Capítulo 26
Aquella noche habíamos salido a cenar y a tomar unas copas, y regresamos con el ambiente cargado.
Todo eran risas y una tensión sexual tan espesa que casi se podía cortar con un cuchillo.
Yo notaba que entre ellos tres se estaba cocinando algo grande, una bomba de relojería que amenazaba con estallar en cualquier momento.
Lo captaba en la forma en que Anita miraba a su novio cada vez que este se acercaba demasiado a su madre, con una mezcla de celos y una fascinación morbosa.
—Estoy agotada —dijo Carmen en cuanto entramos al chalé, plantándose al pie de las escaleras con la clara intención de huir a la seguridad de nuestro dormitorio para romper la tensión.
Pero Anita, con los ojos brillando de una forma extraña, casi febril, tiró de su brazo.
—Vamos, mamá, no seas sosa. Vamos a tomarnos la última en el salón. Jo… celebremos el final de las vacaciones.
A regañadientes, presionada por la insistencia de su hija y la mirada fija de Borja, mi esposa terminó cediendo.
Fue Anita quien tomó el control de la escena.
Se encargó de servir las copas con generosidad, puso música de fondo a un volumen sugerente y rebajó las luces, dejando el salón sumido en una penumbra íntima, puramente clandestina.
Carmen se sentó a mi lado en el sofá grande, buscando mi protección o tal vez intentando recordar quién era, mientras Anita y Borja se acomodaban en el de enfrente.
Sin perder un segundo, el chaval metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña bolsa de plástico transparente con marihuana. Nos la enseñó con una sonrisa descarada.
—Me la ofrecieron en un bar del puerto hace unos días y la estaba reservando para una noche especial como esta —dijo Borja, empezando a liar un canuto con una destreza pasmosa.
—No, por Dios, eso sí que no… —protestó Carmen, intentando recuperar su fachada de madre responsable, aunque la voz le delataba el nerviosismo.
—No te preocupes, mamá, que si nos meten en la cárcel, tenemos en casa a la mejor abogada de Madrid… —se rió Anita, apoyando la cabeza en el hombro de su novio.
—No sabía que fumarais esas cosas —respondió Carmen, intentando camuflar con un deje de decepción el hecho de que la situación se le estaba escapando de las manos.
—Solo en momentos puntuales, suegra… para divertirnos un poco y soltar el cuerpo —contestó Borja, clavándole una mirada cargada de un doble sentido abrasador.
El chico encendió el porro, dándole una fuerte calada que hizo crujir el papel.
El olor penetrante, dulzón y denso de la hierba inundó el salón en pocos segundos, modificando la atmósfera, volviéndola más flotante y peligrosa.
Borja se lo pasó a Anita, quien me miró fijamente, como pidiendo un permiso que sabía que no necesitaba, sin perder esa sonrisa pícara de estar cometiendo una travesura delante de sus padres.
Dio un par de caladas profundas, reteniendo el humo antes de soltarlo en una bocanada lenta, y me lo tendió a mí.
—No fumo desde que iba a la universidad —dije, aceptándolo sin dudar y llevándomelo a la boca para dar una buena calada, sintiendo cómo el humo me raspaba la garganta y me enturbiaba la cabeza al instante.
—¿Y tú, mamá? ¿También fumabas en la universidad? —preguntó Anita, divertida.
Carmen me miró horrorizada, como si yo estuviera cometiendo un delito flagrante por fumar y seguirles el juego a los chicos.
—Lo probé en un par de fiestas en mis tiempos de estudiante… Pero nunca me gustaron esas cosas —se justificó, cruzándose de brazos.
Le tendí el porro de vuelta a Borja, pero él no estiró el brazo para cogerlo. Se limitó a señalar a mi esposa con la barbilla, con esa chulería de macho dominante que manejaba a la perfección.
—Pásaselo a tu mujer, Juan. Vamos, Carmen, que no se diga... quiero ver cómo fumas.
Ella se puso completamente roja, asaltada por una timidez vergonzosa.
Estaba seguro de que si se lo hubiera ofrecido yo directamente, lo habría rechazado sin pensarlo; pero frente a Borja, su sumisión era total.
El hilo invisible de la lujuria la arrastraba.
Agarró el canuto con dedos temblorosos, dio una calada torpe y enseguida empezó a toser con fuerza, rompiendo el aire del salón.
Todos nos echamos a reír, y esa risa compartida terminó de derribar los últimos muros que quedaban en pie.
No sé exactamente cómo empezó, pero al cabo de unos minutos, bajo los efectos de la hierba, comenzamos a jugar al juego de las preguntas y respuestas.
Tirábamos un dado sobre la mesa: el que sacaba la peor puntuación tenía que responder con total honestidad a la pregunta que le lanzara el que había sacado el número más alto.
Mientras tanto, la botella seguía bajando.
Borja sirvió otra ronda de copas y se puso a liar un segundo canuto.
El alcohol y la marihuana ya habían hecho su efecto en Carmen, que se reía de una forma floja, relajada, con los ojos entrecerrados y las mejillas encendidas.
Enfrente, Borja operaba sin ningún pudor: se besaba con Anita en los labios, con una lentitud pastosa, y la tocaba descaradamente delante de nuestras narices.
