Capítulo 18
Llegó agosto y, con él, las inevitables vacaciones familiares. Fue una papeleta difícil tener que explicarle a una amante tan absorbente como Adriana que no iba a volver a verla en tres semanas.
Tal y como me temía, la chica no se lo tomó nada bien. Para amortiguar el golpe y no estropear del todo el encuentro, decidí esperar a que termináramos de follarnos para soltar la bomba, aprovechando que todavía estaba relajada por el orgasmo.
—Sabía que os ibais tres semanas a la costa, como todos los años —me dijo, apoyando la cabeza en mi pecho—. Anita me lo contó hace unos días. Lo que no sabía es que no te vas a poder escapar ni un solo día para venir a verme… ¿Tan poco te importo? Diles que tienes algo urgente en Madrid.
—Ya me gustaría… Pero no puedo, mi amor —respondí, dándole un beso corto en los labios mientras empezaba a incorporarme—. No hay excusas que valgan.
Su expresión cambió en un segundo. La vulnerabilidad se transformó en pura furia y en un odio visceral hacia mi vida familiar.
—Eres un hijo de puta… No quiero volver a verte —escupió, dándome la espalda.
No quise entrar en su juego dramático. Me levanté de la cama y comencé a vestirme con parsimonia, recogiendo mi ropa del suelo. Como siempre que estallaba, a los pocos minutos, el orgullo se le desmoronó y Adriana se puso a llorar, tapándose la cara con las sábanas del hostal.
—Te pasarás todo el verano follándote a esa zorra… Hará que te olvides de mí —soltó con rabia y despecho, refiriéndose a Carmen.
Me detuve, mientras me abrochaba el pantalón y la miré con dureza. El recuerdo de mi mujer con el tal Isi seguía escociéndome, pero no iba a tolerar que ella la insultara.
—Sabes que no me gusta que hables así de Carmen. Si alguien va a echar de menos estos encuentros, seré yo —le aseguré, suavizando la voz para calmarla—. Solo son tres semanas, Adriana. Te juro que te llamaré todos los días por teléfono.
—¿Todos los días? —preguntó, mirándome entre las sábanas con los ojos rojos, pareciendo consolarse con esa migaja de atención—. Júramelo.
—Te lo prometo —le respondí, acercándome a la cama—. ¿No decías que querías ir con tu prima a la Provenza? Aprovecha estos días para viajar y distraerte un poco. Te vendrá bien salir de Madrid.
Ella seguía completamente desnuda sobre la cama, con su exquisito cuerpo expuesto ante mí.
—Tal vez lo haga —intentó sonreír, adoptando una postura más sugerente—. ¿Pensarás en mí?
Me acerqué y volví a besarla con fuerza.
Por un momento, al verla así de dócil y provocativa, me dieron unas ganas tremendas de volver a tirármela; estaba auténticamente loco por su cuerpo.
Pero miré el reloj: se hacía tarde y sabía perfectamente que, si volvíamos a tener sexo, después tendría que emplear todavía más tiempo en hablar, consolarla y calmar sus ansias románticas, y no podía retrasarme más. Me separé con esfuerzo.
Fue entonces cuando ella, buscando alargar el encuentro, soltó un comentario que me descolocó por completo.
—Me ha dicho Anita que va a invitar a su novio a pasar las vacaciones con vosotros en Almadrava del Mar. Que su madre y le ha dado permiso. Aunque dice que la mojigata de tu esposa le ha dicho que Borja tendrá que dormir en el dormitorio de invitados.
Me encogí de hombros, disimulando la punzada de molestia por no enterarme de las cosas de mi propia casa.
—La verdad es que no tenía ni idea. Carmen no me ha dicho nada.
—Es guapo… —comentó Adriana incorporándose en la cama.
Cogió un pañuelo de papel y comenzó a pasárselo con total naturalidad por las tetas, que todavía las tenía manchadas de mi semen—.
Hay que reconocer que tu niña ha sabido elegir un buen partido.
Guapo y rico —añadió con una sutil dosis de malicia en los ojos. Tonta no es.
—Supongo que sí —respondí, mirándola fijamente—. ¿Cómo es realmente Borja? ¿Lo conoces bien?
Ella soltó una carcajada limpia, como si recordara una travesura.
—Parece majo, pero en una fiesta intentó liarse conmigo.
—¿En serio? —la pregunta me salió automática.
—Sí, pero habíamos bebido y fumado un montón. Nos dimos un morreo —explicó, restándole importancia—. Él quiso ir a más. Se puso pesado, pero tuve que pararle los pies.
—¿Y Anita? ¿Dónde estaba mi hija?
—Ella no se encontraba bien, ya te he dicho que habíamos desfasado un poco, y estaba en el piso de arriba durmiendo. Fue en el chalé de Paula, un día que nos quedamos todas a dormir allí porque no estaban sus padres.
—Joder, menudo hijo de puta… —mascullé, sintiendo un rapto de indignación paternal hacia el novio de mi hija—. Y luego parece una mosquita muerta.
—Tampoco fue para tanto… Ya casi ni me acuerdo de los detalles —respondió, levantándose por fin de la cama. Miré cómo terminaba de abrocharse la falda ajustada—. Pero, ¿sabes qué es lo más extraño de todo, Juan?
—¿El qué? ¿Qué quiera follarte? —la miré a los ojos—. En eso no puedo culparlo. Yo acabo de metértela y ya estoy deseando volver a hacerlo.
—No, tonto… —respondió riéndose—. Lo más raro es que cuando se lo conté a Anita al día siguiente, esperando que se pillara un rebote monumental…
Ya conoces a tu hija, el carácter que tiene…
Simplemente se limitó a reírse y no le dio ninguna importancia.
Me dijo que entre ella y Borja no había secretos, y que él ya se lo había contado.
—Quizá se lo dijo antes de que tú te fueras de la lengua —especulé, tratando de buscarle una lógica.
—Ni idea —respondió ella, encogiéndose de hombros mientras terminaba de colocarse la camiseta—. ¿Crees que tenía que habérmelo follado? —preguntó con una sonrisa envuelta en picardía—. Porque la verdad es que tienes un yerno muy guapo.
—Hija de puta… —respondí, casi a punto de abalanzarme sobre ella de nuevo—. A ti solo te la meto yo.
Ella soltó una carcajada, creyendo que de verdad había conseguido ponerme celoso.
Terminamos de arreglarnos, salimos del hostal bajo el sofocante calor de finales de julio y la dejé en las inmediaciones de su casa, despidiéndome con la promesa de mantener el contacto.
Durante el camino de vuelta al despacho, el coche se me hizo claustrofóbico.
Tenía la cabeza dándome vueltas, atrapada en un bucle frenético entre el inminente viaje al chalet de la costa, las sospechas sobre los libidinosos comportamientos de mi hija y el fantasma de ese motero pegado a la espalda de mi mujer.
Necesitaba un ancla, una distracción. Le di al manos libres del coche y llamé a Rebeca.
Necesitaba hablar con alguien que no me exigiera sentimientos ni explicaciones; una conversación fría, sucia y morbosa para rebajar la tensión que me quemaba el pecho.
Pero el teléfono dio señal una, dos, tres veces, hasta que saltó el tono monótono del contestador.
No me lo cogió. Supuse de inmediato que estaría con el chiflado de su novio y que no podía atender la llamada.
Colgué de un manotazo, maldiciendo mi puta suerte en voz alta mientras apretaba el volante con rabia.
Respiré hondo, tratando de recomponer mi fachada, y me preparé mentalmente para las vacaciones más extrañas de toda mi vida.