El Sabor del Tabú Capítulo 15
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Capítulo 15

Tomé el desvío hacia una carretera secundaria y conduje un par de kilómetros hasta que divisé el hostal. Era un edificio de ladrillo, desgastado por los años y el sol, que pedía a gritos una reforma estructural. Aparqué en la parte trasera, la más sombreada y oculta a las miradas desde la autovía.

Entramos juntos al vestíbulo, donde el aire olía a ambientador de lavanda.

Detrás del mostrador de madera aglomerada nos esperaba el recepcionista: un hombre mayor, de pelo canoso y unas gafas de lectura gruesas que le patinaban por la nariz.

Al vernos entrar, levantó la vista y nos recorrió con una mirada lenta, cargada de juicio.

Su expresión dejaba claro que nos consideraba una especie de aberración; la palpable diferencia de edad entre un hombre como yo, con el pelo canoso, y una chica tan jovencita, con una minifalda ajustada, no dejaba lugar a dudas sobre lo que veníamos a hacer.

Pagué en efectivo sin decir una palabra, agarré la llave con el pesado llavero de plástico y caminamos por el pasillo.

La habitación era, sin duda, el peor lugar en el que me había alojado en varias décadas.

La colcha de la cama tenía un estampado floral descolorido de los años ochenta, las paredes lucían un gotelé amarillento y las cortinas apenas tapaban la luz del mediodía.

Pero era discreto, estaba apartado y nadie nos molestaría.

En cuanto la puerta se cerró, me quité el polo y los vaqueros, quedándome en calzoncillos.

—Desnúdate —le ordené con voz firme, señalándola—. Quiero verte ya.

Adriana sonrió con malicia, disfrutando del mandato.

Se quitó las sandalias de tacón y, con movimientos pausados y calculados para mantener mi atención fija en ella, se desabrochó la minifalda negra, dejándola caer al suelo.

Después se quitó la camiseta blanca. Se quedó de pie ante mí, solo con un conjunto de ropa interior de encaje negro que contrastaba con su piel joven.

Me senté en la única silla de madera que había junto al escritorio de la habitación y le hice un gesto con la mano.

—Quítatelo todo y ven aquí. Siéntate sobre mis rodillas.

Sin apartar la mirada de la mía, metió los dedos bajo el elástico del encaje negro y se deslizó las bragas hacia abajo con un movimiento fluido, dejándolas caer sobre la alfombra gastada.

Se quedó completamente desnuda bajo la luz cruda que se filtraba por las cortinas descoloridas.

Su piel, tersa y con las marcas sutiles del bikini amarillo del día anterior, brillaba con una capa fina de sudor.

Caminó los dos pasos que nos separaban y se sentó sobre mis muslos.

—Tienes un chochito precioso —dije sin apartar los ojos—. Lo llevas muy bien depilado.

Sentir su coño, húmedo y palpitante, contra mi erección, me hizo apretar los dientes.

—Me gusta llevarlo así… —murmuró con la voz ronca, clavando de nuevo sus ojos vidriosos en los míos.

Le aparté un mechón de pelo de la cara y la miré fijamente a los ojos.

—Supongo que tú serás la más atrevida de tu grupo de amigas… —le solté, tanteando el terreno mientras la sujetaba por las caderas. Su piel desnuda quemaba contra mis muslos—. La que siempre lleva la iniciativa en estas cosas. ¿O me equivoco?

Adriana soltó una risa nerviosa, intentando desviar la mirada hacia las cortinas de la habitación del hotel, abrumada por la brutalidad de tener mi cuerpo maduro encajado bajo el suyo.

—No sé de qué me hablas, Juan… Somos chicas normales.

—No me vengas con esas —le repliqué.

Dejé caer mi mano derecha por la curva de su vientre, hundiéndola de golpe entre sus piernas. Sus jugos ya estaban allí, calientes y pegajosos. Empecé a mover los dedos con suavidad sobre su clítoris, frotando con un ritmo constante, implacable, que la hizo jadear al instante.

—Conozco a mi hija —le susurré al oído, acelerando el roce—, sé que Anita es mucho más inmadura que tú. Seguro que es más tímida… más estrecha. Cuéntame algo, Adriana. Seguro que tenéis secretos. De esos que no le contaríais a vuestros padres ni aunque os matasen.

—¿Por qué… por qué quieres que te hable de ella ahora? —preguntó con la voz rota, visiblemente confundida. Sus caderas se mecían solas contra mi mano, pero en sus ojos vi el freno de la culpa—. Me resulta superincómodo hablarte de ella estando así... desnuda encima de ti.

Había ido demasiado deprisa citando a Anita, pero no pensaba soltar la presa. Le mordí el lóbulo de la oreja con suavidad, bajando los labios por la línea de su cuello mientras mis dedos la encharcaban.

—Eres la mejor amiga de mi hija. Simplemente me gusta que tengas confianza conmigo —respondí, notando cómo se le cortaba la respiración—.

Vamos, nena… Me daría un morbo tremendo conocer alguno de vuestros secretos.

Demuéstrame que de verdad te importo y que te gusta complacerme. ¿Soy importante para ti?

