El Sabor del Tabú Capítulo 24
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Capítulo 24

Ese día comprendí lo jodidamente fácil que es que un esposo cornudo no se entere de que se están follando a su esposa delante de sus narices, bajo su propio techo.

Yo estaba en el jardín, apurando una copa de vino bajo el porche mientras esperaba a que todos terminaran de arreglarse para cenar.

El primero en bajar fue Borja. Lo hizo con una tranquilidad pasmosa, fresco, impecable, sin un solo pelo fuera de sitio.

Se sirvió un whisky con hielo y se sentó frente a mí en uno de los sillones de mimbre.

Charlamos de gilipolleces: de fútbol, del calor asfixiante del día...

Incluso me recomendó un restaurante en un pueblo cercano al que había llevado a comer a mi hija ese mismo mediodía.

El chaval tenía los cojones cuadrados; me sostenía la mirada con firmeza cuando apenas unos minutos antes se había vaciado en el coño de mi esposa.

Poco después apareció Anita. Llevaba un vestido playero de ganchillo blanco, tan calado y fino que transparentaba a la perfección el bikini negro debajo; una prenda mínima que se ajustaba de forma obscena a sus nalgas firmes y dejaba al aire su espalda bronceada.

Se movía con un contoneo inocente pero terriblemente provocador, el mismo que a mí me la ponía como una piedra.

Por último, bajó Carmen. Si la noche anterior él la había quebrado y humillado en la terraza, esa tarde mi esposa renacía de sus cenizas con una sensualidad madura, descarada y auténticamente puta.

Vestía un traje de chaqueta y falda corta de lino oscuro, sin absolutamente nada debajo de la chaqueta, dejando adivinar con total impudicia el contorno pesado de sus grandes tetas.

Se había recogido el pelo rubio en un moño alto que estilizaba su cuello.

Sus labios, pintados de un rojo encendido y húmedo, resultaban todavía más provocadores.

Al cruzarse con Borja en el porche, una corriente eléctrica y sucia cruzó el aire. Un chispazo invisible que nadie más que yo, alimentado por mi propia demencia, fue capaz de captar.

Nos fuimos al mismo restaurante de la noche anterior.

La cena transcurrió en una dualidad desquiciante.

Carmen permanecía seria, rígida, conteniendo la respiración como si le costara probar bocado.

Mientras tanto, Anita, ajena a la podredumbre que la rodeaba, parloteaba sin parar sobre un programa de televisión.

Borja, aprovechando el murmullo del local, la luz tenue y la distracción de su novia, no apartaba sus ojos oscuros del escote de mi esposa, devorándole las tetas a la vista de todos.

Yo les devolvía la jugada, alimentando el fuego de mi propia obsesión incestuosa, miraba con el mismo morbo descarado a mi hija, recorriendo sus hombros desnudos y perdiéndome en sus gestos.

Al terminar, propuse ir al puerto a tomarnos una copa, repitiendo la jugada del día anterior para estirar la cuerda del morbo hasta que rompiera.

Pero Carmen, que apenas había tocado la comida y apretaba los dedos contra la copa con una rigidez que delataba su pánico, alegó que estaba exhausta.

Por más que Anita insistió y bromeó llamándola vieja, la decisión estaba tomada.

Carmen y yo nos marchamos en el coche, dejando a los chicos en el pueblo.

En cuanto se cerraron las puertas y el motor arrancó, el silencio denso que habíamos contenido durante horas estalló dentro del vehículo.

Carmen se giró hacia mí de golpe, con la respiración entrecortada, el pecho subiendo y bajando bajo la chaqueta sin sujetador y las mejillas encendidas de pura culpa.

—Esto se nos va de las manos, Juan… —soltó con un hilo de voz roto, agobiada por la ansiedad—. Es una puta locura. Anita se va a acabar enterando de todo. Nuestra familia se va a la mismísima mierda.

—¿Por qué lo dices, mi amor? —pregunté con una parsimonia cruel, saboreando el pánico en su voz mientras fijaba la vista en la carretera secundaria desierta—.

Es cierto que estabas más seria de lo habitual, pero la niña pensará que tienes un mal día o que te duele la cabeza.

Eso es todo. No tiene por qué atar cabos.

Carmen dejó escapar un suspiro espeso, caliente, humedeciéndose los labios rojos con la lengua antes de confesar la verdad más sucia y excitante que podía esperar de su boca.

—Borja… me ha follado esta tarde en nuestra propia habitación, Juan. Justo antes de bajar al jardín.

