Capítulo 23 #3
Comencé a moverme sin ningún tipo de contemplación.
Embestidas duras, rítmicas, profundas, violentas, que hacían que el cabecero de madera de la cama golpeara contra la pared con una cadencia desbocada que debía escucharse en toda la casa.
El sonido sordo de la carne chocando y de su sexo empapado devorando mi polla llenó la penumbra de la habitación.
—No quiero que vuelvas a ser la mojigata de antes…
—le siseé directamente en el oído, jadeando, soplándole mi aliento caliente mientras le apretaba las muñecas contra la almohada con una fuerza posesiva e implacable—.
Me encanta saber que mi mujer es una guarra que se la chupa a un puto delincuente.
Vas a seguir follándotelo, ¿me oyes? Vas a volver a su casa, vas a dejar que te destroce el coño y luego vas a venir a casa a contármelo mientras te huelo los dedos.
Carmen soltó un gemido largo, agudo, un chillido quebrado por el placer violento y degradante que mis embestidas le estaban provocando. Su cuerpo maduro temblaba desbocado bajo el mío, atrapada en un torbellino de sumisión y lujuria que superaba cualquier lógica.
—¡¿Eso es lo que quieres, Juan?! ¡¿Te calienta verme con otros?! —gritó con el rostro contraído por el espasmo, moviendo las caderas al unísono con las mías, completamente entregada al vicio—. ¡¿De verdad me dejas tener un amante?!
—Claro que sí, Carmen. Pero te recuerdo que ahora ya no tienes un solo amante que atender.
Ahora tendrás que esforzarte más, porque tienes dos, mi amor —le dije con una sonrisa perversa, acelerando el ritmo de forma despiadada—.
¿O es que ya te has olvidado de cómo te puso ayer tu propio yerno sobre la mesa del jardín?
Tenías que haber visto la cara de guarra insaciable que tenías mientras Borja te lamía el chocho delante de mí.
Estabas preciosa, más puta y más guapa de lo que nunca te había visto en veinte años.
La mención explícita de Borja y la humillación del jardín actuaron como el detonante definitivo, el gancho que la rompió por dentro.
Carmen soltó un alarido de puro gozo animal, perdiendo el control por completo.
Sus paredes vaginales comenzaron a contraerse en espasmos intensos, rítmicos, asfixiando mi polla en un agarre calentísimo, casi doloroso.
—¡Sí, Juan! ¡Me corro… me corro contigo! ¡Ahhh! —chilló, arañándome la espalda con las uñas hasta hacerme sangrar mientras mi propia corrida la sacudía en una serie de sacudidas frenéticas.
Di unas cuantas embestidas brutales, hasta agotarme, metiendo todo mi tamaño dentro de ella, y me corrí con una fuerza salvaje, vaciándome en su fondo en oleadas ardientes y abundantes de semen.
Los dos gritamos a la vez, unidos en el mismo gemido espeso y desgarrador, mientras el clímax nos devoraba en mitad de la penumbra.
Poco a poco, los jadeos ahogados se fueron apagando. Me dejé caer a su lado, completamente exhausto, con el pecho subiendo y bajando a mil por hora. Carmen se arrastró de inmediato hacia mí, buscando mi calor como una gata en celo.
Se pegó aún más a mi cuerpo, entrelazando sus piernas desnudas con las mías y apoyando la cabeza en mi pecho, que todavía estaba empapado de sudor.
El silencio que siguió al polvo era denso, pero ya no era violento ni hostil; era el silencio sucio de dos cómplices que acababan de reescribir las reglas de su matrimonio sobre unas sábanas manchadas de traición.
—¿Me hablabas en serio cuando me decías que querías que siguiera viéndome con Isi y que te lo cuente, o era solo por el calentón del momento? —preguntó en un susurro, levantando la vista para mirarme fijamente a los ojos, buscando alguna señal de arrepentimiento o cordura en mi rostro.
—¿Te apetece seguir viéndolo? —pregunté sin mover un solo músculo.
—Sí, me apetece mucho —respondió sin atreverse a mirarme a los ojos.
La atraje hacia mí con brusquedad y la besé en los labios con una ternura pausada, casi protectora, contrastando con la brutalidad animal con la que la había poseído minutos antes.
—Lo decía muy en serio, Carmen —le respondí, acariciándole las nalgas desnudas—. Quiero saber cada detalle de cómo te folla ese hijo de puta.
Carmen dejó escapar un suspiro largo, asimilando la libertad —y la perversión absoluta— que le estaba poniendo en bandeja de plata. Sin embargo, la realidad familiar no tardó en volver a su cabeza, ensombreciéndole el gesto de golpe.
—¿Y lo de Borja cómo lo hacemos? —preguntó, incorporándose ligeramente sobre un codo, tapándose las tetas.
—¿A qué te refieres?
—Es el novio de Anita, Juan… ella está loca por él —dijo, y por un momento volvió a sonar como la madre de familia preocupada por las apariencias—.
Tienes que hablar con él a solas. Dile que yo estaba borracha, que fue una locura del alcohol y que estoy profundamente arrepentida.
Es más, deberíamos acortar las vacaciones y volvernos hoy mismo a Madrid.
Puedo inventarme que me ha surgido algo urgente en el bufete; cualquier tontería servirá de excusa para huir de aquí.
Me reí por lo bajo, una risa fría, cínica, que la hizo callar de inmediato. Negué con la cabeza con total parsimonia, disfrutando de su miedo.
—No voy a hacer eso, Carmen. Ni le voy a decir que estabas borracha, porque los dos sabemos perfectamente que deseabas ese polvo tanto como él.
Y tanto como yo disfruté viéndolo. Lo que pase con Borja a partir de ahora en esta casa depende única y exclusivamente de ti y de él.
Lo único que te pido, la única regla, es que no quiero que me engañes. Quiero enterarme de todo.
—No volverá a pasar nada. De eso puedes estar seguro —sentenció ella de golpe, intentando convencerse a sí misma en voz alta, aunque la voz le tembló ostensiblemente.
La miré fijamente, esbozando una sonrisa ladina, disfrutando morbosamente de ver cómo luchaba internamente contra su propio deseo carnal hacia el chaval.
—Te gusta Borja, ¿verdad?
Carmen se quedó callada un segundo, me miró a los ojos y, vencida por la honestidad brutal y sucia que se había instalado en el dormitorio, dejó escapar una pequeña risa nerviosa, pícara, de golfa consentida.
—Es muy guapo… —respondió, encogiéndose de hombros mientras se mordía el labio inferior—. Demasiado guapo… para qué te voy a mentir. Tiene un cuerpo increíble, está duro como una roca y besa como los ángeles. Anita tiene muy buen gusto para los hombres; ha salido a mí.
Esbocé una sonrisa gélida pero profundamente excitada en mitad de la penumbra del dormitorio, saboreando el peso de sus palabras.
No añadí nada más. Me limité a estrecharla contra mi pecho, deslizando una mano por su espalda sudorosa mientras el silencio regresaba al cuarto, denso y cargado de secretos.
Las sábanas, manchadas por el rastro de nuestros cuerpos, eran el testigo mudo de las nuevas y retorcidas reglas de nuestro matrimonio.
Con la certeza de que el juego no había hecho más que empezar y de que las máscaras se habían roto para siempre, cerré los ojos, dando por finalizada aquella larga y pecaminosa tarde de verano.