El Sabor del Tabú Capítulo 28
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Capítulo 28

Estaba tumbado en la hamaca, protegido tras las gafas de sol, contemplando cómo el hielo del té se derretía sobre la mesa.

El calor de la tarde era asfixiante, pero mi mente operaba con una frialdad afilada, rumiando el pacto clandestino que había sellado con mi hija unas horas antes.

Por primera vez en mi vida, deseaba con desesperación que las vacaciones terminaran para regresar a Madrid y cobrarme mi recompensa.

De repente, la puerta acristalada del porche se deslizó.

Apareció Borja. Traía una cerveza en la mano y, por primera vez en todo el verano, su rostro reflejaba un cansancio evidente; unas ligeras ojeras delataban la paliza de la madrugada anterior.

Sin embargo, no había perdido un ápice de su arrogancia.

Caminó hacia mí con su habitual andar de niño rico, flotando en una soberbia insufrible, y me sonrió con asquerosa complicidad.

—¿Cómo estás, suegro? ¿No se ha levantado Carmen? —me preguntó, dándole un trago largo a la lata antes de dejarse caer en la hamaca de al lado.

Negué con la cabeza, acomodándome las gafas de sol para ocultar el brillo de expectación enfermiza que inundaba mis ojos.

—Está arriba. Supongo que sigue durmiendo —le respondí, forzando un tono monocorde y aburrido.

Él soltó una carcajada limpia, sonora, preñada de una suficiencia perversa. Elevó la mirada hacia las ventanas cerradas de la planta de arriba, recreándose en el recuerdo, y luego volvió a clavar sus pupilas oscuras en mí.

—No me extraña… Supongo que ya te habrá llorado un poco por lo que pasó anoche.

Volví a negar, manteniendo una calma ensayada que sirviera de anzuelo para que el niñato vomitara su versión de la historia.

—Seguro que conseguiste lo que buscabas, Borja, pero no he hablado con ella. Anoche me quedé frito enseguida por culpa de la marihuana y esta mañana, al despertar, Carmen seguía grogui a mi lado. No quise molestarla —me inventé, sosteniendo la mentira sin pestañear.

Borja dibujó una sonrisa ladina, relamiéndose los labios antes de empezar a desgranar la podredumbre de la madrugada.

—Vaya, suegro, pues te perdiste el mejor espectáculo de tu vida…

—soltó, inclinándose hacia delante y apoyando los codos en las rodillas para ganar intimidad—.

A tu mujer cuesta domarla, tiene un orgullo tremendo, pero cuando se entrega es una puta máquina.

No me extraña que tuviera que buscarse un amante fuera de casa.

Hace unos días, en la cama, me confesó que se está tirando a un tío que la pasea en moto por Madrid.

La revelación me golpeó como un puñetazo en el estómago, dejándome sin aire.

El dolor y la humillación fueron devastadores.

Mi esposa había tomado uno de nuestros secretos más íntimos, el adulterio que yo le había consentido y alimentado, y se lo había regalado a mi yerno entre las sábanas, entregándole munición pesada al niñato para que pudiera pisotear mi dignidad con más saña.

Me tragué el orgullo ensangrentado, desviando el tema con torpeza para no delatar mi debilidad.

—Solo espero que lo de anoche no destruya a Carmen psicológicamente —dije, intentando inyectar un rastro de sensatez de padre de familia, aunque por dentro el morbo me estuviera devorando las entrañas—. No me gustaría que la relación con Anita se rompiera por esto.

Borja soltó un bufido cargado de un cinismo despiadado.

—Qué va, hombre… A partir de ahora, madre e hija van a estar más unidas que nunca. Ya lo verás… —dijo riéndose, dándome un brusco golpe en el hombro—. Hubo mucha complicidad entre ellas en la cama. Compartir la misma polla une mucho, suegro. Demasiado, diría yo.

—Es tarde —corté en seco, mirando el reloj de oro de mi muñeca para escapar de su actitud de superioridad—. Será mejor que llame al restaurante del puerto para que nos suban algo de comer. No creo que nadie tenga el cuerpo para cocinar hoy.

Borja apuró la cerveza de un trago y golpeó la lata vacía contra la mesa.

—Lo cierto es que tengo un hambre de la hostia —dijo, desperezándose con lentitud—. Voy a subir a despertar a Carmen. Pensaba que ya estaría lista para otra ronda.

Me dedicó una última mirada cargada de descaro antes de dar la vuelta y cruzar el umbral del porche.

Me quedé solo en el jardín, escuchando el eco de sus pasos decididos a subir la escalera de madera hacia mi propio dormitorio.

La imagen mental de Borja entrando sin llamar en nuestra habitación, apartando las sábanas para contemplar el cuerpo desnudo, sudado y usado de mi esposa mientras yo permanecía allí abajo, como un guardián castrado, me provocó un escalofrío violento.

La humillación absoluta de saber que ese crío era el dueño absoluto de los cuerpos y las voluntades de las dos mujeres de mi casa me excitó de una forma tan vergonzante, tan salvaje, que tuve que cruzar las manos sobre la entrepierna para ocultar la tremenda erección que deformaba mi pantalón.