Capítulo 20 #3
—No pasa nada, mi amor. Confía en mí… —le susurré al oído, con una voz suave pero implacable que no admitía réplica. Deslicé mis manos hacia sus caderas y la empujé suavemente hacia delante, rompiendo el espacio que la separaba de mi futuro yerno—. Ve con él.
No opuso resistencia. Con una lentitud elegante y felina, se deslizó de mis muslos, pero al incorporarse, la seda verde botella terminó de resbalar por completo por sus caderas, cayendo al suelo en un montón de tela inútil sobre el césped.
Se quedó de pie en mitad de la terraza, completamente desinhibida, desnuda por completo a excepción de un minúsculo tanga negro de encaje y los zapatos de tacón medio que estilizaban sus piernas maduras y perfectas.
Sin apartar los ojos de los míos, como si quisiera retarme, castigarme o buscar el último límite de mi cordura, dio los dos pasos que la separaban de Borja, haciendo resonar la punta de sus tacones contra las losas del porche con un eco seco y obsceno.
El chaval ni siquiera se movió; parecía un animal deslumbrado por los faros de un camión a punto de arrollarlo.
Tenía la boca entreabierta, las pupilas fijas en el balanceo de las tetas de mi mujer y la respiración tan acelerada que casi se le salía el corazón del pecho ante la visión de su atractiva suegra, desnuda en tacones, ofreciéndose a escasos centímetros de sus manos.
—Siéntate sobre él y deja que te acaricie —le ordené, ensanchando mi sonrisa, completamente ebrio por el poder de la situación—. Eres su suegra y el chico tiene derecho a comprobar la mercancía.
Al escuchar mis palabras, una chispa de desafío electrizó los ojos verdes de Carmen. Borja, con las manos temblorosas y el rostro desencajado por la incredulidad, no se atrevía a respirar.
Carmen apoyó una mano en el hombro de Borja y, despacio, dejó caer todo el peso de sus caderas desnudas sobre su regazo.
El minúsculo tejido del tanga negro se aplastó directamente contra los pantalones del chico, que soltó un gruñido ahogado, abriendo las piernas para encajarla mientras sus dedos se hundían instintivamente, con desesperación, en la carne firme de sus muslos descubiertos.
—¿De verdad... de verdad puedo tocarla? —masculló Borja con una voz ronca, espesa, casi irreconocible por la lujuria.
—Haz lo que quieras con ella, Borja. Toda tuya. Disfrútala. Pero mírame a mí mientras lo haces —le contesté, con una calma fingida que contrastaba con el latido salvaje de mis sienes.
Me recosté por completo en el sillón de mimbre, crucé las piernas y cogí mi copa de gintonic con una mano fría, firme, preparándome para presenciar desde la primera fila la mayor y más oscura locura de mi vida.
—Dios, Carmen... qué puta locura —comentó Borja, perdiendo por completo los papeles y cualquier atisbo de cordura.
Pegó su boca directamente al cuello de mi esposa, devorándola a lametones hambrientos y subiendo sus manos desbocadas para estrujarle las tetas con una fuerza animal, haciendo que la carne madura y los pezones oscuros se deformaran salvajemente entre sus dedos—.
Estás durísima... hueles a gloria, joder. Qué pedazo de hembra estás hecha.
Desde mi sitio, el morbo me estaba reventando la cabeza, acelerándome el pulso hasta el límite de la taquicardia.
Ver al novio de mi hija manoseando, estrujando y babeando el cuerpo desnudo de mi esposa en el jardín de nuestra propia casa era una experiencia tan jodidamente humillante como adictiva.
La complicidad sucia entre los tres era total, absoluta.
—Bésala, Borja. Dale un buen morreo —le ordené desde mi sillón.
Borja no necesitó que se lo repitiera dos veces.
Agarró a Carmen por la nuca con una fuerza desmedida, hostil, hincando los dedos en su moño alto hasta desarmarlo por completo.
El pelo rubio de mi mujer cayó en una cascada desordenada sobre sus hombros desnudos justo cuando el chaval le estampó la boca contra la suya.
Fue un morreo salvaje, húmedo, ruidoso, cargado de la urgencia del que sabe que está cometiendo un pecado imperdonable.
—Eso es, Borja… muérdele el labio, que note cómo la enganchas —comenté, relamiéndome mientras disfrutaba de la humillación visual en primera fila—. Mira cómo se retuerce sobre ti. Le encanta que la traten como lo que es. Una golfa.
Los dos seguían devorándose en el sillón de enfrente, ajenos al mundo, emborrachados de piel y saliva.
—Abre las piernas, Carmen —le solté en un susurro áspero, arrastrando las palabras con una autoridad que la hizo temblar—. Ábrete de piernas para que te toque.
Ella, sin romper el beso con Borja, obedeció de forma instintiva, completamente anulada por la sumisión del momento.
Separó las rodillas por completo, abriéndose de piernas de par en par.
La mano derecha de Borja, que hasta ese momento le estrujaba la cintura, bajó con decisión, resbalando por la piel ardiente del muslo de mi mujer, directo hacia el centro de toda la tensión.
Cuando los dedos de él alcanzaron la entrepierna de Carmen, ella se tensó por completo, rompiendo el beso con un jadeo sonoro que resonó en todo el porche.
—Dios… Borja… —gimió mirando al cielo, con los ojos en blanco, entregada, mientras la mano del chaval se posaba con firmeza sobre su tanga.
Borja empezó a acariciarla por encima de la fina tela, hundiendo la palma de la mano con fuerza, frotando con un ritmo lento, pesado y obsceno que hacía que el tejido se clavara en su intimidad.