El Sabor del Tabú Capítulo 23
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Capítulo 23

Comimos los dos en un silencio sepulcral, un vacío tan denso, espeso y cargado de bilis que resultaba casi violento.

Estábamos sentados a la mesa del porche, pero la distancia moral que nos separaba era de kilómetros.

Carmen no soltaba el móvil; mantenía la mirada fija, clavada en la pantalla con una rigidez absoluta, los dedos moviéndose de forma mecánica, tal vez buscando una vía de escape ficticia o un refugio digital donde esconder los ojos para no cruzarse con los míos.

Yo, por mi parte, fingía una indiferencia fría.

Cortaba la carne despacio, masticando con una parsimonia irritante, simulando que la situación no me afectaba lo más mínimo, aunque por dentro el recuerdo del coño de mi esposa goteando semen sobre el cristal de la terraza seguía quemándome las entrañas.

Éramos dos extraños compartiendo el mismo porche, dos criminales que se conocían las peores bajezas y que no sabían cómo empezar a convivir con el desastre.

Al terminar, la pesadez del día, el bochorno y las pocas horas de sueño se me cayeron encima de golpe.

La resaca física empezaba a darme tregua, pero el cansancio mental era insoportable.

Decidí subir al dormitorio a echarme la siesta.

Necesitaba apagar el cerebro, alejarme de la luz del sol y del silencio acusador de mi esposa.

El cuarto estaba en penumbra, con las persianas casi bajadas para aplacar el calor asfixiante de la tarde.

Me quedé en calzoncillos y me desplomé sobre la cama, hundiéndome en un sopor pesado, húmedo e intermitente.

Creo que llevaría una hora flotando en ese letargo cuando el leve crujido del colchón me trajo de vuelta a la realidad.

No abrí los ojos de inmediato, pero sentí su presencia.

Carmen se había deslizado en la habitación sin hacer ruido, como una sombra.

No dijo ni una sola palabra. El silencio seguía siendo nuestra única tregua.

Noté el calor de su cuerpo cuando se encajó decidida entre mis piernas, arrodillándose en el colchón.

Con movimientos lentos, firmes y deliberados, metió las manos bajo la tela de mi calzoncillo y lo bajó con suavidad, dejando mi intimidad al descubierto.

Mi polla estaba flácida, completamente dormida, pero eso no la detuvo.

Carmen se inclinó, la tomó entre sus dedos y se la metió entera en la boca.

El contraste de la calidez húmeda y hambrienta de su lengua me sacudió el cuerpo con un escalofrío.

Empezó a chupármela despacio, con una cadencia rítmica, constante y profunda, envolviéndola con los labios mientras sus manos me acariciaban los muslos con urgencia.

El morbo acumulado de las últimas veinticuatro horas actuó como un resorte instantáneo.

Sentí cómo la sangre comenzaba a bombear con fuerza, haciendo que mi polla creciera y se tensara rápidamente dentro de su boca, estirándose hasta ponerse completamente dura como una piedra, marcando las venas gruesas bajo la presión de su saliva caliente.

Cuando la tuvo firme y preparada, la sacó despacio, dejando un hilo brillante y espeso sobre la piel.

Se incorporó con un movimiento ágil, felino, y se montó a horcajadas sobre mí.

Su caftán blanco de lino se abrió de par en par, revelando que no llevaba absolutamente nada de ropa interior debajo.

Me miró a los ojos por primera vez en todo el día; tenía la mirada encendida, turbia, una mezcla de desesperación y desafío criminal.

Agarró mi polla con una mano, guio la punta humedecida hasta la entrada misma de su sexo y, sin preámbulos, dejó caer todo su peso muerto.

—Ah… —gimió profundamente, arqueando la espalda hacia atrás mientras sus paredes vaginales se abrían de par en par para recibirme.

Estaba sumamente húmeda, empapada por una excitación nacida directamente de la tensión, la humillación y la culpa de la noche anterior. El encaje fue perfecto, total, brutalmente profundo.

Carmen comenzó a moverse de inmediato, subiendo y bajando con un ritmo frenético, devorando mi miembro como si quisiera borrar lo que había pasado en la mesa del jardín con su yerno a base de pura fricción y carne.

Sus grandes tetas, sueltas bajo la tela fina del caftán, se balanceaban con violencia ante mis ojos.

Estiré los brazos, las atrapé con fuerza entre mis manos y empecé a estrujárselas, apretando la carne firme, enterrando los dedos en ellas mientras marcaba el paso de las embestidas desde abajo.

—Eres mi marido, cabrón… y solo tú tienes la puta obligación de follarme así —comenzó a decir entrecortadamente, con la voz rota por el esfuerzo, jadeando cada sílaba obscena en mi cara—. Fóllame, Juan… fóllame como te gustaría hacerle a ella. ¡Fóllame pensando en tu hija!

El lenguaje soez, completamente inusual en la mujer elegante, culta y contenida que solía ser, terminó de prender fuego al polvo.

La sumisión de la noche anterior se había transformado en una necesidad rabiosa de posesión y degradación.

