Capítulo 16
La situación se volvió insostenible mucho antes de lo que me imaginaba.
Me hubiera gustado estirar el chicle, mantener una relación puramente física y mucho más intensa con Adriana, pero la chica era de una intensidad insoportable.
Era demasiado enamoradiza. Al ver la velocidad a la que se estaba pillando por mí, el pánico a ser descubierto me obligó a levantar un muro y distanciar los encuentros poniendo mil excusas.
Casi siempre terminaba echándole la culpa al trabajo, a reuniones de última hora en el despacho o a compromisos familiares ineludibles.
Pero ella no lo entendía. O no quería entenderlo.
Empezó a aparecer por mi casa con cualquier pretexto estúpido: pedirle prestados unos zapatos a mi hija, unos apuntes de la facultad, una chaqueta...
Verla allí, plantada en mitad de mi salón y conviviendo con mi familia, me desquiciaba por completo.
Se movía por mi entorno con una familiaridad kamikaze.
Cuando Carmen le servía un café o cuando Anita se reía con ella de cualquier tontería en el sofá, a mí se me cortaba la digestión.
Apenas podía disimular. Me obsesionaba la idea de que Adriana, en un arrebato de celos adolescentes o por pura torpeza, soltara una mirada de más, un comentario con doble sentido o que el olor de mi perfume en su piel terminara por delatarnos.
El espacio que antes había sido mi refugio se había convertido en un campo de minas.
Por lo tanto, nuestra relación pronto se convirtió en un auténtico desastre. Yo odiaba sus escenas de celos, que se volvieron constantes. Se enfadaba de una manera desproporcionada si tardaba unas horas en responderle un mensaje o porque no la llamara por teléfono cuando ella quería.
Su inestabilidad era agotadora: cortaba conmigo casi a diario a través de mensajes, asegurándome de que no volvería a hablarme en su vida, para arrepentirse por completo a los cinco minutos y mandarme textos desesperados. Poesías e incluso letras de canciones ridículas.
Intenté hablar con ella en varias ocasiones, buscando momentos a solas para hacerle entender que lo nuestro tenía unas reglas muy estrictas y que debíamos ser juiciosos si no queríamos que todo saltara por los aires.
En esas charlas, ella parecía entenderlo; se derrumbaba, lloraba, me pedía perdón abrazada a mi cuello y prometía cambiar.
Pero era un espejismo: al día siguiente volvíamos exactamente al mismo punto de partida.
Si no corté de golpe la relación, no fue por consideración hacia ella, sino por un puro cálculo de supervivencia: me aterrorizaba que se sintiera despechada y terminara confesándoselo todo a Anita o a Carmen como venganza.
Pero, sobre todo, no la dejaba porque me encantaba follármela.
Esa es la verdad. La chica en la cama era una auténtica bomba, una adicción que me costaba mucho trabajo dejarla.
Sin embargo, al no poder quedar tanto como me hubiera gustado por culpa de sus agobios, la abstinencia me pasaba factura.
Durante esos tiempos muertos que tenía que dejar pasar obligatoriamente, días y días de distanciamiento calculado para enfriar sus sentimientos y que no se enamorara todavía más, la necesidad física me superaba.
Para llenar ese vacío sin arriesgarme a salir a la calle, me vi obligado a tener que volver a las videollamadas con Rebeca, buscando en la pantalla el desahogo frío y seguro que Adriana no podía darme sin montar después un drama.