Capítulo 19
El viaje a Almadrava del Mar fue un trayecto asfixiante de más de cinco horas por la autovía, con el maletero del coche cargado hasta los topes con tres maletas gigantescas.
En el habitáculo, el ambiente era tenso, denso como el aire de agosto.
Carmen se pasó medio viaje mirando por la ventanilla, respondiendo con monosílabos y tecleando en su móvil con una sonrisa esquiva que a mí me revolvía las tripas, haciéndome pensar inevitablemente en el tal Isi.
En el asiento de atrás, Anita iba absorta con sus auriculares puestos, ajena por completo a la guerra fría que se respiraba en la parte delantera.
De vez en cuando miraba por el espejo retrovisor, fijándome en sus pantalones cortos y su postura relajada, con los pies descalzos encima del asiento. Estaba deliciosa.
El chalé que teníamos en la costa era nuestro refugio habitual: una edificación de dos plantas de estilo mediterráneo, con paredes blancas y una terraza enorme que daba directamente a una piscina privada rodeada de césped y palmeras.
Estaba apartado de las zonas más turísticas, garantizando esa discreción que tanto valorábamos.
Los primeros días transcurrieron en una rutina monótona pero visualmente insoportable para mí.
Carmen y Anita se pasaban las horas muertas tomando el sol junto a la piscina.
Desde la cristalera del salón, bajo el aire acondicionado, yo no podía apartar los ojos de ellas.
Mis dos mujeres, como yo las denominaba mentalmente.
Carmen, mi esposa, lucía un bikini negro que realzaba sus curvas maduras.
Verla tumbarse bocarriba, desabrocharse el sostén para no dejar marcas en su espalda y extenderse bronceador por los muslos me generaba una mezcla brutal de rabia y excitación.
A su lado, Anita, con un bikini minúsculo de hilo tipo tanga, representaba la juventud inocente… o la falsa inocencia.
Observaba a mi propia hija tumbada al sol y no podía evitar verla como una extraña, una mujer con secretos oscuros que se reía de las infidelidades de su novio.
Esa calma tensa estalló a los cuatro días, a media tarde, cuando el sonido de un motor potente interrumpió el silencio de la urbanización. Un descapotable rojo frenó frente a la verja del chalé. Era Borja.
Anita saltó de la tumbona con un chillido de alegría y corrió a abrirle. El chaval entró con una sonrisa de suficiencia, el pelo castaño ligeramente despeinado por el viento, vistiendo solo un bañador de marca y una camisa de lino abierta que dejaba ver un pecho atlético y cuidado.
—¡Borja! —Qué alegría —le recibió Carmen, incorporándose de la tumbona con una sonrisa radiante y volviéndose a abrochar el bikini a toda prisa, con una coquetería que me encendió la sangre.
—Hola, Carmen. Me encanta este lugar —respondió él, dándole dos besos protocolarios en las mejillas, bajando la mirada un segundo de más por los pechos de mi mujer antes de abrazar a Anita por la cintura.
Yo salí al porche con un polo entreabierto y los pantalones cortos, midiendo el terreno. Era mi casa y yo ponía las reglas.
—Bienvenido, Borja. Pasa, estás en tu casa —le dije, estrechándole la mano.
Su agarre fue firme, directo. Al mirarle a los ojos, no pude evitar ver al hijo de puta que había intentado follarse a Adriana en un chalé mientras mi hija dormía, o peor aún, el mismo que compartía a mi hija con uno de sus amigos.
El morbo y la hostilidad se me mezclaron en el estómago en un cóctel explosivo.
La intensidad en la casa se multiplicó por mil desde esa misma tarde. Con Borja instalado en la habitación de invitados, al lado de la de Anita, el ambiente se volvió puramente eléctrico.
Borja se tiró al agua, emergiendo con el pelo mojado y echado hacia atrás, con el agua resbalando por sus abdominales marcados.
Anita se sentó en el borde de la piscina, dejando que él le acariciara las piernas húmedas desde dentro del agua, pero yo, desde mi tumbona, no perdía detalle de sus movimientos.
Vi perfectamente cómo los ojos de Borja se desviaban hacia las piernas de Carmen cuando ella se levantó para ir a por unos refrescos, y cómo mi esposa, consciente de su mirada, arqueaba la espalda de forma felina al estirarse para coger la toalla.
Todos en esa casa ocultábamos algo. Mi mujer fantaseaba con volver a la cama de su amante motero; mi yerno era incapaz de disimular la atracción que sentía por su suegra, mientras que mi hija, consentía las libertades de su pareja con una inocencia sospechosa, y yo…
yo estaba en medio de todos ellos, devorado por el deseo de Anita.
Vigilaba el comportamiento de las dos mujeres de mi familia, sintiendo que la situación estaba a punto de estallar de la forma más salvaje posible.