Capítulo 15 #3
Adriana asintió en silencio contra mi piel. La manipulación había funcionado a la perfección: la fiera salvaje de hacía unos minutos volvía a ser una chica sumisa y encandilada, dispuesta a guardar el secreto el tiempo que hiciera falta.
—¿Follas mucho con ella? —preguntó, mirándome a los ojos, como si tuviera necesidad de escuchar que mi matrimonio era una farsa.
—¿Con Carmen?
Ella asintió, esperando mi respuesta con una fijeza casi dolorosa en la mirada.
—Qué va… ella no es tan ardiente como tú —le respondí, desestimándolo con un gesto de la mano para restar de un plumazo cualquier importancia a mi matrimonio—.
Lo hacemos de vez en cuando, por pura rutina, pero no tiene nada que ver con esto.
Lo nuestro es otra cosa, Adriana. Ojalá fuera yo más joven para poder estar contigo de verdad.
—No eres tan mayor, Juan —murmuró, acariciándome el cuello con una timidez que contrastaba con la postura en la que estábamos.
—Conozco a tu padre y tiene dos años menos que yo —le recordé, mirándola fijamente.
Mis palabras la hicieron sonreír. Le gustaba ese recordatorio de mi madurez; la hacía sentir que estaba jugando en la liga de los adultos.
—Tu mujer me cae como el culo —soltó de repente, apoyando las manos en mi pecho—. Lo siento… pero es la verdad. Es tan estirada y se lo tiene muy creído.
Solté una carcajada limpia, disfrutando del veneno adolescente que destilaba.
—¿Por qué? ¿Qué te ha hecho Carmen?
Se encogió de hombros sobre mis rodillas e hizo una mueca de desdén con sus labios húmedos.
—Pues eso… Es muy pija vistiendo. Siempre con esos aires de ser la superabogada de los famosos… Se cree que está por encima de todo el mundo. Pero reconozco que es guapa, aunque para mi gusto tiene demasiado pecho.
La escuché mientras mis manos seguían fijas en sus caderas desnudas. Era fascinante ver cómo el odio que le profesaba a Carmen no era más que pura envidia, el resentimiento de una cría que intentaba destruir la imagen de la mujer cuya cama acababa de profanar.
—Será mejor que nos marchemos —dije mirando el reloj de oro de mi muñeca—. Tengo una reunión con los accionistas en cuarenta y cinco minutos.
Se movió con pereza, como si se acabara de despertar.
—Creo que voy a dejar a César —anunció de golpe, incorporándose en la cama y bajándose de un salto para recoger sus bragas del suelo.
Me quedé un segundo desconcertado, procesando el nombre.
—¿Quién demonios es César?
Adriana se dio la vuelta y me miró enojada, con las cejas fruncidas, ofendida de que no lo recordara.
—Es mi novio, te lo dije el sábado. Llevamos seis meses juntos. Está bueno y es un amor, pero…
—¿Entonces por qué quieres dejarlo? —le pregunté, recostado contra el cabecero de la cama, observando hipnotizado cómo se encajaba el tanga negro entre las nalgas con un movimiento natural.
—Aunque me lo digas cuando estamos follando, no soy una puta —soltó, mirándose al espejo deslucido del hostal antes de volverse hacia mí—. El que me gusta de verdad eres tú, Juan. No tiene sentido que siga a su lado si solo pienso en ti.
El pánico moral y el instinto de supervivencia me dieron un golpe en el estómago. Un novio despechado o una ruptura repentina y sin explicación era lo último que necesitaba en esta ecuación; levantaría sospechas en el entorno de Anita de inmediato.
—No hagas nada de momento. Piénsatelo bien antes —le sugerí con tono pausado, intentando sonar razonable mientras yo también me levantaba de la cama para ponerme los calzoncillos—. Te acerco a casa antes de volver al despacho. Puedo dejarte en la calle de al lado.
Adriana se detuvo con la camiseta a medio poner, mirándome con una dulzura que chocaba frontalmente con la sordidez del lugar.
—Sí, tengo que estudiar. Mañana tengo un examen —recordó subiéndose la minifalda—. ¿Sabes qué me gustaría? —me preguntó, suavizando la voz.
—¿Echar otro polvo? —bromeé, intentando aligerar la tremenda carga de gravedad que estaba tomando la conversación.
—Tonto… Eres un tonto. —Su sonrisa apareció de nuevo, limpia y preciosa.
Por un instante, la máscara del manipulador cayó.
Me quedé mirándola, desarmado por la pureza de su gesto, y me dieron unas ganas sinceras de abrazarla con ternura, de proteger esa ilusión que ella acababa de crear en mitad de la sordidez de este hotel.
Pero era tarde, el tiempo corría en mi contra y la realidad nos pisaba los talones.
—Mataría por dormir contigo una noche entera —continuó Adriana, ajena a mi repentino viaje mental, recostando la cabeza en mi hombro—.
No sé… escaparnos por ahí un fin de semana.
Solo tú y yo, a un sitio donde nadie nos conozca.
Molaría un montón ir abrazada contigo por la calle, Juan.
Sin tener que escondernos de tu mujer, de mis padres, ni de Anita, ni de nadie.
La escuché en silencio mientras el peso de sus palabras enfriaba el ambiente. Adriana seguía viviendo en el cuento de hadas de su amor platónico, sin entender que lo que acababa de pasar en esta habitación no era el principio de nada.
Acaricié su espalda una última vez, sintiendo ya la distancia del regreso a la oficina, y la confirmación de saber que Anita no era la niña buena que yo creía tan solo unos meses antes.