Capítulo 23 #2
Carmen se tensó por completo, poniéndose rígida sobre las sábanas. El ambiente idílico del poscoito se enfrió en un segundo. Sus pupilas se dilataron por el miedo y desvió la mirada hacia la ventana, asustada.
—Lo siento, mi amor... ¿Podrás perdonarme algún día? —suplicó, agarrándome las manos con desesperación—. Te juro que ese hombre no significa nada para mí. ¿Cómo... cómo lo supiste?
—Una noche que te estabas duchando te llegó un mensaje al móvil.
Decía que te habías dejado las gafas de sol olvidadas en su casa.
Até cabos, Carmen —le solté con una frialdad cortante, disfrutando morbosamente de cómo se desarmaba—.
Al día siguiente quise comprobarlo por mí mismo.
Me pasé dos horas esperando en el coche a que salieras del bufete y te seguí.
Entraste en un bar de mala muerte y media hora después saliste con un tipo con aspecto de malote de barrio, de unos treinta años, lleno de tatuajes.
Te llevaba agarrada firmemente por la cintura, pegándote a su paquete, y os subisteis a una moto para marcharos. Sé que es Isi.
Ella cerró los ojos con fuerza, asumiendo que ya no le quedaban secretos ni escondites donde refugiarse. Dejó salir un aire tembloroso y caliente antes de empezar a hablar, entregándome su confesión más sucia.
—Me llevó a su casa... —comenzó a contar con la voz muy baja, casi inaudible—.
Fue una puta casualidad, Juan. Amanda y yo fuimos a tomar algo a ese bar un mes antes.
Yo ya conocía a Isi. Hace un par de años lo defendí en un juicio penal por un robo con violencia…
Le salvé el culo de ir a prisión. El caso es que diez minutos después de entrar al bar, llamaron a Amanda de la guardería; su hijo se había puesto malo y había vomitado.
Ella se marchó corriendo y yo me quedé sola terminando la cerveza.
No tenía ganas de volver a casa contigo, Juan.
Estaba quemada por la distancia entre nosotros, por cómo mirabas a Anita…
Me sentía vieja, sola. Isi estaba detrás de la barra.
Empezamos a hablar del juicio, de cómo había llevado su defensa.
Primero me hizo reír y luego… luego me hizo sentir una hembra deseada, de una forma animal que hacía años no sentía.
Terminó follándome allí mismo, en mitad del almacén del bar, entre la mugre.
¿Te lo imaginas? La seria, estricta y respetable abogada, empotrada en un almacén lleno de cajas de cerveza, liada con un delincuente quince años más joven al que había defendido en los juzgados.
Escuchar la confesión detallada de su infidelidad con un macarra al que había salvado de la cárcel, imaginarme a mi esposa, la mujer pulcra, elegante y de alta sociedad, siendo devorada y ultrajada contra las cajas de un almacén oscuro por un tipo cualquiera de barrio, provocó un chispazo eléctrico y violento en mi entrepierna.
El dolor del engaño se transformó de manera inmediata en un combustible morboso y destructivo.
—¿Te gustó? —pregunté, sintiendo cómo mi polla, todavía húmeda de nuestro anterior encuentro, volvía a tensarse, a llenarse de sangre y a endurecerse de golpe contra su muslo desnudo.
Suspiró para coger aire, entornando los ojos.
—Me pegó un polvo salvaje, Juan… —continuó en un susurro, relamiéndose los labios al recordarlo—.
No tuvo miramientos. Me desabrochó la camisa de un tirón, me subió la falda de tubo hasta la cadera y me rompió las bragas de encaje tirando de los lados.
Me empujó de cara contra la pared del almacén y me folló de pie, por detrás, agarrándome del pelo.
Me jodió a pelo, Juan… metiéndomela entera y diciéndome al oído que era una guarra, una abogada ninfómana.
Me llamaba zorra una y otra vez mientras me embestía con rabia, y lo peor…
lo peor es que me encantaba; me ponía enferma de placer escuchar esas groserías e insultos de su boca. ¿Puedes creerlo?
No había pudor en su confesión; al contrario, la complicidad sucia de la habitación la hacía sentirse aliviada de soltar toda aquella suciedad acumulada.
Ver a mi esposa —la mujer con la que llevaba media vida, la que siempre exigía delicadeza, masajes y luces apagadas— recreándose morbosamente en los detalles de cómo un delincuente de barrio la había utilizado como a una cualquiera, me descolocó por completo.
La rabia de la traición y la humillación de saberla poseída y eyaculada por otro se mezclaron de forma instantánea con el morbo más oscuro.
Sentí una punzada ardiente en el bajo vientre.
Mi polla, que ya buscaba su espacio húmedo entre sus muslos, terminó de ponerse dura como una barra de acero, palpitando con una fuerza salvaje que amenazaba con rasgar la piel.
