El Sabor del Tabú Capítulo 25
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Capítulo 25

El verano se transformó en una espiral de perversión silenciosa, un pacto tácito, oscuro y sudoroso que se alimentaba del secreto.

Yo me convertí en el espectador de mi propia infamia, fingiendo una ceguera voluntaria mientras los ojos de mi yerno devoraban a mi esposa o la acorralaba para manosearla y meterle la mano bajo la ropa en los rincones más umbríos del chalé, aprovechando el más mínimo descuido de mi hija.

Me convertí en su cómplice más valioso, en el facilitador de su lujuria.

Llegué al extremo de usar a Anita para despejarles el camino, experimentando un latigazo de morbo enfermizo cada vez que me la llevaba de casa, sabiendo perfectamente que en cuanto la puerta se cerrara, Borja arrastraría a mi esposa hacia el rincón más cercano para follársela.

—Anita, cariño, ¿me acompañas al súper a hacer la compra? —improvisaba con una sonrisa tranquila, clavando la mirada en los ojos de Carmen, que ya brillaban de anticipación, mientras Borja contenía una sonrisa de suficiencia desde el porche.

A la vuelta, el premio era siempre el mismo.

En la penumbra de nuestro dormitorio, Carmen me esperaba con el cuerpo caliente, recién usado, oliendo al sexo de mi yerno.

Con una crudeza obscena que me ponía la polla como una barra de hierro, me detallaba palmo a palmo cómo la había poseído el chaval.

Me contaba cómo la obligaba a ponerse a cuatro patas en el sofá del salón, hundiéndose en ella sin piedad, o cómo la empotraba contra la encimera de la cocina, apretándole el cuello para hacerle tragar los gemidos por miedo a que el jardinero, que podaba los setos al otro lado del cristal, pudiera escucharla.

Curiosamente, nunca le hablé a Carmen de Rebeca ni de Adriana. Guardé esa parcela de mi vida en un compartimento estanco, al margen de la retorcida dinámica de mi matrimonio. Ese era mi propio territorio prohibido, mi reserva de secretos.

Una noche, aprovechando que las mujeres se habían quedado dentro viendo una película, me serví un whisky largo y salí a la terraza.

Borja estaba allí, repantingado en una de las tumbonas con un cigarrillo entre los dedos.

El aire de la noche era denso, pegajoso y caliente.

Me senté a su lado y, tras un par de comentarios triviales sobre el calor, el chaval se quitó la máscara por completo.

Me reveló su próximo movimiento con una impudicia que me heló y me encendió la sangre a la vez.

—Es una puta gozada disponer de las dos hembras de la casa a mi antojo —soltó, expulsando el humo despacio y mirándome de reojo con una chulería insoportable—. No sé cuál me gusta más de las dos, si tu esposa o tu hija… si pudiera, me casaba con ambas —añadió, soltando una risotada baja.

No me sentí humillado. A esas alturas del verano, las barreras del decoro se habían disuelto en el alcohol y el morbo. Hablábamos sin tapujos, como dos tratantes que discuten sobre una mercancía valiosa y compartida.

—Yo lo tendría claro, te cambiaría a Carmen por Anita durante las vacaciones —dije riéndome, agitando el hielo de mi vaso, tanteando el terreno, estirando la cuerda.

—¿Sabes qué me daría un morbazo de la hostia? —comenzó, dando un sorbo largo a su copa.

—Sorpréndeme —respondí con una sonrisa turbia, incitándolo a cruzar la última línea.

—Follármelas juntas, Juan. ¿Te lo imaginas? —soltó sin parpadear, mirándome fijamente—. Hacer un trío con la madre y con la hija Tumbadas en la misma cama, abriéndolas de piernas y usándolas a la vez. Una chupándomela después de haber estado dentro de la otra.

—Estás loco… —repliqué, aunque sentí una descarga eléctrica y violenta en la entrepierna—. Sabes que eso no va a pasar, igual que yo tampoco voy a catar a Anita —añadi, dejando traslucir la punzada de frustración que arrastraba mi obsesión incestuosa.

—Quizá sí… —dijo Borja, alargando las vocales, saboreando el control absoluto que tenía sobre mi mente.

Tardó en continuar. Le gustaba torturarme con esas pausas típicas de macho dominante que sabe que tiene al otro comiendo de su mano. Dio una última calada al cigarrillo, haciendo brillar la brasa en la oscuridad, antes de soltar la bomba.

—Si me ayudas a convencer a Carmen y consigo montar ese trío con las dos… si me das algo de tiempo, tal vez pueda ayudarte a ti con Anita. Tu hija es una morbosa de cuidado si se la sabe calentar.

El corazón me dio un vuelco salvaje contra las costillas.

—¿Lo dices en serio? —le siseé, inclinándome hacia él, bajando la voz al mínimo para asegurarme de que el eco no llegara al salón.

—Llevo un tiempo tanteando el terreno. Cuando estoy a solas con tu hija en la cama, después de follar, le hablo de su madre…

—¿Qué? ¿Le has contado lo tuyo con Carmen? —pregunté, asustado por un segundo ante la posibilidad de que todo saltara por los aires.

—¿Eres tonto, Juan? —me miró con desprecio, como a un crío ingenuo—.

