Capítulo 15 #2
Adriana dejó escapar un suspiro de alivio contra mi boca, relajando por fin la tensión de los hombros.
Sentir que su confesión, lejos de alejarme, la unía más a mí en esa complicidad oscura, la hizo entregarse por completo.
Sus manos se aferraron a mi nuca con fuerza, devolviéndome el beso con una intensidad renovada, moviendo las caderas sobre mis piernas con un ritmo lento y sugerente.
—Te juro que siempre voy a contártelo todo… —murmuró entre besos, con una sonrisa maliciosa empezando a dibujarse en sus labios—. Pero veo que eres mucho peor que nosotras.
—Mucho peor —le aseguré, mordiéndole el labio inferior con una fuerza que la hizo quejarse—. Hubiera dado lo que fuera por poder veros a las dos.
Ella soltó una risa floja, cargada de incredulidad y morbo.
—¿En serio? ¿Te hubiera gustado vernos? —preguntó, clavando sus ojos vidriosos en los míos.
No le respondí con palabras. Le metí un tercer dedo en el coño con tanta fuerza que tuvo que soltar un bramido que resonó en las paredes de la habitación.
—¡Ah…! —gritó, apretando los dientes—. ¿No… no te molestaría ver cómo se follan a tu Anita?
La pregunta quedó flotando en el aire del hostal, pesada y turbia. Sentir la carne de Adriana contraerse alrededor de mi mano mientras ponía a prueba mis límites como padre me provocó un cortocircuito.
—¿De verdad quieres saberlo? —pregunté, agarrándola con fuerza de las caderas, obligándola a levantarse un poco para alinear su cuerpo con el mío, dispuesta a culminar lo que habíamos empezado en mitad de ese juego tan oscuro.
—Sí, quiero saberlo —suplicó ella con la voz entrecortada, suspendida a unos centímetros de mi miembro, temblando por la tensión y el deseo de escuchar hasta dónde era capaz de llegar mi perversión.
La miré fijamente, perdiendo el último rastro de cordura que me quedaba, arrastrado por el torbellino de la prohibición absoluta.
No me atreví a decirle que, más que morbo por ver cómo ese chico se las follaba a ambas, lo que de verdad deseaba por encima de todo era follarme a Anita. No había nada comparable en el mundo con eso. Por lo tanto, tuve que improvisar.
—Me habría quedado mirando —le confesé al oído con un susurro salvaje, áspero—. Habría disfrutado viendo cómo se follaban a la zorra de Anita. Pero después de que él terminara con ella, tú hubieras venido a gatas hacia mí para que yo te hiciera esto.
Mi polla se hundió en su coño de un solo impacto directo, profundo, que nos dejó a los dos sin respiración. Adriana soltó un grito agudo que ahogó contra mi cuello, hincando las uñas en mis hombros mientras sus músculos vaginales se cerraban en torno a mí como una auténtica maza caliente.
—¡Dios, Juan…! —gimió, empezando a balancearse sobre mis piernas con una desesperación salvaje, embriagada por la confesión y la violencia del encaje.
La agarré con fuerza por las nalgas, levantándola y bajándola a mi antojo, dictando un ritmo implacable que hacía crujir la vieja silla de madera del hostal.
—Sois un par de putas… —le gruñí al oído, con la voz rota por el esfuerzo—. Las dos sois unas putas.
—¡Sí… ah… sí, joder! —gimió Adriana, echando la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y los labios mordidos mientras su coño se contraía con una violencia brutal.
Estaba temblando, empapada, flotando en el clímax mientras se aferraba a mi cuello como si se estuviera ahogando. Dejé de morderle los pezones, subiendo la mirada hacia su rostro encendido.
—Ahora te toca a ti… —jadeó, buscando mi boca con desesperación, con el corazón latiéndole con fuerza contra mi pecho—. Ahora te toca a ti decirme algo, Juan.
—¿Qué quieres saber? —pregunté, disfrutando de su vulnerabilidad, sintiendo la adrenalina de la confesión que acababa de arrancarle.
—Dime… ¿Con quién te gusta más follar? ¿Con la vieja y estirada de tu mujer o conmigo?
No lo preguntaba por morbo. No había juego en sus ojos, sino una inseguridad dolorosa. Adriana no podía evitar sentir unos celos patéticos y devoradores por mi esposa, la necesidad de saberse superior a la abogada de prestigio que compartía mi vida.
—Contigo, cariño, contigo —le solté.