La agarré del pelo con firmeza, enroscando mis dedos entre sus mechones rubios y obligándola a echar la cabeza hacia atrás, estirándole el cuello para que no pudiera apartar sus ojos verdes de los míos.
El ambiente en la penumbra sofocante del dormitorio era asfixiante, cargado de sudor, olor a sexo y de una perversión que ya ninguno de los dos quería frenar.
—¿Así que te gusta que te traten como a una puta, mi amor?
—le solté con la voz quebrada por la excitación, arrastrando cada palabra con una crudeza que la hizo estremecerse y humedecerse entre mis piernas—.
Sigue… sigue contándomelo todo, no te calles nada, perra.
Quiero saber cómo te la metía ese puto macarra.
Carmen tragó saliva con dificultad, con las pupilas totalmente dilatadas y la respiración entrecortada, completamente entregada al morbo de desnudarse verbal y sexualmente ante mí.
—Cuando nos corrimos, me sentí fatal, como una basura por haberte engañado —confesó en un susurro, rememorando la escena con una mezcla de vergüenza y excitación insoportable—.
Fue un impulso asqueroso, animal. Ni siquiera recogí las bragas rotas del suelo del almacén ni el sujetador que él me había arrancado.
Me abroché la camisa con las manos temblorosas, me bajé la falda y salí de allí corriendo, sin despedirme y sin atreverme a mirarlo a la cara.
Llegué a casa destrozada, Juan, sintiendo el semen caliente de ese hombre resbalando por mis muslos internos…
Me metí directa en la ducha y lloré mucho.
Me froté la piel con rabia, con ganas de arrancarme su olor a tabaco y calle, y me juré que no volvería a engañarte nunca más. Que sería la esposa perfecta.
—Supongo que el cabrón te llamaría por teléfono para recordarte lo bien que te había abierto el coño y te convencería para repetir —le espeté, apretando el agarre en su pelo con más fuerza, sintiendo cómo mi polla palpitaba de pura rabia y deseo contenido.
—No, Juan. Él ni siquiera tenía mi número de teléfono en ese momento —continuó ella, dejando escapar un jadeo sordo—.
Era jodidamente fácil dejar aquello; con no volver a pisar ese bar de mierda estaba todo solucionado...
Pero mi coño no opinaba lo mismo. Un par de días después, volví a por más.
No pude evitarlo, estaba obsesionada con su polla.
Ni siquiera hablé con él al entrar al local: crucé la barra, me metí derecha en el almacén oscuro y me quedé allí esperándolo a oscuras, muerta de miedo y de ganas, más de diez minutos.
Mientras su compañero atendía a los clientes en la barra, él entró, me acorraló contra las cajas, se bajó la cremallera y volvió a follarme.
La escena se repitió idéntica, salvaje. Ese día regresé a casa sintiéndome la peor mujer del mundo, arrepentida, pero plenamente consciente de que tarde o temprano volvería a buscar su rabo.
Carmen hizo una pausa, acariciándome los brazos con timidez, buscando una compasión o un castigo que yo no estaba dispuesto a darle de la forma tradicional. El morbo me estaba devorando vivo.
—Ahora ya no suele follarme en el almacén del bar —añadió, bajando la voz a un susurro perverso, como si revelara el secreto más oscuro de su existencia—.
Me lleva a su casa y nos encerramos allí un par de horas.
Me trata como a una auténtica puta en la cama, Juan...
me hace de todo, me escupe, me obliga a tragarme su leche.
Pero al acabar es un chico majo; se tumba a mi lado desnudo y le gusta que le hable de mis cosas. Me hace reír y me desahogo con él.
—Que ese delincuente sea majo contigo y te pregunte por tus cosas mientras te limpia el coño me tranquiliza bastante, no te jode —dije con un sarcasmo cortante, gélido, mientras me acomodaba por completo entre sus piernas abiertas, restregando mi erección contra su entrada—.
Eres una verdadera zorra, Carmen. Una guarra de cuidado.
Me subí encima de ella con agresividad, apoyando las manos a los lados de su cabeza, sintiendo cómo el calor sofocante de la tarde se pegaba a nuestras pieles sudorosas, creando una atmósfera densa de lupanar.
—Lo siento… no volveré a verlo, te lo juro por mi vida, por la de Anita —suplicó Carmen con los ojos empañados en lágrimas, aunque sus caderas se elevaban buscando mi polla—.
Confía en mí, Juan. Volveré a ser la mujer de siempre.
Te juro que voy a dejarlo, ese hombre no significa absolutamente nada en mi vida...
No la escuché. Guié mi polla, rígida y húmeda, hasta su entrada.
Estaba tan sumamente lubricada por mi anterior eyaculación y por el relato morboso de sus propias infidelidades que me hundí en ella como si me absorbiera un pantano caliente.
Entró de forma limpia, ruda y brutal, hasta golpear su cuello uterino.
Carmen soltó un grito ahogado, un alarido, arqueando la espalda sobre el colchón mientras sus piernas temblaban en el aire.