El Sabor del Tabú Capítulo 20 #4
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Capítulo 20 #4

—Está empapada —soltó Borja, con la respiración totalmente entrecortada, mirando hipnotizado cómo sus propios dedos se hundían en la entrepierna de Carmen—. Tiene el coño ardiendo…

Carmen dejó escapar un berrido agudo, un gemido de pura gata en celo, agarrándose con las uñas a los hombros de Borja mientras el chaval empezaba a mover los dedos con más malicia, siguiendo la costura del encaje, presionando y hundiéndole la tela justo en el centro de su humedad.

Borja no pudo esperar más. Levantó a Carmen en brazos, ignorando cualquier delicadeza, y la tendió sobre la mesa baja de cristal.

Al hacerlo, una de las copas de gintonic cayó al suelo, estallando en mil pedazos con un ruido seco que a nadie le importó.

Ella soltó un jadeo de sorpresa que se ahogó de inmediato cuando su espalda y sus muslos golpearon la superficie fría.

Sin miramientos, Borja se metió entre sus rodillas, le abrió las piernas y le bajó el tanga con un tirón firme y seco, dejándolo colgando de uno de sus tobillos.

Frente a sus ojos hambrientos quedó expuesta, sin ningún tipo de filtro, la intimidad prohibida de su suegra.

Carmen conservaba un vello púbico espeso, un triángulo rubio en forma de V perfecta que recortaba su piel pálida y que ya brillaba, completamente empapada por sus propios jugos, desprendiendo un olor almizclado que inundó el aire.

—¿Tiene buen coño tu suegra? —le pregunté con la voz pastosa, áspera por el alcohol y la excitación, mientras me incorporaba del sillón de mimbre con paso firme y me bajaba los pantalones, dejando mi erección al aire.

—Menudo chochazo de zorra tiene… —soltó Borja con una respiración tan ruidosa y ahogada que parecía faltarle el aire por completo.

Sus dedos, grandes y torpes por la prisa y la adrenalina, se hundieron de golpe en la hendidura de Carmen, comprobando cómo el vello púbico espeso estaba completamente empapado y pegajoso de su propio flujo.

—Jódetela —le instigué, saboreando el veneno de la humillación visual de ver a mi propia esposa, la respetable abogada, convertida en el juguete del novio de mi hija.

Borja no necesitó que se lo repitiera. Se puso de rodillas sobre el césped húmedo, hincó las manos con una fuerza brutal en las nalgas firmes de Carmen para levantarle la pelvis y hundió la cara entera en su V de pelo claro.

El primer lametón fue ascendente, largo, ruidoso y despiadado, directo a su clítoris hinchado y palpitante.

Carmen soltó un berrido agudo, un grito salvaje que rasgó la madrugada de Almadrava del Mar, mientras arqueaba la columna y se aferraba con las uñas al pelo del chaval para estamparlo con más saña contra su propia entrepierna.

—¡Oh, Dios! ¡Borja, sí! ¡Come, cabrón, trágatelo todo! —chillaba mi mujer, completamente desatada, perdiendo el último gramo de dignidad y decencia, balanceando las caderas de forma lasciva sobre su rostro.

La devoraba con rabia, metiéndole dos dedos dentro con un chasquido húmedo y constante que me reventaba la cabeza de morbo.

Carmen se contrajo entera sobre la mesa, poniéndose rígida y temblando de la cabeza a los pies mientras se corría de forma violenta en la boca del chaval.

Borja no se apartó ni un milímetro; lamió y tragó cada gota de su orgasmo como si fuera un animal sediento, saboreándola antes de incorporarse.

Se colocó de pie frente a ella, exhibiendo su polla dura y brillante por el líquido preseminal. Carmen, completamente abierta sobre la mesa de cristal, la miró con una lascivia salvaje, relamiéndose los labios corridos de carmín.

—Métesela. Reviéntala de una puta vez —le ordené desde mi sitio, con la voz rota por la excitación.

Borja se encajó entre sus piernas y, con un empuje seco y brutal, hundió la polla de un solo golpe.

El crujido húmedo de la carne al unirse fue tapado por el grito ensordecedor de mi mujer, que clavó las uñas en el cristal de la mesa.

El polvo fue crudo, real, despiadado. Borja la embestía con rabia, haciéndola avanzar a sacudidas sobre la mesa, y dándole azotes secos en el trasero que dejaban la marca roja de sus palmas grabada en su piel bronceada.

—¡Te gusta esto, perra! ¡Te gusta que el novio de tu hija te llene el coño de leche mientras tu marido mira de frente! —le rugía el chaval al oído, tirándole del pelo hacia atrás para obligarla a ver cómo yo disfrutaba de su sumisión.

—¡Sí, joder, sí! ¡Dame más fuerte, Borja! ¡Lléname! —respondía ella con la voz ronca, completamente poseída por el sacrilegio.

Carmen se corrió dos veces más, casi seguidas, gritando el nombre de su yerno y estrechando las paredes de su coño con tanta fuerza que obligó a Borja a soltar un alarido gutural.

El chico la agarró por las caderas y se vació por completo dentro de ella, dándole tres embestidas agónicas mientras le inyectaba toda su corrida caliente y abundante en lo más profundo de su sexo.

Cuando se retiró jadeando, exhausto, el semen espeso mezclado con sus fluidos comenzó a resbalar en un hilo denso y blanquecino por el muslo interno de Carmen, goteando directamente sobre la madera y el cristal, dejando a mi mujer abierta y totalmente marcada por el novio de nuestra hija.