La mención directa del acto, la confirmación de la infidelidad cometida a pocos metros de nuestra hija, hizo que los nervios me sacudieran el cuerpo. Mi polla reaccionó de inmediato, pegando un latigazo violento dentro del calzoncillo y endureciéndose salvajemente contra la tela del pantalón.

—Menudo hijo de la gran puta… —murmuré entre dientes, arrastrando las palabras, sintiendo cómo el morbo más destructivo me invadía las venas—.

Ese puto niñato no me ha dicho ni una palabra.

No me ha pedido permiso para tocarte, tal y como habíamos acordado.

Bajó al porche y se tomó una copa conmigo mirándome a la cara, como si nada. Y tu como una zorra te dejaste follar.

—Le dije que se fuera, Juan… te lo juro por mi vida, le supliqué que saliera, pero no me hizo caso y no me atreví a gritar. Me hubiera escuchado Anita desde su dormitorio —continuó ella, con la voz temblorosa, desnudando la escena palmo a palmo para mi deleite.

—¿Qué ha pasado, Carmen? Cuéntamelo todo, no te dejes una palabra —casi supliqué.

—Anita se estaba duchando en su habitación; desde la nuestra se escuchaba perfectamente el ruido del agua contra los azulejos —comenzó a narrar, con las pupilas dilatadas en la oscuridad del coche—.

Yo me estaba terminando de vestir, solo llevaba puesta la chaqueta del traje y las bragas, con las tetas al aire, cuando la puerta de nuestro cuarto se abrió.

Era él. Entró sin llamar, cerrando el cerrojo por dentro con esa sonrisa de cabrón descarado y chulo que tiene.

Entré en pánico, Juan. Le dije que se largara, que su novia estaba a dos metros…

Pero no me hizo ni puto caso. Se me echó encima como un animal, me acorraló contra la cómoda de madera, me tapó la boca con una mano para que no pudiera gritar y, con la otra, me bajó las bragas de un tirón hasta las rodillas.

—¿Y tú qué hiciste, Carmen? ¿Te dejaste? —pregunté, tragando saliva con dificultad, con el miembro palpitando con una fuerza brutal, devorado por la imagen de mi esposa sometida por el novio de nuestra hija en nuestra propia habitación.

—Al principio intenté apartarlo, pero tenía ya la polla fuera y estaba empalmado.

Me giró de golpe, me tiró de bruces contra la cama y me abrió de piernas desde atrás, con una brusquedad tremenda.

Me la metió de un solo empujón, salvaje, hasta el fondo.

Sentí que me desgarraba porque no estaba lista, me dolió, Juan...

pero estaba tan sumamente excitada por lo que habíamos hablado tú y yo durante la siesta, por lo de Isi y por saber que Anita estaba al lado, que me empapé al instante.

Comenzó a embestirme como un semental, rápido, sin piedad, metiéndomela entera y dándome unos azotes en el culo que sonaban en todo el cuarto, mientras controlaba mis gemidos apretándome la cara contra el colchón.

No te imaginas las barbaridades que me decía ese bastardo…

Carmen hizo una pausa para tomar aire, visiblemente excitada por su propio relato, frotándose los muslos bajo la falda de lino con movimientos nerviosos.

—Me decía al oído que le gustaba mucho mi coño de madura, que desde ayer era su puta personal y que me iba a follar siempre que le diera la gana.

Que estuviera siempre preparada para él.

Y me amenazó… Me dijo que si no me portaba bien y me abría de piernas cada vez que él quisiera, iría directo a contárselo todo a nuestra hija, detalle por detalle.

Carmen respiraba con dificultad, recreándose morbosamente en la humillación consentida, en el sometimiento ante aquel muchacho que yo mismo había corrompido con ella.

—¿Te amenazó ese niñato? Hablaré con ese hijo de puta, le romperé las piernas.

Esta noche le diré que se marche de casa.

Pero, ¿quién coño se cree que es para usar así a mi esposa?

—solté, intentando fingir indignación, aunque por dentro la idea de verla amenazada y obligada a follárselo me ponía enfermo de placer.

—No, Juan. No le dirás absolutamente nada, prométemelo por lo que más quieras. Anita no tiene que enterarse nunca.

—Está bien… Pero antes dime que más te hizo. Habla, Carmen… —inquirí, sintiendo cómo mi polla, dura como una barra de hierro, empujaba la bragueta con violencia.

—Se corrió enseguida, Juan, no aguantó mucho dentro de mí.

Tenía el coño tan caliente que se vació de golpe.

Nada más terminar, se secó con una de nuestras toallas, se subió la bragueta, se colocó la camisa y bajó al jardín a tomarse una copa contigo.

