El Sabor del Tabú Capítulo 17
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Capítulo 17

Es cierto que yo me había convertido en otro hombre, en alguien que no tenía nada que ver con el tipo intachable que había sido siempre.

Pero lo más extraño es que de repente un día me di cuenta de que con Carmen había sucedido exactamente lo mismo.

Supongo que es una verdad universal: nunca terminas de conocerte ni a ti mismo y mucho menos a las personas con las que convives a diario, ni siquiera aunque lleves durmiendo a su lado durante más de veinte años.

Justo antes de las vacaciones de verano, todo mi esquema mental se vino abajo. Me enteré de que mi esposa tenía un amante. Y fue por pura casualidad, de la forma más cliché y estúpida posible. Como suelen suceder siempre estas cosas.

Carmen había dejado el teléfono cargando sobre la mesilla de noche mientras se daba una ducha. El sonido del agua cayendo al fondo del pasillo amortiguaba los ruidos de la casa cuando, de repente, la pantalla del móvil se iluminó. Vibró sobre la madera con la llegada de un mensaje.

No sé exactamente por qué lo hice. Supongo que fue más por una inercia morbosa, por curiosidad, que por una desconfianza real; al fin y al cabo, ella jamás me había dado un solo motivo para dudar de su fidelidad.

Sabía su PIN de memoria porque Carmen era extremadamente descuidada para esas cosas: utilizaba la misma maldita combinación numérica para el teléfono, para las tarjetas de crédito y para el portátil.

Deslicé el dedo y desbloqueé la pantalla sin pensar. En ese segundo, el agua de la ducha seguía corriendo, pero mi vida, tal y como la conocía, se detuvo en seco.

Isi:

«Buenas noches, gatita. Te dejaste las gafas de sol en mi casa. Te lo digo para que no te vuelvas loca buscándolas. Besitos donde sé que te gustan, rubita».

Me quedé helado. Revisé la conversación, pero el resto del chat estaba completamente borrado; no había historial, ni fotos, ni mensajes anteriores.

Carmen era demasiado prudente. Con las manos temblorosas, eliminé esa última notificación para no dejar rastro de mi intromisión y dejé el móvil exactamente en el mismo sitio donde estaba.

En un primer momento, me enfadé muchísimo y sentí unos celos devastadores que me revolvieron el estómago. No puedo decir que me lo tomara bien, pero el baño de realidad me obligó a ser frío y analítico: sabía perfectamente que, en gran parte, era culpa mía.

Llevaba sin tocar a mi mujer desde el día del baño, y desde aquello ya habían pasado tres o cuatro semanas.

Además, ¿con qué moral podía culparla yo, teniendo en cuenta lo que hacía a escondidas tanto con Rebeca como con Adriana?

Pensé que lo mejor y lo más inteligente sería tragar saliva, callarme y hacer como si no supiera absolutamente nada.

Lo cierto, y ahí reside la parte más jodidamente irónica de todo esto, es que nunca dejé de amar a mi esposa.

Jamás. Y mucho menos me había planteado la posibilidad de vivir sin ella.

Para mí, Carmen era el eje, la estructura que sostenía el resto de mi caótica existencia; mis aventuras eran solo fugas de momentáneas, vicios necesarios en la oscuridad, pero ella era toda mi vida.

No logré pegar ojo esa noche. La cabeza me iba a mil por hora. Repasé mentalmente a sus conocidos y no me sonaba que hubiera ningún Isi entre los compañeros del bufete del que era socia mi esposa.

Sin embargo, una cosa es aceptar la situación de puertas para afuera y otra muy distinta es quedarse de brazos cruzados.

Al día siguiente, la necesidad de ponerle rostro a la traición me superó y decidí averiguar quién era el amante de mi mujer.

Fui hasta el edificio donde tiene el despacho y me quedé esperando dentro de mi coche, vigilando la salida durante más de dos horas.

Finalmente, Carmen bajó sobre las cinco de la tarde.

Llevaba un traje de chaqueta gris marengo que le estilizaba la figura, una falda de tubo que le llegaba por la rodilla y unos zapatos negros de tacón medio.

Caminaba con su bolso de piel colgado del hombro y la mirada fija al frente, con ese andar elegante, pausado y profesional que siempre la había caracterizado.

Carmen no conduce y suele desplazarse a todas partes en taxi, por lo que no me extrañó ver que salía andando a paso ligero, doblando la esquina de la avenida.

Salí del coche y la seguí a una distancia prudencial, ocultándome entre los peatones.

El corazón me latía con fuerza en el pecho y sentía una mezcla asfixiante de humillación, morbo y rabia circulando por mis venas; ver a mi esposa moviéndose por la ciudad con un propósito clandestino la hacía parecer una desconocida a mis ojos.

