Capítulo 14
El domingo pasó envuelto en ese oasis de romanticismo impostado que sirvió para calmar las aguas.
Pero el lunes llegó, la rutina retomó su curso y, con ella, el miedo y el arrepentimiento que me habían atenazado el día anterior se desvanecieron por completo.
El veneno de la anticipación y el morbo volvieron a correr por mis venas a media mañana, cuando saqué el móvil y le envié un mensaje a Adriana:
«Te recojo en la trasera de la facultad a la una».
Aparqué el coche en un lugar discreto y sombreado a pocos metros de la universidad, donde el ir y venir de los estudiantes camuflaba mi presencia.
Adriana había hecho los deberes; le había soltado el cuento a Anita de que se fugaría la última clase porque tenía una cita ineludible con el ginecólogo. Mi hija no sospecharía nada.
No me bajé del coche. Dejé el motor en marcha y el aire acondicionado al mínimo, esperándola. Entonces la vi aparecer.
Llevaba una carpeta apretada contra el pecho mientras avanzaba con ese balanceo lento y provocador de caderas que ya conocía demasiado bien.
Vestía una minifalda negra ceñida, una camiseta blanca ajustada que dibujaba el contorno de sus pechos sin dejar espacio para la imaginación y unas sandalias de tacón que estilizaban aún más su figura, haciendo resonar cada paso sobre la acera.
Al divisar mi coche, me saludó con la mano de manera sutil, un gesto rápido, y aceleró el paso hacia el vehículo, rodeando el capó con una sonrisa que ya no guardaba rastro de la culpa del sábado.
Se acercó a la puerta del copiloto, tiró de la manilla y se subió, trayendo consigo una ráfaga de aire cálido de la calle y ese perfume frutal que me devolvió de golpe a la penumbra de la cocina.
—¿No me das un beso? —le pregunté, clavando la vista en sus labios mientras cerraba la puerta del coche, aislándonos del ruido de fuera.
Adriana dejó la carpeta en el asiento trasero y se acomodó la minifalda con un gesto lento, mirándome de reojo con un deje de altanería.
—No sabía para qué me habías citado... si era solo para decirme que lo del sábado por la noche fue un error —respondió, cruzándose de brazos y fingiendo una indiferencia que sus ojos desmentían.
—¿Un error? —solté con una risa ronca, acortando la distancia entre los dos—. Me he pasado el fin de semana deseando que llegara el lunes. Creo que es la primera vez en mi vida que me sucede algo así.
Adriana torció el gesto, y una mueca que combinaba el despecho con una sutil dosis de celos apareció en su rostro.
—Pues para desearme tanto, el domingo te vi muy bien con tu mujer. Parecíais una pareja de tortolitos saliendo por el jardín —soltó, clavándome la mirada.
Aquella muestra de posesión por su parte me encendió.
No la dejé seguir hablando; la agarré de la nuca con firmeza, enredando mis dedos en su pelo, y la atraje hacia mí con brusquedad.
La besé. Fue un beso posesivo, cargado de la urgencia contenida de todo el domingo, una respuesta directa para dejarle claro para qué había ido a buscarla.
Le abrí los labios por la fuerza, metiendo mi lengua con insistencia, saboreando de nuevo ese frescor joven y prohibido que me había obsesionado.
Adriana soltó un gemido ahogado de sorpresa que se transformó de inmediato en sumisión; dejó caer los brazos y me correspondió con rabia, mordiéndome el labio inferior y pegando su cuerpo todo lo que el freno de mano le permitía.
Nos separamos jadeando. La miré fijamente a los ojos, que ahora estaban vidriosos y encendidos, y sin decir una palabra, metí la primera marcha y arranqué el coche, alejándome de la ciudad universitaria.
Mientras conducía con la mano izquierda fija en el volante, deslicé la derecha directamente sobre su muslo desnudo, justo donde terminaba el corte de la minifalda negra.
La piel de Adriana estaba suave y ardiente por el sol de la calle.
Apreté los dedos con fuerza en su carne firme, subiendo un par de centímetros hasta rozar el borde de su ropa interior.
Ella dio un pequeño respingo, pero no se apartó; al contrario, abrió ligeramente las piernas para darme espacio.
—Adriana, tienes que comprender que Carmen es mi esposa —le dije, manteniendo la vista en la carretera pero sin dejar de acariciarla—. Lo del domingo es lo que toca de cara a la galería. Pero lo que pasó en la cocina… eso es otra cosa. Y lo sabes. Lo que siento por ti es muy diferente.
—No hace falta que me recuerdes que ella es tu mujer… —murmuró, mirando de reojo cómo mi mano subía y bajaba por su muslo—. Pero aun así no me gustó verte tan acaramelado con ella.
—¿Se tragó mi hija lo de que tenías que ir al médico? —pregunté, buscando el morbo de hablarle de Anita.
—Claro, ¿por qué iba a desconfiar? —respondió, con una sonrisa de suficiencia mientras su respiración se volvía más pesada por el recorrido de mi mano—. Le dije que era una revisión rutinaria y que me daba pereza volver luego a clase.
—Perfecto —mascullé, desviando por un segundo la vista de la carretera para mirar cómo la minifalda se le había subido un poco más, dejando al descubierto casi la totalidad de sus muslos—.
Anita es demasiado inocente. Seguro que no se imagina de lo que eres capaz —seguí incitándola para que me hablara de ella.
—¿De lo que soy capaz yo? —replicó, soltando una risa floja y echando la cabeza hacia atrás en el asiento—. Fuiste tú el que me acorraló contra la nevera, Juan. El que manda aquí eres tú. Me gustas desde hace mucho tiempo, pero yo nunca me hubiera atrevido a insinuarme.
—Pero a ti te encanta obedecer —le solté, hundiendo los dedos en la parte interna de su muslo, muy cerca de su zona más caliente—. Así que ahora te voy a llevar a un hotel, te quitas esa faldita y me demuestras lo mucho que te ha molestado verme con mi mujer el domingo.
Adriana no respondió con palabras. Se limitó a morderse el labio inferior y a desviar la mirada hacia la ventanilla, pero colocó su propia mano sobre la mía, apretándola contra su piel para indicarme que acelerara el coche.