Entré en pánico… Ya no se escuchaba el agua en la habitación de Anita.

Me limpié los restos de su semen a toda prisa con la misma toalla.

Me escocía todo, y me terminé de vestir como pude antes de que Anita entrara a buscarme.

—Jamás hubiera sospechado al veros bajar al jardín como si nada —murmuré, asombrado por la sangre fría del chaval y la capacidad de mi mujer para actuar—. Incluso en la cena os he visto muy contenidos, guardando las distancias.

—¡¿Contenidos?! ¡Por favor, Juan, no te enteras de nada!

—exclamó Carmen, soltando una risa nerviosa—.

Ese niñato no tiene límites. En el restaurante, durante toda la cena, no ha dejado de tocarme por debajo de la mesa.

Se quitó el zapato discretamente y estuvo recorriendo mi entrepierna con los dedos de sus pies, rozándome el sexo que todavía estaba húmedo de su propia corrida.

Todo esto mientras Anita hablaba en nuestra cara.

Yo intentaba mantener el tipo, hablar contigo, pero estaba temblando de pánico y de placer.

Y luego me levanté con la excusa de ir al servicio para escapar de la presión, pero el cabrón me siguió.

—¿Ha tenido los cojones de entrar contigo al baño del restaurante?

—Me acorraló en el pasillo, justo al lado de la puerta de los aseos —continuó Carmen, mientras sus manos temblaban sobre la falda—. Me pegó contra la pared de golpe, me agarró de la cintura con una fuerza brutal, impidiéndome moverme, y me metió la lengua hasta la garganta, saboreándome…

Se calló un segundo, mirándome fijamente a los ojos en la penumbra del coche.

El sonido de su respiración agitada llenó el espacio cerrado del vehículo.

El morbo en sus pupilas era espeso, salvaje, desprovisto de cualquier atisbo de la mujer comedida que solía ser.

Carmen estaba rota, entregada por completo al vicio y la perversión que había invadido a la familia.

—Y mientras me besaba así, con una mano me bajó las bragas, me las quitó de las piernas y se las guardó en el bolsillo del pantalón delante de mí —dijo esto último, abriéndose de piernas lentamente, separando los muslos sobre el asiento de cuero y subiéndose la falda de lino hasta las ingles para mostrarme que, efectivamente, venía del restaurante completamente desnuda por abajo.

La luz tenue y rítmica de las farolas de la carretera iluminó su intimidad húmeda y brillante, expuesta a mis ojos y al aire frío del climatizador.

—Así que ese niñato hace contigo lo que le sale de la polla —dije con la voz ronca, gélida, estirando mi mano derecha para enterrar los dedos directamente en su entrepierna empapada, haciéndola arquear las caderas y gemir al instante—.

Cuando te folló en nuestra habitación, con tu hija al lado, ¿llegaste a correrte, zorra?

Carmen tragó saliva, abriendo los ojos de golpe, desarmada por la crudeza de mi pregunta. Sus muslos temblaron bajo la presión de mis dedos, que ya se estaban manchando con sus fluidos y los restos del semen de Borja.

—Dos veces, Juan… No puedo evitarlo —confesó en un susurro cargado de vergüenza, culpa y una excitación sucia—. Me corrí dos veces seguidas de forma salvaje mientras escuchaba el agua de la ducha de Anita.

Sin pensarlo un solo segundo más, poseído por un ataque de morbo y rabia incontrolables, giré el volante con brusquedad.

Desvié el coche hacia un camino oscuro de tierra, apartado de la carretera principal y escondido por la sombra densa de los algarrobos.

El vehículo dio un par de sacudidas violentas sobre los baches antes de detenerse en mitad de la nada, levantando una nube de polvo.

Apagué las luces y el motor, dejando que la negrura cerrada de la noche nos envolviera, y me solté el cinturón de seguridad de un tirón.

—Ahora me toca usarte a mí. Acércate y cómeme la polla —le ordené con voz autoritaria, bajándome la bragueta y sacando mi miembro, rígido y palpitando con fuerza—. Si ese niñato te usa cuando quiere, tu marido va a hacer exactamente lo mismo a partir de ahora.

Ella no dudó ni un instante. La sumisión era total.

Se giró sobre la tapicería de cuero, inclinándose de rodillas hacia mi asiento en el estrecho espacio del coche.

Me miró desde abajo con una mezcla de humillación y deseo salvaje, y rodeó mi polla con sus manos temblorosas antes de abrir bien los labios pintados de rojo.