A unos diez minutos de caminata, la vi entrar en un pub de ambiente nocturno. Me quedé fuera, apoyado en una esquina simulando mirar el escaparate de una tienda, devorado por la impaciencia durante al menos media hora, tiempo que se me hizo eterno.

Entonces, la puerta del pub se abrió. Carmen salió acompañada, firmemente abrazada a un tipo.

Nadie que no lo haya vivido puede llegar a imaginar lo que se siente en el estómago y en el orgullo cuando ves a tu esposa, la mujer con la que llevas más de media vida compartiendo cama, hogar y una hija, abrazada a otro hombre y riéndose con una complicidad que creía que solo nos pertenecía a nosotros.

Lo peor de todo fue constatar que el tipo no tenía absolutamente nada que ver conmigo, ni encajaba lo más mínimo con el estilo sofisticado y formal de Carmen.

Parecía mucho más joven que yo; tendría unos treinta años, pelo largo, pantalones vaqueros oscuros y unas botas de cuero desgastadas.

Un rebelde con una estética de motero salvaje que a mí me parecía desfasada, pero que en ella operaba como un imán.

Caminaron juntos hacia la acera donde el tipo tenía aparcada una moto imponente, una mole tipo Harley-Davidson.

Carmen se colocó el casco con una soltura que me resultó terrorífica; ya lo había hecho antes.

Luego, se acercó a la moto. Para montar a horcajadas sobre el asiento trasero, tuvo que recogerse la falda de tubo, que cedió hacia arriba por sus muslos, dejando al descubierto una cantidad de piel que jamás enseñaba en la oficina.

Se sentó justo detrás de él y, de inmediato, se pegó a su espalda, envolviéndolo con sus brazos sin el menor reparo.

Al arrancar la moto con un estruendo metálico, vi cómo Carmen clavaba la punta de sus zapatos negros de tacón en los estribos, aferrándose al cuerpo de ese desconocido con una posesión salvaje.

El tipo aceleró y la Harley rugió, perdiéndose calle abajo en una ráfaga de humo y ruido, dejándome solo en la acera, masticando el polvo de mi propia hipocresía.

Esa noche, cuando Carmen llegó a casa, el contraste fue brutal. Se acercó a mí y me dio un beso de buenas noches idéntico al de todos los días, pero mi olfato, agudizado por la paranoia, percibió de inmediato el aroma inconfundible del sexo reciente camuflado bajo su perfume habitual.

—¿No has ido a jugar al pádel hoy? —me preguntó con total naturalidad mientras dejaba el bolso en el recibidor.

—No, esta tarde me dolía bastante la espalda... —mentí, sosteniéndole la mirada—. ¿Y tú? Llegas tarde.

—Uf, estoy agobiadísima de trabajo —suspiró, pasándose una mano por la frente—. Vengo directa del despacho. Hemos tenido una reunión de última hora.

Aquella mentira descarada me encendió por dentro.

Esa misma noche, la busqué en la cama con una urgencia que rozaba la desesperación.

Me puse encima de ella de manera brusca, sin preliminares, movido por un impulso primitivo y egoísta: necesitaba borrar a toda costa el rastro de aquel tal Isi del cuerpo de mi mujer, arrancar su presencia de la piel de Carmen.

Fue un polvo apresurado, cargado de una tensión violenta. Me subí sobre ella y, agarrándola con firmeza, la penetré de golpe.

Carmen me aceptó en silencio, dejando escapar un gemido de sorpresa por mi inusual agresividad.

Saber con total certeza que ese coño que yo estaba poseyendo en ese instante había sido usado poco antes por un tipo más joven me provocó una rabia tremenda, pero, al mismo tiempo, funcionó como un estimulante visual y psicológico que me excitó hasta el límite.

Ella ni siquiera tuvo tiempo de procesar lo que estaba ocurriendo, y ni de lejos llegó al orgasmo; yo solo necesitaba descargar la frustración acumulada.

Me comporté, por primera vez en toda nuestra vida en común, de una forma absolutamente egoísta: me corrí en apenas dos minutos, vaciándome por completo dentro de mi esposa con una última embestida violenta.

En cuanto terminé, me bajé de ella sin decir una palabra, me di la vuelta, dándole la espalda y fingí quedarme dormido de inmediato, controlando mi respiración.

Hubo como media hora de silencio en la habitación.

—Juan —me susurró—.

No respondí. De cara al mundo estaba dormido.

De repente, sentí un leve y rítmico balanceo; el colchón y la estructura de la cama se movían de forma sutil. Carmen se estaba masturbando de espaldas a mí, buscando terminar lo que yo no había sido capaz de darle, tal vez pensando en el tal Isi y en las sensaciones de la tarde.

Escuché un leve gemido contenido flotar en el aire y, un instante después, el movimiento se detuvo por completo, devolviendo la habitación a una fría e incómoda calma.