¿Cómo se lo voy a contar? Juego con su mente.

Le hablo de lo buena que está su madre, de lo mucho que me pone verla con esos bikinis que apenas le contienen las tetas, de cuánto me gustaría engancharla por detrás…

A Anita le calienta que hablemos de esas guarradas mientras la tengo empalada; se excita muchísimo, se empapa solo con pensarlo.

Pero no sé cómo reaccionaría si supiera que ya me la estoy tirando.

Tengo que ir con calma, midiendo cada paso.

Pero para avanzar, quiero que tú vayas minando a Carmen.

Coméntale lo de montárselo con las dos a la vez. Prepárame el terreno.

Me quedé rumiando la propuesta, devorado por la posibilidad real de acceder finalmente al cuerpo de mi hija a través de aquella carambola perversa. Mi yerno me estaba ofreciendo las sobras de su banquete, y yo estaba dispuesto a lamerlas.

—Y en caso de que Carmen aceptara… ¿Crees que Anita cedería a meterse en la cama con su madre y contigo?

Mi yerno asintió con una sonrisa de absoluta superioridad.

—Estoy seguro, Juan. Es a tu esposa a la que hay que ir ablandando —respondió—.

Después de que comparta mi polla con su madre, Juan, ayudarte con ella será pan comido.

Se le habrán quitado de golpe todos los prejuicios morales sobre el sexo en familia…

Solo hay que ser pacientes, jugar bien las cartas y planteárselo en el momento justo.

Conozco a tu hija, sé cómo respira y sé qué resortes tocar para volverla una zorra.

Y así empezó el verdadero asedio psicológico.

El plan de Borja se convirtió en mi obsesión nocturna, en el combustible de mis erecciones.

De repente, cuando estaba con Carmen en la cama, en mitad de la penumbra, empecé a introducir el nombre de Anita en nuestras conversaciones más íntimas, ensuciando el aire del dormitorio.

Al principio, ella se sentía visiblemente incómoda; se tensaba bajo mis dedos o desviaba la mirada hacia el techo, tragando saliva.

Pero no protestaba. No tenía autoridad moral para hacerlo.

Carmen se estaba follando al novio de su hija casi a diario, así que asumía mi acoso verbal como el peaje de su propio vicio.

Sentía que no tenía derecho a reprocharme mis fantasías, por muy sucias que le parecieran.

Poco a poco, fui apretando la tuerca, hilando más fino cada noche.

Dejé de hablar de simples hipótesis y pasé al ataque directo.

Era un auténtico mapa de depravación explícita.

Una noche, mientras le hundía los dedos con lentitud entre las piernas, sintiendo su flujo denso y caliente, le solté la bomba a bocajarro:

—Me calentaría muchísimo ver a Borja reventaros a las dos en esta misma cama… Saber que os tiene a las dos abiertas de piernas, complaciendo a madre e hija a la vez. Siempre dices que es un semental.

Carmen soltó una carcajada nerviosa, una risa floja y asustada con la que intentó tratarme como a un loco, como si aquello fuera solo un delirio provocado por el calor del verano.

—Estás enfermo, Juan, de verdad te lo digo… —murmuró, intentando cerrar las piernas, aunque yo presioné con más fuerza.

—Piénsalo, Carmen... Si aceptaras, ya no tendrías que esconderte nunca más.

Podrías gemir con total libertad por la casa, compartir su leche con Anita, lameros entre vosotras después de que el descargue sobre vuestros cuerpos…

¿Te imaginas? —le decía, machacándola con esos detalles justo cuando sentía que sus paredes vaginales empezaban a contraerse, a punto de estallar.

La llevaba al límite físico de la sumisión antes de lanzarle la pregunta clave:

—¿Qué harías si un día Borja te levantara la falda delante de Anita y ella simplemente se quedara mirando? —le pregunté, fijando mis ojos en los suyos en mitad de la penumbra.

—Le daría una hostia, lógicamente —respondió ella de inmediato, en un vago intento de recuperar la compostura y el papel de madre protectora.

—No seas cínica, mi amor… —le solté con una sonrisa cruel, hundiéndole los dedos hasta el fondo mientras le apretaba las caderas—. Eso no es peor que lo que ya estás haciendo. Sé perfectamente que ayer te echó un polvo salvaje en la piscina mientras la niña había salido a comprar conmigo.

Carmen se zafó de mi agarre de golpe y se incorporó sobre colchón, mirándome muy seria, con una rigidez que pretendía zanjar el asunto y salvar los últimos jirones de su decencia.

—Mira, Juan... —me dijo, con la voz temblorosa pero firme—. Eso nunca va a pasar. Sácatelo de la cabeza. Puede que tú ya no mires a Anita como a una hija, pero yo sigo siendo su madre.

Dejé que volviera a tumbarse, creyendo falsamente que había ganado la discusión, pero por dentro me reía de su patética e inútil resistencia.

Carmen creía que aún le quedaba algo de dignidad que proteger, pero no tenía ni puta idea de que su amante ya estaba labrando el terreno en la habitación de al lado, y que las defensas morales de Anita estaban empezando a resquebrajarse bajo el peso de la misma depravación que ya nos había infectado a todos.