La agarré con firmeza por las caderas, la levanté apenas unos centímetros y la bajé de golpe, dándole dos embestidas brutales que la hicieron dar un grito ahogado, rompiendo su resistencia.
—Nadie tiene un coño tan estrecho y apretado… eres una puta locura, Adriana. Me estás volviendo loco. Me encantas.
Ella empezó a cabalgar con más prisa, jadeando, sintiendo que el final estaba cerca, pero de golpe se tensó y me miró a los ojos con un destello de pánico y excitación mezclados.
—No puedes correrte dentro… —me recordó, con la respiración entrecortada, rozando mi boca con la suya—. No querrás tenerle que explicar a tu esposa que has dejado a la mejor amiga de tu hija preñada.
—Claro que te voy a preñar —le respondí, perdiendo el juicio por completo, apretándola de las caderas para que no pudiera apartarse—. Me voy a correr dentro de ti, Adriana. Te voy a llenar entera. Eres mía y puedo hacerlo si quiero.
Aquella promesa de posesión absoluta y peligro real terminó de romperla.
Adriana soltó un alarido largo, quebrando la espalda por completo mientras su coño entraba en una serie de espasmos.
Se corrió sobre mí, y sentí su orgasmo húmedo, un torrente de calor interno que me estrujó el miembro con tanta fuerza que estuve a punto de correrme en ese mismo instante.
Pero la saqué en el último segundo, justo cuando iba a estallar.
—Al suelo. Arrodíllate —le ordené, empujándola hacia abajo con rudeza.
Adriana, con los ojos nublados y la saliva desbordando de sus labios, se deslizó de mis piernas y se puso de rodillas.
No esperé. Agarré mi miembro tenso y se lo metí en la boca hasta el fondo, obligándola a tragar mientras bombeaba con desesperación.
Tres embestidas más en su garganta fueron suficientes.
—Toma, puta… gánatelo —mascullé antes de estallar.
Me corrí con fuerza en su boca, inundándosela por completo con una descarga pesada y caliente. Adriana aguantó el impacto, cerrando los ojos mientras se tragaba una parte y el resto le resbalaba por la barbilla, jadeando de rodillas entre mis piernas.
Minutos después, el huracán de perversión se enfrió, dando paso al silencio pesado de la habitación del hostal. Nos metimos en la cama para descansar. Era consciente de que ahora tocaba comportarse de otra forma para mantenerla atrapada, para que la culpa no la hiciera hablar.
La atraje hacia mi pecho, abrazándola por la cintura con una ternura casi paternal, acariciándole el pelo húmedo con suavidad.
—Eres muy especial para mí, Adriana —le dije al oído, con una voz suave, completamente distinta a la de hacía unos minutos—. Lo que tengo contigo… nunca lo tendré con nadie. Es la primera vez que engaño a mi esposa.
Ella se acurrucó contra mi cuerpo, buscando mi calor, y levantó la vista, mirándome con una vulnerabilidad que me recordó los diecinueve años que tenía.
—Juan… dime lo que sientes por mí —me preguntó en un susurro, buscando una certeza romántica entre tanta sordidez.
La miré fijamente a los ojos, manteniendo los dedos enredados en su pelo con una suavidad calculada.
Su pregunta reflejaba esa necesidad típicamente joven de maquillar la crudeza de lo que acabábamos de hacer con un tinte de romance, y yo sabía perfectamente qué cartas tenía que jugar para mantenerla bajo mi control.
—Siento que me has devuelto la vida, Adriana —le susurré, pegando mis labios a su frente en un gesto protector—.
Contigo no hay normas, no hay rutina, no hay obligaciones.
Podemos hablar de todo y eso me gusta… Siento una atracción que me quema por dentro y que no puedo frenar, por mucho que lo intente.
Eres como una droga para mí; desde el sábado no he podido pensar en otra cosa que no fueras tú.
Ella exhaló un suspiro largo, relajando por completo el cuerpo contra el mío, asimilando mis palabras como el bálsamo que necesitaba para acallar cualquier rastro de mala conciencia.
—Me daba miedo ser solo un polvo para ti —admitió, escondiendo el rostro en mi cuello—. De que después de correrte me miraras como si fuera un error.
—Eso no va a pasar —le aseguré, apretando el abrazo para transmitirle una falsa seguridad—. Lo que tenemos tú y yo, nadie podría entenderlo nunca. Pero ahora tenemos que ser inteligentes y mantener las cabezas frías fuera de aquí, ¿de acuerdo?