Capítulo 20
El sábado por la noche, la tensión que se había ido cocinando a fuego lento durante la semana bajo el sol alcanzó su punto de ebullición.
El ambiente en el chalé estaba cargado de una electricidad extraña, un morbo cruzado en el que cada mirada contenía un segundo significado.
Salimos a cenar a un restaurante exclusivo del puerto deportivo.
Carmen estaba espectacular. Se había puesto un vestido de seda verde botella, de tirantes finos, con un escote generoso que realzaba sus pechos y un corte lateral en la falda que dejaba al descubierto casi la totalidad de su muslo izquierdo cada vez que daba un paso.
Se había recogido el pelo en un moño alto, dejando su cuello estilizado completamente libre.
Anita, por su parte, lucía un vestido corto blanco, ceñido al cuerpo, que contrastaba con su piel bronceada y resaltaba sus formas jóvenes y turgentes.
Borja vestía unos pantalones chinos oscuros y una camisa de lino azul claro con los primeros tres botones desabrochados, exponiendo su pecho atlético.
Yo me decanté por un traje ligero sin corbata, manteniendo la apariencia del hombre maduro que tenía el control de la situación.
Sentado frente a mi esposa, noté perfectamente cómo Borja desviaba los ojos hacia el escote de Carmen cada vez que ella se inclinaba para hablar, y cómo ella, lejos de incomodarse, reía con una soltura inusual, humedeciéndose los labios tras cada sorbo de vino blanco.
Anita, entretanto, buscaba mi aprobación con comentarios sobre sus estudios, pero mi mente estaba dividida entre el recuerdo de los gemidos de Adriana y la sospecha de lo que ocurría a mis espaldas en mi propio matrimonio.
El alcohol empezó a hacer su trabajo. En la segunda botella de vino, las risas se volvieron más sonoras, las inhibiciones comenzaron a desmoronarse y la conversación adquirió un tinte mucho más relajado y sugerente.
Después de cenar, el calor de la noche nos empujó a buscar más ambiente en los locales nocturnos del puerto deportivo.
Entramos en un pub de moda, con la música alta y luces tenues de color violeta.
Casi de inmediato, Anita arrastró a su madre hacia la pista de baile.
Carmen protestó al principio, riendo con timidez, pero la insistencia de su hija y las copas que llevaba encima la hicieron ceder.
Borja y yo nos quedamos en la barra, apoyados contra la madera, pidiendo una nueva ronda de gintonics.
Desde nuestra posición, teníamos una vista perfecta y privilegiada de la pista.
Las miradas de ambos se clavaron en ellas.
Carmen y Anita bailaban juntas, moviendo las caderas al ritmo de la música.
Ver a mi esposa de espaldas, arqueando la pelvis con el vestido verde ceñido a sus nalgas, mientras mi hija se movía con soltura, generaba un cortocircuito absoluto en mi cabeza.
—Hay que reconocer que tienes mucha suerte, Juan —soltó Borja de repente. Dio un trago largo a su copa de balón sin apartar los ojos de la pista de baile.
—¿Ah, sí? ¿Por qué lo dices? —pregunté, forzando una sonrisa de complicidad masculina mientras apretaba el vaso con demasiada fuerza.
—¿Puedo hablarte con confianza? De hombre a hombre —dijo, volviéndose hacia mí con los ojos sutilmente vidriosos por el alcohol. Me cogió por los hombros, apretando con esa familiaridad pesada de los tíos que se creen los dueños del mundo.
—Sí… claro. Dispara.
—Anita es increíble… Estoy loco por ella, Juan. En serio —confesó, entornando los ojos hacia la pista—. En cuanto termine el máster y entre como directivo en la empresa de mi viejo, voy a pedirle que se case conmigo. Es la mujer de mi vida.
Sentí un pinchazo en el estómago, pero mantuve la fachada.
—Me alegra oír eso, Borja… Anita es una chica muy especial. Es mi princesa. Parece que fue ayer cuando jugaba con muñecas y ahora… bueno, ahí la tienes. Se ha convertido en una preciosa mujer. Me siento muy orgulloso de ella.
—Es un auténtico bombón, si me permites el atrevimiento —soltó él, soltando una carcajada y dándome una palmada en la espalda que me sentó como una patada—. Aunque tú, suegro, tampoco puedes quejarte. Tienes un pedazo de hembra a tu lado que ya quisieran muchos.
El trago se me congeló en la garganta.
—Con todo el respeto, hay que reconocer que Carmen está impresionante. En serio, Juan, nadie diría la edad que tiene. Mírala cómo se mueve... Hay tías de la edad de Anita que no tienen ese ritmo ni de coña. Tienes la casa bien servida, cabrón.
Fijé la mirada en la pista. Carmen y mi hija bailaban juntas, ajenas a la barra.
Escuchar a Borja mezclando en la misma frase de borrachera la carne de mi mujer y la de mi hija me provocó una inesperada y violenta erección que apenas pude disimular.
El calor me subió de golpe a la entrepierna, denso y oscuro.
