El Sabor del Tabú Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Y eso te gusta. Esto humedece tus bragas —le solté al oído, agarrándola del pelo con la fuerza justa para obligarla a levantar la cabeza y que mirara nuestro reflejo borroso en el espejo—.

Fantasean con tenerte contra la mesa de reuniones exactamente como estás ahora...

y metértela por detrás hasta reventarte de gusto.

—¡Ah…! ¡Juan, joder! —gimió, soltando un quejido ronco que delataba que la fantasía la estaba volviendo loca.

—Dime, zorra —la insulté por primera vez en mi vida—. Dime cuál de tus compañeros quiere follarte.

Su coño, completamente encendido por la humillación del pensamiento, se contrajo con una fuerza brutal, aprisionándome en un espasmo caliente que casi me hace correr.

—Jaime… —jadeó entrecortadamente, como si el aire no llegara a sus pulmones—.

Jaime, el de laboral, se la debe machacar en su despacho.

No veas cómo me mira el muy cabrón… —reconoció con voz ronca, mientras mis manos bajaban de sus caderas para estrujarle las nalgas con fuerza, abriéndolas más para que cada embestida entrara hasta el fondo—. Está deseando follarse a tu esposa.

—¡Sí, joder, sí! —aullé loco de placer—. No me extraña que quiera joderte.

Su coño maduro estaba ardiendo y empapado como hacía años que no lo recordaba; empezó a contraerse en una serie de espasmos brutales. Estaba apretándome con una fuerza que me avisaba de que yo también estaba llegando al límite.

—Me gusta sentir que me miran. Me calienta pensar que aún puedo despertar deseo en algunos hombres —soltó—. Soy una zorra, Juan… Tu mujer es una verdadera zorra que se pone cachonda cuando la miran.

Incrementé la velocidad del golpeo hasta volverlo un choque sordo y brutal contra el mueble del lavabo.

—Me gusta que lo seas, Carmen. Adoro estar casado con una zorra como tú.

—¡Juan, me corro! ¡Me corro ya! —gritó, perdiendo los papeles por completo, mientras su cuerpo experimentaba una sacudida eléctrica que la dejó temblando de pies a cabeza.

Apreté los dientes, la agarré por el pelo para obligarla a echar la cabeza hacia atrás y le di tres embestidas definitivas, hundiéndome en su calor hasta la raíz mientras sentía cómo mi propia descarga salía con fuerza, inundándola por completo por dentro.

Carmen soltó un último gemido ahogado, hincando las uñas en el mármol, completamente exhausta y vacía.

Nos quedamos así unos segundos, jadeando al unísono en mitad del vapor del baño, con el corazón latiéndonos a mil por hora en el pecho.

—Joder, Juan. Hacía años que no follábamos con tanta intensidad. Estoy sudando otra vez… —dijo dándose la vuelta, todavía con las mejillas encendidas y una sonrisa de incredulidad y plenitud que me hizo sentir orgulloso como hombre.

Me dio un beso tierno, casi de agradecimiento, antes de meterse de nuevo conmigo bajo el agua para quitarse los restos de semen.

—¿Te ha gustado hablar sucio mientras lo hacíamos? —pregunté abrazándola.

Ella me miró a los ojos, como queriendo adivinar cómo me sentía en frío después de lo que habíamos dicho.

—Sí… pero me da miedo que ahora creas que voy provocando en el bufete… porque no es cierto, Juan. Sabes que no lo es.

La besé en los labios.

—Ojalá lo fuera, Carmen. Ya te he dicho que me gustaría que fuéramos más atrevidos.

Me duché rápido y me vestí con unos vaqueros y un polo azul, y bajé al salón a esperarla, sintiendo que la adrenalina del baño había logrado, al menos de momento, aplacar el pánico que me reconcomía por dentro.

Unos veinte minutos después, Carmen bajó las escaleras. Se había arreglado de una manera que dejaba claro que el polvo matutino le había cambiado el humor. Llevaba un vestido camisero de lino verde oliva, corto por encima de la rodilla, que realzaba sus piernas tonificadas de corredora.

Tenía los primeros botones desabrochados, dejando a la vista el nacimiento del escote, y se había recogido el pelo aún húmedo en una coleta tirante que acentuaba sus facciones.

Completaba el conjunto con unas sandalias bajas de cuero y unas gafas de sol de carey apoyadas sobre la cabeza.

Estaba radiante, con esa aura de mujer segura de sí misma que siempre había tenido.

—¿Nos vamos? —dijo, guiñándome un ojo con una complicidad renovada.

Salimos por el porche hacia el jardín, donde el sol de mediodía ya pegaba con fuerza. Al acercarnos a la zona de la piscina, la estampa me hizo dar un vuelco al corazón. Allí estaban Anita y Adriana, tumbadas en las hamacas, tomando el sol como la tarde anterior.

Ambas estaban en bikini, pero mis ojos ese día se desviaron inevitablemente hacia Adriana.

Lucía un bikini de triángulo amarillo que apenas cubría la turgencia de sus pechos y que dejaba al descubierto su vientre liso, el mismo donde unas horas antes había descargado mi eyaculación.

Al escuchar nuestros pasos, las dos se incorporaron, apoyándose en los codos.

Miré fijamente la cara de Adriana mientras nos acercábamos.

Esperaba ver tensión, miedo o incomodidad en su rostro, pero lo que encontré me congeló la sangre: me sostuvo la mirada con un descaro absoluto y, justo antes de que Carmen se diera cuenta, dibujó una sutil, casi imperceptible sonrisa en la comisura de sus labios.

Era una sonrisa de triunfo, de secreto compartido, que me recordó por qué era tan jodidamente peligrosa.

—¡Vaya… pero qué guapos vais! —exclamó Anita, entornando los ojos por la claridad del sol—. ¿A dónde vais tan arreglados?

Carmen avanzó hacia ellas con paso firme, completamente ajena a la corriente de alta tensión que cruzaba el césped entre la amiga de nuestra hija y yo.

—Tu padre me ha invitado a comer fuera —anunció Carmen, con un tono de voz alegre y desinhibida—. Así que tenéis toda la casa para vosotras solas. Aprovechad el día, chicas.

Carmen se inclinó primero hacia Anita, dándole un beso en la mejilla, y luego se acercó a la hamaca de Adriana para besarla también.

—Pasadlo bien —dijo Adriana, clavando sus ojos directamente en mi polo, con esa misma voz ronca que me había suplicado que no parara de follarla unas horas antes.

Apreté la mano de Carmen con firmeza, forzando una sonrisa de padre de familia impecable, y caminamos juntos hacia el garaje, dejando atrás el jardín, el bikini amarillo de Adriana y el abismo que cada vez se abría más bajo mis pies.