El Sabor del Tabú Capítulo 21
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Capítulo 21

El silencio que siguió al último gemido de Carmen fue denso y asfixiante, roto únicamente por el canto incesante de los grillos.

El hechizo narcótico del alcohol y el morbo extremo pareció romperse de golpe con el azote frío de la madrugada, dejando al desnudo, de golpe, la crudeza de lo que acababa de ocurrir sobre la mesa.

Mi esposa se levantó de la superficie de cristal como si hubiera despertado bruscamente de una pesadilla de la que no podía escapar.

Tenía la mirada desorbitada, empañada por el pánico crudo y una vergüenza tardía que le desfiguraba las facciones, borrando de un plumazo a la mujer altiva de unos minutos antes.

Con las manos temblando de forma descontrolada, recogió el vestido verde arrugado y el tanga del suelo, cubriéndose los pechos y el coño con un gesto desesperado, aplastando la tela contra su piel como si pudiera borrar la mirada de los dos hombres que la contemplaban.

Justo en ese momento, una línea espesa y blanquecina —el semen de su yerno mezclado con su propia humedad— comenzó a resbalarle de manera visible por el muslo interno, brillando bajo la luz de la luna mientras se perdía hacia la rodilla.

—Dios mío… Joder… ¿Qué hostias hemos hecho? —gritó Carmen con la voz rota, ahogada en un sollozo.

Las primeras lágrimas de puro pánico empezaron a surcarle las mejillas, corriendo el rímel y dejando dos surcos negros y sucios en su piel.

—Nos hemos vuelto locos… Estamos enfermos. ¡Anita está ahí arriba, joder! Tú tienes toda la puta culpa, cabrón… —añadió, clavándome una mirada inyectada en odio y asco.

Se dio la vuelta con torpeza sobre los tacones y salió corriendo hacia el interior de la casa, dejando tras de sí el eco de sus pisadas rápidas, el restallar sordo de los zapatos sobre las escaleras y el rastro invisible de una dignidad completamente destruida.

Yo ni siquiera hice el más mínimo amago de levantarme del sillón de mimbre. Mantuve la espalda apoyada en el respaldo, sosteniendo mi vaso de gintonic con una calma absoluta, gélida, que rozaba lo macabro.

Miré a Borja. El chaval estaba de pie junto a la mesa de cristal, pálido como un muerto, jadeando todavía y con la polla enorme y flácida saliéndosele por la bragueta abierta del pantalón chino, brillando por el fluido viscoso que acababa de inyectarle a mi mujer.

Tenía los ojos fijos en la puerta por la que había huido Carmen, aterrorizado por el peso de las consecuencias.

Le clavé la mirada y, con total parsimonia, le guiñé un ojo.

—Tranquilo, chaval. No te preocupes —le dije con una sonrisa de hielo, dando un sorbo pausado a mi copa mientras el líquido me quemaba la garganta—. Mañana hablaré con ella. Tiene que montar el numerito ahora para intentar parecer más digna que yo. Es pura fachada.

Borja se giró hacia mí, parpadeando despacio, completamente estupefacto, sin entender cómo el marido de la mujer a la que acababa de follar de forma tan salvaje podía estar tan sumamente tranquilo.

Para mí, aquello no era una tragedia familiar; era una transacción en toda regla.

Era el ajuste de una deuda pendiente que me corroía por dentro, mi pago por cada una de las veces que ella se había abierto de piernas para el tal Isi mientras me miraba a la cara al llegar a casa, fingiendo que nada había pasado.

Dejé el vaso sobre la mesa de cristal, justo al lado de donde Carmen había dejado el rastro de sus fluidos mezclados, e incliné el torso hacia delante. Lo miré fijamente, de hombre a hombre, eliminando cualquier rastro de anestesia moral o filtro familiar.

—Dime una cosa, Borja... Ahora que has probado a las dos yeguas de la cuadra —le solté, bajando la voz a un susurro áspero, cargado de un morbo renovado que hizo que él se tensara al instante—. ¿Quién es más brava en la cama? ¿La madre o la hija?

Miró de reojo hacia la puerta del chalé por donde Carmen acababa de desaparecer, luego bajó la vista hacia su propia entrepierna, que seguía al aire exhibiendo el rastro del pecado, y finalmente volvió a clavar sus ojos en los míos.

Una sonrisa estúpida, una mezcla de incredulidad, adrenalina y orgullo masculino primario, empezó a asomar en la comisura de sus labios.

La complicidad más sucia y perversa se instaló entre los dos en mitad de la madrugada.

—Joder, Juan... Estás completamente colgado —soltó con una risa nerviosa y la voz ronca por el esfuerzo, mientras por fin se metía la polla dentro del pantalón y se subía la bragueta con manos torpes—. Entiendo que te pueda dar morbo lo de Carmen, pero no me jodas… que Anita es tu hija…

—Respóndeme, hostias. He dejado que te folles a mi esposa en mi propia cara. Me lo debes, cabrón.

Borja me miró fijamente, con los ojos entreabiertos, sopesando hasta qué punto podía sincerarse con el hombre que tenía enfrente.

Al ver que mi expresión no flaqueaba y que el morbo de la situación superaba cualquier lógica paternal, terminó de soltarse el pelo por completo.

Se pasó una mano por la nuca, humedeciéndose los labios secos, atrapado sin remedio por la brutalidad de la conversación.

—Menudas dos putas tienes en casa… Pero oyéndote hablar, seguro que eso te hace sentir orgulloso —Soltó una carcajada cínica—. No veas cómo le va la marcha también a tu hija, Juan. Pero lo de tu mujer… es de récord. Nunca había visto a nadie correrse así… Parecía una puta fuente sobre la mesa.

