Capítulo 26 #2
Borja se incorporó despacio. Antes de dar un paso, me clavó una mirada directa a los ojos.
No me estaba pidiendo permiso; era una mirada de triunfo absoluto, fría y perversa, dándome a entender que esa noche se iba a follar a las dos mujeres de mi casa, y que si todo salía como él tenía planeado en su mente de psicópata, a mí me iba a tocar dormir solo.
El chaval avanzó por el salón con paso firme y se plantó frente a Carmen, que mantenía los ojos cerrados, moviéndose como en un trance. Sin decir una sola palabra, Borja estiró los brazos y la agarró firmemente de la cintura, pegándola a su cuerpo de golpe.
—Joder, qué bien hueles, Carmen —dijo acercando la nariz al cuello de mi esposa.
Carmen abrió los ojos con un destello de sorpresa que se transformó de inmediato en una sumisión ardiente; soltó un suspiro caliente y le pasó los brazos por el cuello, enlazando los dedos en su nuca.
Comenzaron a bailar pegados, fundidos en un solo bloque en mitad de la penumbra.
Borja marcaba el paso con una lentitud tortuosa, y con cada acorde de la canción, su pelvis se incrustaba con más fuerza y descaro contra el vientre de ella, buscando el contacto directo con su sexo bajo el fino tejido del vestido.
Mi esposa se derretía por completo; echó la cabeza hacia atrás, entornando los ojos, jadeando suavemente mientras se dejaba arrastrar por el vaivén.
Las manos de Borja no tardaron en deslizarse por la tela de seda, bajando de la cintura, resbalando con posesión hasta aferrar con fuerza los glúteos de Carmen, apretándola contra su hombría rígida sin disimular lo más mínimo.
A medio metro de mí, Anita los miraba fijamente, sin parpadear.
Lejos de enfadarse o de montar un escándalo por ver a su novio manosear de esa forma tan sucia a su madre, su respiración se había vuelto acelerada.
Ver a Carmen entregada de esa manera por el hombre que compartían la excitaba a niveles extremos.
—No te importa que bailen, ¿verdad, papá? —me preguntó Anita en un susurro bajo, ronco, inclinándose hacia mí sin apartar los ojos de la pareja que se restregaba en mitad del salón.
Miré a mi hija, sentí la vibración del trío flotando en el aire como una fruta madura a punto de caer, y negué con la cabeza despacio, completamente entregado al abismo.
—No, al contrario. ¿Y a ti? ¿Te gusta verlos? —le pregunté en un susurro cargado de veneno, obligándome a sostener el hilo de aquella locura mientras el salón daba vueltas.
Anita afirmó con la cabeza lentamente, dibujando una sonrisa pícara y descarada en sus labios húmedos.
—Es muy guapa… Mamá sigue siendo una mujer muy explosiva. Borja siempre me lo dice: «Tu madre es la fantasía de cualquier chico de mi edad». El pobre… tiene la fantasía de estar con una mujer madura como mamá.
Mi hija no me miraba. Hablaba conmigo, pero sus ojos verdes estaban completamente fijos en ellos, devorando cada movimiento de la pareja, como si todo su cuerpo deseara ardientemente unirse a ese baile.
—Ella es la fantasía de cualquiera, no solo de un chico joven. Y tú… te pareces muchísimo a ella —me atreví a decir—. Conozco bien ese gesto en el rostro de tu madre, Anita. Cómo inclina la cabeza hacia atrás y se muerde los labios. Solo lo hace cuando está jodidamente cachonda.
Hablé con una dureza que rozaba la crueldad, pero que a ella pareció excitarla aún más.
A pocos metros, ajenos a nuestra conversación pero totalmente conscientes de nuestra mirada, Carmen y Borja continuaban flotando en su burbuja.
La canción de Chris Isaak había terminado hacía rato, pero la música de fondo seguía fluyendo y ellos continuaban pegados, moviéndose en un balanceo sensual y sugerente.
