El Sabor del Tabú Capítulo 27
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Capítulo 27

Desde mi habitación se escuchaba levemente el murmullo de la música del piso de abajo, pero el salón estaba lo bastante alejado como para que me resultara imposible cazar palabras sueltas o los gemidos reales que mi obsesiva imaginación intentaba percibir.

La tortura psicológica era insufrible. Pensé varias veces en abrir la puerta con sigilo y asomarme desde la barandilla del pasillo para devorar con los ojos la carnicería moral que se estaba ejecutando en mi salón, pero lo cierto es que no me atreví; Anita me lo había dejado jodidamente claro y no quería arriesgarme a romper el pacto de Madrid.

Pasé la noche en vela, devorado por la fiebre del morbo, hasta que el cansancio me venció.

Hacía rato que los primeros rayos del sol se filtraban por las rendijas de la ventana cuando el leve clic del pestillo me espabiló.

Carmen entró de puntillas, intentando no hacer el menor ruido.

Venía completamente desnuda, con el pelo revuelto y un andar pesado, arrastrando el cansancio de una noche de excesos.

Se metió en la cama con suavidad, desprendiendo un olor penetrante a alcohol y sexo.

Yo estaba deseando incorporarme, agarrarla de las muñecas y exigirle que me contara cada detalle de cómo Borja la había follado frente a su hija, pero decidí contener la respiración y hacerme el dormido; prefería paladear la espera.

Un par de horas más tarde, incapaz de seguir pegado a las sábanas, me levanté. Me di una ducha rápida con agua fría para despejarme la cabeza, me puse un pantalón corto y una camiseta, y bajé las escaleras.

La casa estaba sumida en un profundo silencio. Al entrar al salón, el impacto visual fue brutal: aquello parecía un auténtico campo de batalla, que todavía apestaba a marihuana, alcohol y sexo rancio.

Las copas vacías descansaban pegajosas sobre la mesa, flanqueando la botella de ginebra casi vacía y un cenicero desbordado de colillas.

Pero lo que de verdad me encendió la sangre fueron los restos de ropa esparcidos por la estancia.

En el suelo, junto al sofá principal, estaba tirado el vestido blanco de mi esposa; unos metros más allá, las bragas.

En la mesa del comedor reposaban sus zapatos de tacón, como si hubiera estado allí tumbada con ellos puestos.

También había ropa de Anita tirada sin ningún pudor sobre el sofá: su minifalda vaquera y, justo debajo, un diminuto tanga.

Me acerqué despacio, sintiendo un latigazo en la entrepierna.

Lo cogí y, tras llevármelo a la nariz para embriagarme con su aroma, me lo guardé en el bolsillo del pantalón sin el menor pudor.

Comencé a recoger todo aquel desastre en silencio, moviéndome como un fantasma mientras los tres implicados seguían durmiendo sus respectivas juergas en la planta de arriba. Cuando terminé de limpiar y ventilar el salón, la presión de las cuatro paredes se me hizo insoportable.

No quería quedarme allí quieto, esperando como un idiota a ver cuál de los tres aparecía primero. Necesitaba aire. No pensar demasiado. Abrí la puerta acristalada y salí al jardín.

Me senté bajo el porche, saqué el teléfono y busqué el contacto de Rebeca. Llevaba un par de semanas sin hablar con ella, demasiado absorbido por el torbellino perverso de mi familia, y mi cuerpo me pedía una vía de escape conocida. Una conversación divertida y alejada de los reproches de Adriana.

Quería forzar una videollamada caliente; que me regalara uno de esos shows privados en los que yo le daba órdenes desde la distancia, pidiéndole que se introdujera objetos y se masturbara salvajemente delante de la cámara del móvil mientras yo me tocaba observándola.

Quería contarle lo que había pasado. Hablarle de mi esposa y de mi hija.

Sin embargo, al descolgar al tercer tono, su voz no sonó con la frescura descarada de siempre.

Sonó apagada, contaminada por la preocupación.

—¿Juan?

—Hola, Rebeca. Me apetecía verte… Ya sabes a qué me refiero —le solté directo, rebajando el tono de voz para marcar territorio.

Tardó unos segundos largos en contestar, rompiendo el ritmo habitual de nuestros juegos.

—Hoy no va a poder ser, Juan —respondió secamente—. Lo siento, pero no puedo.

—Vaya… —dije, percibiendo una punzada de vergüenza y frustración—. Supongo que te he pillado ocupada con algo más importante.

—No, no es por eso. Estoy sola —suspiró—. Lo que ocurre es que no estoy de humor para esas cosas… —noté un deje de tristeza profunda e inusual en su tono, lo que encendió mis alarmas.

—¿Te ha pasado algo, Rebeca?

Volvió a tomarse su tiempo, como si estuviera sopesando en la distancia si teníamos la suficiente confianza o si yo no era más que otro cliente de internet al que no debía contarle sus penas. Finalmente, suspiró con amargura.

