El Sabor del Tabú Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

—A que si nos prestas a mamá esta noche, y te vas ahora a tu habitación, sin despedirte ni molestar… Cuando volvamos a Madrid y tú y yo estemos solos en casa, te compensaré —soltó con una voz sensual—. Vamos, papá… he notado perfectamente cómo me miras. Te la pongo dura, ¿verdad?

—Creo que has bebido demasiado, Anita —dije, haciendo un esfuerzo supremo por mantener el tipo, aunque sentía que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Con lo serio que pareces y lo jodidamente guarro que eres…

—añadió riéndose por lo bajo, disfrutando de tener el control absoluto de mi intimidad—.

¿Crees que soy tonta? ¿Crees que no he notado que entras a mi habitación cuando estoy en clase y tocas mis cosas?

Últimamente me faltan braguitas del cajón…

¿Te masturbas pensando en mí con ellas en la mano?

La crudeza de sus palabras, desnudando mi secreto más oscuro y enfermizo a menos de dos metros de mi esposa y de su novio, me golpeó como un mazo. La miré fijamente a los ojos, devorando la sensualidad descarada de su rostro de zorra en potencia.

—Eres más puta aún que tu madre —espeté, mirándola con una mezcla de desprecio y excitación tan violenta que me hacía temblar las manos.

Ella se mordió el labio inferior, como si mis palabras la excitaran aún más.

—Lo soy… y eso te encanta, ¿verdad, papi? —dijo ella, ensanchando su sonrisa perversa y acomodándose contra el respaldo del sofá con una soltura que me heló la sangre—. Anda, papá, es muy tarde. Vete a dormir ya.

La sumisión absoluta a la que me había rebajado frente a mi propia hija me dejó sin defensas. Sentí una punzada de pánico mezclada con una lascivia destructiva. Me incliné hacia ella en un susurro roto por el humo y el alcohol.

—Prométeme que serás cariñosa conmigo… —rogué, con una desesperación patética que delataba hasta qué punto estaba en sus manos.

Anita me sostuvo la mirada con frialdad y fijeza. Despacio, levantó su mano derecha, hizo una cruz perfecta con los dedos índice y corazón, y se la llevó a los labios rojos para sellar el pacto con un beso húmedo.

—Te lo prometo… —soltó con esa voz melosa, jugando con el vaho de la marihuana—.

Pero te aviso desde ya que no voy a dejar que me folles.

Eres mi padre y esa es una barrera moral que no voy a cruzar nunca en la vida…

Pero cuando volvamos a Madrid y estemos solos en casa, dejaré que te acuestes conmigo en mi cama.

—¿Y qué más…? —rogué como un adicto antes de probar la droga.

Ella sonrió, consciente de su poder sobre mí.

—Me desnudaré para ti y podrás manosearme a tu antojo —dijo acariciándose los pechos por encima de la ropa—. Besarme entera. Hacerme de todo menos metérmela en el coñito. Te dejaré que te corras en mis tetas. Pero ahora, vete de aquí y déjanos solos. Mamá y yo queremos jugar con Borja esta noche.

No fui capaz de articular palabra. El cerebro me iba a mil por hora. Me levanté del sofá despacio, con las piernas pesadas. Antes de darme la vuelta, desvié la mirada por última vez hacia el centro del salón.

Allí, ajenos por completo al pacto perverso que acababa de sellar con mi propia hija, Carmen y Borja seguían consumiéndose.

Ya no simulaban bailar; se estaban metiendo un morreo salvaje, con las bocas pegadas y jadeando con fuerza.

Mientras la besaba, Borja estiró las manos con total impunidad y le bajó los finos tirantes del vestido blanco.

El tejido resbaló por sus hombros y las grandes tetas de mi esposa quedaron completamente expuestas, desnudas bajo la luz tenue de las lámparas, con los pezones hinchados, oscuros y erectos flotando en la penumbra del salón.

El chico las apresó con sus manos de inmediato, apretándolas con fuerza mientras Carmen arqueaba la espalda en un gemido sordo, frotando su entrepierna mojada contra el pantalón del chico.

Vi cómo Anita se levantaba y se acercaba a ellos, devorando la escena antes de indicarme con el dedo índice hacia las escaleras para que me fuera.

Giré sobre mis talones sin decir una sola palabra. Crucé el salón con el miembro rígido doliéndome contra la tela del pantalón, subí los escalones de madera uno a uno en mitad del silencio y entré en mi dormitorio, cerrando la puerta a mis espaldas.

Me desnudé con movimientos torpes, dejando caer la ropa en el suelo, y me metí directo entre las sábanas. No encendí las luces. Me tumbé boca arriba y me agarré la polla con fuerza, que palpitaba desesperada por estallar.

Cerré los ojos y empecé a masturbarme, moviendo la mano arriba y abajo a un ritmo frenético en mitad de la oscuridad.

La mente me iba a estallar. Me aferré con todas mis fuerzas a la imagen fija de Anita, sentada frente a mí con las piernas abiertas, mostrándome su encaje blanco, y a la visión de las tetas desnudas de mi esposa siendo estrujadas por mi yerno.

Con la promesa prohibida de mi hija grabada a fuego, aceleré el movimiento de mi muñeca, entregado por completo a la locura más oscura de mi vida, eyaculando salvajemente sobre mi propio pecho en la soledad de mi cuarto.