudo, hablándole del rabo de Borja, de los gemidos de Anita y de la sombra de Isma, hurgando con saña en su culpa para aliviar mi propio tormento.

Después, una vez que me corría con un espasmo violento, nos dábamos la vuelta.

Ella me dedicaba un «buenas noches» seco, desapasionado; yo ni siquiera le contestaba.

A los pocos minutos, Carmen se quedaba profundamente dormida a mi lado, con el semen caliente de dos hombres distintos mezclándose dentro de su coño.

A la mañana siguiente, el sol volvía a salir y el decoro regresaba.

Con la luz del día, Carmen recuperaba su impecable papel de esposa distinguida y Anita volvía a ser nuestra cariñosa y consentida hija.

El juego de máscaras era perfecto. Por eso, el día que metimos las maletas en el coche y enfilamos la carretera con destino a Madrid, no sentí ni un ápice de tristeza por el fin del verano.

Al contrario. Sentí un latigazo de victoria salvaje en las entrañas.

Sabía perfectamente que mi recompensa estaba muy cerca, guardada bajo llave en el cajón de las promesas prohibidas de mi hija, en la llave del apartamento de Rebeca y en mi ansiado y sucio reencuentro con Adriana.