—¿Te molesta, Juan? ¿Te incomoda que me bese con tu hija? —me preguntó Borja con mala intención, como si quisiera dejar claro quién llevaba el control del harén.
—Para nada… Siempre estoy a favor del amor. Es más… —miré a Carmen—. No entiendo por qué sigues durmiendo en la habitación de invitados… Deberías hacerlo con mi hija.
Unas horas antes de salir a cenar, Borja me había dicho que a partir de esa noche dormiría siempre con Anita.
Que no tenía sentido que se follara a mi mujer y que tuviera que dormir en la habitación de invitados.
Por eso quise que ante los ojos de mi hija y de Carmen pareciera que yo lo había autorizado, asumiendo mi papel de facilitador.
—Gracias, papá. Eres muy considerado. Mamá, es que es una antigua.
El dado rodó y le tocó confesar a mi esposa.
—¿Con cuántos hombres has estado en la cama además de papá? —disparó Anita con una sonrisa maliciosa.
Carmen dudó. Vi el pánico en sus ojos, no porque tuviera que hacer memoria para calcular el número, sino por el esfuerzo titánico de conservar la mentira de que yo había sido el único en su vida, especialmente teniendo a Borja mirándola fijamente desde el otro sofá.
Pensé que diría que dos, que no confesaría lo de Isi y mucho menos lo del padre biológico de Anita, del que llevábamos veinte años sin hablar, pero me sorprendió.
—Tres además de tu padre —respondió finalmente, echándose hacia atrás en el sofá, soltando una risa nerviosa para quitarle importancia—. Pero no pienso dar más detalles. Una mujer tiene que tener secretos.
Borja, que tenía una mano metida por debajo de la minifalda vaquera de Anita, sonrió con malicia.
Yo no podía apartar los ojos de esa mano grande que ascendía centímetro a centímetro, levantándole el tejido, dejando a la vista de todos la piel bronceada de ella.
Tenía la polla dándome latigazos en el calzoncillo.
En la siguiente ronda, el turno de preguntar fue para Carmen, que no dudó en vengarse de su hija devolviéndole el golpe con la misma moneda.
Anita me miró directamente a los ojos. Ella sabía perfectamente que yo estaba hipnotizado, viendo cómo su novio la toqueteaba y le hundía los dedos cerca de la entrepierna delante de mi cara.
—No sé… puede que siete u ocho… —respondió Anita, encogiéndose de hombros con desparpajo y soltando una risita.
—Más… alguno más, cielo —la corrigió Borja en un tono ronco, arrogante, como si llevara la cuenta exacta y detallada de todos los hombres que habían disfrutado del cuerpo de su novia.
—¿Tantos? —preguntó Carmen escandalizada—. Nos estás tomando el pelo. Pero si no puede haberte dado tiempo. Tienes diecinueve y llevas con Borja casi tres…
—Han sido con mi consentimiento, Carmen. Somos muy traviesos —reconoció Borja, mirando a Carmen fijamente a los ojos.
Ella no se atrevió a hacer ningún comentario. Cuando volví a mirar al frente, vi a mi hija dándose un buen morreo con su novio, mientras la mano de él ascendió tanto que, por un momento, vi el destello de sus braguitas blancas.
Hice lo mismo con Carmen, la besé…
Pero justo cuando iba a tocarla, los acordes melancólicos y sensuales de «Wicked Game» de Chris Isaak empezaron a sonar en los altavoces. Carmen pegó un respingo y se apartó de mí, se levantó del sofá de un salto y me tendió la mano con una urgencia que rozaba el delirio.
—¡Es nuestra canción! —gritó, con la voz exaltada, balanceándose ligeramente—. Vamos, Juan, levántate. Vamos a bailar.
Pero yo no quería moverme de allí. El alcohol me pesaba, la marihuana me tenía flotando y, sobre todo, yo quería seguir jugando a aquello. Deseaba ver cómo ese hijo de puta manoseaba a mi preciosa hija delante de mí.
—No puedo… —respondí, dejando caer la cabeza hacia atrás en el respaldo del sofá y moviéndola con torpeza—. Si me pongo de pie, me caigo. Estoy completamente colocado por los porros…
Carmen me miró de arriba abajo y encogió los hombros con un gesto de profunda decepción, casi de desprecio por mi debilidad.
—Tu padre y yo siempre la bailábamos cuando de jóvenes íbamos a tomar algo a «Distrito 69»... ¿Te acuerdas, Juan? —preguntó, evocando el pasado—. Qué tiempos aquellos…
Carmen empezó a moverse sola en mitad del salón.
Cerró los ojos, dejándose llevar por el ritmo lento de la guitarra.
El alcohol y la hierba habían desatado su cuerpo: se contoneaba de una forma terriblemente sensual, arrastrando los pies descalzos sobre la tarima, acariciándose los costados con las manos y dejando que el vestido blanco se abriera sutilmente con cada giro, mostrando la ausencia total de sujetador y el vaivén pesado de sus tetas.
Era un espectáculo lascivo, una exhibición pura de una hembra que reclamaba ser el centro de atención para Borja.
—No la dejes sola. Baila con mamá —ordenó Anita de repente, dándole un empujón a su novio en el hombro.