—No te equivocas, Borja —le dije, dándole un trago corto a mi vaso y acercándome a su oído para que me escuchara por encima del zumbido de los altavoces—. Carmen está mejor ahora que cuando tenía veinte años. Es una mujer madura, de las que saben perfectamente lo que desean.
—¡Buf…! —suspiró él, clavando los ojos en el vaivén de las caderas de mi esposa—. El puto morbo de las MILFs con experiencia. Según tengo entendido, las tías con la edad pierden complejos y se vuelven mucho más traviesas.
—Entre tú y yo —continué, sabiendo de sobra que estaba cruzando una línea roja, pero la adrenalina me impedía controlarme—.
Ahora mismo me cuesta seguirle el ritmo.
No sé cómo será mi hija en las distancias cortas, Borja, pero su madre en la cama es un auténtico volcán.
No te imaginas la energía que tiene cuando se suelta. Es insaciable.
Borja se giró lentamente hacia mí. Tenía las pupilas dilatadas por el alcohol, pero ahora también por la sorpresa y el impacto salvaje de mi confesión.
Su respiración se volvió notablemente más agitada.
Se lamió los labios de forma inconsciente, mirando de reojo hacia la pista donde Carmen, arrastrada por el ritmo de la música, levantaba los brazos y dejaba adivinar el contorno firme de sus pechos bajo la seda verde de su vestido.
—¿En serio? —murmuró, con la voz rota, mucho más ronca—. Joder, Juan... no me la imaginaba así. Siempre parece tan… tan seria.
—Pura fachada, chaval —le solté con una crudeza que me erizó la piel—. Tu suegra es una auténtica perra en la cama.
Disfruté ver cómo los ojos de mi futuro yerno se enturbiaban por completo. Le estaba regalando una imagen mental que lo iba a devorar por dentro, convirtiendo la pulcritud de mi familia en un burdel flotante bajo las luces de neón.
Estábamos completamente desinhibidos, hablando sin filtros en la barra, cuando la música cambió de ritmo. Carmen y Anita regresaron hacia nosotros, sofocadas y riendo, con las mejillas encendidas por el baile, el calor del local y el alcohol.
Para cortar la tensión antes de que fuera evidente, di un paso al frente.
Agarré a Carmen por la cintura con firmeza y la atraje hacia mí de golpe, plantándole un beso profundo y húmedo en la boca.
Era un gesto posesivo, una forma de reclamar mi propiedad justo delante de los ojos de mi joven yerno.
Carmen, sorprendida por mi inusual demostración pública pero encendida por las copas, me devolvió el beso rodeando mi cuello con los brazos, entregándose al juego.
Borja, imitando mi gesto de posesión y probablemente con la cabeza a mil por hora por las salvajadas que le acababa de contar sobre mi mujer, agarró a Anita por las caderas y le dio un beso idéntico, salvaje y hambriento.
Mientras la besaba, sus ojos se cruzaron fugazmente con los míos por encima del hombro de mi hija.
Había un brillo de complicidad turbia en su mirada que me encendió la sangre.
En ese momento pensé en cuánto me hubiera gustado cambiar a mi esposa por Anita.
Decidimos que era hora de volver. Los cuatro habíamos bebido mucho, pero especialmente Carmen, que no estaba en absoluto acostumbrada a ese ritmo de copas. Mostraban una embriaguez juguetona, risueña y vulnerable que multiplicaba el morbo de la noche por cien.
Al llegar al chalé, el frescor de la madrugada en el jardín nos recibió como un alivio necesario.
Nos descalzamos sobre el césped húmedo, sintiendo el contraste frío contra la piel.
Anita, que apenas podía mantener los ojos abiertos por el cansancio y los gintonics, se apoyó pesadamente en el hombro de Borja.
—Uf, yo me voy a la cama ya… me da vueltas todo —anunció arrastrando las palabras.
Le dio un beso corto a su novio y se despidió de nosotros con un gesto vago de la mano mientras entraba a la casa de puntillas, balanceándose ligeramente. Su marcha nos dejó a los tres en el jardín, bajo la luz de la luna, con la tensión flotando en el aire como pólvora a punto de estallar.
Borja y yo nos dejamos caer en los sillones de mimbre de la zona de estar exterior.
—Carmen, prepárate unas copas, anda —le pedí a mi mujer, recostándome hacia atrás y mirándola de arriba abajo—. Vamos a rematar la noche aquí fuera, que se está de lujo.
—Será mejor que nos marchemos todos a dormir. Ya hemos bebido más de la cuenta —intentó convencernos, aunque la voz se le arrastraba un poco. Se acarició el cuello, exhalando un suspiro cálido—. Tengo los pies reventados de tanto bailar y me temo que mañana me va a estallar la cabeza.
—Venga, Carmen. No seas aguafiestas como tu hija —soltó Borja, con una risita descarada, recorriendo con la mirada las piernas de mi esposa sin el menor reparo—. Estamos de vacaciones y que nos quiten lo bailado. Tómate la última con nosotros.