Capítulo 20 #2
Carmen asintió con una sonrisa flotante, esa sonrisa dócil que solo le daba el alcohol.
Entró al porche balanceando las caderas y, al cabo de unos minutos, regresó con tres vasos anchos rebosantes de ginebra y tónica.
El hielo tintineaba con un eco cristalino en el silencio de la madrugada.
Dejó dos vasos sobre la mesa baja de cristal y, cuando se disponía a sentarse en el sillón de enfrente, justo a mi lado, estiré el brazo con rapidez.
La agarré por la muñeca y la atraje hacia mí con un tirón seco, posesivo, obligándola a caer de golpe sobre mis piernas.
—¡Ay, Juan! ¿Qué coño haces? —protestó ella en un susurro sofocado.
Amagó con levantarse, pero fue un intento patético; su cuerpo, completamente relajado y encendido por el alcohol, apenas opuso resistencia.
Al caer, el vestido de seda verde se le subió de mala manera.
Sus muslos desnudos, maduros y calientes, se estamparon contra la tela de mis pantalones, amoldándose a mi erección desbocada.
Carmen ahogó un gemido al sentir la dureza de mi entrepierna presionando directamente contra su culo, a la vista de mi futuro yerno.
Borja, sentado a escaso un metro de nosotros, se reclinó hacia atrás en su asiento de mimbre, abriendo ligeramente las piernas.
Clavó su mirada fija en el cuerpo de mi mujer sobre mi regazo; devoraba la escena sin disimular lo más mínimo la fascinación y el morbo que sentía al ver a su suegra en esa postura.
—Tranquila, Carmen... no te cortes. Si estamos en familia —soltó con una sonrisa lenta, con una seguridad canalla que me demostró que el alcohol y mis confesiones en la barra le habían quitado el puto miedo de golpe.
—¿Lo ves? A Borja no le importa. Le encanta —le susurré a mi esposa, agarrándola con fuerza de la nuca, hincando los dedos en su pelo.
Sin darle tiempo a replicar, le sellé la boca con un morreo salvaje, metiéndole la lengua hasta el fondo en una embestida húmeda, reclamando mi posesión absoluta delante del joven.
Carmen soltó una protesta tibia contra mis labios, pero el exhibicionismo de la situación y la borrachera la atraparon en un segundo.
Poco a poco empezó a devolverme el beso, primero con un amago de timidez y después con una intensidad brutal, desesperada, moviendo el culo con un ritmo lento y pesado sobre mis muslos.
Mi mano derecha bajó por su espalda y se hundió sin contemplaciones en su nalga, enterrando los dedos en la carne firme a través de la seda del vestido, moldeándola a mi antojo para que Borja viera cómo la manejaba.
Cuando nos separamos, ambos estábamos jadeando.
El carmín de los labios de Carmen estaba corrido por toda su boca y la barbilla, dándole un aspecto desaliñado, sumamente ardiente.
Cogió su copa de la mesa con la mano temblorosa y le dio un sorbo largo, tragando ginebra con ganas mientras me miraba con los ojos encendidos de deseo, completamente expuesta ante el chaval que devoraba cada uno de sus movimientos desde el sillón de enfrente.
—Joder, Juan... cómo os lo montáis —comentó Borja desde su sillón.
Se inclinó hacia delante en un movimiento puramente animal, apoyando los codos en las rodillas y clavando la mirada fija en el escote de Carmen, que subía y bajaba a un ritmo acelerado—.
Tengo que reconocer que te conservas de puta madre, Carmen.
Estás jodidamente espectacular. En serio.
Carmen soltó una carcajada floja, entornando los ojos vidriosos por el alcohol. Le dio otro sorbo largo a su gintonic, visiblemente halagada y encendida por el descaro de su joven yerno.
—¿En serio lo crees, Borja? —preguntó con una coquetería desatada, ronroneando las palabras con una malicia que yo jamás le había visto desplegar delante de extraños—. No digas tonterías… debes verme como una vieja.
—Estás para comerte —le espetó Borja, con un tono cada vez más denso y obsceno, perdiendo por completo cualquier filtro de respeto protocolario—. Tienes mejor cuerpo que la mayoría de las chicas de mi clase. Vaya par de piernas tienes con ese vestido... es una puta locura.
Le hice un gesto de complicidad a mi yerno y, despacio, deslicé mis manos por los muslos de mi mujer, arrastrando la seda verde hacia arriba.
—Tranquila, cariño —le susurré a mi esposa contra su oído.
Carmen no respondió con palabras. Estaba demasiado borracha, demasiado encendida por el exhibicionismo de la situación; solo soltó un jadeo trémulo y entreabrió las piernas, dejándose hacer por completo.
Subí el tejido de golpe hasta las caderas, descubriendo la rotundidad de sus muslos maduros y el encaje negro de su lencería, totalmente expuesta.
—Es para que vea las piernas tan jodidamente bonitas que tienes, mi vida —le dije a Carmen, mientras obligaba a Borja a mirar cómo mis dedos se hundían en la carne firme de su suegra, tensando la cuerda hasta rozar el límite de lo prohibido.
