El Sabor del Tabú Capítulo 22
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Capítulo 22

Al día siguiente, la realidad nos golpeó con la luz cegadora, sucia y aplastante de la mañana.

Carmen no me dirigió la palabra ni una sola vez.

Con una frialdad y una capacidad para fingir que me heló la sangre por completo, le plantó un beso cariñoso a Anita al bajar a la cocina, exactamente igual que hacía cada mañana, como si la noche anterior jamás hubiera existido, como si las manos rudas y hambrientas de ese muchacho no hubieran estado estrujando y babeando su cuerpo desnudo unas horas antes sobre el cristal de la mesa.

Borja tardó bastante más en aparecer por el salón; durmió hasta tarde, escondido en su habitación, probablemente digiriendo la resaca y el peso del sacrilegio.

Carmen se pasó el resto de la mañana tumbada en la hamaca, bajo la sombra densa del porche y oculta tras unas gafas de sol oscuras y enormes, simulando leer un libro cuyas páginas apenas hojeaba.

Yo decidí salir a dar un paseo para escapar de aquella atmósfera asfixiante.

Me estallaba la cabeza; tenía una resaca de campeonato, pero el verdadero dolor venía de los flashes gráficos que se repetían en mi mente una y otra vez en un bucle perverso: la imagen de mi esposa totalmente entregada, gimiendo con los ojos en blanco encima de la mesa, con el novio de su hija empujando salvajemente entre sus piernas.

Sin embargo, lo que más me taladraba el cerebro, lo que me hacía dar zancadas nerviosas por el arcén, era la conversación posterior con Borja.

Le había confesado mi obsesión por Anita, cruzando un límite moral y de no retorno del que, en parte, empezaba a arrepentirme con una punzada de pánico.

Al fin y al cabo, Borja era demasiado joven para comprender una mierda así.

Había arriesgado demasiado, le había entregado las llaves de mi ruina a un desconocido.

Para despejarme y buscar una dosis de reafirmación masculina, saqué el teléfono y llamé a Adriana.

Aproveché la vulnerabilidad y la extraña mezcla de tristeza y adrenalina que arrastraba para forzar la voz, volviéndola más cálida, y decirle que la echaba de menos.

En parte era jodidamente cierto: estaba loco por volver a Madrid y follármela.

Aquel coño joven, estrecho y apretado, me tenía completamente enganchado, como si a mis cuarenta y cinco tacos fuera un puto adolescente gobernado por las hormonas.

—Cuento los días para que vuelvas a Madrid —expresó con esa voz dulce y mimosa que tanto me ponía—. Prométeme que este invierno nos iremos un fin de semana por ahí, solos. Una escapada romántica de verdad.

—Eso es complicado, cariño —respondí, cortándola en seco, devolviéndola a la realidad de mi doble vida.

—Seguro que se te ocurrirá algo... Yo necesito estar contigo sin tener que contar los minutos con el reloj en la mano, Juan. Dormir a tu lado una noche entera y despertarme desnuda, abrazada a ti.

—Lo intentaré, pero ya sabes que es difícil. Carmen no es tonta, te lo aseguro; huele el peligro a kilómetros de distancia.

—Ya sé que tu esposa es muy inteligente, ese cuento ya me lo conozco de memoria, Juan —respondió con un deje de sarcasmo y desprecio—.

Por cierto —continuó Adriana, cambiando de tono como quien suelta una bomba casual—, ayer me llamó Anita.

Le dije que estaba aburrida en Madrid y me soltó que fuera a pasar unos días con vosotros al chalé de Almadrava…

—Eso no puede ser —me apresuré a decir. Mi tono, hasta entonces calmado, cariñoso y calculador, cambió de golpe de forma tajante, casi violenta.

Se hizo un silencio espeso y prolongado al otro lado de la línea.

—No tenía intención de ir, Juan, pero te has dado mucha puta prisa en rechazarlo. Ni siquiera te lo has pensado un segundo.

—Se nos notaría, Adriana —intenté recular a la desesperada, buscando una excusa creíble para tapar mi reacción—.

Habría demasiada tensión sexual entre tú y yo en un espacio tan cerrado, delante de mi propia hija.

Además… las cosas ya están bastante tensas aquí entre Carmen y yo como para meter más leña al fuego.

Soltó una carcajada estridente que me quemó por dentro, una risa que hizo que me arrepintiera instantáneamente de haber marcado su número.

—¿Problemas en el paraíso? —soltó ella con una dosis letal de ironía—. Pensé que tu distinguida esposa era la mujer perfecta. Que nunca discutíais y que la única loca histérica era yo.

—Vale ya, Adriana. No estoy de humor para tus escenitas —avisé con una voz calmada pero cargada de peligro—.

Son cosas de los matrimonios; a veces hay estos altibajos normales —suspiré, sintiendo una necesidad imperiosa de soltar veneno, de golpear de vuelta y desviar la atención de mis propios fantasmas—. Pero… creo que Carmen tiene un amante.

—Lo sabía… Menuda zorra hipócrita… —sentenció Adriana sin tapujos, saboreando el chisme—. Siempre he sabido que detrás de esa carita de abogada estirada que no ha roto un plato en su vida se escondía una golfa de cuidado.

—Tengo que dejarte, cariño. No puedo hablar más.