Borja se inclinó y le habló directamente al oído, rozándole el lóbulo con los labios.
Vi a mi esposa cerrar los ojos y soltar un jadeo quebrado, arqueando sutilmente la pelvis hacia delante para sentir la tremenda erección del muchacho, que presionaba sin piedad contra su vestido.
Las manos de Borja ya no disimulaban: habían bajado por completo a su firme y redondo culo.
—Lo sé todo, papá… —soltó Anita de repente, rompiendo mi línea de pensamiento—. Mi novio y yo no tenemos secretos.
Contuve el aliento por un segundo. El corazón me dio un vuelco salvaje.
—No sé a qué te refieres —respondí, intentando mantener la voz firme—. ¿Qué es lo que te ha contado?
Ella apartó por fin los ojos de ellos y me clavó una mirada tan inquietante como perversa, disfrutando del poder que tenía sobre mí en ese instante.
—El juego que os traéis los dos este verano, cuando alguna noche os quedáis solos tomando una copa en el jardín.
Negué con la cabeza, como si aquello no aclarara mi pregunta. Quería saber exactamente qué le había confesado ese hijo de la gran puta.
—Borja me ha dicho que a ti no te importaría que él y mamá… bueno, ya me entiendes. Me ha explicado que a ti te excita imaginar que ella se acueste con otros hombres.
Hice un gesto falso de repulsa.
—No pasa nada, papá, no tienes por qué avergonzarte conmigo; a mucha gente le pone eso de ser un cornudo. Internet está lleno de matrimonios maduros como vosotros que buscan chicos jóvenes para que se follen a sus esposas.
Respiré hondo, sintiendo cómo el aire me quemaba los pulmones. La humillación brutal de escuchar a mi propia hija llamarme cornudo a la cara, en mi casa, lejos de apagarme, actuó como gasolina refinada sobre mi obsesión.
Me excitó hasta límites intolerables. Sentí mi polla latir con una violencia salvaje contra el pantalón. Al mismo tiempo, me di cuenta de la jugada de mi yerno: Borja solo le había contado eso, omitiendo que ya se la estaba follando a diario. Era un manipulador frío y brillante.
—¿Y a ti tampoco te importaría que tu madre y él se acostaran? —le espeté, devolviéndole el golpe para medir su resistencia—. ¿También te gusta ser una cornuda?
—¡No…! —respondió ella, soltando una risotada descarada y sensual—. A nosotros nos gusta el morbo, papá. Practicamos juegos que ni te imaginas. Pero lo hemos hablado entre los dos, y me gustaría darle ese capricho a Borja. Para él es importante.
Miré hacia mi esposa. Borja le besaba ahora el cuello con una lentitud de depredador, dejando un rastro de saliva en su piel bronceada mientras sus dedos se hundían en su carne. Carmen estaba completamente entregada, perdida en el trance de la hierba y el deseo.
—¿El capricho? —pregunté, dejándome llevar por una risa irónica y amarga—. Hablas de entregarle a tu madre como si le regalaras una mascota.
—Eso es… —dijo Anita, dando un sorbo largo a su copa y desviando por fin la atención de ellos para volver a clavarme los ojos directamente, con una firmeza que me hizo temblar—.
Además… piénsalo. Si tú eres bueno conmigo y me ayudas a darle ese capricho a mi novio…
yo también podría ser muy cariñosa contigo.
Con una lentitud calculada para destrozar mi cordura, Anita se reclinó hacia atrás en el sofá y se abrió de piernas descaradamente, levantándose la minifalda vaquera lo justo para mostrarme, de nuevo, sus pequeñas braguitas caladas de encaje blanco, que dejaban adivinar el bulto de sus depilados labios.
—Habla claro, Anita —dije en un susurro apenas audible, con la garganta seca, necesitando desesperadamente escucharlo de su propia boca—. No estoy para adivinanzas esta noche.
Sonrió, como si verme tan nervioso le resultara divertido.