—Jony y yo lo hemos dejado, y he tenido que volver a casa de mis padres.

—¿Estás en el pueblo? —pregunté, con una mezcla de lástima y el egoísmo inmediato de pensar que la distancia me impediría volver a tenerla a mano en Madrid.

—Sí, ya llevo unos días aquí encerrada…

—¿Pero habéis discutido por alguna tontería que se pueda arreglar, o es algo permanente?

Suspiró tan fuerte que casi fue como un sollozo.

—Me temo que esto no tiene solución ninguna, Juan. Lo pillé metido en la cama con una de mis amigas. Por lo visto, el muy desgraciado llevaba follándosela a mis espaldas desde hacía semanas.

—Qué hijo de la gran puta… —no pude evitar soltar, apretando los dientes, indignado.

—Lo peor de todo no es eso. Lo peor es que el contrato de alquiler del piso estaba a su nombre, así que me he tenido que marchar yo de la noche a la mañana con la maleta.

—¿Y qué planes tienes? —inquirí, vislumbrando una oportunidad dorada en mitad de su desgracia.

—No lo sé... Supongo que morirme de asco en este maldito pueblo.

No tengo ni un euro ahorrado y lo poco que tenía se lo ha quedado ese malnacido —hizo una pausa—.

Y los pisos de alquiler en Madrid están imposibles; te exigen tres meses por adelantado más la fianza.

Una salvajada. Supongo que volveré a desnudarme por internet a tiempo completo y ahorrar de verdad una buena temporada.

Tengo algunos clientes fijos encaprichados por mí, que me siguen escribiendo al privado...

Pero desde la casa de mis padres me resulta muy incómodo.

Me levanté del sillón de mimbre y caminé hacia la zona de los setos, asegurándome de estar bien lejos de las ventanas del chalé. Mi mente de empresario estaba acostumbrada a aprovechar con frialdad las oportunidades en los negocios. Diseñé la jugada perfecta en un segundo.

—Yo podría ayudarte con eso, Rebeca. Ahora mismo estoy fuera de vacaciones, pero cuando vuelva a Madrid en unos días te daré una solución.

—Pues te lo agradecería un montón. Haría todo lo que me pidieras. Porque ahora en el pueblo se está más o menos bien, hay ambiente y tal… pero cuando llegue septiembre… Te juro que me va a entrar una depresión.

—Tengo un bloque de apartamentos en propiedad cerca del centro de Madrid, y precisamente en unos días se queda uno libre, porque al inquilino se le acaba el contrato. Podrías verlo y lo hablamos.

—Te lo agradezco, pero no creo que pueda pagarlo y menos aún en el centro —respondió con tristeza.

—No todo es dinero en esta vida, y tú puedes pagarlo de otra forma. Ya me entiendes, Rebeca…

Se hizo un silencio absoluto al otro lado de la línea. Podía escuchar su respiración contenida, asimilando el impacto de mi oferta.

—¿Me lo dices en serio, Juan? —preguntó con desconfianza, con la voz temblándole ligeramente—. ¿Por qué eres tan bueno conmigo?

—Porque me gustas mucho, nena —respondí con una seguridad pasmosa, jugando mis cartas con una calma de tahúr—.

No soy celoso y tendrías mucha libertad.

Me conformaría con que me reservaras los sábados por la noche para cenar, no todos, y también podemos vernos una tarde por semana en tu nuevo apartamento.

Nada más. Considéralo como una inversión en nuestra amistad.

La escuché soltar un sollozo ahogado, una mezcla de alivio extremo y la sospecha inevitable de saber que, tarde o temprano, cobraría ese alquiler en favores sexuales, una condición que a una chica de su entorno tampoco le venía de nuevo.

—No sé qué decirte, Juan... Me salvas la vida, de verdad. Acepto. En cuanto llegues a Madrid, avísame. Joder, te voy a comer a besos.

—Cuenta con ello, preciosa. Te llamo en cuanto pise la capital. Cuídate.

Colgué el teléfono con una sonrisa triunfal dibujada en el rostro, guardándolo en el bolsillo junto a las braguitas de mi hija.

Las piezas del tablero se estaban recolocando a una velocidad vertiginosa.

Rebeca estaría bajo mi techo, en deuda conmigo, dispuesta a cumplir cada una de mis perversiones a cambio de poder vivir en Madrid.

Miré hacia la planta de arriba del chalé, donde el sol de mediodía ya golpeaba con fuerza las persianas cerradas.

Las vacaciones estaban cumpliendo su propósito con creces; el verano iba a marcar un antes y un después en nuestras vidas.

Sonreí para mis adentros, di media vuelta y caminé despacio hacia la piscina, dispuesto a refrescarme antes de que el nido de víboras se despertara para el siguiente asalto.