Ella soltó un gemido largo, rindiéndose al espasmo que mi mano le provocaba, sintiendo mis labios rozar su piel húmeda.

—Claro que eres importante para mí, Juan.

Y mucho más de lo que te imaginas. Ojalá yo lo fuera tanto para ti —suspiró, con una devoción ciega—.

Me gustas mucho. Siempre fuiste mi amor platónico…

Llevo mucho tiempo imaginando que me hacías esto, pero nunca creí que de verdad llegara a pasar. ¿Entiendes que estoy loca por ti?

—Tú también eres importante para mí, Adriana… —mentí, saboreando el control absoluto que tenía sobre ella mientras la sentía pulsar alrededor de mis dedos—. Así que sé una buena chica… y cuéntame alguno de vuestros secretos. Cuéntame qué hace mi hija cuando no la veo.

Ella soltó una risita ahogada, contenida por el pudor.

Estaba atrapada entre el deseo desesperado de complacer al hombre del que llevaba años enamorada y la tremenda incomodidad de traicionar a su mejor amiga en el proceso.

Pero el calor de la habitación y mis dedos moviéndose dentro de ella estaban a punto de ganarle la partida a su lealtad.

—No… no puedo —balbuceó, con un principio de miedo en los ojos—. Si te lo cuento, te vas a enfadar…

—No me voy a enfadar, nena. Cuéntamelo, demuéstrame que soy tan especial para ti como dices. Dame ese pequeño capricho, Adriana —le susurré al oído, introduciendo el primer dedo en su coño, que estaba estrecho y encendido. Empecé a bombear despacio, ganándome sus gemidos—. Vamos, zorra. Cuéntamelo.

El placer físico y la presión psicológica empezaron a vencer su resistencia. Mi dedo entraba y salía con más rapidez, empapándose en su flujo, mientras ella se retorcía sobre mi regazo, perdiendo el control del hilo de sus pensamientos.

—¡Vale, vale… espera! —gimió, hincando las uñas en mis hombros—. Las pasadas navidades…

—¿Qué hicisteis en vacaciones? —insistí. Metí un segundo dedo de golpe, estirando su intimidad y acelerando el ritmo de forma implacable. La obligué a cabalgar sobre mi mano, obligándola a tragar el aire—. Habla, Adriana.

—Joder, Juan… Para, me da vergüenza —suplicó, con los ojos empañados, debatiéndose entre el clímax que se le venía encima y el peso de la traición.

La miré con una severidad cortante, deteniendo los dedos justo en el límite, dejándola a medias, suspendida en el dolor del deseo.

—¿Quieres que te dé los azotes que no supieron darte tus padres a tiempo?

Tu padre fue siempre demasiado permisivo contigo y con tu madre —la amenacé, bajando la voz hasta convertirla en un susurro oscuro—.

Te tumbaré sobre mis rodillas ahora mismo y te azotaré las nalgas hasta que se pongan rojas como un tomate.

Te juro que lo haré, nena. Vamos, habla de una puta vez.

Ella soltó una risita ahogada, temblorosa, mordiéndose el labio inferior mientras me miraba a los ojos, sopesando si mis palabras iban en serio, excitada hasta la médula por la violencia de mi tono. Sabía que estaba perdida.

—Hicimos… hicimos un trío —confesó de golpe, soltando el secreto como si le quemara en la boca, con la voz rota por la vergüenza y la excitación—. Anita, yo… y un chico que conocimos en la discoteca. Fue solo una vez, lo juro, Juan... ¡Ah!

El último gemido se le escapó en un grito ahogado cuando reanudé el bombeo de mis dedos con una fuerza salvaje, hundiéndome en ella mientras la mente me estallaba con la imagen de mi hija, mi pequeña y brillante Ana, entregada al fango definitivo.

—Menudas dos putas estáis hechas. ¿Os jodió a las dos a la vez? —le solté a bocajarro, sin rodeos, fijando mis ojos en los suyos mientras mis dedos seguían jugueteando entre sus labios húmedos.

Adriana dio un pequeño respingo sobre mis piernas, sorprendida por la crudeza de la pregunta.

Sus mejillas, ya encendidas por el orgasmo y el calor de la habitación, se tiñeron de un rojo más intenso.

Miró hacia un lado un segundo, sopesando si dar marcha atrás, pero el ambiente de confidencialidad sucia que se había creado en ese hostal terminó por arrastrarla.

—Nos folló a las dos… —confesó en un susurro, volviendo a mirarme con esa mezcla de timidez y descaro—. Pero no a la vez. Fue en su coche, en el asiento de atrás. Primero estuvo conmigo, y luego… Cuando me hizo correr, me cambié con ella.

La complicidad con Adriana me empujaba a querer saber más.

—O sea, que mi hija vio cómo te follaban —le dije, apretando el agarre en sus nalgas para pegarla más a mí—. Y luego te tocó a ti ver cómo se la metían a ella.

—Sí... —gimió Adriana—. Joder, Juan, no me mires así… Te dije que te ibas a enfadar.

—No me enfado, mi amor —le dije, suavizando el tono y atrapando sus labios en un beso profundo, húmedo, que acalló sus temores de golpe—. Al contrario. Me encanta que me lo cuentes.