La embestí desde abajo sin piedad, levantando las caderas con saña, haciendo que cada golpe fuera más profundo y ruidoso, buscando el fondo de su matriz mientras ella aceleraba el balanceo, arañándome los hombros con las uñas clavadas, completamente ida.

El sonido sordo y húmedo de nuestros cuerpos chocando y de los fluidos mezclándose llenó la penumbra del cuarto.

El morbo era absoluto: nos estábamos follando con rabia, usando el sexo como un castigo, un ultraje y una redención al mismo tiempo.

Carmen empezó a tensarse, apretando los dientes, con los ojos cerrados y el rostro contraído por un placer inminente que la desbordaba. Sus espasmos internos comenzaron a aprisionarme la polla en un agarre asfixiante, caliente, que casi me hacía perder el sentido.

—Me corro, Juan… me corro ya, joder, me abro entera —gimió, mordiéndose los labios hasta hacerse daño antes de soltar un grito ahogado y colapsar sobre mi pecho, temblando por completo mientras su orgasmo la vaciaba en oleadas sobre mi miembro.

Verla volverse loca de placer, rota por la depravación, detonó mi propio límite.

Sentí la acumulación de adrenalina estallar en la base de la polla.

Di dos embestidas brutales, metiéndome en ella hasta el último milímetro, y me corrí con una fuerza salvaje, inundándola con varias oleadas calientes de semen que la hicieron gemir de nuevo en un susurro exhausto, completamente poseída.

El silencio regresó al dormitorio, pero esta vez era un silencio de postración, de cuerpos derrotados.

Carmen se dejó caer a mi lado sobre las sábanas revueltas, con la respiración entrecortada y el cuerpo perlado de sudor pegajoso.

Se giró hacia mí, me rodeó el cuello con un brazo y me plantó un beso húmedo, largo y tierno en la boca; un beso que sabía a fluidos, a nosotros, a una reconciliación amarga y sucia.

—Lo siento… lo siento mucho, Juan. Te quiero…

—murmuró con los ojos empañados, pegando su frente empapada a la mía—.

Lo de Borja no tenía que haber pasado… ni lo de Isi.

De verdad. Pero es que… siento unos celos enfermizos por cómo miras a Anita.

Te gusta más que yo, ¿verdad? La prefieres a ella porque es más joven, porque su carne es nueva.

—Eso no es cierto, Carmen. Nada ha cambiado lo que siento por ti, te lo juro por mi vida. Nadie puede eclipsarte en esta cama, ni siquiera nuestra hija.

Me quedé inmóvil, saboreando el momento, mientras mi mano acariciaba distraídamente su pelo rubio desordenado.

—Ella se contonea, Juan —continuó, con una mezcla de tristeza, sumisión y resentimiento—.

Sabe perfectamente que la deseas, que te la pone dura.

Las mujeres notamos esas cosas al vuelo…

Y Anita debería pararlo, pero le encanta provocarte; la calienta saber que su padre la mira así.

Le gusta ser la reina de la casa y desplazarme.

Se pasa el día con esa ropa corta por casa, enseñando el culo, paseando por tu cara.

Y yo siento unos celos que me devoran las entrañas, porque a mí ya no me miras con esas ganas…

Porque ella es joven, es perfecta y se lleva toda tu atención masculina.

La miré y vi la vulnerabilidad desnuda de mi esposa tras la coraza de mujer fuerte y profesional. Me acerqué y la besé de nuevo en los labios, un beso suave, pausado, impregnado de nuestra perversión compartida.

—¿Por eso te follaste a Borja delante de mí? —le pregunté en un hilo de voz—. ¿Para demostrarte a ti misma que sigues siendo deseable para un chaval de su edad?

—Sí… y para demostrarte a ti que otros hombres siguen volviéndose locos por mi cuerpo —confesó, bajando la mirada, avergonzada pero excitada al recordarlo—.

Sé que no debería, que es una locura enferma, pero me encantaba cuando notaba los ojos de Borja devorando mis tetas en la piscina.

Me hacía sentir viva. Era un juego inocente, Juan, te lo juro…

No debería haber pasado de ahí. Lo malo es que ayer…

ayer se me escapó de las manos por culpa del alcohol.

Se nos escapó a todos. Y no puedo evitar sentir esa absurda rivalidad de hembra con Anita.

Necesitaba que vieras cómo su novio me usaba.

Me incliné sobre ella y le besé las tetas despacio, mordiendo suavemente los pezones oscuros que aún estaban tibios y erectos por el esfuerzo.

—Es lo más normal del mundo que ese chico quisiera metértela hasta el fondo, Carmen —le dije, endulzándole el oído con la verdad más cruda—.

Eres una hembra espectacular, una madura impresionante, y cualquier hombre se volvería loco por tenerte abierta de piernas sobre esa mesa, chorreando como estabas.

Dejé caer la frase en el aire, saboreando el control absoluto de la situación, antes de soltar el siguiente anzuelo. La miré fijamente a los ojos, sin parpadear.

—¿Quién coño es Isi?