Escuchar a ese niñato evaluar el rendimiento en la cama de mi esposa y de mi hija, allí mismo, en el jardín de nuestra propia casa, me provocó un subidón de adrenalina y perversión casi insoportable.

—Te lo dije en el bar, chaval. Ya te avisé lo perra que era la abogada cuando se soltaba —le respondí, dándole un palmetazo fuerte en la rodilla—. Así que la santa de mi mujer te ha dejado temblando, ¿eh?

—Temblando es poco, me ha vaciado del todo, me ha dejado seco —admitió Borja, soltando una carcajada ya totalmente relajado, contagiado por mi absoluta falta de escrúpulos.

—Sé bien el tipo de jueguecitos que te traes con mi hija; sé que te la tiras con uno de tus amigos. ¿Os la folláis a la vez, o os la vais turnando? —solté el anzuelo, observando su reacción.

—¿Te… te lo ha contado Anita? —preguntó en un hilo de voz, con el rostro desencajado por el asombro.

Me reí con ganas, una carcajada seca, cínica y ruidosa que resonó en todo el porche.

—¿Estás tonto, chico? ¿Cómo me lo va a haber contado mi hija?

No seas imbécil… —solté, disfrutando de su absoluto desconcierto—.

Hace unos meses salí a cenar con mi socio.

Entramos a una discoteca a tomarnos la última copa y, al ir al baño a mear, escuché perfectamente cómo os la follabais entre los dos en uno de los retretes.

Me quedé apoyado en la pared de enfrente, escuchando cada gemido, y luego os vi salir a los tres, arreglándoos la ropa y riéndoos como si nada. ¿Lo pasasteis bien con ella?

—Joder… —susurró el chaval, tapándose la cara con las manos, temblando visiblemente—.

Joder, Juan... No sé ni qué decirte. Fue una ida de olla, una noche de fiesta igual que lo de hoy.

Pero Anita... Anita estaba de acuerdo, en serio.

Nadie la obligó a nada. A ella le van esas cosas, le pone la caña.

—Tenía que haber entrado en ese baño, arrancaros la cabeza a los dos y llevarme a mi hija a rastras a casa —le solté, clavándole una mirada tan cortante que lo dejó mudo y rígido en el sitio—.

Pero en ese momento no sabía que la que estaba ahí dentro gimiendo era Anita.

Así que me quedé allí, detrás de la puerta, y me hice una paja salvaje escuchando sus gemidos.

Borja se quedó completamente lívido, como si le hubiera dado un bajón de tensión. Se le cortó la respiración de golpe y se tapó la boca con la mano, como si intentara contener una arcada o un grito de puro asombro ante la monstruosidad de lo que acababa de escuchar.

—Hostias… —consiguió soltar con los ojos desorbitados y el rostro completamente pálido—. ¿Y… qué sentiste cuando salisteis y te enteraste de que era Anita?

Me quedé mirándolo en silencio durante unos segundos eternos, dejando que el peso muerto de la verdad flotara en el aire húmedo de la noche. Ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos.

—Fue complicado —le confesé, mirándolo fijamente—. Pero la realidad es que, desde ese maldito día, no hago otra cosa que desearla. La veo con otros ojos cada vez que se pasea por casa; no puedo evitarlo. Anita me la pone dura, Borja. Así de claro.

Borja se quitó la mano de la boca muy despacio, con los dedos temblorosos.

El impacto inicial del tabú empezó a transformarse dentro de sus ojos, contaminado por el mismo morbo oscuro y pantanoso que nos había arrastrado a los tres a la terraza.

Miró de reojo hacia la gran cristalera del salón, como si se asegurara de que Anita seguía durmiendo arriba, y luego volvió a mirarme a mí con una mezcla de horror y fascinación absoluta.

—Estás enfermo, Juan... Estás jodidamente colgado de la cabeza —susurró, pero la complicidad criminal ya estaba firmemente sellada en el tono de su voz—. Primero me dejas follarme a tu mujer delante de ti, y ahora me confiesas que Anita te la pone dura. Es una locura.

Soltó una risa floja, nerviosa, frotándose la nuca mientras intentaba asimilar que el padre de su novia acababa de confesarle semejante secreto.

—¿Y qué vas a hacer si Anita se entera de todo esto? —preguntó, inclinándose hacia delante, completamente atrapado por la perversión de mi secreto, queriendo saber más.

—Anita no va a enterarse de nada a menos que tú abras la puta boca. Ella no debe saberlo jamás. Si se lo cuentas, lo negaré todo ante ella y ante Carmen, y además te romperé la cabeza a golpes, chaval —lo amenacé con una frialdad que le borró la sonrisa de golpe.

—Tranquilo, tranquilo, que no voy a decir nada. Muerto antes —aseguró Borja, tragando saliva—. Pero... ¿Sabe Carmen lo que tú…? —hizo una pausa, intentando buscar la palabra adecuada sin sonar demasiado brusco—. ¿Sabe tu esposa lo que te provoca Anita?

Lo miré con una dureza súbita. De repente, el tono de la conversación comenzó a molestarme profundamente y sentí un ramalazo de arrepentimiento por haber abierto la boca de más con ese niñato. El juego del morbo había llegado a un límite incómodo.

—Por supuesto que no… —Le di un golpe seco en el hombro, cortando el tema de raíz—. Es muy tarde, Borja. Vayamos a dormir de una puta vez.