—Lo dicho, Carmen… Estás jodidamente buena —soltó Borja con la voz rota, completamente quebrado por la visión de su suegra expuesta para él.
Al escuchar la crudeza del joven, noté perfectamente cómo el cuerpo de mi mujer tembló de arriba abajo contra el mío.
Fue una sacudida, un espasmo de puro placer y vergüenza que la hizo humedecer las bragas.
Se aferró a mis hombros con las uñas clavadas, respirando a bocanadas, atrapada sin escapatoria en el triángulo sucio que acabábamos de abrir en mitad del jardín.
—Ahora que ya tenemos confianza y estamos pasándolo bien los tres, cuéntale a Borja qué es lo que más te gusta que te haga en la cama, Carmen... —le susurré al oído, mordiéndole sutilmente el lóbulo mientras mi mano izquierda subía por su vientre, rompiendo la caída de la seda hacia su pecho.
—Calla, Juan, no digas tonterías… —murmuró ella en un jadeo—. Me voy a la cama; es muy tarde… —añadió sin intentar siquiera levantarse de mi regazo.
Pero su cuerpo la traicionaba por completo. Arqueó la espalda hacia atrás, buscando el contacto, y dejó escapar un suspiro caliente cuando mis dedos empezaron a delinear el contorno de su escote, hundiéndose en el canal de sus pechos.
Decidido a dinamitar la última barrera que quedaba en esa terraza, deslicé mis dedos bajo los finos tirantes verdes de su vestido.
Con un movimiento pausado, calculado al milímetro para que Borja no se perdiera un solo detalle, le bajé la tela por los hombros.
La seda cedió hacia abajo con un roce húmedo hasta que el corpiño cayó por completo, dejando los pechos grandes y naturales de mi esposa totalmente al descubierto bajo la luz de la luna.
Carmen dio un respingo de sorpresa, soltando un «¡Ah!» ahogado e intentando cubrirse los pezones con una mano, pero yo le sujeté las muñecas con firmeza, echándoselas hacia atrás y exponiendo su desnudez por completo ante los ojos abiertos de par en par de Borja.
—Menudo par de tetas tiene tu suegra, ¿no te parece, Borja?
—le solté con una sonrisa cínica, perdiendo por completo el control por el morbo salvaje de la escena mientras me inclinaba hacia delante, obligándolo a sostener la mirada—.
No has dejado de desear sus tetas desde el primer día que entraste por la puerta de esta casa y la viste en bikini.
¿De verdad creías que no me daba cuenta de cómo te la comías con los ojos, cabrón?
Borja se quedó petrificado, con la respiración entrecortada y la boca entreabierta, alternando la mirada entre mis ojos y los pezones oscuros de Carmen, que relucían húmedos por mi saliva bajo la luz de la luna.
—Sí, joder… Sí, la miraba —confesó Borja en un hilo de voz, rindiéndose por completo al morbo y perdiendo el último rastro de vergüenza—. Es que es imposible no mirarla, Juan. Desde el primer día me puso la polla como una piedra.
Bajo mi cuerpo, Carmen soltó un jadeo agudo, mezcla de humillación y una excitación que ya no podía reprimir.
Intentó esconder la cara en mi cuello, pero el temblor de sus muslos desnudos y abiertos sobre mi regazo la delataba por completo: la crudeza con la que aireaba su cuerpo delante del novio de su hija la estaba volviendo loca.
Me enterré de golpe entre sus pechos, comenzando a devorarle la carne con desesperación.
Le mordí los pezones oscuros, que se habían puesto rígidos al instante por el aire fresco de la noche y la brutalidad de la excitación.
Carmen soltó un gemido alto, agudo, que rompió el silencio del jardín, echando la cabeza hacia atrás y clavando las uñas en mi cuero cabelludo mientras se retorcía sobre mí y buscaba apoyo sobre mis piernas.
—¡Cómo me pones, Carmen! —soltó Borja, apretando los dientes mientras se llevaba una mano a los pantalones, incapaz de disimular la tremenda erección que le deformaba la tela—. Me estás poniendo que me muero, joder... Déjame tocarla, Juan, por lo que más quieras.
—Ve con él —le ordené con la voz rota, áspera por el morbo devorador que me estaba quemando las entrañas.
Carmen se quedó completamente paralizada sobre mis piernas, rígida como una estatua de carne caliente.
Me miró fijamente a los ojos, temblando de arriba abajo, con una mezcla absoluta de estupor, incredulidad y una excitación salvaje que desbordaba y dominaba por completo su parte más racional.
Se sentía expuesta, desnudada no solo de ropa, sino de toda su dignidad de esposa y madre, convertida en un trozo de carne codiciado por el novio de su hija.
—Juan, ¿por qué me haces esto? —consiguió articular en un hilo de voz que vibraba entre el pánico y el deseo más oscuro.
La miré fijamente, disfrutando de su sumisión, de ver a la estricta abogada completamente rota y entregada al morbo. Le acaricié la mejilla con una lentitud casi cruel, saboreando el poder absoluto que tenía sobre ella en ese instante.