—Espera, espera… no cuelgues. Antes dime qué es lo primero que vas a hacerme cuando vuelvas a Madrid…

Me reí, sintiendo cómo el morbo volvía a despertarse en mis pantalones.

—Te voy a reventar ese culazo que tienes, te voy a dejar temblando.

Nos despedimos con palabras pomposas, promesas empalagosas, que me avergonzaría escribir aquí, y que solo servían para simular que detrás del sexo sucio y clandestino también había algún tipo de sentimiento noble. Como si eso pudiera justificar de alguna manera la mierda que hacíamos.

Cuando regresé al chalé un par de horas más tarde, el coche de Borja no estaba aparcado fuera.

Al entrar al jardín, la ausencia de mi hija y de él era un vacío evidente.

Carmen seguía exactamente en la misma postura, inmóvil en la hamaca, como un cadáver.

De repente pensé en lo peor: Carmen no había aguantado la culpa, se lo había confesado todo a Anita y mi hija había huido a Madrid destrozada. El pánico me atenazó las tripas.

—¿Dónde está Anita? —le pregunté, acercándome a su hamaca con una preocupación perfectamente impostada—. ¿Ha ocurrido algo?

Carmen tardó varios segundos en reaccionar, manteniéndome en vilo. Despegó los ojos del libro muy despacio, sin prisa, y negó con la cabeza con una indiferencia gélida.

—Se han ido a comer fuera, a un chiringuito. Yo les dije que no me apetecía, que prefería quedarme aquí.

Me senté en la hamaca de al lado, guardando una distancia prudencial, pero decidido a romper el hielo cuanto antes para evaluar los daños del día anterior.

—Carmen, lo de ayer… —comencé a decir, arrastrando las palabras, buscando la manera de tantear el terreno sin activar las alarmas—. Sé que fue una locura, pero no cambia lo que siento por ti. Para mí sigues siendo la misma mujer de la que me enamoré hace veinte años.

Ella soltó un suspiro amargo, una exhalación llena de bilis. Se quitó las gafas de sol de golpe, con un movimiento seco, y me clavó una mirada cargada de un desprecio tan puro que me cortó la respiración.

—No me vengas con discursos y no me digas que te arrepientes, Juan, porque los dos sabemos que no es cierto. Tú lo preparaste todo desde el principio. ¿Te crees que soy estúpida? ¿Que no me doy cuenta de tus jugadas?

—¿Qué coño quieres decir con eso? —le respondí, intentando mantener la fachada de marido desconcertado a toda costa.

—¿Piensas que estoy ciega? ¿Que no veo cómo la miras cada vez que entra en la habitación? —soltó con la voz rota, vibrando por la rabia y el asco más absoluto—. Por Dios, Juan, es asqueroso. Es tu propia hija... Sé perfectamente el deseo enfermizo que sientes por ella. Lo sé.

El golpe fue tan directo, tan certero, que me quedé sin aire en los pulmones, completamente noqueado en la hamaca.

No lo negué. No tuve las fuerzas, ni cinismo ni los cojones para sostener una mentira ante semejante acusación.

En su lugar, acorralado y sangrando por la herida, decidí contraatacar con la verdad más sucia y destructiva que tenía guardada en la recámara.

Le conté, palabra por palabra, sin ahorrar detalles, lo que había visto y escuchado unos meses antes en los baños de aquella discoteca de la urbanización: a su hija perfecta, a la niña de sus ojos, metida en un retrete, siendo compartida y usada a la vez por Borja y por su amigo mientras se reían.

El instante exacto que me había cambiado por dentro y me había abierto los ojos.

Carmen se quedó completamente helada, paralizada en la hamaca, pálida como la cera, asimilando a golpes la doble vida y el descontrol de Anita.

Pero el shock, lejos de frenarla, actuó como gasolina.

Se incorporó de golpe, sentándose en el borde de la hamaca, y siguió atacándome con un desprecio feroz, gritándome con la cara desencajada que nada de eso, ninguna conducta de Anita, justificaba que yo, la deseara de esa manera tan obsesiva y degenerada.

—¡Tú no eres ninguna santa para darme lecciones de moral a mí!

¡Ni una sola! —le grité yo, perdiendo los papeles por completo, poniéndome de pie y señalándola con el dedo—.

¡Te recuerdo, por si se te ha olvidado por culpa de tomar tanto el sol, que te has follado de forma salvaje al novio de tu propia hija en esa misma mesa de cristal hace unas pocas horas!

¡Gimiendo como una perra! Y además sé perfectamente que tienes un amante desde hace meses, Carmen.

Sé perfectamente lo tuyo con ese tal Isi.

Así que bájate de una puta vez de tu pedestal de dignidad.

—¡Vete a la mierda, Juan! ¡Vete a tomar por culo! —me espetó con los ojos anegados en lágrimas de rabia, impotencia y humillación.

Se volvió a encajar las gafas de sol para ocultar su llanto y se giró en la hamaca, dándome la espalda por completo.

Durante las horas siguientes, el chalé vacacional se convirtió en una auténtica tumba flotante.

Estuvimos allí, a escasos metros el uno del otro, como dos auténticos extraños, como dos monstruos que se conocen los secretos más oscuros, sin dirigirnos ni la palabra ni la mirada, esperando en un silencio sepulcral el regreso de los chicos mientras el peso insoportable de todas nuestras perversiones amenazaba con derrumbar el tejado sobre nuestras cabezas.